Hola, ¿como les va? Hoy me quiero dirigir a aquellos que por alguna razón están lejos de Dios o se han enfriado. A veces ni siquiera nos damos cuenta de se enfriamiento. Así que en esta ocasión entraremos en el pensamiento del libro de Jueces, ¡y cuán diferente es del libro de Josué! ¡Creo que el libro de Jueces es el más terrible de la Biblia! ¿Y por qué es tan terrible? Porque es el libro de la tarea inconclusa, de la falta de perseverancia. Ustedes notaran que en el libro de Josué, el pueblo de Israel entró en la tierra, y tuvo una historia maravillosa de victoria tras victoria, avanzando cada vez más hacia el pleno propósito de Dios. Sin embargo, antes de haber terminado la obra, ellos se detuvieron. En los últimos capítulos vemos al pueblo estableciéndose antes de que la obra fuera perfecta. Ellos habían oído el gran llamamiento de Dios. El propósito de Dios les había sido presentado y ellos habían dado una respuesta. Habían avanzado mucho hasta entonces, pero, antes de que todo concluyera, se establecieron. El libro siguiente –Jueces es el registro de la tragedia de la obra inacabada. ¡Ninguno de nosotros diría que no hay nada así en la cristiandad hoy! Hay muchos cristianos que tienen un inicio maravilloso. Ellos ven la visión del gran propósito de Dios, y les impactan mucho ciertas palabras del Nuevo Testamento, como: “Llamados conforme a su propósito” (Romanos 8:28), ¡es una visión maravillosa!, “Conforme al propósito eterno que hizo en Cristo Jesús nuestro Señor” (Efesios 3:11). Semejante pensamiento hace una gran apelación a estas personas y ellas dan una respuesta de corazón. Ellos avanzan, pero al poco tiempo se detienen. Pierden la visión; pierden la inspiración; pierden el sentido de propósito; pierden la energía para seguir, y de algunos tenemos que decir: “Su aspecto es otro. Lo que hubo allí una vez ya no está. Fueron una vez tan positivos, tan ocupados con el llamamiento celestial, pero algo ha ocurrido”. Estas personas pueden no estar totalmente conscientes de ello, y no reconocerán que algo les ha pasado, pero es bastante evidente que algo ocurrió. Han perdido algo, y usted ahora no recibe la respuesta que una vez obtuvo de ellos. No están interesados ahora como lo estuvieron antes. La visión celestial ha salido de sus vidas. Eso es la verdad de muchos cristianos, y podría ser la verdad de todos nosotros. El libro de Jueces es nuestro instructor en esta materia. ¿Qué hizo que el pueblo no terminara la tarea? La primer cosa que veo es Cansancio ¿Por qué este pueblo se detuvo antes de finalizar la obra? Muy probablemente porque, obrando bien, se agotaron. La batalla era larga. Se extendió durante años y era muy agobiante. Tan pronto lograban una victoria cuando ya tenían que empezar a luchar de nuevo. No tenían mucho reposo entre una batalla y la próxima. Era una guerra prolongada; se agotaron, y en su cansancio perdieron la visión, se desanimaron, y perdieron la iniciativa. Me alegro mucho de que, con todas las cosas fuertes que dice el Nuevo Testamento, incluya expresiones muy amables y comprensivas sobre esto: “No nos cansemos, pues, de hacer bien; porque a su tiempo segaremos, si no desmayamos” (Gálatas 6:9); “Así que, hermanos míos amados … vuestro trabajo en el Señor no es en vano” (1 Corintios 15:58); “Porque Dios no es injusto para olvidar vuestra obra y el trabajo de amor” (Hebreos 6:10). ¡Hay muchas cosas como éstas! ¡Y Jesús dijo a sus discípulos cuando iban a ser introducidos en la batalla: “¡No se turbe vuestro corazón!” (Juan 14:1), mientras podemos oír las palabras de Señor a Josué: “Te mando que te esfuerces y seas valiente; no temas ni desmayes” (Josué 1:9). Y de nuevo, el Señor Jesús dice a sus discípulos: “Mas el que persevere hasta el fin, éste será salvo” (Mt. 24:13). Este pueblo en el libro de los Jueces se desalentó por el cansancio –¡y todos nosotros somos capaces de lo mismo!–; a veces no es fácil para nosotros rendirnos. O quizás deba decir que no es difícil para nosotros rendirnos, porque no queremos abandonar la batalla, aunque al mismo tiempo quisiéramos salir de ella. La batalla es interior, y aun un gran hombre como el apóstol Pablo tenía esa batalla. Él dijo: “Realmente no sé qué hacer! Tengo un fuerte deseo de partir y estar con el Señor para abandonar la batalla, aun sabiendo que el Señor me guardaría en ella. ¡No sé si rendirme o seguir!”. Creo que esta es una posible tentación para cada cristiano, y el Señor lo sabe. El Nuevo Testamento está lleno de cosas comprensibles sobre ello .La primera razón por la cual este pueblo se estableció demasiado pronto fue, entonces, el desaliento o cansancio. No era porque no habían tenido ninguna victoria –habían tenido muchas– sino porque dijeron: “¡Esta guerra no tiene fin! ¡Parece que nunca terminaremos!”. Así, cansados y desalentados, se detuvieron muy tempranamente. Estoy seguro que el libro de Jueces reconoce eso. Cada vez que el pueblo se reanimaba, encontraba de nuevo al Señor dispuesto a seguir con ellos. Este libro es un cuadro de una vida cristiana de altibajos. Un día estaban sumidos en la desesperación, y otro día estaban arriba en victoria. Era ese tipo de vida cristiana que siempre va de arriba abajo. Pero cuando se volvían al Señor encontraban que él estaba esperando por ellos. El Señor no se había rendido. Él siempre estaba listo para continuar. Pienso que esa es la primera gran lección en el libro de los Jueces. La segunda gran razón es la pérdida de la visión celestial Pero, ¿cuál fue el efecto de esta pérdida, de esta detención prematura? Fue la pérdida de visión. Ellos sólo vieron las cosas cercanas y perdieron de vista el propósito eterno de Dios. Perdieron de vista lo que Pablo llama “el premio del supremo llamamiento” (Filipenses 3:14). ¡Ahora esto parece una contradicción, pero ellos perdieron de vista lo que no se ve! Usted dirá: “¿Qué quiere decir con eso? ¡Es un absurdo! Cómo se pueden ver las cosas invisibles?”. Pablo dice: “Las cosas que se ven son temporales, pero las que no se ven son eternas” (2 Corintios 4:18). Ellos perdieron la vista de las cosas eternas porque estaban atendiendo demasiado a las cosas que se ven. Perdieron la visión celestial porque se satisficieron demasiado pronto. Era todo bueno hasta ahora, pero lo bueno se volvió enemigo de lo mejor. Lo primero que sucedió, entonces, fue la pérdida de la visión celestial. Esto obra en ambas direcciones. Si perdemos la visión celestial, nos sentamos muy temprano y nos enfriamos. Si nos establecemos demasiado pronto, perdemos la visión celestial. ¿Y qué entendemos por establecerse demasiado pronto? Queremos decir: perder el espíritu combativo. En este libro de Jueces los filisteos acudieron a una estrategia muy sutil: se llevaron todas las armas de guerra de Israel, y todo lo que dejaron fue una lima para afilar las herramientas de labranza, para que cada campesino en Israel tuviera que ir lejos en busca del herrero para arreglar sus herramientas. Todos los instrumentos afilados habían sido llevados y el espíritu de guerra fue minado. ¡Los filisteos habían hecho imposible para Israel luchar, y usted sabe que ahora hay un muy grande filisteo! La estrategia de este gran enemigo de la herencia es quitarnos el espíritu combativo. ¡Oh, cuántas artimañas han empleado los filisteos contra los cristianos! ¿Y en cuanto a nuestra vida de oración? Hubo un tiempo en que nosotros éramos guerreros poderosos en oración. Peleábamos batallas del Señor en oración. ¿Qué pasa con nuestras reuniones de oración? ¿Dónde puede encontrar usted las reuniones de oración en esta guerra espiritual? Sí, nosotros le pedimos cientos de cosas al Señor, pero en determinadas situaciones no batallamos hasta la victoria. Hay alguna vida en esclavitud terrible, hay algún siervo del Señor que tiene un alma dura, y hay muchas otras llamadas para la batalla, pero, ¿dónde están los grupos de oración que toman estos problemas y no dan tregua hasta verlos resueltos? El espíritu guerrero se ha apartado mucho de la Iglesia. ¡Es una evidente estrategia del diablo! Pierda el espíritu de batalla espiritual y usted se detendrá antes de culminar la obra. La tercera gran razón que se contaminaron con el espíritu del mundo La próxima cosa que motivó al pueblo a establecerse prematuramente fue el espíritu del mundo obrando entre ellos. ¿Cuál es el espíritu del mundo? Es el espíritu de: “¡Pasémoslo bien! ¡Disfrutemos! ¡Comamos y bebamos, que mañana moriremos!”. El pueblo de Israel miraba el mundo a su alrededor y, si lo entiendo bien, ellos dijeron: “Estas personas no llevan una vida tan dura como la nuestra. Nuestra vida es una batalla incesante. Ellos no saben tanto sobre eso, pero saben disfrutar de la vida”. Pienso que así era en ese tiempo particular. ¡Por supuesto, en este tiempo Israel tenía la otra cara de la moneda! Pero Israel había perdido el espíritu luchador y el mundo estaba teniendo un buen pasar porque la Iglesia ya no lo estaba combatiendo. En lugar de enfrentar al mundo, ellos se hicieron amigos del mundo. Hicieron del mundo sus amigos, y así, no terminaron la obra. ¡El compromiso con el mundo es una cosa peligrosa para la herencia! Intentar estar en buenos términos con el mundo y llevar una vida fácil traerá como consecuencia la pérdida de una gran parte de nuestra herencia. Pero terminemos con una nota mejor. Como dije antes, Dios no se rindió, y siempre que el pueblo subió de nuevo a la batalla y volvió junto al Señor para enfrentar al enemigo, encontró al Señor esperando por ellos. Así tenemos la historia de Débora, y la historia de Gedeón, y me atrevo a mencionar a Sansón. Aunque Sansón era un pobre tipo de hombre, si el Señor sólo tiene una mínima oportunidad, él la tomará. No pensamos muy bien de Sansón, pero, ¿piensa usted mejor de sí mismo? ¡Todos nosotros somos pobres criaturas! Todos nosotros nos hemos desalentado, hemos sido tentados a rendirnos, nos hemos detenido demasiado pronto, nos hemos cansado de hacer el bien, ¡pero tomemos otra vez la espada del Espíritu! Suba a la batalla de nuevo, y encontrará que el Señor está listo y esperando por usted. Gedeón, Débora, Sansón, y todos los otros. Pero pienso que hay uno que es mejor que todos ellos. ¿Recuerda usted el pequeño y hermoso libro de Rut? ¡Todos nos encantamos con él! ¡Es un amoroso libro de restauración espiritual! ¡Qué ilustración de la paciencia del Señor, de la prontitud de Señor para obtener provecho de cada oportunidad! ¿Cómo empieza ese libro?: “Aconteció en los días que gobernaban los jueces…”. El libro de Rut corresponde al tiempo de los Jueces, hasta entonces el tiempo más terrible en la historia de Israel, pero Dios estaba listo para cambiar el cuadro entero. Hay dos cuadros diferentes: los Jueces y Rut, pero ambos pertenecen al mismo período. ¿Ve usted lo que estoy intentando decir? Estimados amigos, estamos en una gran batalla, y ésta tomará largo tiempo. Nosotros podemos cansarnos en la lucha. Podemos desanimarnos y rendirnos demasiado pronto. Podemos detenernos antes de que la obra esté terminada. Esa siempre es nuestra tentación, una posibilidad trágica en la vida cristiana. Pero el Señor no se rinde. Él no desmaya, ni se desalienta, y si nosotros nos volvemos de nuevo a él, subimos otra vez, recuperamos nuestro espíritu combativo y continuamos peleando la buena batalla, encontraremos que el Señor está listo siempre, queriendo ayudarnos a luchar hasta el fin. ¡Él nos ayudará al clarear la mañana!
