Lamentaciones: Un modelo para enfrentar el sufrimiento

Hola queridos lectores, gracias por sus comentarios y aportaciones a este blog. He estado recibiendo bastantes comentarios a las últimas entradas, gracias por tomarse el tiempo de leer. Este día estaré enseñando por la noche en la iglesia de un buen amigo mío, que por cierto es odontólogo y pastor (creo que el orden sería al revés, es pastor y odontólogo). Los jueves están estudiando toda la Biblia y lo van haciendo libro por libro. Me pidió que enseñara sobre Lamentaciones. Así que lo que les voy a comentar en esta serie de exposiciones, es lo más reciente salido de mi corazón. Me ayudó mucho el estudiar nuevamente este libro, pero sobre todo tratar de exponerlos contextualmente y por sobre todo homiléticamente. Dios me ha estado llevando constantemente al modelo de Jeremías. En esta ocasión quiero presentarles algunas ideas de cómo lidiar con el sufrimiento y como el libro de Lamentaciones es un modelo de terapia, con principios especiales para sobrellevar ese sufrimiento. Espero que les ayude como me ayudo a mí.
Empecemos pues, como alguno de ustedes sabrán en el mundo existen miles de formas de ayudar a las personas a salir de las crisis, o a enfrentar el sufrimiento, o para ponerlo más evangélico, las pruebas. Hay diferentes formas de terapias desde el paradigma sicológico de Freud, pasando por la terapia de la confrontación de Gestalt, o la terapia familiar de Virginia Satir y terminando con la famosa Programación Neurolingüística. Cada una de ellas tiene sus bases y sus objetivos. Freud trató de explicar las luchas entre el ego, y el superego dándole una connotación siempre sexual. La terapia de Gestalt establece que al paciente hay que llevarlo un momento ñeque se le debe confrontar con la realidad de su problema para poder solucionarlo. El modelo de Virginia Satir es las familias, su presuposición básica es que no hay individuos enfermos sino familias enfermas, así que se deben tratar a las familias y no sólo al individuo. Finalmente la programación Neurolingüística, es algo así como la confesión positiva del cerebro, si usted piensa mal reacciona mal y viceversa. Creo que estas técnicas tienen sus ventajas, pero están limitadas. No ven al hombre integralmente ni tratan los problemas de la raíz. Es allí precisamente que la Terapia de Lamentaciones es superior a cualquier terapia antes mencionada. Veamos porque.
Lo primero que debemos hacer es establecer el contexto del libro de Lamentaciones. Las biblias hebreas usan dos títulos para Lamentaciones, el primero es “Ekhah” (¡Ay! ¡Cómo”), y se debe a que esta es la palabra hebrea que abre los capítulos 1, 2 y 4. El segundo título es “Quinoth” (Lamentaciones), es decir el escritor lamenta la destrucción de Jerusalén. En la Biblia hebrea tripartita (La ley, Los profetas, Escritos), Lamentaciones aparece en su última parte, en una sección llamada “Megillot”. Este es un grupo de cinco libros del AT que los judíos leían públicamente en fiestas nacionales. Lamentaciones se lee, en el noveno día de Ab ( a mediados de julio), en el aniversario de las destrucciones de Jerusalén en los años 586 a. de C. y 70 d. de C. Este libro fue escrito probablemente poco después del 586 a. de C. cuando las memorias del desastroso sitio de Jerusalén estaban aún vivas en sus mentes. La evidencia puede señalar con certeza que fue Jeremías el autor, aunque no de una forma concluyente. Lamentaciones es un conjunto de alegorías (poemas melancólicos), escritos en estilo lastimero. El ritmo de las líneas del original hebreo se han descrito como metrónomo descompasada en que la segunda de sus partes paralelas tiene un latido más corto que el primero. Cuando las palabras hebreas de 1:1 son exactamente traspuestas en castellano uno puede notar esta entonación (aquí se ve tres sonidos seguidos por dos en hebreo)

1 2 3 1 2

Cómo ha quedado sola la ciudad populosa?
Se ha quedado viuda la grande entre las naciones
La señora de provincias ha sido tributaria
Cuando era leída públicamente, el cantar del texto hebreo estimulaba el sentir de las palabras. Uno del los rasgos distintivos del libro es su configuración acróstica de los capítulos 1-4. En los capítulos 1, 2,4 cada versículo empieza con una palabra cuya primera letra sigue sucesivamente a cada una de las 22 letras del alfabeto hebreo. El capítulo 3 al tener 66 versículos, se reparte tres versículos por cada letra sucesiva en lugar de una. Son varios los puntos de vista existentes en cuanto del porqué el autor decidió usar esta configuración acróstica. Entre ellos hay, primero, como ayuda para su memorización; segundo como símbolo de la intensidad o plenitud del dolor del pueblo ( es decir, de la A hasta la Z); tercero, el confinar la expresión ilimitada de dolor, limitándose al uso de la forma acróstica. Bueno he allí, todo un panorama del contexto del libro, espero que no los haya perdido con esta introducción un poco técnica pero nos servirá de base para los conceptos que voy a presentar en los siguientes artículos. Por el momento, los dejo, nos vemos en la próxima entrega. Bendiciones.

