Jerusalén vrs. Betania: Dos modelos eclesiales en contraste

Jesus ungido en Betania
Jesus ungido en Betania

Hey  blogeros, gracias por todos sus comentarios. Me entusiasma la idea que los escritos puestos en  este sitio estén sirviendo  de reflexión y discusión. Quiero compartirles que en los últimos días he estado involucrado en un programa que se llama Canales de Esperanza, compartiendo con sendos auditorios cristianos, el tema del VIH y como desarrollar una respuesta cristiana ante esta pandemia. Eso ha sido básicamente mi labor externa de trabajo. Por las noches me ha quedado un poco de tiempo para pensar en ideas que he estado compartiendo últimamente. No sé si ustedes habrán notado pero quizás en los últimos días, he estado poniendo reflexiones un poco diferentes y alejadas de lo que ha sido mi pasión en los últimos años: la iglesia. Lo he hecho por varias razones, una es que estoy un poco cansado de la presión y críticas que las personas que están alrededor mío  hacen a los conceptos que vierto en el blog. Por otro lado  realmente me he estado haciendo el loco con el tema, porque me desanima un poco el parecer un hereje con ideas totalmente diferentes a las tradicionales y sobre todo que chocan con el modelo institucional. Sin embargo, este día me senté para estudiar la Biblia y tener una palabra de Dios para mi vida y  lo hice porque en el ambiente donde trabajo,  es una ONG (algunos dicen que es ministerio) donde se habla mucho de los pobres, la transformación, empoderamiento, educación popular y todas esa hierbas que a veces son bastante humanistas. Así que últimamente no he disfrutado de tiempos de encuentros  con Dios  por lo que decidí buscarlo, necesito tanto de El. Así que comencé a estudiar algunos pasajes de la Biblia, algunos escritos de hermanos en la fe, y mis propias introspecciones espirituales. Para serles honestos en estos días he estado bastante frío y apaciguado por la carga laboral que está sobre mis hombros. Como les digo, mi corazón ha estado preguntando a Dios que debo aprender de El en estos días. Y no se imaginarán, todos los pasajes que he escogido siempre me llevan al tema de la iglesia. Esto me ha mostrado que Dios quiere que siga aprendiendo de ese tema y que lo comparta. Así que ni modo, donde manda capitán no manda marinero. Al retomar el tema de la iglesia, me he preguntado a mi mismo, si la evidencia es que la iglesia institucional está caduca, ¿cuál debe ser el modelo que debemos seguir, en esta generación? Y a partir de esta pregunta, resultó lo que voy a compartir en los próximos artículos. Esta es una tesis, que indudablemente no me atribuyo su origen, porque hace unos tres años leí de Frank Viola, algo de este tema, también en algunos escritos del hno. Eliseo Apablaza y otros. Lo que pasa es que ahora los traigo a mi memoria, y además estoy agregando algunas cosas ultimas que Dios me ha estado mostrando.

Así que entonces empezaré por hablar de  dos ciudades, y dos casas en ellas, que representan dos realidades espirituales también diferentes.¡ Hoy nosotros sabemos algo acerca de la iglesia del Dios viviente, pero también sabemos que la iglesia es mal comprendida actualmente. Parece haber una dialéctica en esto,   por un lado, parece que nosotros sabemos algo acerca de la iglesia, por otro lado, nosotros no sabemos nada. Así que en esta oportunidad, me gustaría hablar acerca de la realidad de la vida de la iglesia. Este será mi tema generador. 1. Empezaré por preguntar ¿Cómo se percibe la realidad de la iglesia hoy? Hoy, cuando las personas hablan acerca de la iglesia, inmediatamente piensan en un edificio. Alguien podría hasta decir: «He olvidado mi paraguas en la iglesia». Pero nosotros sabemos que, en verdad, la iglesia es la casa de Dios. Así que cuando pensamos en la iglesia pensamos en una organización, en una institución, en una tradición. Pero si vamos a la Biblia, la iglesia en verdad es una realidad espiritual. Si estudiamos nuestras Biblias cuidadosamente, percibiremos claramente la diferencia entre los tres primeros evangelios, y el cuarto. Cuando vamos a los primeros tres evangelios, estamos ocupados con la obra del Señor mientras estuvo en Galilea. El principal énfasis es la obra de nuestro Señor allí. Pero cuando vamos al evangelio de Juan el énfasis es Jerusalén. Más que eso, cuando Juan escribió el cuarto evangelio, él no solamente enfatizó la ciudad de Jerusalén, sino más específicamente el templo, que estaba sobre el monte Moriah. 2.  En segundo lugar como se percibía la realidad de la iglesia en el tiempo de Jesús? Según el cuarto evangelio pareciera que nuestro Señor nunca dejó el templo de Dios, el cual él llama «la casa de mi Padre».  Hablando históricamente, la ciudad de Jerusalén era llamada «la ciudad del gran Rey». Era el deseo de nuestro Dios poder habitar en Sión, el monte del templo, porque él la había elegido. Entonces, si eso era la casa de Dios, nuestro Señor debería haber encontrado todo su reposo y alegría en su casa. Si usted hubiera estado en el monte del templo en el tiempo del Señor Jesús hubiera visto una gran plaza. Hablando estrictamente, la plaza del templo era la mayor plaza religiosa de aquella época. El rey Herodes era un gran constructor. Originalmente en el monte Moriah estaba sólo el templo de Salomón, pero Herodes hizo un gran complejo urbanístico allí. El área era dos veces mayor que la del tiempo de Salomón. De sur a norte, cabían casi seis canchas de fútbol; en tanto que de oriente a occidente cabían unas cinco. Podemos imaginar aquello especialmente en la fiesta de la Pascua. Nadie se sentiría solo allí, porque de acuerdo a los historiadores, en esas celebraciones solían juntarse cerca de dos millones de personas.  Sin embargo, una pequeña frase del evangelio de Juan fue muy reveladora para mí, ya que  nos permite de alguna manera tocar el solitario corazón de nuestro Señor Jesús mientras estuvo allí.  Veamos el capítulo 7:53-8:1: del evangelio de Juan, dice: «Cada uno se fue a su casa; y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo». ¿Pueden ver? La Biblia dice: «Cada uno se fue a su casa». Podemos imaginar cómo, después de un día ocupado, cada uno se va a su casa, pero Jesús se va al monte de los Olivos. Dice «cada uno se fue a su casa», como si nuestro Señor no tuviera casa. A la mañana siguiente él vuelve al templo. Probablemente, igual que el día anterior, estuvo todo el día allí. Luego todos se van a su casa y Jesús se va al monte de los Olivos. Al día siguiente vuelve otra vez al templo, para un día lleno de quehaceres. De esta descripción, podemos ver algo que no hemos visto antes.  Ustedes ven: cada uno tenía su casa, pero no nuestro Señor. Ahora, durante el día estaba en el templo de Dios, que él llamó «la casa de mi Padre». Pero si esa era la casa de su Padre, debería ser también su casa. El Espíritu Santo nos muestra especialmente esta frase: «Cada uno se fue a su casa, pero Jesús se fue al monte de los Olivos». Si no conociéramos la Biblia muy bien, estaríamos casi seguros que él pasó esa noche en el monte de los Olivos, porque en el monte de los Olivos hay muchas cuevas. Es bastante lógico pensar que pudiera haber pasado la noche en algunas de esas cuevas. La tercera pregunta es¿ Cómo se manifestaba la realidad del templo en el tiempo de Jesús? Si usted visitaba el templo allí en Jerusalén, todo estaba en orden. Todo estaba de acuerdo a la Ley (Biblia?). Cada día por la mañana, algunos sacerdotes iban a un lugar alto, y cuando ellos veían el sol salir sobre el monte Moab, sonaba la trompeta. Entonces alguien abría la puerta del templo, y comenzaba el servicio cotidiano. Ellos estaban cumpliendo su misión. Entonces las personas de Israel empezaban a entrar.  Ellos tenían un sistema de sacrificios. Tenían un sacerdocio. Tenían un altar de bronce, un lugar santo, un candelero, el pan de la proposición. Y también tenían el altar de oro. Más que eso, por detrás del velo, estaba el Lugar Santísimo.(Sin embargo recuerde que detrás de ese velo ya no había nada, es decir no estaba el arca) .Todo estaba de acuerdo al patrón que Dios había mostrado a Moisés, y después a David. Si nosotros vamos a nuestras Biblias, vamos a descubrir que todo estaba en orden. Todo estaba de acuerdo a la Biblia.  Cuando los judíos miraban su historia, tenían toda la razón para sentirse orgullosos. Ellos podían decir: «Nosotros tenemos más de mil años de historia. Dios está con nosotros. Esta es la ciudad del Gran Rey». Más que eso, cuando uno ascendía el monte del templo, según la historia, especialmente a la hora que el sol salía, podía ver la gloria del templo de Dios. No nos habría dejado de impresionar. Por eso los discípulos dijeron al Señor Jesús: « ¡Qué bello templo, qué bellas piedras!». Ahora, mis estimados lectores, eso representa la estructura exterior. Todo estaba correcto. Hablando estrictamente, si aquella era la casa de Dios, nuestro Señor no debería irse de ella, porque sería también su casa. En el patio del templo había un lugar de reposo, donde él podía pernoctar. Pero entonces, he aquí una cuarta pregunta 4.¿por qué nuestro Señor tuvo que irse al Monte de los Olivos? hablando externamente, todo estaba doctrinalmente correcto. Algunas veces podemos decir: nosotros tenemos aquí todo de acuerdo a la Biblia. Pero esto no es todo el tema aquí. Hablando externamente, el templo estaba allí, pero la realidad se había ido. Por eso tenemos que ser sensibles al movimiento del Espíritu Santo. Cuando uno estudia el evangelio de Juan casi cada día nuestro Señor pasaba en el templo, pero la realidad ya se había ido. El pueblo de Israel podía decir: «nosotros tenemos el orden bíblico. Todo está de acuerdo a como ha sido revelado en el Antiguo Testamento». Algunas veces nosotros decimos: «nosotros tenemos el orden de la iglesia del Nuevo Testamento». Pero, amigos, el punto no es ese; no es si eso está correcto o errado. El punto es: ¿hay realidad allí? La iglesia es la casa de Dios, el nombre es correcto, el orden es el correcto, todo está correcto, pero sólo una cosa nos va a preguntar el Señor: «¿Hay alguna realidad allí? ¿Puedo encontrar mi reposo allí?» Una cosa que observo también, es que Jesús no tenía tiempos de oración en el templo ¿por qué? Quizás porque el ambiente era tan superficial, que no podía conectarse con el dueño de esa casa. Por eso el Señor hizo del monte de los Olivos su casa. Algunas veces nosotros pensamos que probablemente él pasaba la noche en alguna cueva. Pero no era así. El Señor no tenía que dormir en una cueva, pues había una casa abierta para él en el monte de los Olivos. Para entender esto, debo explicarles  un poco de la geografía de Jerusalén: al este del monte de los Olivos está el Mar Muerto; al oeste está el Mar Mediterráneo. Si alguien mira hacia el oeste desde el Monte de los Olivos ve la ciudad de Jerusalén, y ve también el templo sobre el monte Moriah, porque el monte de los Olivos es más alto que el monte Moriah. Entre estos dos montes hay un valle muy profundo, el valle de Cedrón. Ahora, durante el día nuestro Señor estaba en el monte del templo; al atardecer bajaba por el valle de Cedrón y subía el Monte de los Olivos –donde estaba el huerto del Getsemaní–; luego, al bajar desde la cumbre del Monte hacia el lado oriental había una pequeña aldea, Betania. Por la Palabra de Dios vamos a darnos cuenta que cuando nuestro Señor Jesús iba a Betania, pasaba por el monte de los Olivos. Si leemos los cuatro evangelios, especialmente en la última semana antes de la crucifixión, veremos que todas las noches él salía de Jerusalén e iba a Betania. Hay algo muy interesante aquí: cuando el templo de Dios en Jerusalén se tornó en una cáscara sin contenido, en un árbol lleno de hojas, pero sin fruto, nuestro Señor iba hacia el Monte de los Olivos, porque allá en Betania hallaba su reposo. Así que hay una quinta pregunta en este descubrimiento 5.¿Qué clase de casa era Betania, para que El Señor le encantara estar allí? Amigos lectores, aquí tenemos a Betania contra Jerusalén. ¡Qué contraste! Lo primero que debemos ver en Betania es su ambiente. En Betania uno no encuentra un millón de personas, ni una historia gloriosa, y una cosa interesante los discípulos parecen diluirse allí en cuanto a su posición e importancia. Esto implica que en Betania, los puestos y posiciones no son de gran relevancia, y se debe a que la importancia y relevancia es El Señor Jesucristo así que  allí era  donde nuestro Señor podía pasar la noche, allí podía encontrar su descanso.