12 Nov
Después de un año accedo a las peticiones
Hola, lo que voy hacer a continuación es debido a las múltiples peticiones que me hacen personas que leen este blog. Siempre están va de preguntar quienes somos, que hacemos y otras hierbas.
Bueno mi nombre es Romeo Guevara, tengo 49 años estoy casado con mi amada esposa Triny que también es maestra de educación cristiana, y tengo un hijo de 20 años que estudia medicina. Por casi 30 años he trabajado en la iglesia evangélica y en el área docente a nivel universitario y secundaria y en el área pastoral. Soy Salvadoreño. Tengo estudios en Teología (a nivel de profesorado y licenciatura) En Admon y Docencia Universitaria ( a nivel de maestría) En Educación Cristiana (a nivel de Maestría). Me gusta jugar baloncesto, me encanta comer y leer. Actualmente estoy desempleado. (A propósito acepto invitaciones a predicar, enseñar o si hay iglesias que necesitan ayuda a sus ordenes )(Algún provecho tengo que sacarle a la propaganda). ¿Que más añado? Creo que esto es suficiente. Pueden escribirme a romeoguevara@yahoo.com. Bendiciones
12 Nov
Cuatro libros que representan los tiempos que vivimos 2 parte
La tercera cosa que nos hablan estos libros es de La gran necesidad del Señor: un instrumento El Señor debe tener un instrumento, un instrumento como Daniel, sea personal o colectivo, que se mueva hacia él a favor de su testimonio. Debe tener un Nehemías, con un corazón afligido por Su pueblo, a causa de la crisis del testimonio. Debe tener un Esdras, que en ningún momento se compromete con lo que es contrario a la mente de Dios. Debe tener un instrumento como Ester, que desecha todo temor, y va, tomando su vida en sus manos, a sitiar el trono por la vida de su pueblo, para la liberación del pueblo de Dios de la amenaza del enemigo. ¡Oh, lo que forjaron esas oraciones! Y, mis estimados lectores , si queremos ser instrumentos eficaces para el Señor en su obra del fin de los tiempos, la carga del Señor debe entrar en nuestro corazón de esa manera; debemos ser ejercitados de una manera muy profunda en los intereses de Dios. No debemos reservarnos nada de lo que contará para el Señor y sus intereses. ¡Te sorprenderías al ver cómo pasaría el Señor si tú le das una oportunidad! Todo empieza con un reconocimiento de la necesidad y la carga de estas cosas en nuestros corazones. Cuando realmente estemos en ello por el impulso del Espíritu Santo, se hallarán, encarnados en nosotros, los rasgos comunes encontrados en estos instrumentos del Antiguo Testamento; y nosotros seremos hallados como un pueblo consagrado hacia esta única cosa: la carga del Señor y la preocupación de corazón por Su testimonio en Su pueblo. La cuarta cosa común en estos libros es la oposición del enemigo. Luego, cuando asumes la carga, encuentras que estás en un ambiente de oposición, y que realmente estás en una batalla. Ese es otro rasgo común en estos libros; cada uno de ellos representa una situación de terrible oposición y antagonismo, todos combinados para detener la obra. Esdras – «Ahora nuestros enemigos». Y no estás lejos de Ester cuando descubres que estás en medio de un conflicto. ¿Y qué sobre Daniel? ¡El foso de los leones era para orar! Si nosotros vamos a permanecer con Dios en aquello que representa totalmente su propósito, tendremos que enfrentarnos al más feroz antagonismo, conflicto y presión, en todo momento; el enemigo no va a pasar por alto ningún método para frustrarlo todo. ¿Por qué tanto antagonismo? ¿Por qué tanta presión? Cada vez que sucede algo que cuenta para Dios en relación a su propósito para el tiempo del fin, allí está, lo encontrarás todo el tiempo. ¿Dónde obtiene el diablo su información? Él averigua cuando nosotros tenemos un importante mensaje de Dios, y nos encontramos con esta presión de adentro y de afuera cuando estamos en una tarea que cuenta para Dios. Cuando viene esto, es seguro que concierne a algo en lo cual Dios está involucrado. Vendrá por medio de personas, y si culpamos a las personas y enfocamos nuestra atención en ellas, hemos extraviado el rumbo; empezamos a luchar contra los hombres, pero en realidad se trata de algo más profundo. «Porque no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra principados, contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones celestes» (Ef. 6:12). Las personas se enemistan entre sí, y eso nos sobrepasa; enfocamos nuestra atención en ellas, nos airamos con ellas y viene el conflicto. Después vemos cuán insensatos hemos sido al permitir que el diablo nos envuelva en una situación humana, cuando es un problema espiritual. Realmente no ha sido la falta de las personas; ha habido un asunto espiritual en juego, y todas estas cosas fueron provocadas y utilizadas por el enemigo para ocuparnos con lo menor, de manera que nos ciega al problema real, dejándonos así fuera de la oración, y anulando nuestra posición a favor de los derechos del Señor que en algún punto u otro están siendo desafiados. Es un ámbito de conflicto incesante, y parecería que hemos entrado en esa parte de los tiempos cuando el enemigo no toma descanso, y nosotros encontramos que no tenemos reposo. Tú no debes hacer nada desligado de Dios, y nunca debes actuar fuera de, o aparte de, Dios; tal actitud expuesta habrá sido detectada por el enemigo, y tendrás que pagar por ello. La quinta cosa común entre ellos es el ministerio cuádruple Hay un aspecto cuádruple del ministerio de estos instrumentos usados por Dios. Daniel es el primero en empezar este movimiento hacia la restauración en Babilonia, y es interesante y significativo que se inició con la oración. Daniel levantó el testimonio de Dios en Babilonia mediante la oración. Dios reaccionó a través de un instrumento de oración. La mirada de Daniel está dirigida a Jerusalén; él está orando para que Dios recupere lo que ha perdido. Su preocupación es el lugar del Nombre, y él la expresa orando. «…desde el primer día que dispusiste tu corazón a entender y a humillarte en la presencia de tu Dios, fueron oídas tus palabras; y a causa de tus palabras yo he venido. Mas el príncipe del reino de Persia se me opuso durante veintiún días» (Daniel 10:12-13). A través de la oración de Daniel, los poderes del infierno habían sido conmovidos hasta lo más profundo, incluso hasta resistir a uno de los arcángeles más altos del Cielo – «Miguel, uno de los principales príncipes, vino para ayudarme». Notemos que Ester viene luego con la definición, y es como si el diablo dijera: «Daniel ha orado para conseguir que el pueblo salga y regrese a Jerusalén; yo voy a hacer imposible que ellos vuelvan». Así que nosotros lo vemos, a través del malvado Aman, procurando aniquilar a los judíos, determinado a eliminar todo remanente que pudiese regresar. Hoy el enemigo se opone tenazmente a que haya un remanente para Dios, trayendo muerte, presionando en todas las formas, firmemente decidido a paralizarlos. Dios controla todo soberanamente, y todas las maquinaciones de Amán son anuladas. Entonces Esdras levanta el testimonio, y su carga es por la casa de Dios en Jerusalén, y es el ministerio de la edificación. Y él, con el remanente, regresa y edifica la casa y erige el altar. Finalmente, entra Nehemías con su ministerio de la separación. Su preocupación son los muros y las puertas de Jerusalén. Él tiene urgencia por establecer una clara distinción entre lo que es de Dios y lo que no es de Dios. Él es diligente en salvaguardar el testimonio de Dios; vemos su celosa vigilancia sobre el día de reposo: «… los amonesté… y les dije… ¿Qué mala cosa es esta que vosotros hacéis, profanando así el día de reposo? … Y les amonesté y les dije… Si lo hacéis otra vez, os echaré mano» (Neh. 13:15–21). El sábado es ese gran testimonio de la integridad de la obra de Dios. Los muros hablan de la delimitación donde termina lo que no es de Dios; hay un límite claro, y más allá de éste, las cosas no son de Dios, ellas no tienen ningún lugar aquí, son excluidas. Los muros representan la ausencia de mezcla, la ausencia de superposición, y una delimitación clara. Ese es el mensaje de Nehemías.