El otro hijo pródigo

Es digno de notarse que los siete pecados capitales orgullo, avaricia, lujuria, envidia, ira, glotonería, pereza, no son sino asuntos de actitud, es del espíritu interior y de los motivos. Tristemente muchos cristianos carnales acarrean problemas espirituales internos. Son como el hermano mayor del hijo pródigo, pensando que todo lo hacen bien. Cuando uno lee la historia, uno ve que el decidió quedarse en casa con el Padre. De ninguna manera iba malgastar su tiempo inútilmente. Sin embargo, cuando el hermano joven regresó a casa, algunas de las actitudes erróneas del hermano mayor salieron a la superficie. ¿Cuál era la actitud del hno. mayor? En primer lugar el hijo mayor tuvo un sentimiento de importancia propia. El hermano mayor estaba afuera en el campo, haciendo lo que tenía que hacer, pero se enojó cuando comenzó la fiesta. Es obvio que al el le gustaban porque se quejó con su padre reclamándole que nunca le había dejado tener una. En segundo lugar tuvo también un sentimiento de autocompasión. El dijo: “He aquí tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. (Lucas 15:29-30). Casi siempre pasamos por alto el verdadero significado de la historia del hijo pródigo. Olvidamos que el padre no sólo tiene un hijo sino dos. El hermano más joven era culpable de los pecados de la carne y de acción, mientras que el hno. Mayor era culpable de los pecados de actitud. Cuando la parábola termina, es el hermano mayor que está fuera de la casa del padre! Ahora bien ¿Cómo se manifestó la actitud del hno. Mayor? Una actitud como la del hno mayor tiene varios posibles resultados. En primer lugar es posible para nosotros ocupar el lugar y el privilegio de un hijo y al mismo tiempo rehusar las obligaciones de un hermano. Hay muchos que se autodenominan hijos de Dios pero no quieren tener nada con sus hermanos, y los tratan con desprecio. Exteriormente el hno. Mayor era correcto, consciente, diligente y responsable pero su actitud no era la adecuada. En segundo lugar una relación equivocada con el hno. Produce una relación tensa con el padre (Lcs. 15:28). El padre se sentía mal y tuvo que salir a buscarle como, y dialogar con él. En tercer lugar es posible servir al padre fielmente y sin embargo no estar en comunión con él. Una relación correcta debe por lo general, producir interés y prioridades similares. Sin embargo , el hermano mayor no tenía idea de porqué el Padre debía regocijarse con el regreso de su hijo. Por otro lado en cuarto lugar es posible ser un heredero de todo lo que nuestro Padre tiene y sin embargo tener menos gozo y libertad que uno que no tiene nada. Los criados estaban más felices que el hijo mayor, rieron, bailaron, mientras este se quedó afuera reclamando sus derechos. En quinto lugar una actitud equivocada mantuvo al hermano mayor lejos del deseo y corazón de su Padre, el amor de su hermano y la alegría de los criados. Finalmente las actitudes equivocadas en nuestras vidas bloquearán las bendiciones de Dios y nos harán vivir por debajo del potencial de Dios para nosotros. Ahora ¿como podemos evitar que esto ocurra? Cuando nuestra actitud comienza a corroernos como al hermano mayor, debemos recordar dos cosas. Primero nuestros privilegios (v.31): “Hijo, tu siempre estás conmigo. En segundo lugar nuestras posesiones: (todas mis cosas son tuyas). Así que tómese un momento para hacer una lista de todos sus privilegios y posesiones en Cristo. ¡Cuá ricos somos! Evite ser como el hijo mayor! Que era el otro hijo pródigo