Jesús en Betania
Jesús en Betania

Tres evidencias de una iglesia inmadura 2 parte

Veamos ahora cuál es el problema, o cuál es el común denominador, de los capítulos 5 al 11 de 1ª a los Corintios. Claro, a simple vista, probablemente no se vea tan claro. Pero, ¿saben ustedes?, al leer con detenimiento, una y otra vez, la epístola a los Corintios en estos capítulos, podemos resumirlo en este problema: El gran problema que queda en evidencia aquí es el problema de los apetitos. Fíjense, los corintios tenían problemas con los apetitos de su cuerpo. Y esta suele ser también una característica de los hermanos que están avanzando poco a poco hacia la madurez. El capítulo 5 comienza con un problema de fornicación. Había allí un problema de fornicación, y Pablo entonces atiende ese problema. Luego, en el capítulo 6:13 dice: “Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas…”. Este asunto de la comida surge aquí en 1ª a los Corintios con mucha fuerza. Así que, estos dos problemas grandes son, por un lado las fornicaciones, es decir, el problema sexual, y el problema de los apetitos desenfrenados de comer y beber. Vamos a leer algunos versículos como muestra, porque es bien recurrente. Ahí vuelve de nuevo a decir en el versículo 6:18: “Huid de la fornicación”. De eso estaba hablando en el capítulo 5. Y parece que cuando empezó a hablar en el capítulo 6 del problema de las disputas entre los hermanos, parece que se había olvidado del tema de la fornicación, pero no. En el versículo 18 aparece de nuevo. Y en el capítulo 7 habla del matrimonio. Pero, ¿por qué habla del matrimonio en el capítulo 7? Miren el versículo 2. ¿Cómo comienza el versículo 2? “…a causa de las fornicaciones…”. Ya, tenemos entonces fornicaciones y el problema de las viandas. Avancemos al capítulo 8 versículo 8: “Si bien la vianda no nos hace más aceptos ante Dios; pues ni porque comamos, seremos más, ni porque no comamos, seremos menos. Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles”. Versículo 13: “Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano”. ¿Se fijan que hay un problema con la comida? Y fíjense en el capítulo 9. Ahí se habla de los derechos del apóstol, pero miren lo que dice el versículo 4: “¿Acaso no tenemos derecho de comer y beber?”. Porque el problema de fondo sigue siendo el problema de la comida. Capítulo 10 versículos 3-5: “…y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto”. Versículo 7: “Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar”. Y aquí el apóstol hace recuerdo de aquella escena cuando los judíos venían atravesando el desierto, y estaban cansados del maná, y dijeron: “¡Oh, quién nos diese a comer carne”. Dios envió una nube de codornices. ¿Se acuerdan? Se sentaron a comer y a beber, y después vino la destrucción. En el versículo 8, ¿cómo dice? “Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil”. Ahora, fíjense, hermanos. ¿No les parece curioso a ustedes? Habla de la fornicación… y comida. Fornicación… y vuelve al asunto de la comida. Versículo 25: “De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia…”. Versículo 28: “Mas si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis…”. Capítulo 11 versículo 20: “Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga”. ¿De qué estamos hablando de nuevo otra vez aquí? Del problema de la comida y la bebida. O sea, era tan fuerte el problema en ellos, que aun en el momento de la cena era un problema, era un obstáculo, era un motivo de tropiezo. Versículo 34: “Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio”.  Entonces, aquí tenemos un gran trecho de la epístola, desde el capítulo 5 al 11, en que se tratan temas relativos a los apetitos del cuerpo: problemas de tipo sexual, y el problema de la gula. En nuestros días, el pecado sexual está tan alentado por todas las fuerzas demoníacas que rodean el mundo, que envuelven al mundo. Creo que en nuestros días, si tenemos que darle una aplicación hoy a esta palabra fornicación, creo que no sólo implica una unión sexual física, sino que implica toda esta maraña de pecados relacionados con el sexo. Como el Señor dijo: “Basta que un hombre mire a una mujer para codiciarla, y ya adulteró con ella en su corazón”. Creo que hay muchas fornicaciones de este tipo en medio de la iglesia. Y es fuerte tener que decirlo así. Basta que nos descuidemos y demos lugar al espíritu inmundo que ha envuelto al mundo en sus redes de sensualidad y concupiscencia. Y claro, ¿quiénes están más expuestos a esto? Los hermanos más pequeños. Porque aquí no se trata de si somos salvos o no somos salvos. Todos los que hemos recibido al Señor somos salvos, todos ya tenemos la vida eterna adentro. Pero, ¿qué es lo que pasa? Que nosotros todavía arrastramos un cuerpo de muerte. El Señor está forjando en nosotros un carácter, pero ese carácter no se forja de la noche a la mañana. Hay un caminar hacia la santidad, hacia la justicia, hacia la integridad. Si nosotros nos descuidamos, entonces vamos a estar rápidamente siendo envueltos en este problema de la sexualidad ilícita. Que el Señor tenga misericordia de su iglesia; que nos libre, porque son demonios, son espíritus que están desatados por el mundo entero. En el otro asunto de la comida y la bebida es más difícil precisar los límites. .Todos sabemos  que a los salvadoreños nos gusta comer y en otras culturas (aunque aquí cada día se está haciendo más popular beber) sobre todo, beber.Creo que somos considerados por algunos bastante liberales en esta materia. Pero a mí me asusta un poco; realmente, me asusta un poco. Basta abrir un poquito la puerta, y podemos pasar el límite de lo que es adecuado. Nos puede suceder que después, que en vez de beber bebida, ya estamos tomando cerveza. Y después viene algo más refinado. Entonces, eso ya es un problema. Por eso, es preciso estar atentos. El Señor advierte a través de Proverbios y otras partes de la Biblia sobre el peligro del vino. No podemos desoír esas advertencias. Los corintios tenían problemas con la comida y la bebida. Podemos imaginarnos un grupo de ellos diciendo: ‘Vamos a reunirnos en la casa del hermano, vamos a comer un poco, una cosa liviana, y luego vamos a participar de la mesa’. El dueño de casa era muy generoso, entonces no le bastaba poner algo para ‘picar’, sino que preparaba una carnecita por ahí y después el vino. Cuando llegaba la hora de partir el pan, estaban los hermanos “demasiado alegres”. Y con una alegría no del Espíritu. El apóstol Pablo habla de poner límites a nuestros apetitos.. Hay límites, porque dice Pablo aquí mismo: “Todo me es lícito, pero no todo conviene … no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro”. No queremos ser esclavos ni de esto ni de aquello. Somos libres, porque nosotros hemos sido libertados por el Señor Jesucristo. No os hagáis esclavos de ninguna cosa, ni de hombres, ni de pasiones, ni de apetitos, porque el Señor nos hizo libres. ¿Cuál es la solución que Pablo da para este problema? Fíjense ustedes cómo termina el capítulo 9. En el medio de todos los capítulos donde toca este tema, dice en los versículos 25 al 27: “Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros una incorruptible. Así que yo, de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. “Golpeo mi cuerpo”. Sabemos que no se trata de ascetismo. No se trata de ,acudir a un supuesto ‘santuario’ caminando de rodillas, o de espaldas en el suelo, o arrastrándose con un ídolo en las manos. Claro, ésa es una manera de golpear el cuerpo, ¿pero para qué?¿Por qué Pablo nos invita a golpear el cuerpo? ¿Para obtener la salvación? ¿Para ver si Dios se muestra benévolo conmigo? ¿A ver si Dios me perdona los pecados? ¡No! Aquí no se trata de golpear el cuerpo para eso; se trata de golpear el cuerpo para alcanzar una corona. Dice ahí “la corona incorruptible”. ¿Y quiénes son los que tienen corona? Los reyes. Tiene que ver con el reino. Todos somos salvos por la gracia de Dios, pero sólo unos pocos reinarán con Cristo mil años sobre a tierra. Y éstos son los que golpean su cuerpo y se niegan a sí mismos. En ese sentido habla de golpear el cuerpo; no para alcanzar salvación ni el perdón de los pecados. Y tampoco de refiere a azotarse o martirizarse, sino simplemente, a poner el necesario límite a los apetitos desordenados.