Ahora quiero que veamos brevemente algo sobre Esdras 8, y veamos lo que significa para nosotros. Dios me ministró con algunos detalles del pasaje. Notemos que se mencionan varios nombres: los nombres de «aquellos que subieron conmigo de Babilonia». Aquí hay un registro de aquéllos que se separaron absolutamente para seguir con Dios. He aquí una escritura santa, y es como si el Espíritu Santo tomase la pluma y anotara los nombres de los que asumieron una responsabilidad en el testimonio de Dios, y él está escribiendo cada nombre de toda la fiel compañía que llevó a cabo Su obra; porque el Espíritu Santo habría hecho el comentario si alguien se hubiese detenido en el camino. No, éstos dejaron la tranquilidad y las comodidades de Babilonia por una jornada larga y difícil, amenazados por muchos peligros, y regresaron a una ciudad en ruinas. Hay un trabajo arduo, una cuota de sufrimiento, oposición, y mucho más, pero ellos deseaban pagar el precio y afrontar todo; y éstos son aquellos cuyos nombres son grabados con tal cuidado, y sus nombres estarán allí en tanto la Biblia esté vigente; ellos son los «llamados, y escogidos, y fieles» absolutos para Dios, cualquiera sea el costo. Es hermoso que Dios tenga en cuenta el nombre de cada uno de esos hombres que están trabajando. ¿Estamos avanzando nosotros con Dios? ¿O estamos calculando el precio y retirándonos? Y entonces notamos que la siguiente nota en el capítulo es la declaración de Esdras: «… no hallé allí de los hijos de Leví» (Esd. 8:15). ¿Por qué? Si se supone que son los que debería dar el ejemplo. Los levitas eran aquéllos que sólo tenían una herencia en Dios; ellos no tenían herencia en la tierra (Jos. 14:4-5). Ir a una tierra de desolación en la cual ellos no tenían herencia, no parecía muy prometedor, y ellos estaban consiguiendo más en Babilonia y en Persia de lo que podrían tener allí, y así no podían ver cómo iban obtener su sustento. Ellos sabían que no tenían ningún derecho a entrar en el reino de las cosas terrenales; y a causa de que no tenían herencia en la tierra, sino tenían que confiar en el Señor, se quedaron en Babilonia. ¡Aquéllos que tenían que salir y tener su porción sólo en Dios, fueron miserablemente pocos; ningún levita salió! ¿Y no ocurre lo mismo en el ministerio de la Palabra, cuando alguien sale de un sistema donde está seguro de su sustento? Es una prueba de fe tener una posición asegurada en el mundo de la religión, y salir, y sólo tener su porción en Dios y no en el mundo. No hay muchos que puedan hacer eso. Así que no hay ningún levita en ese registro. Cuantos pastores siguen en la religión de hecho he conocido a muchos que hablan pestes de sus congregaciones pero que no se van porque allí tienen asegurado el sustento! Venden su ministerio por un plato de lentejas. El siguiente hecho es: Esdras proclamó ayuno (vers. 21-23). ¿Qué señala esto, espiritualmente? Sólo esto: ¡El Señor vela por ti! Eso es todo. Sí, pero es de nuevo una prueba de fe, porque es una jornada de fe. ¿Puede el Señor guiarnos? ¿Hacemos bien en no consultar al rey? En otras palabras, debemos interceder para ayudar a los hombres, para ayudar al mundo; asegurándonos de obtener una respuesta efectiva. Eso es lo que significa; pero nosotros pensamos que no podemos actuar sin echar mano a los recursos del mundo. ¡Pero podemos contar con Dios! Él velará por nosotros. Ese es el testimonio, amigos lectores – Dios nos guarda. Esa es nuestra conducta segura, exitosa y victoriosa. Al ver los Salmos 121 al 134 después de Esdras 8:21; notamos que hay un caminar en ellos todo el tiempo, y una nota firme de confianza y victoria. Algunos han pensado que ellos cantaron eso en su viaje. Ellos expresan esa confianza absoluta en Dios: «Como Jerusalén tiene montes alrededor de ella, así el Señor está alrededor de su pueblo». Eso es algo mucho mejor que todos los jinetes y caballos de este mundo. El Señor puede velar por ti. Confía en él; no bajes a Egipto o al rey de Babilonia por ayuda; dale al Señor una oportunidad para mantener su propio testimonio. Así ellos siguieron esta jornada de fe y el Señor les respaldó en su confianza. Esdras 8:24-30 trata con el depósito; la ofrenda voluntaria santa al Señor: «Vigilad y guardadlos, hasta que los peséis delante de los príncipes de los sacerdotes y levitas, y de los jefes de las casas paternas… en Jerusalén». Es de bendición considerar esto como el depósito que el Señor nos confió en el principio. De eso escribe el Apóstol a Timoteo: «…guarda lo que se te ha encomendado» (1ª Tim. 6:20). Por causa de Su testimonio, el Señor ha encomendado al vaso aquellas cosas que representan la plenitud de Su salvación. Tú tienes el bronce, la plata y el oro; sabemos lo que eso significa, y todo esto es el depósito, estas cosas sagradas de «la fe una vez dada a los santos». Esos grandes elementos de la salvación: la Justicia, la Redención y la Santificación. Al entrar al tribunal del tabernáculo, nos encontramos de inmediato con el bronce –el altar de bronce–, con todo su maravilloso significado del cuerpo del Señor Jesús total y completamente consagrado a la voluntad de Dios, «por el cual nosotros somos santificados» – el holocausto perfecto que provee para nuestra Santificación (Heb. 10:10). Entonces tenemos la plata de nuestra Redención, y el oro de esa conformación a la imagen divina. Ese es el depósito de la fe. Judas insta a los creyentes a que contiendan ardientemente por la fe una vez dada a los santos. Ese es el depósito confiado a nosotros al principio, y para ser ofrecido completo al final de la jornada. Pablo podía decir al final de su vida: «He guardado la fe», y él lo devolvió completo al final en la casa de Dios. Esto representa el ministerio concerniente a la Casa de Dios, el testimonio entero, el Evangelio pleno. La fe plena una vez entregada a los santos es confiada a nosotros; y tiene que ser atesorada en la casa de Dios, resguardada en la jornada, y por fin presentada al Señor sin mezcla. El testimonio claro; sin perder ni una tilde, sino devuelto entero. El Señor nos dé la gracia y fuerza para guardar nuestra confianza y presentarla a él diciendo: ‘No hemos perdido nada, hemos guardado la fe, hemos corrido la carrera’. Hay una corona de justicia delante de nosotros. Todo esto es muy bueno como verdad bíblica, pero si sólo llega hasta ahí, yo he hablado en vano. Conozco la dificultad de involucrar a otras personas en la preocupación y carga de uno mismo. Creo que ustedes tienen una cuota de percepción acerca de cómo están las cosas hoy; ellas son espiritualmente terribles, pero hay aquéllos que buscan más de Dios, e inquieren acerca de dónde pueden encontrar alimento espiritual. Creo que el Señor hará algo en nuestro día – el día de las cosas pequeñas. Él empezará teniendo un instrumento con una carga, en el cual depositará la revelación plena del Señor Jesús; un instrumento que saldrá en fe y confiará en Él, dando al Señor una oportunidad para ser vindicado. Que el Señor nos constituya en parte de tal instrumento y también mueva a otros. Pregúntale al Señor por esta materia, y, si es verdad, ponla en tu corazón y entra en comunión con él en aquello que él hará hoy.
12 Nov
Cuatro libros que representan los tiempos que vivimos
El terreno en el cual nosotros estamos es muchísimo más positivo en el tiempo presente que el que disfrutaron los santos del Antiguo Testamento, porque nosotros miramos atrás, al logro victorioso del Calvario. Sin embargo, la posición y la condición del Antiguo Testamento es también un cuadro real de nuestro propio tiempo y condición espiritual; estoy pensando en términos de libros de la Biblia y no de versículos. Los libros de Daniel, Esdras, Nehemías y Ester tienen que decirnos al respecto. Estoy convencido de que estamos viviendo en un tiempo representado por estos libros, y en ese sentido estamos viviendo tiempos bíblicos, de manera que estos libros son muy actuales, y tienen hoy un significado permanente. No puedo pensar que el Señor nos haya dado meramente una colección de libros de historia sobre cosas que pasaron hace siglos sin un valor real para nosotros. Su Palabra dice: «Porque las cosas que se escribieron antes, para nuestra enseñanza se escribieron» (Rom. 15:4), de manera que Dios nos quiere decir algo a través de ellos. En primer lugar estos libros nos hablan de cautividad espiritual Veamos lo que estos libros representan, y cómo ellos tocan nuestro tiempo. Hay factores comunes en ellos. Primero, su fondo histórico general – el pueblo de Dios en cautividad en Caldea y Persia, como resultado de una crisis espiritual. Sin adentrarnos en lo que Babilonia, Caldea y Persia pueden significar, damos por sentado el hecho de que, cuando el testimonio de Dios se desmorona en su pueblo, viene un estado de cautividad espiritual, y espiritualmente ellos quedan fuera del lugar donde se asienta el testimonio de Dios. Ellos estaban en un terreno, en un orden de cosas, con respecto al culto, exteriormente ordenado por hombres, pero detrás de aquello estaba la mano de Satanás como el dios de este siglo. Babilonia y Persia representan el dominio de un orden religioso establecido por el hombre, un orden terrenal de cosas, en el ámbito del culto gobernado por el dios de este siglo a través del hombre. Me temo que por lo que veo a mí alrededor, vemos mucho de esto en el pueblo de Dios, especialmente en este lado de Latinoamérica. Sin embargo en medio de esas condiciones estaban los que aún seguían al Señor, representando algo que no estaba comprometido con ese estado; ellos estaban descontentos e interiormente resistían a aquéllos. En segundo lugar estos libros nos hablan la carga del corazón en los protagonistas. Aquí veo un concepto que Dios me ha estado mostrando últimamente y es que antes de intentar hacer la obra de Dios debemos primero recibir la carga de Dios por la restauración de su testimonio. Vea como estos cuatro libros representan eso; y en cada caso encontramos al instrumento mencionado bajo una gran carga acerca del testimonio del Señor, sus intereses, su nombre, y su pueblo por causa de ese Nombre. Ese es el segundo factor común. Detengámonos aquí, porque es aquí donde empieza ese ministerio. En general hoy, el pensamiento y la concepción plena del Señor no es la cosa general hallada entre su pueblo. El testimonio del Señor ha sido quebrado grandemente, y la gran multitud llamada por Su Nombre es gobernada, manipulada y controlada por algo que es religiosamente de la tierra y no de los cielos, del hombre y no del Espíritu Santo; y es necesario ver la imposibilidad de aceptar ese estado de cosas. Una cosa es reconocer esto, y realmente otra es estar asociados con el mover del Señor para recuperar para sí mismo aquello que está en Sus propósitos. Uno puede ocuparse todo el tiempo con el mal estado de las cosas, lamentarse, hacer a las personas sentirse miserables, y aun así no lograr nada. Eso no es suficiente. Yo creo que había muchos en Caldea que lamentaban las cosas y hablaban de ‘los buenos días de antes’. Es bastante fácil hacer eso, y en cierto sentido es descontento religioso; pero eso no produce fruto en el movimiento de recuperación del Señor. El Señor actuaría en relación a esta situación, y él está obrando. Esdras se inicia con la actividad soberana de Dios (capítulo 1:1). Dios no sólo actúa desde el exterior, no sólo soberanamente, sino que hay algo que lo precede, que hace posible su actividad, que introduce la soberanía de Dios. Todos estos que representan Su vaso para tratar con la situación, eran hombres que tenían una gran carga en relación a los hechos, y ellos no son usados por Dios en una situación así a menos que tengan dicha carga. Vemos a Esdras derramándose delante de Dios de tal manera que las personas se reunieron en torno suyo y, cuando vieron su desesperada preocupación por el estado de cosas, fueron conmovidos tan tremendamente que no había él terminado de orar, cuando vinieron a él y procuraron enmendar rumbo. Así vemos a Esdras, lejos de Jerusalén, con una gran carga por el testimonio del Señor. Nehemías, allá en Persia, es mostrado con una carga similar. Porque, habiendo preguntado a Hanani y a sus amigos acerca de su estada en Jerusalén, y oyendo de ellos un informe deplorable, esto lo cargó tanto que su semblante se demudó, y él, sabiendo que su vida corría peligro, fue ante el rey con una cara triste –porque era prohibido ir ante el rey con tal semblante– pues él no podía ocultar la aflicción de su corazón por los intereses y el testimonio del Señor, en relación al pueblo llamado por Su nombre. Ester, otro vaso escogido por el Señor, es presentada igualmente entregando su vida por la vida de su pueblo – esta gente cuya vida representa los intereses y el testimonio de Dios sobre la tierra. Esta es la manera en que Dios nos hace asumir Su preocupación por sus intereses en la tierra. Daniel también es un hombre con una carga, orando tres veces al día. Y durante tres semanas enteras, ¡qué oración hace, moviendo el cielo y la tierra! Él es un hombre con una carga; y allí es donde el ministerio real empieza. Dios se procura un vaso, un instrumento traído en tan estrecha comunión con él, que las condiciones de ruina y fracaso imperantes se vuelven un sufrimiento agudo, una agonía. Pablo supo algo de ese «sufrir por causa de Su cuerpo… completando lo que falta de los padecimientos de Cristo». ¡Nosotros debemos enfrentar eso! La actitud que va a contar para Dios es el compartir Su preocupación. Hay todo un romanticismo de la obra cristiana, pero todo el entusiasmo y el interés de la actividad cristiana organizada es mero encanto. Lo que cuenta no es lo que nosotros somos delante de los hombres en esta materia, sino lo que somos ante Dios en el cuarto secreto, teniendo aflicción de corazón por Su testimonio. ¿Tienes una carga, una pasión? ¿Es para ti una angustia la crisis del testimonio del Señor en la tierra entre aquellos que invocan Su nombre? Nunca lograremos nada hasta que hagamos nuestro Su sentir. El servicio, en su valor real, permanente, eterno, dependerá de la medida en que la carga entra en nosotros. Éste es un día para asumirla. Aquéllos que han sido más usados por Dios en cada época han sido hombres y mujeres que tenían esta carga en su alma, en su vida íntima con Dios. ¿La tienes tú? Quizás digas ‘No’. Entonces pídele al Señor que te introduzca en Su preocupación, derrámate delante de él para ser traído a Su carga durante el tiempo en que tú vivas. Todo esto representa a aquéllos que toman en sus corazones una carga que los lleva a un punto donde sus intereses han pasado a segundo plano. Ellos toman su vida en sus manos, y sostienen todo respecto al propio interés y testimonio del Señor, dejándolo todo por Dios. Ésta se vuelve una carga del corazón para ser llevada todo el tiempo, no meramente como una carga del ministerio. ¡Oh, que el Señor ponga esta carga dentro de nosotros, para que dondequiera que estemos, no podamos permanecer ociosos! Esto es necesario en todo servicio real. No que nosotros estemos siempre dando la impresión de ser desdichados. Había una confianza y una fe que creaba en estos siervos de Dios una extraña y muy real paradoja – «como entristecidos, mas siempre gozosos» (2ª Cor. 6:10). Amados, ése será uno de los factores liberadores en cualquier vida. El camino de la liberación de sí mismo y de la introspección es tener participación en la carga del Señor. La liberación de sí mismo viene aparejada a la acción de involucrarse en los intereses del Señor. Tú puedes llegar a estar atado con tus propios problemas espirituales, y la manera de liberarte es tener la carga de todo el pueblo de Dios en tu corazón. Eso crea el ministerio, que significa fuerza, que significa oración. Tener una carga del Señor nos emancipa. ¿La tienes tú, o estás envuelto con las cosas, jugando con guacales a la orilla de la playa, en lugar de salir fuera, a lo profundo de Dios en su gran tarea? ¿Estás simplemente interesado o desesperadamente involucrado; simplemente teniendo un buen pasar, o realmente llevando encendido tu corazón con las necesidades del pueblo de Dios? ¿Estás verdaderamente allí?