La tradición vrs. la verdad

En el musical «El violinista en el tejado», el personaje principal comienza la obra cantando la canción «Tradición». Toda la comunidad judía fue construida sobre antiguas e indestructibles tradiciones del pasado. El tema no expresado abiertamente del musical es cómo estas antiquísimas tradiciones estuvieron siendo desarraigadas, alteradas y puestas en peligro por todos los disturbios de la época. Subrayaba la pena, el dolor y los apuros que sobrevienen cuando se trastornan las tradiciones. La anterior parece indicar una escena del evangelio de Marcos, que traza un brutal contraste entre Jesús y los escribas y fariseos. El ministerio de Jesús estaba lleno de hombres y mujeres amorosas y dispuestas a ayudar que estaban por todo lado; mientras que los escribas y fariseos vinieron armados con sus tradiciones, buscando detener el ministerio de nuestro Señor. Las palabras con que termina Marcos 6 describen la clase de ministerio en el que Jesús se ocupaba. Marcos narra:
Terminada la travesía, vinieron a tierra de Genesaret, y arribaron a la orilla. Y saliendo ellos de la barca, en seguida la gente le conoció. Y recorriendo toda la tierra de alrededor, comenzaron a traer de todas partes enfermos en lechos, a donde oían que estaba. Y dondequiera que entraba, en aldeas, ciudades o campos, ponían en las calles a los que estaban enfermos, y le rogaban que les dejase tocar siquiera el borde de su manto; y todos los que le tocaban quedaban sanos (versos 53–56).
El anterior es una hermosa imagen de esta fase del ministerio de nuestro Señor. La gente le traía sus enfermos a Jesús para que pudieran tocar el borde de Su manto. Y Marcos dice que todos los que le tocaban quedaban sanos».
I. LA TRADICIÓN Y DIOS (7.1–8) En contraste con la anterior escena, Marcos avanza al relato acerca de un grupo de fariseos que habían venido a Galilea a investigar a Jesús y su ministerio. Los primeros cuatro versículos del capítulo 7 describen la nueva escena:
Se juntaron a Jesús los fariseos, y algunos de los escribas, que habían venido de Jerusalén; los cuales, viendo a algunos de los discípulos de Jesús comer pan con manos inmundas, esto es, no lavadas, los condenaban. Porque los fariseos y todos los judíos, aferrándose a la tradición de los ancianos, si muchas veces no se lavan las manos, no comen. Y volviendo de la plaza, si no se lavan, no comen. Y otras muchas cosas hay que tomaron para guardar, como los lavamientos de los vasos de beber, y de los jarros, y de los utensilios de metal, y de los lechos.
Este párrafo presenta el poder y el efecto de las tradiciones. Evidentemente, había corrido la voz de la fama de Jesús. Los sumos sacerdotes y los dirigentes de los judíos en Jerusalén, estaban molestos por estos informes. Vinieron con el propósito específico de encontrar algo en el ministerio de Jesús que ellos pudieran usar para oponérsele. Encontraron lo que buscaban cuando vieron que Jesús y Sus discípulos incumplieron cierta tradición. Si ellos lograban señalar esta omisión claramente al pueblo, podían volver las multitudes en contra de Jesús. ¡Cuán importante eran las tradiciones para el pueblo judío! Los judíos decían: «Las tradiciones deben observarse cualesquiera que sean las circunstancias». La tradición que esta gente eligió para sacar provecho fue esta: el lavamiento de manos antes de comer, de conformidad con lo prescrito. Cuando observaban a Jesús y a Sus discípulos, vieron que algunos de ellos no seguían lo prescrito para lavarse las manos antes de comer. A los fariseos les molestaba esto. No estaban hablando de lavamiento con fines higiénicos; sino de una tradición. Según los judíos, uno podía haberse lavado las manos con el jabón más excelente que hubiera disponible, podía habérselas restregado tal como haría un cirujano en preparación para una cirugía, y aun así no estar puras desde el punto de vista ceremonial. Era una rígida costumbre entre los judíos lavarse las manos de cierta manera. En primer lugar, extendían sus manos con la palma hacia arriba, apuntando ligeramente hacia abajo. Mientras el agua era vertida sobre una mano, el puño de la otra se usaba para restregar la palma de la primera. Luego, con el agua todavía siendo vertida sobre sus manos, la otra mano se lavaba de la misma manera. Después, daban vuelta a sus manos, y con los dedos apuntando hacia abajo, hacían que se les vertiera agua sobre ambas manos para quitar el agua contaminada que quedara del primer restregado. A menos que se siguiera esta ceremonia ritualista, uno era considerado inmundo. Una persona podía estar limpia desde el punto de vista de la higiene, y sin embargo estar inmunda desde el punto de vista ritualista y ceremonial. Tan profundamente arraigado estaba esto en los judíos, que cuando a un rabino se le encarcelaba por algún delito, él usaba el agua de beber que le traían a su solitaria celda, para lavarse sus manos según prescribía la ceremonia, y casi se moría de sed. Estas tradiciones, supongo, dieron comienzo de una manera correcta. Por ejemplo, eran sencillamente un intento por aplicar la ley de Moisés. El libro de Levítico sí estipulaba ciertos lavamientos