Cristo el destructor de sueños

Los discípulos de Jesús tuvieron ideales, aspiraciones, sueños de grandeza, que el Señor derribó, porque su reino no era de este mundo. A su tiempo, él los reemplazó por otros. «Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin» (Mateo 26:58). El pasaje del cual forma parte este versículo, corresponde al momento en que el Señor Jesús fue llevado ante el concilio para ser juzgado. El Señor fue apresado en Getsemaní y llevado por una turba de soldados al sumo sacerdote Caifás. La escena que ocurre allí la conocemos. Es una escena dolorosa. Pero en este versículo 58, encontramos a uno de sus discípulos más cercanos –a Pedro, que quería ser testigo de las cosas que allí iban a suceder. Se acerca como a escondidas, y se sienta entre los alguaciles para ver el fin. Noten la expresión «…para ver el fin». ¿El fin de qué? ¿El fin del Señor? Sí, eso esperaba ver Pedro allí. Pero creo que algo más también. Pedro y los discípulos del Señor, durante todo el ministerio del Señor Jesús, tuvieron una aspiración. Ellos estaban persuadidos de que se iba a establecer el reino de Dios sobre la tierra, de que Jesús sería el Rey, y de que ellos, los doce, serían algo así como sus ministros. Ellos pensaban «que el Reino de Dios se manifestaría inmediatamente» (Luc. 19:11). Esa fue su gran aspiración durante todo el tiempo que estuvieron con el Señor. Aun después de que el Señor resucitó de entre los muertos, poco antes de ascender a los cielos, todavía le preguntaban: «Señor, ¿restaurarás el Reino a Israel en este tiempo?» (Hechos 1:6). Durante el ministerio del Señor ellos nunca concibieron la idea de un Mesías sufriente que debería ir a la cruz. En muchas ocasiones encontramos en los evangelios que los discípulos manifestaron otras ambiciones. Acuérdense cuando Juan y Jacobo, los ‘hijos del trueno’, se acercaron al Señor para decirle: «Concédenos que en tu gloria no sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda» (Marcos 10:37). Ellos estaban seguros de que el Reino vendría. En realidad, habían escuchado decir al Señor: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado». Así que tenían algunas razones en qué fundar esos sueños. Recordamos también a esos mismos hijos de Zebedeo cuando, en cierta ocasión que no fueron recibidos en una aldea de samaritanos, le dijeron al Señor: «¿Quieres tú que enviemos fuego desde el cielo para que los destruya?» (Luc. 9:54). Ellos pensaban que estaban siguiendo a un rey poderoso, que por lo menos tenía el poder de Elías. En otro momento, cuando Pedro supo que el Señor iba a la cruz, le dijo: «Señor, ten compasión de ti. En ninguna manera esto te acontezca» (Mat.16:22). Ellos no querían que su rey se les muriera; porque querían reinar. ¿Se acuerdan de la ocasión en que al Señor lo fueron a apresar al Getsemaní, y Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hiriendo al siervo del sumo sacerdote le cortó la oreja? (Juan 18:10). Todavía, a esa altura, Pedro tenía esos deseos de poder, todavía quería establecer el reino de Dios por la fuerza. Primero trata de evitar que Jesús vaya a la Cruz, después saca su espada para evitar que lo capturen. La palabra de Mateo 26:58 que hemos leído dice: «Pedro se sentó con los alguaciles, para ver el fin». A la luz de todo lo que venimos diciendo, bien podemos pensar que Pedro se sentó para ver el fin de sus ilusiones, de sus sueños, de sus aspiraciones de grandeza, de sus deseos de reinar en la tierra, de ser como el ministro principal de Jesucristo. Estaba allí sentado con los alguaciles, y él veía que todo eso se le venía al suelo. Los discípulos, cuando anduvieron con el Señor, debieron de sentirse muy desconcertados a veces, porque, de pronto, su maestro hacía cosas extraordinarias, y parecía ser un verdadero rey. Aunque no llevaba corona, ni cetro, ni soldados, tenía ciertas actuaciones como de un rey todopoderoso. Por ejemplo, despertaba temor. Acuérdense cuando Pedro, después de aquella pesca milagrosa, se arroja a sus pies y le dice: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador!», o cuando sana a los enfermos, o cuando calma la tempestad. Al igual que los grandes reyes cuando volvían victoriosos de la guerra y toda la ciudad se alborotaba para recibirlos, así también Jesús había sido recibido por la multitud en Jerusalén. Se le hizo una entrada triunfal con cánticos y con palmas. Pero, cosa extraña –y Pedro sabe, Jesús entró, no sentado en un brioso corcel blanco, sino sentado en un pollino, hijo de animal de carga. Y, cuando llegó al templo, no había allí soldados con trompetas anunciando su llegada, sino sólo unos niños cantando. Ahora, cuando Pedro miraba, como por una rendija, qué pasaba con el Señor dentro en el patio de Caifás, pudo ver que le ponían una corona y un atuendo de púrpura, como el que usaban los reyes. Pudo ver cómo los soldados se arrodillaban delante de él, pero todo ello era una pantomima, porque se burlaban y lo golpeaban. Debe de haber estado muy desconcertado Pedro observando todo eso. Y, para colmo, cuando le crucificaron, pusieron sobre su cabeza una inscripción que decía: «Este es Jesús, el rey de los judíos».  ¡Cuántos sueños, cuántas esperanzas se les rompieron a los discípulos siguiendo a Jesús! Todo su esquema de ambiciones se les quebró. En ningún momento el Señor Jesús usó su poder –ese extraordinario poder con que cambiaba las circunstancias y hacía cosas increíbles, para herir a sus oponentes, o para zafarse de esas autoridades políticas que habían puesto un yugo sobre la nación. Al contrario, cuando le pidieron que pagara los impuestos, los pagó, y cuando le preguntaron acerca de la moneda, dijo: «Dad a César lo que es del César» (Mat.22:21). Pero no sólo a Pedro y a los discípulos se les había venido el mundo abajo. ¿Se acuerdan cuando Juan el Bautista, el que fue enviado delante del Señor como precursor, le mandó a decir al Señor: «¿Eres tú el que habría de venir, o esperaremos a otro?» (Mat.11:3). ¡Extraña pregunta! Juan el Bautista en ese momento estaba encarcelado. Tal vez se preguntó muchas veces: “¿Por qué yo, si soy el principal de los profetas, estoy aquí encarcelado, y el Mesías, que tiene poder para sanar y para detener los vientos, no me viene a libertar?”. Posiblemente se hizo preguntas como ésta. Era un rey extraño este Jesús. Cuando le hicieron la pregunta de parte de Juan, estaba realizando la obra que acostumbraba hacer. Entonces, dijo: «Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí» (Mateo 11:4-5). Aquí tenemos un Rey que se olvida de palacios, se olvida de soldados, de guardias, de caballos briosos y se ocupa en sanar, consolar y anunciar el evangelio, como un humilde siervo que va por las ciudades y por las aldeas, sin hacerse anunciar. Cuando Jesús llega al pozo de Jacob y se encuentra con la mujer samaritana él estaba «cansado del camino», como cualquiera de los mortales. A las doce del día, caminando por esos caminos polvorientos, estaba cansado. Ahora, Juan estaba desconcertado en la cárcel. Y le llega la respuesta del Señor. Juan había dicho de Jesús –imagino que con un tono grandilocuente, como para infundir temor: «¡Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará!» (Mateo 3:12). Lo había mostrado como un juez que traía juicios sobre la tierra, que suprimiría la opresión, derribaría a los hombres injustos y los quemaría. Ahora, Juan estaba en la cárcel, y su Mesías parece que no le prestaba mayor atención. Cuando el Señor Jesús le contestó a Juan, citó una porción del libro de Isaías, que dice: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová» (Isaías 61:1-2). Para el Señor estas palabras eran muy gratas de pronunciar. De todo el Antiguo Testamento, tal vez eran éstas las palabras con las cuales el Señor más se identificaba. Cuando él va a Nazaret por primera vez, después de haber salido de la tentación del desierto, lo primero que hace es tomar el libro de Isaías y leer este mismo pasaje. Allí se describía la misión del Mesías: sanar, predicar el evangelio, anunciar libertad, sacar a los presos de la cárcel, proclamar que hay una buena voluntad de Dios para los hombres. Era un pasaje muy querido por el Señor.  