12 Nov
Cuando Cristo nos hace tropezar 3 parte
Quiero continuar con las cosas que nos podrían hace tropezar. Una tercera cosa que puede ocasionar tropiezo en nuestras vidas es la lentitud de sus métodos. Vamos a Cristo y colocamos nuestra vida bajo su control, en la esperanza de una inmediata liberación que nos eleve por encima de toda preocupación respecto a la tentación y las fuerzas que se oponen a nosotros. Pero cuán desalentadoramente lenta es la realización de eso, y cuán difícilmente son ganadas las victorias aun cuando somos fortalecidos por su Espíritu. Luego descubrimos que la vida no es una canción, sino una guerra; que la gracia de Cristo no es un mero éxtasis, sino una energía que opera dolorosamente por la justicia en nosotros, y que se exige de nosotros toda vigilancia, sea para ocupar el terreno ya conquistado o para conquistar nuevos territorios. Y la lentitud de Cristo en nuestros propios conflictos espirituales generalmente es causa de tropiezo para nosotros. Eso, porque desalienta, como ninguna otra cosa, nuestras esperanzas, contradice nuestros conceptos errados de una victoria fácil y pasiva sobre nuestras fuertes enemistades. Pero, en verdad, ese método, lento según nos parece, es el único que él podría adoptar, teniendo en cuenta la grandeza de su propósito y la contrariedad de nuestra naturaleza. Y cada experiencia de victoria, por pequeña e insignificante sea, es una profecía del definitivo y completo triunfo final. Por la estimación de lo que Cristo ya hizo, somos asegurados de su propósito inmutable. Cada partícula de experiencia de su poder para santificar, purificar, redimir y librar es profética en lo tocante al todo: “Aquel que comenzó en vosotros la buena obra, la perfeccionará” (Fil. 1:6). Y si nos aferramos a este hecho encontraremos en él inspiración para proseguir firmes en la fe, y no seremos escandalizados por el hecho de que él trabaje en forma tan lenta, pero segura. Lo mismo es verdad también con respecto al progreso del reino, a cuyos intereses fuimos llamados a servir. Cuán frecuentemente encontramos, en la lentitud con que son alcanzados los resultados espirituales, motivo de tropiezo en Cristo. Comenzamos esperando que, cuando exaltemos a Cristo, multitudes se unirán a él. Imaginamos que sólo necesitamos trabajar fielmente al servicio de Dios y del hombre, y los resultados serán manifestados con seguridad. ¡Pero cuán diferente es lo que sucede! ¡Cuán difícilmente las almas son persuadidas y ganadas! ¡Cuán verdadero es que la cizaña crece juntamente con el trigo! ¡Cuán cierto es que aquel que va llevando la preciosa semilla necesita de las lágrimas cuando siembra! (Sal. 126:6). Y la dificultad para creer que Dios está en el campo, cuando permanece bastante invisible, es demasiado para algunos que comienzan a trabajar para él con elevadas esperanzas y creencias valerosas, que parecen ser todas injustificadas. A semejanza de los discípulos, ellos piensan que el reino de Dios debe venir inmediatamente; y en la disciplina de su entusiasmo y en la conversión de su consagración en constancia, ellos quedan en condiciones de tropezar. No sería difícil citar ejemplo tras ejemplo para probar eso en la obra espiritual, pues cuando los resultados son poco visibles, generalmente los ejemplos son muy reales. El obrero que prosigue sin el estímulo del éxito exterior, que sostiene el testimonio del Señor aun cuando es confrontado por la fría indiferencia, que lleva adelante la obra de Cristo en la inspiración dedicada de saber que se trata de la obra de él, es quien alcanza la bienaventuranza de no escandalizarse. Y parte de eso está en la cosecha inevitable de toda su siembra y en el galardón seguro por todo su servicio. La cuarta cosa que puede hacernos tropezar es la irracionalidad de sus silencios Pero, tal vez, como cumbre y por encima de esas causas sugeridas de tropiezo en Cristo está la irracionalidad de sus silencios. Yo simpatizo totalmente con Juan el Bautista en su perplejidad: “Si éste es realmente el Cristo, porque él no actúa como Cristo? ¿Por qué él no hace nada para libertar a su mensajero cautivo o para traer paz a su corazón turbado?”. Una visita de Cristo cambiaría su prisión en un palacio. Un apretón de manos de él transformaría las tinieblas de Juan en gloria. Pero Jesús no le concedió eso. Lo mismo sucedió en Betania, cuando él dejó a Marta y a María entregadas a la tristeza por dos largos y enfadosos días. Yo me identifico con ellas en su total incapacidad de comprender la demora de Cristo a la luz de su amor; y también en la protesta implícita en la palabra con la cual lo saludaron: “Señor, si hubieses estado aquí, mi hermano no habría muerto”. Su silencio parecía totalmente injustificable. Y todavía parece injustificable cuando aparentemente él no presta atención a nuestras oraciones, y clamamos hacia un cielo silencioso. ¿Quién no conoce esta amarga experiencia, así como la sutil emboscada en una experiencia como esa? Usted ha orado por la conversión de sus seres queridos, pero todavía hoy ellos permanecen inflexibles e indiferentes como siempre. Usted oró por cosas temporales que parecen totalmente necesarias, y no vino ninguna respuesta. Usted buscó alivio de alguna carga opresiva, pero ningún alivio le fue concedido, y hoy la carga está más pesada que antes. Y el pensamiento de que el silencio de Cristo es injustificable nunca está demasiado lejos. La lealtad a él se torna algo enfadosamente cansador, llegando casi a la fatiga. Es casi justificable escandalizarse con él. Pero así como sucedió con Juan en la prisión y con las hermanas en Betania, y multitudes de otros en todas las épocas, él no está distraído, aunque su silencio parezca indicar eso. Él está entrenándolos a ellos y a nosotros, para entender la fe, para vivir en la esfera de lo invisible y eterno, para andar en sus propios pasos. Algunas veces lo que llamamos “oración no respondida” es, sin ninguna duda, prueba de una bendición mucho mayor que la respuesta deseada posiblemente podría haber sido. Cuando Cristo responde nuestros pedidos con un “no”, podemos estar seguros de que un “sí” habría sido para nuestro perjuicio. Él retiene misericordias secundarias para enseñarnos la importancia y el valor de las principales. Sus negativas son para enriquecernos y no para empobrecernos, pues sus propósitos son ampliamente más vastos que nuestras oraciones; y mientras su hablar pueda ser como la plata, su silencio es como el oro. Así que nuestro pasaje se puede parafrasear de la siguiente forma: “Bienaventurado es el que no halla en mí motivo de tropiezo”. “Estas cosas os he dicho para que, a pesar de la severidad de mis exigencias, del misterio de mis contradicciones, de la lentitud de mis métodos, de la irracionalidad de mis silencios, no se escandalicen”. ¿Qué cosas eran estas? ¿Qué dará seguridad a su pueblo contra el peligro de la traición? ¿Cuáles son las seguridades permanentes de nuestra fe? En una palabra: la confianza en Su camino delante de nosotros – “Yo he venido de mi Padre”, “Yo voy al Padre”, “Yo soy el camino”. Después, la certeza de Su amor por nosotros: “El Padre mismo os ama”. Y, en fin, la constancia de Su unión con nosotros: “Ustedes en mí, y yo en vosotros”. Estas son las verdades-embrión de todas sus advertencias. Y la expansión de ellas está en la vida de los que le pertenecen. Bienaventurado es aquel que, descansando en estos hechos de Dios, hace de ellos los elementos de su propia vida y prosigue sin escandalizar y sin escandalizarse, siempre radiante con “la paz que excede todo entendimiento”, y se va tornando, de forma creciente, en parte de la iluminación del mundo a medida que refleje a su Señor. Pero tengamos cuidado para no colocar ningún valor inadecuado sobre nuestras simple comprensión de esta verdad. Tengamos cuidado para no sobrestimar la fuerza de nuestras resoluciones y recursos. Tengamos cuidado para no decir algo como: “Aunque todos se escandalicen de ti, yo nunca me escandalizaré” (Mt. 26:33). Antes, en una dependencia sensible y humilde de Cristo, que siempre se expresa en una devoción y lealtad férrea a su Palabra, busquemos vivir como hombres cuya fe se manifiesta. Pues esta es la condición que gobierna toda la bienaventuranza de aquel que no se escandaliza, de aquel que no halla en el Señor motivo de tropiezo, de aquel que no se ofende con su Señor. Bendiciones!