que debían hacerse con el fin de enseñarle al pueblo cómo manejar el pecado. Éste era el propósito de tales observancias externas de la ley de Moisés. Su verdadera razón era más profunda que la ceremonia externa en sí. Pero los sacerdotes judíos comenzaron a hacer ciertas sugerencias en cuanto a la manera correcta como debían lavarse las manos, y más adelante se agregaron interpretaciones de las interpretaciones. Así, transcurridos algunos años, un cúmulo de tradiciones se erigió, las cuales explicaban en detalle cómo debían llevarse a cabo las estipulaciones de la ley. Este cúmulo de interpretaciones se conoce como la ley oral de Moisés. Este pasaje de Marcos menciona también el lavamiento de vasos de beber, de jarros y de utensilios, que podían volverse inmundos. La Misná, la tradición judía escrita, incluye no menos de doce largos tratados sobre esta clase de inmundicia, detallando qué clase de utensilios podían volverse inmundos. Una mesa de cuatro patas podía volverse inmunda, pero no así una de tres patas. Por cierto que la palabra griega que se traduce por lavamientos en este pasaje de Marcos, es la misma palabra griega de la que proviene la palabra bautizar. Ambas palabras transmiten la idea de sumergir completamente un objeto en agua, no la de solamente rociar. Para los escribas y fariseos, estas reglas y normas constituían la esencia absoluta de la religión. El observarlas equivalía a agradar a Dios. El violarlas equivalía a pecar. Jesús y estas personas hablaban dos idiomas diferentes. Jesús no tenía necesidad alguna de estas rígidas tradiciones humanas. La idea de religión de Jesús era muy diferente de la de los escribas y fariseos. Por lo tanto, Jesús reprendió a sus acusadores en el siguiente tramo de versículos: Le preguntaron, pues, los fariseos y los escribas: ¿Por qué tus discípulos no andan conforme a la tradición de los ancianos, sino que comen pan con manos inmundas? Respondiendo él, les dijo:
Hipócritas, bien profetizó de vosotros Isaías, como está escrito: Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí. Pues en vano me honran, enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres (versos 5–8).
En este mordaz pasaje, Jesús está en realidad acusando a los escribas y fariseos de dos pecados específicos. Primero, dice que eran culpables del pecado de la hipocresía. En palabras de Isaías, dijo: «Este pueblo de labios me honra, mas su corazón está lejos de mí». El judío legalista de los tiempos de Jesús, podía abrigar odio para con su semejante, envidia, celos, conflictos, amargura e ira en su corazón, pero se consideraba justo si cumplía las tradiciones de los ancianos. El legalismo de entonces, y de hoy día, tiende a hacer énfasis en las acciones externas de los hombres, pero hace caso omiso del corazón. Sin embargo, el corazón del cristianismo es el corazón. Hace mucho tiempo, Samuel dijo: «El hombre mira lo que está delante de sus ojos, pero Jehová mira el corazón» (1o Samuel 16.7). El cristianismo no debe identificarse con acciones religiosas externas. Un buen hombre es el resultado de un buen corazón. La pregunta fundamental es esta: ¿Cuál es la condición del corazón de una persona para con Dios? Si la ira, la amargura, el resentimiento, los celos, la envidia y los conflictos moran en nuestros corazones, ninguna de las observancias religiosas será agradable a Dios. Esto es lo que Jesús estaba diciendo cerca de los fariseos. En segundo lugar, dijo que estos judíos legalistas les dieron a sus tradiciones humanas la misma autoridad que tiene la Palabra de Dios. Dijo: «Pues en vano me honran enseñando como doctrinas mandamientos de hombres. Porque dejando el mandamiento de Dios, os aferráis a la tradición de los hombres» (verso 7). Estos judíos habían cometido el error de concederles a las ingeniosas interpretaciones de sus expertos legales la misma importancia que tiene lo que Dios mismo ha dicho. Me asombra cuando leo los evangelios la franqueza del discurso de Jesús. Marcos 7 es un ejemplo al respecto. De hecho, en el paralelo de Mateo en Mateo 15, Mateo dice que después de este incidente, los discípulos vinieron a Jesús y dijeron: «Jesús, ¿sabes que ofendiste a los fariseos?». Sí, los ofendió. Lo hizo con pleno conocimiento de lo que estaba haciendo. Si Jesús estuviera enseñando entre la gente religiosa de nuestros tiempos, ¿haría Él la misma reprensión de las doctrinas y prácticas religiosas de nuestra época? ¿En qué parte de Su Santo Libro ha mandado nuestro Dios los actos y tradiciones que hombres y mujeres están practicando y promoviendo hoy día bajo el disfraz de religión? ¿Dónde está la autoridad para las numerosas doctrinas humanas que los hombres han introducido en la religión? ¿Qué diría Él acerca de las innumerables opiniones humanas que han sustituido las enseñanzas claras de la Palabra de Dios? El Espíritu Santo incluso anunció que esta precisa clase de apostasía sucedería. En 2a Timoteo 4.3–4, dijo: «Porque vendrá tiempo cuando no sufrirán la sana doctrina, sino que teniendo comezón de oír, se amontonarán maestros conforme a sus propias concupiscencias, y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas».