Y ahora, cuando le responde a Juan, lo cita de nuevo. Pero noten lo que dice Isaías 61:2, después de la última frase que citamos. Dice:»…a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro…» Seguramente Juan y los discípulos pensaban que esta frase («y el día de venganza del Dios nuestro») se cumpliría en sus días, que el Señor Jesús vendría a vengar la injusticia, traería juicios de parte Dios, y que los primeros en caer serían los romanos. Pero el Señor nunca, en ninguna parte, citó estas palabras: «…el día de venganza del Dios nuestro». Él vino a salvar, él vino a dar vida, vino a consolar, vino a libertar, no vino a traer venganza. Las últimas palabras del Señor a Juan fueron: «…Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí». Él notó que Juan estaba decepcionado, notó que tropezaba en la aparente debilidad que Jesús mostraba. Ese «bienaventurado es el que no halle tropiezo en mi», significa algo así como esto: «Ustedes me ven como un hombre común, nacido y criado en una familia de carpinteros. No ven ninguna señal de realeza en mí, no hay corona, no hay criados, no hay demostraciones de poder humano, y tal vez piensen –porque me ven tan débil, tan frágil que no soy quien soy. Ustedes piensan que porque no los he libertado del yugo romano, no soy el Cristo. Ustedes piensan que porque no uso mi poder para ejecutar venganza, entonces no soy el Mesías». Juan denota en su pregunta una gran decepción. Él también parece que tenía sueños de independencia y de libertad.  Pero no sólo Juan sufrió esta decepción por causa de Jesús. ¿Se acuerdan de aquella ocasión cuando, después de la resurrección, el Señor Jesús se acerca a los dos discípulos que iban camino a Emaús? Ellos iban conversando con tristeza. En sus palabras se deja traslucir una tremenda frustración. Dijeron a su ocasional compañero de viaje: «…Le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel» (Lucas 24:20-21). Noten el tiempo pasado de la palabra «esperábamos». Lo esperábamos – eso es lo mismo que decir: “ya no lo esperamos”. Y eso dijeron, pese a que ya circulaban noticias de que el sepulcro había sido hallado vacío, y que el que estuvo muerto ahora estaba vivo. Estas palabras de los discípulos indican que todas las expectativas que ellos tenían también se habían venido al suelo. No sé si ustedes se han fijado que uno de los doce apóstoles del Señor se llamaba Simón el zelote, o Simón el cananista. La palabra «zelote» significa celoso, y también significa «fanático». Los zelotes eran una secta de fanáticos religiosos. Se caracterizaban porque eran muy extremados en sus posiciones. Por ejemplo, ellos se negaban a pagar tributos al César, porque pensaban que el hacerlo era una traición a Dios – el único y verdadero Rey de Israel. Los zelotes eran hombres fuertes, vivían un poco apartados de la sociedad, y clamaban por una vindicación política.  ¡Cuántas veces Simón, el zelote, habrá alimentado esos sueños mientras estaba con Jesús! « ¡Por fin tenemos un Rey! Y este Rey, al igual que los macabeos de hace dos siglos atrás, nos va a llevar a luchar por nuestra independencia y a recobrar el reino para Israel». Ellos querían un reino ahí, en ese momento. Seguramente Simón el zelote, en conversaciones con los apóstoles, también promovería esta idea. (Sin embargo, los deseos de independencia no eran exclusivos de los zelotes: todos los judíos esperaban al Mesías que los libertaría). Amados hermanos, tal vez ustedes estén pensando adónde quiero llegar con este mensaje. Pedro había alimentado esperanzas de grandeza, los discípulos también, y Juan el Bautista también. Pero, en realidad, todo hombre tiene sueños y esperanzas. Todo hombre quiere alcanzar la honra y la gloria humana, todo hombre desea que el mañana le encuentre mejor preparado que hoy: mejor afianzado en la vida, mejor posicionado en el mundo. Todo hombre tiene sueños y llega un momento en que parece que esos sueños se van a concretar. Entonces, reúne todas las fuerzas, los recursos, y los apuesta para la realización de ese sueño. Los cristianos también. Todos los cristianos, especialmente los que aspiran servir a Dios, los que aman al Señor, se enfrentan –al menos en algún momento de su caminar a esta disyuntiva: de utilizar al Señor Jesucristo como líder, como un rey que los arrastre hacia la grandeza, la riqueza y el poder. Creo que a todos los cristianos en algún momento se les pasa por la mente servirse de Cristo para concretar el gran sueño de su vida. Sin embargo, ¿cuál fue la actitud del Señor Jesús hacia esos sueños de sus discípulos? En ningún momento él accede a esa pretensión de ellos. En ningún momento accede a ejercer su poder para realizar esos ideales independentistas, reivindicativos. Podemos decir que el Señor no mostró ningún interés por establecer su reino sobre la tierra. Al contrario, cuando estaba frente a Pilato, él le dijo claramente: «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí» (Juan 18:36). En otra ocasión, dijo a los discípulos: «Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo» (Mateo 20:25-26). Naturalmente, los discípulos en ese momento no entendieron lo que el Señor les estaba diciendo. Los discípulos de Cristo, los de ayer y los de hoy, han tenido sueños. Pero el Señor, ayer y hoy, destruye esos sueños, los quiebra como una caña seca. ¡Jesús es un destructor de sueños! Hay cristianos hoy que usan sus dones, usan su poder –otorgado con fines espirituales para escalar una cierta posición. Hay líderes en la cristiandad de hoy que han medrado con el evangelio, y que han alcanzado –o que han pretendido alcanzar poder político. Otros han levantado grandes empresas. Han pensado que pueden servirse de Cristo para concretar sus sueños de infancia; o, a lo mejor, sanarse de algún complejo de juventud. Ellos usan a los que están alrededor para que los levanten y les permitan concretar sus sueños.  Ustedes recuerdan que cuando el Señor fue tentado en el desierto, el diablo le dijo: «Todos los reinos te daré, si postrado me adorares. Los reinos del mundo son míos y los doy a quien quiero» (Luc.4:5-7). Hay un momento en que, a los que quieren servir al Señor, el diablo se les presenta así también. Disfrazado, por supuesto, porque el diablo nunca aparece tal cual es. Y con el aire más encantador, les dice: «Todo eso te daré, si postrado tú me adoras». El Señor Jesús sabía que el reino de Dios comenzaría a operar desde el corazón del hombre. Por eso, toda su preocupación fue sanar a los quebrantados de corazón, libertar a los cautivos, consolar a los enlutados, poner óleo de alegría allí donde había luto. Y sabía también que no era ese el tiempo para reinar sobre la tierra. Los cristianos que aman al Señor y que han sido enseñados por él saben también que este no es el tiempo de reinar sobre la tierra. Este es el tiempo para trabajar en el corazón de los hombres, no para pretender grandeza humana. No es el tiempo para que nos vistamos de esplendidez, ni para que hagamos negocios y nos enriquezcamos con los dones de Dios. Jesucristo no tuvo dónde recostar su cabeza. Las zorras tenían cuevas; los pajarillos, nidos. Pero él no tenía un hogar. Él fue expulsado de Nazaret, la ciudad donde se crió, donde tenía sus conocidos y su ambiente. El primer mensaje que predicó allí fue motivo suficiente para que quisieran matarlo. Lo sacaron de la ciudad y lo llevaron a un monte para despeñarlo. El Señor Jesús vivió como un siervo, y sus seguidores también han de vivir como siervos.  Quisiera preguntarle: ¿Por qué razón está usted siguiendo a Jesús? Si tiene algún sueño propio, alguna aspiración personal, si usted quiere ganar para sí algo sirviendo a Jesús; si quiere ser reconocido, famoso; si quiere ser adinerado y que todos se postren a sus pies, entonces es bueno que el Señor destruya esos sueños cuanto antes. El camino del Señor es el camino de la humildad, del silencio y de las lágrimas. Por supuesto que hay paz; por supuesto que hay reposo y hay consuelo en él. Pero no hay nada de aquello que los hombres tienen por sublime. El Señor Jesucristo dice: «Mi reino no es de este mundo». Y nosotros también decimos: «Nuestro reino no es de este mundo». Ese día que Pedro estaba sentado con los alguaciles mirando y esperando el fin, sabemos que no fue el fin. Ese fue sólo el comienzo. Cincuenta días más tarde, ese Pedro que estaba allí con el corazón compungido, temblando –y que negó al Señor más encima, estaba parado frente a una multitud, ¡predicando el evangelio de Jesucristo! Estaba continuando con la obra que el Señor Jesús había comenzado a hacer. Cuando miramos a Pedro en el libro de los Hechos le vemos ir de aquí para allá, consolando a los quebrantados de corazón, libertando a los cautivos, sanando enfermos, dispensando las gracias de Dios, ¡lo mismo que su Señor! Así que ese día no fue el fin, sino sólo el comienzo. Los sueños que él tenía se vinieron al suelo. Pero Dios puso en su corazón otros sueños, otra visión. ¡Dios cambió su corazón! Cambió su manera de pensar. Nunca más usó espada, nunca más evitó la cruz, nunca más vivió para sí, hasta el día aquél en que, en cumplimiento de la palabra que el mismo Señor le dijo, murió crucificado como él.