12 Nov
Cuando Cristo nos hace tropezar 2 parte
La segunda de las palabras de Cristo que citamos al comienzo, nos ayuda a entender cómo su mensaje a Juan también se aplica a nosotros: “Estas cosas os he hablado, para que (en mí) no tengáis tropiezo”. Ellas fueron pronunciadas en la víspera de su partida, cuando las ardientes pruebas del discipulado estaban aun por ser experimentadas por sus seguidores. E indican que ellos necesitarían mantener el alma en las cosas que él le habló con respecto a su propósito y poder, si querían evitar el peligro del tropiezo y del alejamiento de él. Porque ellos son serían forzados a entrar en experiencias de prueba y esfuerzo a medida que evidencien sus niveles de consagración. “En aquellos días”, dice Cristo, “sean verdaderos a aquella mejor experiencia que tuvieron de mí. Descansen en aquello que ningún hombre puede quitar de ustedes: el conocimiento personal que poseen de mi gracia. Apéguense a lo que les he hablado y mostrado. Sean leales a mí. Confíen totalmente en mí, a pesar de todo misterio inexplicable y de cualquier tribulación aparentemente innecesaria. Y así ustedes no tropezarán, sino que serán fortalecidos por esas mismas cosas que están dentro de mi voluntad”. Decir que Cristo no sólo domina a los hombres, sino que también los ilusiona, no significa que seamos desleales a él. Me he dado cuenta por este pasaje y por mi experiencia y la experiencia de otros que mientras él los bendice, también los confunde por ser sus caminos y pensamientos tan incomparablemente más elevados que los nuestros. Él nos induce al amor y a la lealtad, pero también nos desorienta al punto de perturbarnos. Él ciertamente responde a las preguntas de nuestro corazón, pero al mismo tiempo despierta más preguntas de las que responde. Y, en la vida de todo aquel que realmente le sigue, siempre habrá, como hubo en su propia vida, algún “¿por qué?” muy grande no respondido. Ninguno de nosotros jamás estará exento de la necesidad de adquirir por la fe y la paciencia la bienaventuranza de no escandalizarnos del Señor. Imagine un ejemplo típico de escándalo. Normalmente no se trata de una apostasía abierta, de una renuncia fría a la verdad o de una negación amarga de la experiencia pasada. Al contrario, el escándalo comienza con el desengaño de alguna esperanza, la falla de una expectativa, al agotamiento de una oración no respondida, o el dolor del corazón que parece no obtener ninguna respuesta compasiva de Dios. Todo eso genera una desconfianza silenciosa e indestructible; y a medida que meditamos en ella, surge una sensación de injusticia, un sentimiento de no haber sido tratados de forma justa por Cristo, que crece y se transforma en un serio resentimiento. Hasta que, después de algún tiempo, su yugo se torna cansador, y cuestionamos su derecho de controlar nuestra vida. El fin de todo es un repudio secreto de su señorío y una renuncia externa de todas las metas e intereses espirituales. Este es un caso típico de escándalo en Cristo. Y cuántos hay a nuestro alrededor cuya vida puede ser descrita así, quizás tú en este mismo momento que lees estas líneas estés escandalizado por Cristo. Son los pequeños principios de desconfianza que crecen hasta convertirse en los mayores desastres. Si dos líneas paralelas fueran continuadas hasta el infinito, nunca habría ninguna variación de distancia entre ellas. Pero deje que haya entre ellas una divergencia en algún punto del grosor de un cabello, entonces, cuanto ellas más avancen, más amplia se tornará la divergencia, hasta que las separará un universo de distancia. Así es con nuestra comunión con Cristo. La menor desconfianza o desobediencia se reviste con la potencialidad del infinito; y si ella no fuere descubierta y confrontada habrá fatalmente una eternidad de distancia entre el alma y el Salvador. Por lo tanto, si consideramos cuales son las evidencias peligrosas del tropiezo en Cristo, podremos establecer también una nueva relación de confianza implícita con nuestro Señor y seremos salvos de este peligro amenazador. Y este es, ciertamente, el propósito de su palabra de advertencia. La primera cosa que puede ocasionar tropiezo en nuestra vida es la realidad de sus exigencias. Cuando, en los primeros tiempos, fuimos a Cristo, el camino parecía cubierto de rosas y el aire impregnado de perfumes fragantes y suaves. Por algún tiempo, Cristo fue absolutamente franco con nosotros, al no esconder nada de las dificultades y conflictos que debemos soportar. Nuestra capacidad de entendimiento era tan limitada que sólo podíamos ver una cosa cada vez, y esa cosa era que Cristo llenaba todas nuestras necesidades de las que teníamos conciencia inmediata. Así marchamos al son de una alegre melodía con la cual nuestro corazón estaba afinado. Pero, al poco tiempo descubrimos que las condiciones del compañerismo y la realidad de sus exigencias son severas. Por ejemplo: vemos que una separación verdadera del mundo en espíritu y propósito es totalmente necesaria para mantener la comunión. Descubrimos que no podemos marchar al son de dos melodías al mismo tiempo – ¡y las melodías del mundo son realmente seductoras! Aprendemos que no podemos marchar con él y con la opinión popular al mismo tiempo; con él y con el mundo; y no siempre con él y con la iglesia que sólo exteriormente se profesa o que es víctima de una religiosidad superficial. Y cuando se hace ese descubrimiento, sucede frecuentemente que los hombres se escandalizan de él, pues su exigencia encierra una perturbación de alto precio en el ajuste de la vida hogareña, de la vida financiera y social, conforme a su norma. Posiblemente puede significar para algunos renunciar a alguna especie de popularidad que existe sólo por causa de un silencio vergonzoso en relación con él. Para otros, puede ser la ruptura de lazos que se tornaron en gran parte de sus vidas, y el sacrificio de la prosperidad material que tiene algo de injusta. Para todos significa el fin de la satisfacción propia, la crucifixión con miras a la coronación, la destronización para que haya una entronización. Y cuando todo eso es entendido claramente, entonces ocurre que los hombres se ofenden con Cristo. Cuando él dice: “Corta tu mano derecha, arranca tu ojo derecho, abandona todo lo que tienes, toma la cruz y sígueme”, entonces surge la prueba que determina todo. Generalmente los hombres retroceden para no andar más con él. ¡No es porque no le entiendan, sino porque le entienden muy bien! Cuando él es reconocido, no sólo como el Cristo de corazón compasivo, sino también como el Cristo de rostro firme, entonces es grande la bendición de aquel que no se escandaliza. Una segunda cosa que puede ocasionar tropiezo en nuestra vida es el misterio de sus contradicciones. Generalmente, tenemos la impresión de que Cristo no simpatiza con nuestros mejores deseos, aquellos que tienen origen en nuestra comunión con él. Por ejemplo: usted desea realizar algún gran servicio y cubrir alguna esfera amplia, pero la respuesta de Cristo a su deseo es dirigirlo a enfrentar las dificultades de una obra pequeña, en un lugar donde el reconocimiento de su trabajo es mínimo o nulo (pregúntemelo a mí). Usted pide trabajo espiritual fresco y abundante y todo lo que se le concede es una rutina monótona de obligaciones sencillas y hasta quizás profanas. Y usted corre el riesgo de escandalizarse con él, simplemente por tener justificaciones insignificantes para el trato de él con su elevado propósito. O puede ser que usted pidió el don del descanso y reclamó sus grandes promesas en ese sentido, pero la respuesta vino en la necesidad de conflicto severo y continuo. Es allí cunado las llamas de la tentación relucen a su alrededor, no en pequeña cantidad, sino de forma más feroz que nunca, y usted queda tan confuso como ofendido delante de tal cumplimiento de la Palabra sobre la cual usted esperaba. Tal vez usted haya deseado una vida menos sobrecargada y extenuante, pero la única respuesta del Señor vino en forma de cargas aún más pesadas. Y usted está próximo a quedar escandalizado con él. El misterio de todo eso frustra cada propósito serio, y la tentación para desconfiar algunas veces es demasiada. Tal vez nos ayude recordar el simple hecho de que él sabe y hace exactamente aquello que es mejor para el desarrollo y represión de nuestra vida. En verdad, él no sólo no simpatiza con nuestro egoísmo: él busca destruir dentro de nosotros cualquier cosa que tenga el gusto de amor propio, vanagloria, autosuficiencia, y reproducir en nosotros algo de la belleza de su propio carácter. En sus contradicciones, correctamente comprendidas, podemos ver la expresión de su perfecta sabiduría respecto a nuestros más elevados intereses y también a los intereses del reino del cual nos ha concedido participar. Así, es “bienaventurado aquel que no halla tropiezo”, que acepta la dirección de Cristo como su amor y confía en él aun “cuando el simple confiar en él parece ser la más difícil de todas las cosas”. Termino en la tercera entrega de este artículo
12 Nov
Cuando Cristo nos hace tropezar
Durante mis primeros años como cristiano, siempre comprendí del peligro de los malos testimonios. En nuestra jerga eclesial (aunque esta jerga es bíblica) usamos el concepto de “piedra de tropiezo”. Recuerdo que mi hermana mayor, que fue una de las primeras que se convirtió en mi familia, me decía que no debíamos ser “piedra de tropiezo con nuestros testimonios”. Con el correr del tiempo me he cuidado de no serlo, y también que no me hagan tropezar otros malos ejemplos. He procurado no tropezarme con personas de malos testimonios. Sin embargo, ¿que sucede cuando el que lo hace tropezar a uno, en realidad es un buen ejemplo? Voy ir un poco más allá, que sucede cuando el que lo hace tropezar a uno es Cristo? Sí, lo oyó bien Jesús! Vea lo que dice la Escritura: Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí… Estas cosas os he hablado, para que en mí no tengáis tropiezo” (Mt. 11:6, Jn. 16:1). Uno de los mayores peligros de la vida cristiana se esconde en el sencillo camino del discipulado: es el peligro de escandalizarse con Cristo. La comunión a la cual el evangelio nos convoca inevitablemente trae un constante, nuevo y humillante descubrimiento del yo, una inevitable perturbación del orden establecido en nuestra vida, puesto que la voluntad del Señor va a corregir y oponerse a la nuestra, y habrá un esfuerzo incesante para alcanzar el ideal, esto es, hacer que nuestra vida como seguidores corresponda, de forma creciente, a la suya como precursor. Y el peligro está en que somos capaces de reprobar la prueba y el entrenamiento de todo eso, de volvernos atrás y no caminar más con él, y de llegar a escandalizarnos de él. Siempre es posible, aun a pesar de la confesión sincera del alma, que aquello que Dios entiende por bendición se transforme en una enfermedad para nosotros, debido a nuestras interpretaciones equivocadas. Es siempre peligrosamente posible que la luz de hoy se convierta en profundas e impenetrables tinieblas mañana, por causa de nuestra falla en obedecerle y mantenernos caminando con él, sea por nuestro atraso o el desvío de la dirección de la comunión con Cristo. En estos tres años de mi vida, desde que regresé de