Jerusalén vrs. Betania: Dos modelos eclesiales en contraste

Jesus ungido en Betania

Jesus ungido en Betania

Hey  blogeros, gracias por todos sus comentarios. Me entusiasma la idea que los escritos puestos en  este sitio estén sirviendo  de reflexión y discusión. Quiero compartirles que en los últimos días he estado involucrado en un programa que se llama Canales de Esperanza, compartiendo con sendos auditorios cristianos, el tema del VIH y como desarrollar una respuesta cristiana ante esta pandemia. Eso ha sido básicamente mi labor externa de trabajo. Por las noches me ha quedado un poco de tiempo para pensar en ideas que he estado compartiendo últimamente. No sé si ustedes habrán notado pero quizás en los últimos días, he estado poniendo reflexiones un poco diferentes y alejadas de lo que ha sido mi pasión en los últimos años: la iglesia. Lo he hecho por varias razones, una es que estoy un poco cansado de la presión y críticas que las personas que están alrededor mío  hacen a los conceptos que vierto en el blog. Por otro lado  realmente me he estado haciendo el loco con el tema, porque me desanima un poco el parecer un hereje con ideas totalmente diferentes a las tradicionales y sobre todo que chocan con el modelo institucional. Sin embargo, este día me senté para estudiar la Biblia y tener una palabra de Dios para mi vida y  lo hice porque en el ambiente donde trabajo,  es una ONG (algunos dicen que es ministerio) donde se habla mucho de los pobres, la transformación, empoderamiento, educación popular y todas esa hierbas que a veces son bastante humanistas. Así que últimamente no he disfrutado de tiempos de encuentros  con Dios  por lo que decidí buscarlo, necesito tanto de El. Así que comencé a estudiar algunos pasajes de la Biblia, algunos escritos de hermanos en la fe, y mis propias introspecciones espirituales. Para serles honestos en estos días he estado bastante frío y apaciguado por la carga laboral que está sobre mis hombros. Como les digo, mi corazón ha estado preguntando a Dios que debo aprender de El en estos días. Y no se imaginarán, todos los pasajes que he escogido siempre me llevan al tema de la iglesia. Esto me ha mostrado que Dios quiere que siga aprendiendo de ese tema y que lo comparta. Así que ni modo, donde manda capitán no manda marinero. Al retomar el tema de la iglesia, me he preguntado a mi mismo, si la evidencia es que la iglesia institucional está caduca, ¿cuál debe ser el modelo que debemos seguir, en esta generación? Y a partir de esta pregunta, resultó lo que voy a compartir en los próximos artículos. Esta es una tesis, que indudablemente no me atribuyo su origen, porque hace unos tres años leí de Frank Viola, algo de este tema, también en algunos escritos del hno. Eliseo Apablaza y otros. Lo que pasa es que ahora los traigo a mi memoria, y además estoy agregando algunas cosas ultimas que Dios me ha estado mostrando.