Juan el Bautista un modelo de restauración de la iglesia 6parte

La sexta cualidad de un restaurador: Que Él crezca pero que yo mengüe Estas palabras de Juan nos producen una profunda conmoción. Son unas palabras tan preciosas en un siervo: “Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos” (Juan 3: 27-31). Juan se hace a un lado y levanta al Señor. ¡Qué bendito! Ese es el espíritu de Juan. Juan es sólo el amigo del esposo. Su alegría no otra que el esposo esté contento. El no se alegra en la esposa, sino en el gozo del esposo con la esposa. Se gozó grandemente de la voz del esposo. Su gozo estaba cumplido, porque había acabado su misión. El amigo del esposo había ayudado al esposo a conseguir la esposa que deseaba. Ahora se retira satisfecho. “Y muchos venían a Él (a Jesús) y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad. Y muchos creyeron en él allí.” (Juan 10:41-42). Muchos creyeron en el Señor Jesús por el testimonio de Juan. Lo que quedó en la mente y el corazón de ellos fue, no sus señales, porque no las hizo, sino “todo lo que Juan dijo de éste”. Si Juan hubiese hecho señales habría atraído sobre sí la atención, pero él no quería eso. El buscaba dar un testimonio verdadero acerca de Jesús, para que ellos le conocieran y creyeran en Él. Juan “vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por Él”  (Juan 1:7). Y cuando le preguntaron quién era, Juan dijo: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto”. (Juan 1:23). No era más que la voz, porque su misión era dar testimonio. Lo demás no interesaba, debía ir a la muerte. Lo que el Señor necesitaba de él era su voz y su testimonio, y lo que el Señor necesitó de él lo tuvo. ¡Oh, qué gloria para un siervo ser ocupado por su Señor! ¡Oh, si tan sólo viéramos para qué nos quiere, y luego ofrecerle en servicio lo necesario, silenciando lo demás! Menguar en todo lo que no le es útil, para que sólo Él crezca. La culminación de su ministerio fue el día en que Juan dijo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y le bautizó. Esa sola frase bien valió todas las penas que Juan tuvo que pasar. Todos los largos años en el desierto, creciendo en lugares apartados y fortaleciéndose en el espíritu. Valió la cárcel y su muerte terrible. Bien valieron todos sus desvelos. Sus treinta y poco más años apenas vividos. Todo eso tuvo sentido ese día cuando él dijo esas palabras.  Qué privilegio fue decir: “¡Les presento al Mesías! De Él hablaron todos los profetas desde Moisés. Moisés queda pequeño, como un siervo, ante Él. Aún Abraham queda muy pequeño, porque antes que Abraham naciera Él ya era. Este es verdaderamente grande. Ustedes lo ven joven, pero Él es el Verbo encarnado, que existía en el principio. Este es el Mesías. Y yo ni siquiera soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. ¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”. ¡Qué diferente fue la actitud de los sacerdotes, celosos de la popularidad del Señor, que buscaban ocasión para matarle! (Juan 11:47-48; 12:9-11; 17-19). Ellos veían en la predicación del Señor sólo pérdida para sus intereses personales, tal como el platero Demetrio ante la predicación de Pablo. (Hechos 19:23-41). Un verdadero siervo de Dios no busca crecer por encima del Señor, ni que su nombre repiquetee en la memoria de los hombres. Un siervo no acapara para sí la gente que ha recibido su palabra o que se ha convertido por su ministerio. Su única y verdadera misión es que su Señor sea “predicado a los gentiles, y creído en el mundo”, que es la esfera de su competencia aquí abajo. Es preciso que el siervo del Señor sepa menguar todas las veces que sea necesario, para que el Señor y sólo Él sea exaltado. Muy luego el ministerio de Juan declina. Es encarcelado y muere degollado. Muere en forma terrible e impía, por el capricho de una mujer que quería ver su cabeza cortada. En Juan 1:35-37 dice: “El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.” El ya no tenía ascendiente sobre sus propios discípulos ni sobre la gente que se iba tras el Señor Jesús (Juan 3:26). “¿Ustedes están conmigo? Pueden irse, yo ya no tengo ninguna razón de ser ahora. Síganlo a El”. Y Juan se fue quedando solo. Le preguntaban ¿qué pasa?, y él decía: “Él es el que había de venir; por Él vine yo. Síganlo a Él”  Séptima cualidad de un restaurador: Un vaso de barro En cierta ocasión Juan envió a decir al Señor: “¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?”. Juan estaba en la cárcel. Tal vez pensaba que se había equivocado con respecto al Señor. En su debilidad, en su aflicción, en sus privaciones en la cárcel, hace esa pregunta que a nosotros nos sorprende. Entonces el Señor le manda a decir: “Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio.” (Mateo 11:2-5).En seguida, el Señor se puso a hablar de Juan. ¿Le reconvino por sus dudas? No. Lo elogia. “¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?” No, este es el mayor profeta que ha nacido de mujer”. Y es que, aun en medio de nuestra debilidad, y pese a nuestras preguntas incrédulas, la gracia del Señor cubre nuestra vergüenza. La gracia del Señor nos sobrelleva. El es fiel, es paciente. “En aquel día” va a hablar bien de nosotros. Por su misericordia, por su gracia. Esta es la debilidad de Juan. Tal como Elías en el monte Horeb. Una debilidad inesperada, pero que nos alienta a nosotros, porque nos damos cuenta de que los profetas de antaño eran hombres como nosotros, sujetos a pasiones igual que nosotros, débiles igual que nosotros (Stgo.5:17-18). Por lo tanto, nosotros cobramos aliento.  Pensar que en este tiempo tan difícil, tan peligroso como el que estamos viviendo, el Señor puede hacer algo con nosotros, Él puede obtener alguna ganancia con nosotros. Oh, que así sea. Porque Él es el fuerte, el poderoso; Él es el Fiel y Verdadero.

Juan el Bautista: Un modelo de restauración de la iglesia 5 parte

Ahora pasemos a la cuarta cualidad de un líder restaurador: Austero. Los escribas y los fariseos  le preguntaron al Señor: ¿Porqué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben? (Lucas 5:33). El Señor mismo dijo de Juan  que el ni comía ni bebía vino. Si los discípulos de Juan  ayunaban, obviamente él también lo hacía. ¿Qué pasa con el ayuno? El ayuno es una herramienta poderosa. Con el ayuno, hacemos un ejercicio piadoso  que va acompañado de quebrantamiento interior, producto  del dolor por la ruina de la cristiandad, por la ruina del testimonio de Dios. Porque la mentira  corre y juguetea por las plazas  y la verdad está escondida. Esto tiene que producirnos dolor, al extremo que a veces  no tengamos deseos de comer, para fortalecernos  en el espíritu  y romper  las ligaduras de impiedad. En Isaías 58 se habla del ayuno  y su relación con los restauradores. En los versículos  6 y 7 tenemos los dos aspectos que conlleva el ayuno que es agradable delante del Señor. “No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar ligaduras de impiedad, soltar cargas de opresión, y dejar libres a los quebrantados  y que rompáis todo yugo? Esto tiene una aplicación preferentemente espiritual. Pero en el vrs. 7 se refiere a algo material:¿” no es que partas el pan  con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras y no te escondas de tu hermano? Estas son cosas prácticas, relacionadas con la misericordia. Ambos aspectos deben ir juntos. Muchos han predicado en contra del ayuno usando  estos versículos. Han dicho que el verdadero ayuno es hacer misericordia. No, la verdad de Dios siempre tiene un equilibrio. Se tocan estos dos aspectos aquí. Si nosotros ayunamos  y somos impíos inmisericordes, nuestro ayuno no tendrá  ningún valor. Pero tampoco  podemos pensar que solo con hacer obras de misericordia   ya no necesitamos ayunar. Tienen que ir las dos cosas para que sea un ayuno agradable a delante de Dios. Si hace así el siervo del Señor recibirá las bendiciones que están prometidas. (58:8-12) Vemos pues que el ayuno  está estrechamente relacionado  con el carácter y la obra  de los restauradores, la cual consiste en edificar ruinas antiguas, levantar cimientos de generaciones pasadas, reparar portillos y restaurar calzadas  para habitar. Ante la pregunta de los escribas y los fariseos  sobre porqué los discípulo s no ayunaban, el Señor contestó: “Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre  tanto que el esposo  está con ellos? Más vendrán días cuando el esposo les será arrebatado; entonces ellos ayunarán. (Lucas 5:34-35). Y en Mateo 6 el Señor da instrucciones sobre cómo se debe ayunar. Por tanto se da por sentado que el pueblo de Dios es un pueblo que ayuna.  Hay muchas cargas nuestras que serían liberadas si nosotros ayunáramos. Y muchos males entre nosotros  serían corregidos, muchos yugos del diablo serían quebrantados si nosotros  nos  ejercitáramos  en esto. Pero, al igual que todas las cosas, tiene que ser hecho con prudencia, y en el espíritu.

La quinta cualidad de un restaurador es: Una antorcha que alumbraba y ardía. Esta es una característica de Juan que  nosotros nos habla mucho. “El era antorcha que ardía y alumbraba” (Juan 5:35). No dice solamente que alumbraba, sino que ardía y alumbraba. Esto tiene un gran significado. Cuando algo arde, se consume por dentro; está  toda la cosa involucrada en el acto de arder. Ninguna antorcha puede arder y escapar sana y salva. El hombre de Dios  ha de estar totalmente involucrado  desde adentro, desde el corazón. El arder es un asunto  interior y tiene que ver con el fuego. El alumbrar por el contrario, es un asunto exterior  y está relacionado con la luz. Decir que Juan ardía  y alumbraba es decir  que su brillo no era un asunto exterior meramente. No era una justicia externa. No era una piedad  para la exportación. Si es que daba algún brillo, y de hecho lo dio,  era porque ardía. Tenía fuero por dentro  que lo quemaba. En Juan había absoluta concordancia  entre lo exterior y lo interior. Muchos hay que desean  alumbrar, esto es tener un brillo exterior que les granjee el reconocimiento  y el aplauso de los hombres, pero no están dispuestos a arder. Dar brillo sin arder es una hipocresía. Juan nos habla de fuego y de la luz. Las dos cosas tienen que ir juntas. “Aviva  el fuego del don de Dios que está en ti”, le dice Pablo a Timoteo. El Señor le dice a Laodicea que no sea tibia. Juan dijo del Señor: “El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Bendito  fuego es el Espíritu Santo  que reposa en nuestro corazón. A veces está medio escondido, oprimido, entristecido, resistido, pero está. En la medida  en que nosotros le demos libertad y salida; en la medida que nosotros se lo permitamos, entonces  tendrá expresión  y podrá actuar. El que arde se quema  y desaparece. Juan ardió  y “por un tiempo”. En griego literalmente significa  “por una hora”. Por una hora ardió, alumbró y se extinguió y desapareció. Ese es el proceso  de un siervo. Nosotros no queremos  que nuestro nombre se perpetúe. Cuando hayamos hecho las obras que el preparó de antemano para nosotros desaparezcamos. Apenas Cristo aparezca es bueno que nosotros desaparezcamos.