Guatemala, he pasado por diferentes tratos de Dios, y les digo, que ha habido momentos, en que he estado a punto de escandalizarme por causa del Señor. Sin embargo, siempre me pregunté porque mi actitud de escandalizarme si él nunca ocultó que existía la posibilidad no premeditada de ofendernos con él. En su evangelio, él une las bienvenidas con la advertencia, como nadie lo hizo jamás. Su Palabra, mientras abre el corazón de Dios para nuestra percepción, abre también nuestro propio corazón para nosotros. Por medio de él conocemos al Padre y nos conocemos a nosotros mismos. Él nos revela la total fidelidad de Dios, pero revela también la inestabilidad de nuestra propia voluntad y lo indignas de confianza que son nuestras propias emociones. Él no nos trata como a hombres perfectos, sino como a hombres reales, y nos advierte respecto de la mortandad que en medio del día destruye y de la pestilencia que anda en la oscuridad (Sal. 91:6). Es por eso que no debe sorprendernos la palabras que el refirió años atrás. “Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí”. La implicación es obvia y amenazadora, pero la realidad y la riqueza de su gracia es la respuesta suficiente y tranquilizadora para cada uno de nuestros temores. La bienaventuranza de no escandalizarse, pese a todo el peligro exterior y a la debilidad interior, está al alcance de cada uno. Y es bienaventuranza de verdad. Sin embargo, es necesario recordar el significado de la palabra escandalizar. En su forma original, tiene la idea de ‘capacidad de provocar tropiezo’, de modo que podemos traducir y ampliar esa palabra de Cristo así: “Bienaventurado es aquel que no halla en mí ningún motivo de tropiezo; que puede mantener los pies en mis caminos; que no resbala por cualquier obstáculo en el camino por el cual lo he conducido la versión Dios habla hoy la traduce: “Felices los que no se ofenden por Cristo”. Él usa la palabra en ese sentido muy frecuentemente como, por ejemplo, cuando dice que la mano o el ojo puede ser un motivo de tropiezo para un hombre; cuando denuncia a aquellos que causan tropiezos en los pequeños y cuando declara que en el día de su gloria todas las cosas que causan tropiezo serán quitadas de su reino (Mt. 5:29-30; 18:6; 13:41). Pero él nunca hace uso de esta palabra de modo tan sorprendente como al declarar la posibilidad de que los hombres hallen en él causa de tropiezo. El tropiezo es común encontrarlo a nivel de criaturas imperfectas como nosotros, y de hecho estamos preparados para encontrar eso en el mundo, en la oposición del diablo, en la probada insinceridad de los demás – pero ¿en él? ¡Esta es, sin duda, la más ofensiva de todas sus advertencias! Porque en él encontramos vida y salvación, liderazgo y paz, inspiración y satisfacción. Sólo pensar en que sea posible hallar en él motivo de ofensa casi nos confunde. Si esa palabra se aplicase a las gentes del mundo, provocaría una pequeña o ninguna sorpresa. Por ejemplo: no nos sorprende mucho el hecho de que él haya sido tratado de modo tan desdeñoso por aquellos que le conocían muy bien y que decían: “¿No es éste el hijo del carpintero?” (Mt. 13:55). Ni nos sorprende totalmente descubrir que los fariseos se ofendieran en él cuando les habló de los malos pensamientos, adulterios, homicidios y cosas semejantes que proceden del corazón de los hombres (15:12-20), pues sus palabras los convencieron de pecado. No nos sorprende mucho el hecho de que él viniera a ser una roca de tropiezo para aquellos que son abiertamente desobedientes a sus órdenes (1 Ped. 2:8). Pero que sus propios amigos, aquellos que realmente le conocen y fueron admitidos en la intimidad de la comunión con él, puedan hallar en él alguna causa de tropiezo, escándalo u ofensa es muy, pero muy extraño. El misterio mismo que encierra todo eso es una advertencia para que estemos precavidos. Ahora déjeme exponerle un poquito más mis ideas desde la perspectiva del pasaje en mención. La primera de esas advertencias nos da la clave para su significado. Juan el Bautista estaba confinado en la prisión, a orillas del Mar Muerto, como resultado de haber vivido una vida de la mayor fidelidad. Él había sido totalmente leal a Cristo, admirable en determinación en cuanto a su misión, maravillosamente valiente en la proclamación del mensaje a él confiado, y, aún así, todo terminó en una prisión. Parecía que su fe, su auto-restricción, su disposición para menguar a fin de que Cristo pudiese crecer no habían sido reconocidas, sino ignoradas. Su experiencia contradecía tan completamente la seguridad en Dios, Así que era fácil entender la perplejidad de su mente cuando envió a sus discípulos a Cristo con la dramática pregunta: “¿Eres tú aquel que había de venir?” (Mt. 11:3). Porque aquí está Alguien que explícitamente vino para libertar a los cautivos, pero aún así, no liberta al hombre que, más que ningún otro, parecía tener derecho a exigir algo de él. Jesús proclamó su propia misión en términos de simpatía y amor por los abatidos de espíritu y, aún así, aquí está un hombre en esas condiciones a quien él parece no notar. ¿Es de admirar que, al final, la duda había vencido a la fe, de modo que Juan el Bautista envió los mensajeros a Cristo, con la esperanza de que él se declare de modo claro, y explique tal experiencia totalmente inexplicable y contradictoria a aquel que, por un precio muy alto para sí mismo, mantuvo una dedicada lealtad al Hijo de Dios? La única respuesta de Cristo a los mensajeros es una demostración de su poder soberano sobre las fuerzas de mal y de la muerte, una recomendación para que dijesen a Juan lo que habían visto, y este mensaje que exige de su parte una esperanza nueva y triunfante: “Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí”. Eso significa que en el camino de la bendición siempre será posible experimentar la providencia divina de ser probados. Su significado es que existe paz real sólo para el hombre que confía en Cristo aunque no tenga ayudas externas para la fe, que cree en él cuando ve sólo la aparente negación de su confianza y que se afirma en su lealtad a Cristo sin tropezar cuando el trato de Cristo prueba su perseverancia al grado máximo. Pero todavía hay más. Seguiré en la segunda parte de este artículo
9 Nov
¿Los templos para el pobre o el pobre para los templos? 2 parte
Así que viendo bien el texto, Jesús no elogia esto. La viuda es víctima, crédula o forzada, de un sistema que privilegia la posesión antes que la vida. Ningún elogio. Por el contrario critica a cualquier sistema religioso que vive abusando, presionando o manipulando sobre las ofrendas que deben dar los pobres, (la viuda pobre, en este caso) que, por ingenuidad o presión religiosa, terminan dando su vida a explotadores insensibles. Las personas que interpretan mal este pasaje lo que hacen es exigir lo que establece la institución o el templo, pero no lo que dice Dios. No hay ninguna promesa de prosperidad o alabanza en estos textos avalando a dar todo ante el pedido de ofrendas. Este tipo de actitudes e imposiciones quitan el sustento a la mujer más pobre. La verdadera mayordomía cristiana no está en alimentar un sistema de acumulación, sino en la preservación de la vida. Dios es un Dios de gracia y misericordia. Esto implica que Dios no aprueba los actos en donde se les quita el sustento a los más pobres. En este caso particular es “a la mujer más pobre”. Hay diferencias entre ricos y pobres en el Evangelio, y este párrafo lo destaca. Los que tienen, deben expresar más cabalmente su generosidad. En cuanto a los débiles y desprotegidos tenemos que cuidar que no pierdan la vida para enriquecer a un sistema de piedras o de templo. Todo esto nos debe hacer reflexionar. Por un lado tenemos actitudes mezquinas de gente pudiente. ¿Cómo les podemos ayudar? ¿Podemos reglamentar el dar cuando no les sale del corazón?, ¿Sobre quién caerá la principal carga? ¿Será sobre los pobres e indigentes? ¿Cómo avanzar hacia una vida de generosidad? ¿Cómo pastores, siervos y misioneros que es lo que tenemos que enseñar? Este texto debe ser leído en el contexto de la teología profética y de misericordia de Jesús. No debe ser domesticado para servir a la institución religiosa. El templo repleto de riquezas roba a la viuda indigente de todo lo que tiene. En vez de proteger a las viudas pobres o indigentes, las explota. Ahora note lo que sucede a continuación, Jesús sale del templo para no volver, Marcos 13:1-2. En tiempos de Jesús el sistema religioso y el político económico no estaban diferenciados o separados cabalmente. Por eso, más allá del sistema eclesial, este texto también se proyecta como una crítica a todo sistema económico o gubernamental que impone tributos exigentes para los pobres, pero sólo recauda lo que les sobra a los ricos, y no los usa para compensar las desigualdades sino para alimentar a su propia burocracia. Si tomamos en cuenta los versículos siguientes, Jesús nos va a decir que de ese Templo que acaba de recibir esta ofrenda no quedará nada (Mc 13.1-2). Son piedras a ser derribadas. La viuda es un ser viviente, una hija de Dios, que lleva su imagen. Sin embargo, su dinero no fue a sostener esa vida que Dios le dio, sino a mantener un sistema de piedras, dispuesto a su destrucción. El historiador judío romano Flavio Josefo, relata los sucesos de la caída del Templo, mediante el cual se cumple este anuncio de Jesús. Allí señala (Las guerras judías, 6, 282) que el arca del tesoro, incluyendo el dinero, ropas y alhajas que había allí, se quemó cuando fue incendiado el Templo. El templo fue construido por Herodes. Este rey había destruido el templo antiguo que fue edificado por Esdras y Nehemías y había construido uno mucho más grande y suntuoso. Fue el fruto de la labor de décadas, impresionaba por su construcción y fue magnífico por sus piedras blancas, por el oro y mármol que brillaba a la luz del sol. Josefo dice que algunas piedras eran de 11 metros de largo por 4 de alto y 5,5 metros de ancho. Que interesante es que a pesar de la enseñanza de Jesús nos solemos quedar con las piedras preciosas. Nos gusta contemplar el edificio. Sus piedras implican que lo importante son los sistemas gerenciales que nos pueden conducir hacia adentro. Puertas hacia adentro, metidos en el orden interno, en nosotros mismos, nuestros propios programas y todo aquello que retenga a la gente y tengamos a su vez mas gente, pero sin desafiarla a ser y hacer como Jesús. ¿Que difícil es negar la legitimidad de algo que funciona? ¿Que difícil es negar la legitimidad de una institución cuyo tamaño físico y belleza estética son tan impresionantes? ¿Para qué todo este sacrifico por el templo? Mr. 13.2 La hermosura del templo quedo tirada por el piso. Jesús dice: No quedara piedra sobre piedra, todo será derribado. Será Dios mismo que lo hará y lo hará en respuesta a las oraciones que piden un nuevo tiempo. Hoy también queremos afirmar que una nueva iglesia es posible, será la respuesta de Dios a los cristianos de gran Fe (Mr. 11.23-24). ¿Por qué para muchos el templo y la institución esta primero? ¿Por qué se quiere reglamentar la generosidad? ¿Por qué muchos enfatizan pactos, estatutos o reglamentos? ¿Qué voz profética debe levantar la iglesia ante la desigualdad y los sistemas de gobierno (políticos o religiosos) que no tienen como prioridad defender la vida de los débiles e indefensos? Tenemos que buscar un equilibrio cuando admiramos el templo y le decimos a Jesús: ¡Mira Maestro! ¡Que piedras! ¡Que edificios! Los proyectos tienen que ajustarse a la realidad. Oiga lo que dice Jeremías: ¡Pobre de aquel que edifica su casa con abusos, y levanta sus pisos sobre la injusticia! ¡Pobre de aquel que se aprovecha de su prójimo y lo hace trabajar sin pagarle su salario! Tú piensas: “Me voy a construir un palacio suntuoso, con pisos espaciosos; luego abriré ventanas y las cubriré con madera de cedro, toda pintada de rojo.” ¿Acaso hace falta el cedro para que seas rey? ¿Le faltó acaso a tu padre comida o bebida? Sin embargo, se preocupaba de la justicia y todo le salía bien. Juzgaba la causa del desamparado y del pobre. Yahvé te pregunta: “¿Conocerme no es actuar en esa forma?”