Así que entonces empezaré por hablar de  dos ciudades, y dos casas en ellas, que representan dos realidades espirituales también diferentes.¡ Hoy nosotros sabemos algo acerca de la iglesia del Dios viviente, pero también sabemos que la iglesia es mal comprendida actualmente. Parece haber una dialéctica en esto,   por un lado, parece que nosotros sabemos algo acerca de la iglesia, por otro lado, nosotros no sabemos nada. Así que en esta oportunidad, me gustaría hablar acerca de la realidad de la vida de la iglesia. Este será mi tema generador. 1. Empezaré por preguntar ¿Cómo se percibe la realidad de la iglesia hoy? Hoy, cuando las personas hablan acerca de la iglesia, inmediatamente piensan en un edificio. Alguien podría hasta decir: «He olvidado mi paraguas en la iglesia». Pero nosotros sabemos que, en verdad, la iglesia es la casa de Dios. Así que cuando pensamos en la iglesia pensamos en una organización, en una institución, en una tradición. Pero si vamos a la Biblia, la iglesia en verdad es una realidad espiritual. Si estudiamos nuestras Biblias cuidadosamente, percibiremos claramente la diferencia entre los tres primeros evangelios, y el cuarto. Cuando vamos a los primeros tres evangelios, estamos ocupados con la obra del Señor mientras estuvo en Galilea. El principal énfasis es la obra de nuestro Señor allí. Pero cuando vamos al evangelio de Juan el énfasis es Jerusalén. Más que eso, cuando Juan escribió el cuarto evangelio, él no solamente enfatizó la ciudad de Jerusalén, sino más específicamente el templo, que estaba sobre el monte Moriah. 2.  En segundo lugar como se percibía la realidad de la iglesia en el tiempo de Jesús? Según el cuarto evangelio pareciera que nuestro Señor nunca dejó el templo de Dios, el cual él llama «la casa de mi Padre».  Hablando históricamente, la ciudad de Jerusalén era llamada «la ciudad del gran Rey». Era el deseo de nuestro Dios poder habitar en Sión, el monte del templo, porque él la había elegido. Entonces, si eso era la casa de Dios, nuestro Señor debería haber encontrado todo su reposo y alegría en su casa. Si usted hubiera estado en el monte del templo en el tiempo del Señor Jesús hubiera visto una gran plaza. Hablando estrictamente, la plaza del templo era la mayor plaza religiosa de aquella época. El rey Herodes era un gran constructor. Originalmente en el monte Moriah estaba sólo el templo de Salomón, pero Herodes hizo un gran complejo urbanístico allí. El área era dos veces mayor que la del tiempo de Salomón. De sur a norte, cabían casi seis canchas de fútbol; en tanto que de oriente a occidente cabían unas cinco. Podemos imaginar aquello especialmente en la fiesta de la Pascua. Nadie se sentiría solo allí, porque de acuerdo a los historiadores, en esas celebraciones solían juntarse cerca de dos millones de personas.  Sin embargo, una pequeña frase del evangelio de Juan fue muy reveladora para mí, ya que  nos permite de alguna manera tocar el solitario corazón de nuestro Señor Jesús mientras estuvo allí.  Veamos el capítulo 7:53-8:1: del evangelio de Juan, dice: «Cada uno se fue a su casa; y Jesús se fue al monte de los Olivos. Y por la mañana volvió al templo». ¿Pueden ver? La Biblia dice: «Cada uno se fue a su casa». Podemos imaginar cómo, después de un día ocupado, cada uno se va a su casa, pero Jesús se va al monte de los Olivos. Dice «cada uno se fue a su casa», como si nuestro Señor no tuviera casa. A la mañana siguiente él vuelve al templo. Probablemente, igual que el día anterior, estuvo todo el día allí. Luego todos se van a su casa y Jesús se va al monte de los Olivos. Al día siguiente vuelve otra vez al templo, para un día lleno de quehaceres. De esta descripción, podemos ver algo que no hemos visto antes.  Ustedes ven: cada uno tenía su casa, pero no nuestro Señor. Ahora, durante el día estaba en el templo de Dios, que él llamó «la casa de mi Padre». Pero si esa era la casa de su Padre, debería ser también su casa. El Espíritu Santo nos muestra especialmente esta frase: «Cada uno se fue a su casa, pero Jesús se fue al monte de los Olivos». Si no conociéramos la Biblia muy bien, estaríamos casi seguros que él pasó esa noche en el monte de los Olivos, porque en el monte de los Olivos hay muchas cuevas. Es bastante lógico pensar que pudiera haber pasado la noche en algunas de esas cuevas. La tercera pregunta es¿ Cómo se manifestaba la realidad del templo en el tiempo de Jesús? Si usted visitaba el templo allí en Jerusalén, todo estaba en orden. Todo estaba de acuerdo a la Ley (Biblia?). Cada día por la mañana, algunos sacerdotes iban a un lugar alto, y cuando ellos veían el sol salir sobre el monte Moab, sonaba la trompeta. Entonces alguien abría la puerta del templo, y comenzaba el servicio cotidiano. Ellos estaban cumpliendo su misión. Entonces las personas de Israel empezaban a entrar.  