Juan el Bautista: un modelo para la restauración de la iglesia 3 parte

Ya hemos visto cómo el Señor presentó a Juan El Bautista como quién restauraría todas las cosas. Además, dijo de él que era más que profeta, y el mayor de los nacidos de mujer (Mateo 11:9,11). Por tanto, vale la pena mirar a Juan y aprender de él como verdadero restaurador, uno que prepara el camino para la Venida del Señor. La primera actitud de un restaurador: Crecía fuerte y apartado. En Lucas 1:80 se dice de Juan: “Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de manifestación a Israel”. De Juan El Bautista se dice aquí, por lo menos dos cosas: que crecía fortaleciéndose en el espíritu y que vivía en lugares desiertos. Lo primero significa que él se estaba preparando desde muy joven para una obra tremendamente difícil, para una lucha feroz. El venía como punta de lanza después de 400 años en el que El Señor se había callado. El venía como aquel arado que surca una tierra endurecida por años. Los campesinos saben muy bien: cuando se pasa el arado la segunda vez y la tercera vez la tierra está molida. Pero la primera pasada es como romper una capa granítica. Para hacer esa obra se necesita estar fortalecido en el espíritu. ¡Cuantos corazones endurecidos por el pecado! ¡Cuantos pecados amontonados sobre las conciencias! Y ahora viene la Palabra de Dios por boca de Juan y tiene que ser blandida con poder para romper esa dureza y para abrir el surco, y para que detrás de ese surco viniera el Señor Jesús predicando el evangelio. Que honor para Juan! Por eso dice el Señor que no se había levantado profeta más grande que Juan. A Juan le fue concedido abrir el surco para que el Señor encontrara un pueblo preparado, dispuesto. Un pueblo que ya se había bautizado en las aguas del arrepentimiento, que se había arrepentido de sus pecados y había recibido perdón. La predicación de Juan fue dramática, extraordinariamente apelativa. El era un hombre tremendamente fuerte, y tenía que fortalecerse en el espíritu. Es la única alternativa para un restaurador. En Romanos 8 leemos: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz…y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios…porque si vivís conforme a la carne… moriréis; mas si por el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (6, 8,13) ¿De que nos habla esto? De que un hombre de Dios tiene que hacer morir las obras de la carne, y la única manera de lograrlo es andando en el espíritu, es ocupándose en las cosas del espíritu. ¿Cómo vamos a ser fortalecidos en el espíritu ocupándonos en las cosas de la carne? Este un llamado para los siervos de Dios, a los profetas, a los varones y mujeres santos que hoy ministran al pueblo de Dios, un llamado a dejar de una vez por todas las cosas de la carne. ¿Se imaginan ustedes al apóstol Pablo mirando en el Coliseo romano un espectáculo de gladiadores? Sin embargo, nosotros tenemos permanentemente una ventana a los modernos circos romanos y nos metemos en ellos sin salir de nuestra casa. ¿Proveemos de esa manera para el espíritu? No, estamos proveyendo para la carne. Si Pablo estuviese hoy entre nosotros rasgaría sus vestiduras al vernos a nosotros tan tibios y tan mezclados con el mundo, y dándole lugar a la carne en todas esas cosas. ¿Cómo seremos fortalecidos en el espíritu si nosotros no somos capaces de renunciar a lo mínimo? Proveemos para la carne y después nos lamentamos de que no tenemos poder para echar fuera demonios, para cortar ligaduras de impiedad, para dar vista a los ciegos, para poner las manos sobre los enfermos y que se sanen. Nos hemos sentido muchas veces burlados por el enemigo. Que el Señor tenga misericordia de nosotros. Juan vivía en lugares desiertos. ¿Significa esto que nos vamos a tener que transformar en ermitaños? No! Simplemente nos habla de una consagración, de una separación del mundo de corazón, nos habla de una íntima comunión con Dios. ¿Cómo ha de recibir sino en el yermo, en la soledad y en el silencio, el adiestramiento de un carácter hecho a la medida de Dios? Juan no estaba hecho a la medida de los hombres. NO se acomodaba a la opinión de los hombres. El no se contaminaba con los pecados de los hombres. Era un nazareo, es decir, puro, consagrado, apartado cuya señal externa era que no bebía vino ni sidra, ni se cortaba el cabello. El nazareato es una señal de consagración. Nosotros también somos nazareos. Somos personas consagradas. Somos personas a las cuales Dios santificó, separó y a las cuales Dios encomendó una alta y delicada tarea. Nada menos que eso somos: nazareos, apartados, santificados. Estando en el desierto, Juan recibió la Palabra de Dios y comenzó su ministerio. (Lucas 3:2-3)

La segunda cualidad de un restaurador: Con el espíritu y el poder de Elías. En Lucas 1:17 dice: “E irá delante de él (del Señor) con el espíritu y poder de Elías” Elías fue el profeta de los juicios de Dios sobre los profetas de Baal. 450 fueron degollados por su mano, luego de hacer caer el fuego sobre el sacrificio mojado. Oró para que no lloviese y no llovió, y luego oró para que lloviese y llovió. Hizo descender fuego del cielo sobre los mensajeros que mandó el rey Ocozías. Sustentó la viuda de Sarepta multiplicándole la harina y el aceite. El espíritu y el poder de Elías eran absolutamente necesarios para una labor tan ardua. Por eso era preciso que Juan fuera lleno del Espíritu aún desde el vientre de su madre (Luc. 1:41-44) y que creciera fortaleciéndose en el espíritu. Juan tuvo que tratar con corazones endurecidos por el pecado. Su predicación fue como una clarinada que resonó en los severos desiertos de Judea y Galilea. (MT. 3:5-6). Muchos acudían a oírle. Era un gigante que, cual imán santo y vociferante, atraía a los hombres y derribaba la dureza y altivez de los corazones. “Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced pues frutos de arrepentimiento… (Mateo 3:7-8). El pueblo acudía confesando sus pecados. Ellos sentían que su conciencia era convencida y reactivada. Ellos se sentían conmocionados ante la santidad que irradiaba el profeta y ante la justicia que proclamaban sus labios. Era el poder de Dios que tocaba sus corazones y les conducía al arrepentimiento. Como necesitamos hoy el espíritu y poder de Elías. Al igual que Juan, nosotros podemos colaborar con Dios. Dios también puede usarnos a nosotros, si nos ponemos en sus manos. Y hoy no estamos solos. No hay profetas solitarios hoy. El Juan de hoy es corporativo. Y que bueno que sea así, porque hoy hay que restaurar más cosas que ayer. Se necesita una mayor capacidad, una mayor potencia, una mayor gloria. Seguiré en el otro artículo con la tercera cualidad de un restaurador.

Juan El Bautista: Un modelo para la restauración de la Iglesia 2 parte

Quiero continuar con lo que dije en el artículo pero ahora veamos la segunda restauración De manera que así como hay dos venidas del Señor, hay también dos restauraciones. Así como fue necesario realizar una obra restauradora previa a la Primera Venida del Señor, también será necesario que ocurra así antes de su Segunda Venida. La obra restauradora de Juan preparó el camino para la salvación de Dios, manifestada en el Señor Jesús; la segunda obra restauradora preparará el camino para la segunda Venida del Señor, que es para juicio. El Señor vino la primera vez para salvación, y vendrá por segunda vez para juicio. El pasaje de Mateo 17:11-12 tiene dos tiempos verbales: (a) pasado: “Elías ya vino y no le conocieron” y (b) futuro: “Elías viene primero y restaurará todas las cosas” Este pasaje anuncia una restauración definitiva de (todas las cosas), ya que la restauración de Juan no tuvo pleno cumplimiento, (hicieron con él todo lo que quisieron). Juan restauró algunas cosas, pero la restauración futura será de todas las “cosas”. Es interesante notar que en Mateo 17:11 se dice que “Elías restaurará todas las cosas”, lo mismo que en Hechos 3:21 “hasta el tiempo de restauración de todas las cosas”. Esto parece indicar que un ministerio semejante al de Juan (aunque no por Juan mismo, porque el ya vino) será el encargado de la restauración final de todas las cosas. Este ministerio, según veo, recae, como todo el propósito final de Dios, sobre la iglesia, el Cuerpo de Cristo, con cuya Cabeza conforma al “varón perfecto” que “tiene la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. “ (Efesios 4:13). La primera restauración fue hecha por un hombre (Juan) pero mi tesis es que la segunda restauración por un “hombre corporativo”, un remanente no muy numeroso ni con figuración pública, pero que tiene el carácter y el espíritu de Juan, que es a su vez, el carácter y espíritu de Elías. De manera que nosotros vemos una semejanza y también una diferencia entre los tiempos de Juan, previos a la Venida del Señor, y los tiempos actuales, previos a la Segunda Venida del Señor. La semejanza es que habrá en nuestros días un proceso de restauración como la hubo en días de Juan. Y la diferencia es que esta restauración deberá comenzar con la iglesia, para abarcar luego todas las cosas. Primero, el Señor tiene que suscitarse un pueblo conforme a su corazón y luego a través de él , restaurar todas las cosas, esto es “reunir todas las cosas en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos.” (Ef. 1:10). Los tiempos de Juan, cuando él vino, el pueblo desconocía la voz de Dios. Hacía más de cuatrocientos años que había venido el último profeta. Malaquías. Los tiempos eran de sequía espiritual. Dios se había estado callado por varias generaciones, y el corazón de la gente estaba endurecido. Nadie esperaba al Mesías, o por lo menos en la forma que vino. La mayoría de los que le esperaban, deseaban un Mesías guerrero que les libertara del yugo romano. Pero El Señor no tenía ningún interés en una salvación política. Sin embargo, había unos pocos que tenían el espíritu correcto. En efecto, El Señor por El Espíritu Santo había ido despertando el corazón de algunos que “esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2:38) y la “consolación de Israel” (Lc. 2:25). Cuando José y María vinieron al templo a ofrecer lo establecido por la ley de la purificación (Lev. 12:1-8), El Señor convocó a Simeón y Ana, dos ancianos piadosos, quienes habían recibido la promesa de ver con sus propios ojos la salvación de Dios. Ellos vivían en la esperanza de la visitación de Dios. Simeón era un hombre piadoso y justo “que esperaba la consolación de Israel”, y el Espíritu Santo estaba sobre él. El había recibido una revelación del Espíritu, y por el mismo Espíritu había sido movido a ir al templo. Aunque seguramente ese día había mucha gente, sin embargo, el reconoció a ese niño, de unos cuarentas días, que era el Ungido del Señor. Los ojos de Simeón estaban ungidos para ver en El más que un niño. Las palabras que salieron de su boca nunca antes habían sido dichas ante nadie sobre la tierra. “Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual ha preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel y la salvación de unos y otros”.(Lucas 2:30-32). He ashí que sería luz para los gentiles, La Gloria de Israel y la salvación de unos y otros. Los demás no lo vieron así ni le recibieron, pero Simeón que le esperaba, pudo verle. Simeón vivía en la esperanza de verle y no fue defraudado. También estaba Ana, profetisa, de más de cien años, que servía de noche y de día con ayunos y oraciones. Ella también le vio y dio gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención. Ella esperaba la redención y la vio. Simeón esperaba; Ana servía. Simeón era justo y piadoso y el Espíritu Santo estaba sobre él. Ana por su parte no se apartaba del templo y servía de día y de noche con ayunos. Si unimos ambas descripciones, ambos caracteres, tenemos un cuadro completo de cómo son aquellos que esperan su Venida hoy. El carácter contemplativo de Simeón (el “esperaba”), más el carácter diligente de Ana (ella servía), configuran el equilibrio perfecto. Es Marta y María juntas (Lucas 10:38-42). Tales personas, que contemplan al Señor adorándole cada día y que también le sirven, son los que aman su venida (2 Tim 4:8). Tales viven en el espíritu del arrebatamiento y de la restauración.