. La vida de los pequeños es valiosa para Dios. Son los pobres y desprotegidos esos pequeños. Lo es también el siervo sencillo y humilde. Jesús se sentó en el monte de los Olivos (Mc 13:3). Los que le acompañaban seguramente también se sentaron para detener su mirada en el majestuoso edificio del que habían estado hablando. Los discípulos veían la grandeza del templo. Jesús veía la profanación en el interior, el abuso, la codicia, avaricia, una religión viciada, obsoleta. Los discípulos pensaban y miraban el presente. Jesús miraba hacia delante y el terrible fin que se aproximaba. Corremos el riesgo de volvernos irreflexivos. Podemos pasar de estar centrados en Dios a pasar al eclesiocentrismo. A todos nos puede pasar. De Cristo el Señor, único Señor, podemos pasar a un lamentable estado de sujeción del poder religioso ambicioso. Muchas instituciones y movimientos que comenzaron como respuesta a una situación particular o necesidad pueden cambiar con el tiempo o dejar de estar contextualizados ante un mundo cambiante. La gran pregunta que tenemos delante nuestro es si somos capaces de examinarlos y reevaluarlos como los hizo Jesús con el estado-templo. ¿Qué cosas debemos cambiar o eliminar? En algunos casos una reorganización puede rescatar los mejores elementos de la institución sin destruirla del todo, con el templo no paso así. El Dios que anunciamos, que hemos conocido en Jesús, es un Dios de gracia. No “negocia” con las ofrendas. No nos pide que dejemos de alimentarnos, vestirnos y cuidar nuestra salud para sostener cualquier sistema. Por el contrario, nos invita a compartir para que todos puedan vivir vidas en abundancia. Este texto hay que leerlo en esa clave, en la crítica de todo sistema de honores y prestigio, que devora los bienes de los pobres, que los priva de su sustento. En cambio anuncia un Dios de gracia, que se manifiesta en Jesús, que nos ofrece la vida abundante, porque Dios la ha creado y la sostiene. Finalmente recordamos al joven rico que se fue triste ante la demanda de Jesús en Mr 10:22 y el ciego Bartimeo que se despojó de todo por seguir a Jesús en Mr. 10:50. Las mismas contradicciones las podemos observar hoy en las iglesias. Mientras los que más tienen muchas veces ofrendan con mezquindad, muchos hermanos pobres son capaces de ofrendar sacrificialmente o dar hasta el último centavo. Estos últimos son generosos con otros mientras que los más pudientes tienden a olvidarse de las necesidades de los demás. Debemos recordar el texto que dice: “Porque si uno lo hace de buena voluntad, lo que da es bien recibido según lo que tiene, y no según lo que no tiene” 2 Corintios 8:12 ¿Entenderemos el mensaje? ¿Alguna vez se oirá este mensaje en los grandes imperios de los pastores adinerados de El Salvador o Guatemala? ¿Lo oiremos alguna vez en los grandes congresos de los “gurús” o “generales de Dios” de esta época. Me inclino a creer con tristeza que no lo harán. Por favor lectores, les pido que comenten este artículo, quiero oír sus opiniones. Que Dios les bendiga!
9 Nov
¿Los templos para el pobre o el pobre para los templos?
Hola mis queridos lectores, quiero en esta oportunidad reflexionar sobre un tema que será muy controversial. He leído algunas ideas de este artículo en otros lugares así que lo que he hecho es una vez más tomarlas como base y agregarles otras reflexiones de mi propia mano. Comenzaré diciendo cada vez que escribo sobre el asunto de ofrendar y diezmar en la iglesia, recibo una cantidad de respuestas, que a veces me asustan. Por ejemplo una lectora escribió esto a un artículo que escribí que se llama “razones bíblicas por las que no diezmo”: “wow tengo unos testimonios vivos de como he sido bendecida diezmando no mirando al hombre sino dándolo a Dios diezmen siervos de Dios aun mientras hay vida hay esperanza no se dejen engañar con viandas q para nada aprovechan eje. Esta predica. Me voy no me gusta este lugar “Luego añade: el q tenga oídos q oiga y el tenga ojos q lea escudriñad las escrituras inténtenlo diezmando vera l q les ira de lo lindo Dios responde diezmadora 110%%%%%%%%%%%%%. Y finalmente concluye: que equivocados están como acomodan la Biblia a propio beneficio pero lo q se siembre eso se recibe amen”. Y esta hermana es una de las más amorosas. Si les pusiera, otros comentarios que son muy subidos de tono. Pero en fin, me limito a presentar evidencias, no tengo la intención de obligar a nadie, que lo acepte. Ustedes tienen El Espíritu Santo y el los guiará a la verdad. Quiero que nuestra discusión gire alrededor del relato llamado la “Ofrenda de la viuda” (Mc 12:41-43). Es una historia que es muy conocido y muchas veces se levanta como ejemplo cuando se predica sobre la generosidad que se espera de los miembros de las Iglesias. Es una historia donde a veces se lee más de lo que el mismo texto dice, por lo tanto es clave fijarnos en lo que dice el texto como en lo que no dice. Para empezar no debemos obviar el contexto de este pasaje. Es importante centrarnos que ha sucedido antes y que sucederá después de esta narración. Nos encontramos en el Templo de Jerusalén y es tiempo de la Pascua. La ciudad está llena de peregrinos. Según los historiadores llegaban a Jerusalén casi diez peregrinos por cada habitante. Era el momento oportuno para traer ofrendas y diezmos donde el Templo era el encargado de recolectarlos. Jesús unos pasajes anteriores ha dicho: “Cuídense de los maestros de la ley, pues les gusta andar con ropas largas y que los saluden con todo respeto en las plazas. Buscan los asientos de honor en las sinagogas y los mejores lugares en las comidas; y despojan de sus bienes a las viudas, y para disimularlo hacen largas oraciones. Ellos recibirán mayor castigo.”” (Mc 12:38-40). Seguidamente comparte que los maestros de la ley les gusta pasearse con ropas ostentosas, que los saluden en las plazas, ocupar los primeros lugares, apoderarse de los bienes de las viudas y a la vez hacen largas plegarias para impresionar a los demás.• Subrayen el término “despojan de sus bienes a las viudas”. Cuando leí esa frase me pregunté ¿Cómo hacían eso los maestros de la ley? También si nos fijamos en el texto dicen que les gustan los lujos, y el pasaje implica que uno de las fuentes de ese estilo de vida, es lo que le quitan a las viudas Por otro lado yéndonos más arriba Jesús acaba de tener una conversación productiva con un escriba (Mc 12: 28-34) y el texto culmina con un reconocimiento de la cercanía entre este maestro de la ley y el Reino de Dios: “No estás lejos del reino de Dios”. Si bien el ambiente es hostil es posible encontrar acuerdos, pero lanza una advertencia generalizada frente a ellos donde describe la rigidez legalista y la explotación del poder que hacen los sacerdotes. Jesús al hablar de los maestros de la ley de Jerusalén, esta enfocado principalmente en los que abusaban de su autoridad en sus visitas a los pueblos y aldeas rurales. Los acusa que les gusta hacerse ver y figurar en los primeros lugares en reuniones y cenas (probablemente festividades). Para estos maestros de la ley era algo normal. La sociedad estaba basada en el prestigio y el honor, como era toda la cultura mediterránea. La figuración era imprescindible, y estaba asociada con la riqueza y el poder. Estos religiosos participan de esa competencia por el poder, por el prestigio. Era lo que el imperio esperaba de ellos pero no es lo que agradaba a Dios. Todo el orden social en el Imperio romano expresaba esta idea (ver 1 Co 1:25-29). Si bien la crítica de Jesús apunta a los religiosos, es un tiro por elevación a todo el sistema de honores y poder. Estos maestros de la ley (que eran parte de la muy pequeña “clase media” de la época), por su ambición de “trepar” en la escala social no dudan en integrarse a un sistema de valores que contradice el sentido de disposición al servicio y humildad que predicaron los profetas de su pueblo. Ahora bien ¿De dónde sacan estos escribas su posición de abundancia pese al origen humilde de ellos? Según algunos comentaristas surge de lo que cobraban a las viudas cuando actuaban como abogados para proteger sus derechos. Estos maestros de la ley consiguen una reputación de santos y piadosos según lo describe Jesús, hacen grandes plegarias para impresionar a los demás. Son nombrados administradores dado que en ese tiempo a las mujeres se las consideraban indignas e incapaces de manejar los bienes de su marido fallecido. No era difícil para un escriba experimentado manejar los asuntos de las mujeres sin protección, como eran las viudas. En esa ambición por acomodarse socialmente al modo del Imperio, usan sus artes y ciencias para enriquecerse y confiscar los bienes de los pobres, especialmente de las viudas. ¿La viuda de la ofrenda habrá sido víctima de una de esas trampas? Me parece muy peculiar y quizás ilustrativo que Jesús mencione una viuda después de la alusión a las viudas en los versículos anteriores. Por eso no hay que separar demasiado estos pasajes. Ahora bien, los primeros receptores de este mensaje es la muchedumbre. El versículo 37 dice: “Y gran multitud del pueblo le oía de buena gana”. Para luego solo llamar a sus discípulos (versículo 43). También no debemos obviar que el sitio de oración de los escribas es el templo. Es allí donde hacen largas oraciones. Los versículos 40 y 42 están entrelazados donde aparece la figura de la viuda. Los costos del templo devoran los escasos recursos de los pobres. El templo tenía que ser casa de oración a las naciones y no una cueva de ladrones Mr 11:17. La escena se ubica en el patio de las mujeres donde hay 13 cofres en forma de trompeta que rodean a los que adoran. En esos días, no existían los billetes. Todo el dinero era en forma de moneda. Cuando uno insertaba la ofrenda por esa trompeta o cuerno, obviamente que se producía una amplificación del sonido de las monedas rodando, lo cual, cuando alguien ofrendaba generosamente, llamaba la atención de todos los presentes. También la escena podría ser en la tesorería misma cuando la gente pasaba al lugar donde se depositaban las ofrendas. Es probable que hubiera un sacerdote llevando la contabilidad, ya que parte de esas ofrendas debían ser asentadas como diezmos. Por otro lado, peregrinos de la diáspora traían ofrendas reunidas en sus comunidades y necesitaban los recibos correspondientes. Todo