Ellos tenían un sistema de sacrificios. Tenían un sacerdocio. Tenían un altar de bronce, un lugar santo, un candelero, el pan de la proposición. Y también tenían el altar de oro. Más que eso, por detrás del velo, estaba el Lugar Santísimo.(Sin embargo recuerde que detrás de ese velo ya no había nada, es decir no estaba el arca) .Todo estaba de acuerdo al patrón que Dios había mostrado a Moisés, y después a David. Si nosotros vamos a nuestras Biblias, vamos a descubrir que todo estaba en orden. Todo estaba de acuerdo a la Biblia.  Cuando los judíos miraban su historia, tenían toda la razón para sentirse orgullosos. Ellos podían decir: «Nosotros tenemos más de mil años de historia. Dios está con nosotros. Esta es la ciudad del Gran Rey». Más que eso, cuando uno ascendía el monte del templo, según la historia, especialmente a la hora que el sol salía, podía ver la gloria del templo de Dios. No nos habría dejado de impresionar. Por eso los discípulos dijeron al Señor Jesús: « ¡Qué bello templo, qué bellas piedras!». Ahora, mis estimados lectores, eso representa la estructura exterior. Todo estaba correcto. Hablando estrictamente, si aquella era la casa de Dios, nuestro Señor no debería irse de ella, porque sería también su casa. En el patio del templo había un lugar de reposo, donde él podía pernoctar. Pero entonces, he aquí una cuarta pregunta 4.¿por qué nuestro Señor tuvo que irse al Monte de los Olivos? hablando externamente, todo estaba doctrinalmente correcto. Algunas veces podemos decir: nosotros tenemos aquí todo de acuerdo a la Biblia. Pero esto no es todo el tema aquí. Hablando externamente, el templo estaba allí, pero la realidad se había ido. Por eso tenemos que ser sensibles al movimiento del Espíritu Santo. Cuando uno estudia el evangelio de Juan casi cada día nuestro Señor pasaba en el templo, pero la realidad ya se había ido. El pueblo de Israel podía decir: «nosotros tenemos el orden bíblico. Todo está de acuerdo a como ha sido revelado en el Antiguo Testamento». Algunas veces nosotros decimos: «nosotros tenemos el orden de la iglesia del Nuevo Testamento». Pero, amigos, el punto no es ese; no es si eso está correcto o errado. El punto es: ¿hay realidad allí? La iglesia es la casa de Dios, el nombre es correcto, el orden es el correcto, todo está correcto, pero sólo una cosa nos va a preguntar el Señor: «¿Hay alguna realidad allí? ¿Puedo encontrar mi reposo allí?» Una cosa que observo también, es que Jesús no tenía tiempos de oración en el templo ¿por qué? Quizás porque el ambiente era tan superficial, que no podía conectarse con el dueño de esa casa. Por eso el Señor hizo del monte de los Olivos su casa. Algunas veces nosotros pensamos que probablemente él pasaba la noche en alguna cueva. Pero no era así. El Señor no tenía que dormir en una cueva, pues había una casa abierta para él en el monte de los Olivos. Para entender esto, debo explicarles  un poco de la geografía de Jerusalén: al este del monte de los Olivos está el Mar Muerto; al oeste está el Mar Mediterráneo. Si alguien mira hacia el oeste desde el Monte de los Olivos ve la ciudad de Jerusalén, y ve también el templo sobre el monte Moriah, porque el monte de los Olivos es más alto que el monte Moriah. Entre estos dos montes hay un valle muy profundo, el valle de Cedrón. Ahora, durante el día nuestro Señor estaba en el monte del templo; al atardecer bajaba por el valle de Cedrón y subía el Monte de los Olivos –donde estaba el huerto del Getsemaní–; luego, al bajar desde la cumbre del Monte hacia el lado oriental había una pequeña aldea, Betania. Por la Palabra de Dios vamos a darnos cuenta que cuando nuestro Señor Jesús iba a Betania, pasaba por el monte de los Olivos. Si leemos los cuatro evangelios, especialmente en la última semana antes de la crucifixión, veremos que todas las noches él salía de Jerusalén e iba a Betania. Hay algo muy interesante aquí: cuando el templo de Dios en Jerusalén se tornó en una cáscara sin contenido, en un árbol lleno de hojas, pero sin fruto, nuestro Señor iba hacia el Monte de los Olivos, porque allá en Betania hallaba su reposo. Así que hay una quinta pregunta en este descubrimiento 5.¿Qué clase de casa era Betania, para que El Señor le encantara estar allí? Amigos lectores, aquí tenemos a Betania contra Jerusalén. ¡Qué contraste! Lo primero que debemos ver en Betania es su ambiente. En Betania uno no encuentra un millón de personas, ni una historia gloriosa, y una cosa interesante los discípulos parecen diluirse allí en cuanto a su posición e importancia. Esto implica que en Betania, los puestos y posiciones no son de gran relevancia, y se debe a que la importancia y relevancia es El Señor Jesucristo así que  allí era  donde nuestro Señor podía pasar la noche, allí podía encontrar su descanso.