He aquí el escenario para mi tesis, he analizado el hecho de que la iglesia será el nuevo “Juan el Bautista “en la preparación de el camino para la segunda Venida del Señor. Al hacer estas reflexiones, vuelvo a insistir con más fuerza que la iglesia del siglo XXI y por sobre todo en América Latina tendrá este despertar. Hoy ya el hacer iglesia será dentro del contexto de la contemplación y una vida espiritual íntima, en donde quién importa es Jesús y lo que nos mueve es una búsqueda a parecernos a Ël por medio de esa contemplación. Como resultado de esa contemplación la iglesia redescubrirá su carácter de sierva, sencilla y efectiva. Pero no todos lo verán así, de hecho la mayoría se lo está perdiendo. La gente que Dios usará será como Simeón y Ana, gente que anhelan ver la consolación y la salvación de sus pueblos, y que contemplan a Jesús con ternura, y lo tienen en sus brazos cerca del corazón. En la siguiente entrega veremos las características de un restaurador.

Juan El Bautista: Un modelo para la restauración de la Iglesia

Juan el Bautista vino para preparar el camino del Señor, antes de su primera venida. Asimismo, antes que el Señor venga otra vez, el ministerio de Juan estará presente también. Esta vez no será realizado por un hombre en particular, sino por un “hombre corporativo”, la iglesia, más específicamente, por los vencedores dentro de la iglesia. ¿Cuál es el perfil de los restauradores? ¿Cuál es su obra? Una mirada a la figura de Juan nos permitirá obtener importantes enseñanzas, que nos instruirá acerca de los pasos que hemos de seguir en la obra de Dios.

En primer lugar pensemos en las condiciones para una restauración de la iglesia. De acuerdo a la Palabra de Dios , deben cumplirse dos condiciones para el retorno del Señor Jesucristo a la tierra: La predicación del evangelio a todo el mundo (Mateo 24:14) y la restauración de todas las cosas: “A quién (al Señor Jesús) es necesario que el cielo reciba hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas, de que habló Dios por boca de sus santos profetas que han sido desde tiempo antiguo” (Hechos 3:21) Estos son a la vez , los dos requisitos que han de cumplirse para la venida del Señor y también las dos grandes áreas de trabajo para los hijos de Dios en este tiempo: la predicación del evangelio y la obra de la restauración de la iglesia. Nosotros no podemos descuidar ni una ni otra. Hay muchos hoy solamente que están preocupados en predicar el evangelio, y para ello utilizan todos los recursos que están a su alcance; eso está bien. Pero, de alguna manera nosotros podemos percibir, por lo que el Señor ha hecho por nosotros en estas dos últimas décadas, que la encomienda más importante que se nos ha dado es contribuir a la restauración de la iglesia, porque a través de ella será posible la restauración de todas las cosas. Así que sin descuidar la predicación del evangelio, nos preocuparemos también de la obra de la restauración, que es el segundo requisito que tiene para cumplirse para la Venida del Señor.

En segundo lugar pensemos las razones para una restauración de la iglesia. Es de notar que el Nuevo Testamento (versión griega) aparece una sola vez la palabra “restauración”, y es esta de Hechos 3:21. En Romanos 11:12 de algunas versiones españolas se usa también la palabra “restauración”, pero no así en el original griego, donde se usa el término correspondiente a “plenitud”. Así que podemos afirmar que una sola vez aparece la palabra “restauración” en el NT. ¿Por qué no más? Porque en los días del NT no son días de restauración, sino fundamentalmente de instauración, de establecer cosas. Son tiempos de establecer la iglesia y cada uno de sus ministerios. Qué es lo que El Señor hoy quiere restaurar? Bueno lo veremos más adelante. Así que por lo tanto, la restauración de que se habla en el NT se refiere a la época futura con respecto a aquellos tiempos, y que es el presente para nosotros. He aquí una cosa interesante: hay un solo personaje en el NT del cual se habla que hará una obra de restauración, y ese es Juan El Bautista. Así que mi tesis será sencilla vamos a relacionar Hechos 3:21 con Juan El Bautista, y sacaremos ejemplo para ver cómo tiene que se la restauración final de todas las cosas. Porque antes de la primera venida del Hijo de Dios debía ocurrir una restauración, y ella debía ocurrir por el ministerio de Juan El Bautista. Esa obra está desglosada por el ángel Gabriel en Lucas 1:16-17, y por el Espíritu Santo a través de Zacarías, padre de Juan, en Lucas 1:76-79. Asimismo al final de los tiempos, que son los nuestros, debe haber una nueva obra de restauración. Veamos como son esas restauraciones.

La restauración primera. El Señor afirmó de Juan: “El es aquel Elías que había de venir (Mat.11:14) con lo cual hace referencia a la profecía de Malaquías 4:5-6 que dice: “He aquí yo os envío el profeta Elías, antes que venga el día de Jehová grande y terrible. El hará volver el corazón de los padres hacia los hijos, y el corazón de los hijos hacia los padres, no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición. Si nosotros observamos el cumplimiento de esta profecía a la luz de Mateo 17:11-12 y Lucas 1:17, nos daremos cuenta de que la profecía de Malaquías se cumplió sólo parcialmente en Juan El Bautista. En efecto Mateo 17:11-12 dice: “A la verdad Elías viene primero, y restaurará todas la cosas. Más os digo que Elías ya vino, y no le conocieron, sino que hicieron con él todo lo que quisieron. “Y Lucas 1:17 dice: “E irá delante de él con el espíritu y poder de Elías, para hacer volver los corazones de los padres a los hijos, y de los rebeldes a la prudencia de los justos, para preparar al Señor un pueblo bien dispuesto”. La profecía de Malaquías anuncia el ministerio de Elías para el tiempo previo “al día de Jehová, grande y terrible”, el cual no era el que cumplió El Señor en su primera venida. El día del Señor Jesús no fue un día grande y terrible, porque El Señor no vino a traer juicio, sino salvación. La profecía de Malaquías advierte además que las relaciones familiares deben ser restauradas “no sea que yo venga y hiera la tierra con maldición”, lo cual tampoco ocurrió a la primera venida del Señor, porque el Señor no hirió la tierra con maldición, al contrario El trajo bendición. Esto nos sugiere que esta profecía de Malaquías todavía no tiene pleno cumplimiento. El cumplimiento parcial de una profecía en una época y su complementación en otra, no es algo extraño para quienes conocen Las Escrituras. Algo similar ocurre con la profecía de Isaías 61:1-2 respecto al Señor Jesús. Cuando el Señor Jesús estuvo en Nazaret y se le dio el libro del profeta Isaías, leyó el pasaje 61:1-2, pero no completo, porque no todo tenía cumplimiento ese día. El pasaje de Isaías, luego de anunciar el año agradable del Señor (en el año de la buena voluntad de Jehová) seguía así: “Y el día de venganza del Dios nuestro”, pero El Señor no leyó esto último. ¿Por qué? Porque esa parte del pasaje no se estaba cumpliendo en ese momento. Se trataba del anuncio de un juicio que El Señor no traía todavía a este mundo. De modo que, tanto la profecía de Malaquías referente a Juan, como la de Isaías referente al Señor Jesús, no se han cumplido cabalmente aún. Sin embargo falta muy poco para que se cumpla del todo. El ministerio restaurados de este día y la Segunda venida del Señor , a las puertas, cumplirán ambas profecías. Seguiré con la segunda restauración en la siguiente entrega.