a la vista de las personas que pasaban. Eso explica por qué los montos de las ofrendas eran conocidos. Jesús está mirando este procedimiento. Si atendemos lo que Jesús acaba de decir en Mc 12.38-40 sobre los maestros de la ley se puede suponer que el humor y valoración de este acto por parte del Señor no ha de ser muy positivo. También observa la ofrenda que entrega la viuda. El hecho de que las ofrendas eran contabilizadas queda evidente en que la suma es conocida por todos, incluso por un observador distante como es Jesús (La viuda echó dos lepta que es un cuadrante. Dos moneditas de muy poco valor…echó todo lo que tenía, todo su sustento). Todo esto levanta preguntas como: ¿Cuál fue la motivación de la viuda para ofrendar? ¿Habrá sido la presión y el sistema instituido? ¿Será para ser aceptada delante de los hombres y de Dios? ¿Será que buscaba la libertad delante de Dios mediante un sistema de cancelación de deudas? ¿Habrá sido guiada por un corazón totalmente desprendido y generoso? Estas mismas preguntas se plantean hoy a los que dan en la iglesia del siglo XXI. ¿Cómo será el dar en países como el nuestro, El Salvador, cuando cada vez más hay más y más pobres y si trabajo? Pero esa no es la pregunta seria del pasaje, sino que sería: Jesús, ¿Está describiendo una situación? ¿La aprueba o la reprueba? ¿Sobre quienes habla Jesús en ese contexto? Las palabras de Jesús establecen un hecho. Mientras los demás ofrendan “lo que les sobra”, una parte insignificante de sus posesiones, la viuda entrega el total, lo que le sirve para vivir. Cuando Jesús hace referencia a que estos dieron “lo que les sobraba” puede ser evidencia de una hipérbole referida a los ricos que son destacados como los que ponen abundantes ofrendas. Para muchos peregrinos pobres el diezmo era una pesada carga. Lo cierto es que todo esto también se observa en la vida de las iglesias. Los que mas tienen muchas veces dan con mezquindad y los pobres colocan todo lo que tienen o hacen el máximo esfuerzo, ellos son los que sostienen la “obra de Dios” (entendiendo la obra de Dios, las grandes construcciones e imperios que muchos pastores han hecho creer que es el deseo de Dios). Ahora quiero que observe con cuidado lo que le voy7 a decir, es sumamente notable que en las palabras de Jesús no aparece ninguna alabanza, ni destaca un sentido positivo del acto de la viuda. La carga interpretativa en cuanto a la generosidad que se ha puesto en este pasaje hace que leamos allí lo que no está. La frase de Jesús, vale la pena repetirlo, simplemente establece que la viuda puso comparativamente más que los otros. ¿Pero es eso bueno, la hace mejor? Si miramos el contexto, lejos de encomiar el gesto de la viuda, Jesús la ve como víctima de un sistema de explotación. Acaba de decir que los maestros de le ley se quedan con las casas de las viudas ahora dice que el Templo completa esa injusticia porque se queda aún con su sustento. En realidad, según la ley, las viudas no debían dar las ofrendas sino recibirlas (Deut 14:28-29). Cuando esta mujer pone allí “todo su sustento” el objetivo de las ofrendas queda totalmente desequilibrado y desvirtuado. No son para agradecer la vida renovada, como establece el texto del Deuteronomio (26:1-12, ver especialmente el v. 12) sino que convocan a la muerte. Jesús no dice que esa viuda ahora recibirá mucho, no anuncia su bendición ni su prosperidad. La ve como una condenada a la extrema pobreza e inanición. La mujer, lejos de ser elogiada por su generosidad es vista como la víctima de un sistema corrupto que contradice la ley que dice representar. Es contrario a la misericordia que privilegia la vida. Es contrario al anuncio de las buenas nuevas de Jesús. Lo que ofrenda la viuda es la moneda más pequeña y de menos valor. Ahora bien ¿Por qué la viuda que vivía en la pobreza, sin recursos suficientes, no dio solo una monedita de cobre? ¿Por qué dio dos monedas? Una ley rabínica que se codificó en siglos posteriores nos puede dar el dato y es que en cuestiones de contribuciones al templo se tenía que dar como mínimo dos monedas. (¿Le resulta parecido a lo que oímos de “dar la segunda milla” en nuestras telemaratones e iglesias de la prosperidad? Es como decir usted no puede ofrendar menos que esto. Este es el mínimo que usted tiene que dar. Se observa en todo esto cuales son las motivaciones de los dirigentes. El argumento es que no hay regalo demasiado costoso para Dios. Esto significa que se debe ofrendar aunque esto signifique desatender a su familia, sus padres, hijos o a usted mismo en las necesidades básicas. Jesucristo no aprueba a los maestros de la ley cuando se aprovechaban de personas tan frágiles y tan indefensas como las viudas. En Marcos 7:9 les dice: “¡Que buena manera tienen ustedes de dejar a un lado los mandamientos de Dios para mantener sus propias tradiciones!” haciendo referencia a la enseñanza que daban, donde un hijo le podía decir a su padre o madre: mamá, con mucho gusto te ayudaría pero el dinero que tengo es “corbán” Mr 7:11 (para el templo), o sea, dedicado a Dios (en realidad era un dinero que no querían gastar en el cuidado de su madre y que protegían de esa manera para luego gastarlo en lo que quisieran). La tradición y enseñanza que se imponía por parte de estos maestros de la ley anulaba la palabra de Dios o sea el mandamiento de “Honra a tu padre y a tu madre” (Éxodo 20:12 y Deut. 5:16). Marcos describe severamente la actitud de los maestros de la ley. Lo que han hecho con las viudas y los pobres. A las palabras de Jesús hay que entenderlas más como un lamento y no como una voz de alegría. Es una desaprobación al sistema de valores. Es una desaprobación a las motivaciones o móviles a cargo de esos maestros de la ley. Ese sistema de valores enseña que “no hay regalo demasiado costoso para la casa de Dios” ¿Es justo presionar, manipular y exigir las ofrendas? ¿Qué deberíamos hacer con los pobres que apenas les alcanza para el sustento? ¿Qué es lo que debe dar? ¿Cuál debe ser la medida? ¿Cómo lo debe dar? Seguiré en la 2 parte.
6 Nov
He pecado: El peligro de una mala confesión 6 parte
Llego ahora al último caso, que voy a mencionar; es el caso del hijo pródigo. En Lucas 15: 18, encontramos que el hijo pródigo dice: “Padre, he pecado.” ¡Oh, aquí tenemos una bendita confesión! Aquí tenemos aquello que demuestra que un hombre es un carácter regenerado: “Padre, he pecado.” Permítanme pintar la escena. Allí está el hijo pródigo; él ha huido de un buen hogar y de un padre amoroso, y ha consumido todo su dinero con rameras, y ahora no le queda nada. Acude a sus antiguos compañeros y les pide ayuda. Ellos se burlan de él hasta el escarnio. “Oh” -dice él- “ustedes han bebido mi vino por largo tiempo; siempre he sido el que paga todas sus fiestas; ¿acaso no me podrían ayudar?” “Lárgate de aquí”, le dicen; y lo echan de sus casas. Él acude a todos sus amigos con quienes se ha asociado, pero ninguna le da nada. Finalmente un cierto ciudadano de aquella tierra le dijo: “necesitas algo que hacer, ¿no es cierto? Pues bien, ve y apacienta mis cerdos.” El pobre hijo pródigo, el hijo de un rico terrateniente que poseía una gran fortuna, tiene que ir y apacentar cerdos; ¡y eso que él era judío! Alimentar cerdos era el peor empleo (según su parecer) que le podían asignar. Véanlo allí, vestido de escuálidos harapos, alimentando a los cerdos; ¿cuál era su salario? Vamos, era tan poca cosa que él “deseaba llenar su vientre de las algarrobas que comían los cerdos, pero nadie le daba.” Mírenlo, allí está, con sus compañeros cerdos en la pocilga, con todo su mugre y su inmundicia. Súbitamente, un pensamiento puesto allí por el buen Espíritu, atraviesa su mente. “¿Cómo es posible”, -pregunta- “que en la casa de mi padre haya abundancia de pan e inclusive hay en exceso, y yo aquí perezco de hambre? Me levantaré e iré a mi padre, y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como a uno de tus jornaleros.” Y se levantó y se fue. Mendiga en todo su camino de pueblo en pueblo. Algunas veces alguien lo lleva en su carruaje, tal vez, pero en otros momentos va caminando trabajosamente subiendo las áridas colinas y descendiendo a los desolados valles, completamente solo. Y ahora, por fin, llega a la colina ubicada fuera de la aldea, y ve la casa de su padre al pie de la misma. Allí está; el viejo guayabo frente a la casa y allá están los promontorios alrededor de los cuales él y su hermano solían correr y jugar; y ante el espectáculo de la vieja casa de paz y tranquilidad, todos los sentimientos y las asociaciones de su antigua vida se le vinieron de golpe, y las lágrimas rodaron por sus mejillas, y casi estaba a punto de salir huyendo otra vez. Dice. “me pregunto si mi padre ha muerto, y me atrevería a decir que a mi madre se le destrozó el corazón cuando me fui lejos; siempre fui su favorito. Y si alguno de ellos vive, no me querrá ver nunca; cerrarán la puerta en mi cara. ¿Qué he de hacer? No puedo regresar y tengo miedo de seguir adelante.” Y mientras deliberaba de esta manera, su padre había estado paseándose por el techo de la casa, buscando a su hijo; y aunque el hijo pródigo no podía ver a su padre, su padre sí podía verle. Bien, el padre baja las escaleras tan rápido como puede, corre hacia él, y mientras está considerando huir de nuevo, los brazos de su padre rodean su cuello, y comienza a besarlo, como un padre amante, en verdad, y luego el hijo comienza a decir: “Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo,” e iba a agregar: “hazme como a uno de tus jornaleros.” Pero su padre tapó su boca con su mano. “No digas nada más”, le dice; “Yo te perdono todo; no me dirás nada acerca de ser un jornalero; no aceptaré nada de eso. Ven conmigo”, -le dice- “entra, pobre hijo pródigo. ¡Oigan!” -Les dice a sus siervos- “traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse.” Que estimulante recepción para uno de los peores pecadores! El padre lo vio, y los suyos eran ojos de misericordia; corrió a recibirlo, y las suyas eran piernas de misericordia; puso sus brazos alrededor de su cuello, y los suyos eran brazos de misericordia; lo besó, y fueron besos de misericordia; le dijo, y lo que dijo fueron palabras de misericordia: ‘Sacad el mejor vestido.’ Hubo hechos de misericordia, maravillas de misericordia, todo fue de misericordia. Oh, qué Dios de misericordia es Él.” Ahora, hijo pródigo, haz tú lo mismo. ¿Lo ha puesto Dios en tu corazón? Hay muchos que han andado huyendo desde hace mucho tiempo. ¿Dios te dice: “regresa”? Oh, entonces yo te pido que regreses, pues ciertamente tan pronto como regreses, Él te recibirá. No ha habido todavía ningún pecador que haya venido a Cristo, que Cristo haya echado fuera. Si Él te echara fuera, tú serías el primero. ¡Oh, si simplemente le probaras! “Ah, señor, yo soy tan sucio, tan inmundo, tan vil.” Bien, ¿qué pasa contigo?, no eres más sucio que el hijo pródigo. Ven a la casa de tu Padre, y tan ciertamente como Él es Dios, Él mantendrá Su palabra: “Al que a mí viene, no le echo fuera.” Mi oración es para que haya muchos casos más de individuos, que, aunque hayan nacido como hijos pródigos, regresen todavía a casa diciendo: “he pecado”. Recuerda que este blog se llama la casa del Padre. Solo vuelve a casa.