La misión como bendición: Hechos 3 2 parte

La segunda frase es «De lo que tengo te doy» Después de haber captado la atención del cojo, Pedro le es totalmente sincero al decirle: «no tengo plata ni oro, pero». En otras palabras, los apóstoles le están diciendo no tenemos lo que nos estás pidiendo. ¿Podemos imaginarnos la expresión en el rostro del cojo cuando escuchó esas palabras? Tal vez los ánimos comenzaron a descender porque se sintió defraudado. A lo mejor pensó que aquellos individuos le estaban haciendo perder el tiempo. Pero el apóstol no le dio mucha larga al decirle «pero, lo que tengo te doy, levántate y anda». Una de las mayores pérdidas del pobre no son sencillamente los recursos necesarios para su subsistencia material, sino la de la visión. Su realidad lo lleva a perder la esperanza de algo mejor o diferente. Sabemos que una visión es un cuadro del futuro que produce pasión en quien lo tiene y en quien lo escucha. Eso fue lo que hicieron Pedro y Juan. Le pintaron un cuadro del futuro que produjo pasión en él. Se vio de pie y andando por sus propios pies. Pero no siempre las palabras son suficientes, sino que se necesitan palancas. Esto significa que no siempre el asistir a una persona se convierte en un pecado o en una dependencia. El asistencialismo tiene su ser en la ayuda y en la misión de la iglesia. En el medio que me desenvuelvo escucho una premisa que repiten a cada rato para defender el hecho de que no debemos ser asistencialistas. “No puedes sacar a la persona de la pobreza dándoles pescados, es mejor enseñarle a pescar ¿Qué clase de axioma es este? Por un lado me pregunto ¿quién dice que el pobre quiere pescados? ¿Quién dice que su necesidad es pescar? Porque le imponer la cosmovisión en lo que el pobre desea?. Detrás de este axioma encierra la teoría de somos los que tenemos la teoría del desarrollo, los que sabemos lo que el pobre necesita. Pero pueden ustedes notar que al tomar al cojo de la mano derecha, la mano de la acción, Pedro y Juan están usando palanca para apoyar el levantamiento del cojo. Pedro pudo haber dicho, “no ya no te doy la mano” ya puedes caminar solo”. Pero el cojo necesitaba todavía esa mano. No podemos soltar a las comunidades y cortar de tajo nuestra ayuda para que comiencen a caminar. Un error común entre nosotros los cristianos es usar palabras sin palancas que alegren el corazón y entusiasmen, por lo que todo se queda en ilusiones. No levantan. Pero otro error es usar las palancas sin palabras, lo que contribuye a construir robots. La combinación de ambos elementos es lo que llevó al cojo a levantarse. El cojo anduvo. No caminó hacia una cantina a celebrar con ron o cerveza, sino que entró AL TEMPLO. Esto me lleva a pensar que parte de la transformación y de la nueva visión incluía el tributo al Dios que lo sanó. Muy a menudo nuestros programas podrán dar “empoderamiento” a los cojos de nuestras comunidades, pero sin la intencionalidad de acercarlos más a Dios, por el temor de no caer en el proselitismo. Aunque Pedro y Juan no le dijeron al cojo que los acompañaran, el cojo entendió que quien lo había empoderado no eran los discípulos sino el Dios de esos discípulos. El desarrollo transformador no se origina en el hombre se origina en Dios. Una pauta de que ha habido un verdadero desarrollo transformador es cuando los pobres que ministramos se reconcilian con ese Dios y al final le rinden tributo por los cambios hechos en su persona y comunidad. Esto es la misión como bendición. El cojo no sólo recibió la sanidad física, sino también la sanidad espiritual. Una vez más se demuestra que no hay dicotomía desde la óptica de la Escritura entre lo espiritual y material. Quiero concluir con esto: Al observar el contexto latinoamericano en el cual tenemos que ejercer la misión integral, llegamos a la conclusión de que se trata de un cuadro similar a la del cojo y, por lo tanto, debemos tomar en cuenta los mismos pasos sencillos de Pedro y Juan. Primero, debemos fijarnos en la persona, en la situación en donde se encuentra y no satisfacerlo con una limosna. Segundo, podemos ser ejemplos de esperanza y alternativas que produzcan cambios reales. Tercero, podemos ayudarlos a aclarar su propia visión como personas en comunidad. Y cuarto debemos acercarlo al Dios de la vida, como un cuadro reconciliador de su estado espiritual. Pero todo empieza conmigo y contigo. Debemos tener una visión de bendición personal clara para hacerlo, una visión de quién soy, de lo que tengo, dónde estoy y hacia a dónde voy. Después, podremos mirar a la gente y decir: «Lo que tengo, te doy en el nombre de Jesucristo, levántate y anda.»

La misión como bendición: Una alternativa para la iglesia 2 parte

Muy bien el tema de la bendición debe analizarse en su contexto, primordialmente en el contexto de Génesis 12. Piense en esto por un momento , la bendición tiene sus raíces en el relato de la creación de Génesis 1, donde Dios bendice a los animales y a los seres humanos (1:22, 28). En ambos casos el tema está relacionado con la fertilidad; así que la bendición comienza con la frase “fructificad y multiplicaos”. Esta bendición es parte de la obra ordenada y benévola de Dios, quien ve que todo es “bueno”, hasta “bueno en gran manera” (1:10, 12, 18, 21, 25, 31). Completa su obra con una bendición final para el séptimo día, el día de reposo (2:3). En el contexto de la creación, entonces, la bendición se refiere principalmente a algo concreto, material, la multiplicación de los seres creados por Dios. A la vez tiene su aspecto espiritual. Dependía de la iniciativa de Dios y debería experimentarse dentro del marco de una relación con él, en ese mundo bueno donde todo y todos estaban en su lugar y funcionaban según los propósitos divinos. También había un día apartado por y para Dios, un día bendecido por él mismo. Esta perspectiva material-espiritual viene a reforzarse en el capítulo 2, con la provisión de un huerto y la presencia de Yahweh mismo con la primera pareja. Así que pueden notar entonces que en los orígenes y en la mente de Dios no había una “dicotomía” ni un intento “holístico de la misión a Adán y Eva”. Luego con el pecado del capítulo 3, el cuadro cambia dramáticamente. El contexto general de una creación bendecida se altera por la maldición sobre la tierra (3:17). El hombre y la mujer son juzgados de tal manera que se les dificulta la procreación y su trabajo en el campo (3:16-19). La amenaza de las consecuencias de la desobediencia (“el día que de él comieres, ciertamente morirás”, 2:17) se cumple en maneras sorprendentes al soltarse la muerte sobre la humanidad. A primera vista la muerte se posterga, aunque no se olvida, con el decreto de que los humanos volverían al polvo (3:19), pero lo que no se explica es cómo vendría la muerte. Los siguientes capítulos proveen la respuesta; la muerte está por doquier. Algunos morirían a sangre fría por el fratricidio o una venganza desenfrenada (4:8, 14, 23-24); otros gozarían de una larga vida, pero tarde o temprano sucumbirían a la muerte por causas naturales (véase el refrán “y murió” en 5:5, 8, 11, 14, 17, 20, 27, 31); el resto, con la excepción de Noé y su familia, se ahogarían por medio del juicio del Diluvio, porque la maldad y la violencia habían llenado la tierra (caps. 6-8, especialmente 6:5-7, 11-12); finalmente, Dios le delegaría al ser humano la autoridad de castigar a otros con la pena de muerte (9:5-6). Claramente, la humanidad no goza del árbol de la vida fuera del Edén. Pero, la muerte significa más que la terminación de la existencia física. Génesis 3 describe cómo el ser humano se aleja de Dios en su intento de esconderse de él (3:8-10), por su negativa de aceptar la responsabilidad por el pecado (3:12-13) y por su expulsión del huerto sin ninguna esperanza de poder regresar (3:23-24). La tentación de ser igual a Dios (3:5), con todas sus consecuencias desastrosas, se manifiesta de nuevo con el enojo violento de Caín y la arrogancia de Lamec, a quienes les falta respeto por la vida (4:5-9, 23-24), con el caso misterioso en que los hijos de Dios y las hijas de los hombres sobrepasan lo normal (6:1-4) y con la audacia de los constructores de Babel de rehusar llenar la tierra y aun de tratar de llegar hasta el cielo (11:1-4). Dentro de este contexto, en el cual los tristes resultados de la Caída empapan todo, ¿qué había pasado con el propósito divino de bendecir material y espiritualmente a la humanidad? Después de una palabra esperanzadora en 3:15 de una simiente que heriría la cabeza de la serpiente, surge una serie de individuos ejemplares con el nacimiento de Abel (4:1-4) y Set (4:25-26), el caminar de Enoc con Dios (5:22, 24) y especialmente la aparición de Noé. Este hombre obediente (6:22; 7:5, 9, 16; 8:15-19) tiene las mismas características positivas de quienes le precedieron: camina con Dios (6:8-9) y ofrece sacrificios (8:20-21). Pero, a la vez, los supera. Con él se anuncian cosas que contrarrestarían los efectos del pecado: se aliviarían las penas del trabajo (5:29; cp. 8:21), la bendición original casi se repite en su totalidad (9:1), y Dios hace un pacto con Noé que garantiza que nunca habrá otro juicio tan devastador (6:18; 9:8-17). Pero, todas las expectativas pronto vienen al suelo. Noé se encuentra borracho en su tienda, inconsciente y deshonrado por su hijo Cam (9:21-24).Esta realidad de pecado, fracaso y decepción es el trasfondo del llamado de Abram. Las muchas cosas que vez tras vez frustran el deseo de Dios de otorgar a la humanidad las bendiciones de la creación hacen que, al llegar a Génesis 12:1-3, el lector aprecie el poder del plan de la misión. Con este pasaje se reconfirma el propósito divino. Seguiré en la otra entrega.