Jesús en Betania

Jesús en Betania

Tres evidencias de una iglesia inmadura 2 parte

Veamos ahora cuál es el problema, o cuál es el común denominador, de los capítulos 5 al 11 de 1ª a los Corintios. Claro, a simple vista, probablemente no se vea tan claro. Pero, ¿saben ustedes?, al leer con detenimiento, una y otra vez, la epístola a los Corintios en estos capítulos, podemos resumirlo en este problema: El gran problema que queda en evidencia aquí es el problema de los apetitos. Fíjense, los corintios tenían problemas con los apetitos de su cuerpo. Y esta suele ser también una característica de los hermanos que están avanzando poco a poco hacia la madurez. El capítulo 5 comienza con un problema de fornicación. Había allí un problema de fornicación, y Pablo entonces atiende ese problema. Luego, en el capítulo 6:13 dice: “Las viandas para el vientre, y el vientre para las viandas…”. Este asunto de la comida surge aquí en 1ª a los Corintios con mucha fuerza. Así que, estos dos problemas grandes son, por un lado las fornicaciones, es decir, el problema sexual, y el problema de los apetitos desenfrenados de comer y beber. Vamos a leer algunos versículos como muestra, porque es bien recurrente. Ahí vuelve de nuevo a decir en el versículo 6:18: “Huid de la fornicación”. De eso estaba hablando en el capítulo 5. Y parece que cuando empezó a hablar en el capítulo 6 del problema de las disputas entre los hermanos, parece que se había olvidado del tema de la fornicación, pero no. En el versículo 18 aparece de nuevo. Y en el capítulo 7 habla del matrimonio. Pero, ¿por qué habla del matrimonio en el capítulo 7? Miren el versículo 2. ¿Cómo comienza el versículo 2? “…a causa de las fornicaciones…”. Ya, tenemos entonces fornicaciones y el problema de las viandas. Avancemos al capítulo 8 versículo 8: “Si bien la vianda no nos hace más aceptos ante Dios; pues ni porque comamos, seremos más, ni porque no comamos, seremos menos. Pero mirad que esta libertad vuestra no venga a ser tropezadero para los débiles”. Versículo 13: “Por lo cual, si la comida le es a mi hermano ocasión de caer, no comeré carne jamás, para no poner tropiezo a mi hermano”. ¿Se fijan que hay un problema con la comida? Y fíjense en el capítulo 9. Ahí se habla de los derechos del apóstol, pero miren lo que dice el versículo 4: “¿Acaso no tenemos derecho de comer y beber?”. Porque el problema de fondo sigue siendo el problema de la comida. Capítulo 10 versículos 3-5: “…y todos comieron el mismo alimento espiritual, y todos bebieron la misma bebida espiritual; porque bebían de la roca espiritual que los seguía, y la roca era Cristo. Pero de los más de ellos no se agradó Dios; por lo cual quedaron postrados en el desierto”. Versículo 7: “Ni seáis idólatras, como algunos de ellos, según está escrito: Se sentó el pueblo a comer y a beber, y se levantó a jugar”. Y aquí el apóstol hace recuerdo de aquella escena cuando los judíos venían atravesando el desierto, y estaban cansados del maná, y dijeron: “¡Oh, quién nos diese a comer carne”. Dios envió una nube de codornices. ¿Se acuerdan? Se sentaron a comer y a beber, y después vino la destrucción. En el versículo 8, ¿cómo dice? “Ni forniquemos, como algunos de ellos fornicaron, y cayeron en un día veintitrés mil”. Ahora, fíjense, hermanos. ¿No les parece curioso a ustedes? Habla de la fornicación… y comida. Fornicación… y vuelve al asunto de la comida. Versículo 25: “De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia…”. Versículo 28: “Mas si alguien os dijere: Esto fue sacrificado a los ídolos; no lo comáis…”. Capítulo 11 versículo 20: “Cuando, pues, os reunís vosotros, esto no es comer la cena del Señor. Porque al comer, cada uno se adelanta a tomar su propia cena; y uno tiene hambre, y otro se embriaga”. ¿De qué estamos hablando de nuevo otra vez aquí? Del problema de la comida y la bebida. O sea, era tan fuerte el problema en ellos, que aun en el momento de la cena era un problema, era un obstáculo, era un motivo de tropiezo. Versículo 34: “Si alguno tuviere hambre, coma en su casa, para que no os reunáis para juicio”.  Entonces, aquí tenemos un gran trecho de la epístola, desde el capítulo 5 al 11, en que se tratan temas relativos a los apetitos del cuerpo: problemas de tipo sexual, y el problema de la gula. En nuestros días, el pecado sexual está tan alentado por todas las fuerzas demoníacas que rodean el mundo, que envuelven al mundo. Creo que en nuestros días, si tenemos que darle una aplicación hoy a esta palabra fornicación, creo que no sólo implica una unión sexual física, sino que implica toda esta maraña de pecados relacionados con el sexo. Como el Señor dijo: “Basta que un hombre mire a una mujer para codiciarla, y ya adulteró con ella en su corazón”. Creo que hay muchas fornicaciones de este tipo en medio de la iglesia. Y es fuerte tener que decirlo así. Basta que nos descuidemos y demos lugar al espíritu inmundo que ha envuelto al mundo en sus redes de sensualidad y concupiscencia. Y claro, ¿quiénes están más expuestos a esto? Los hermanos más pequeños. Porque aquí no se trata de si somos salvos o no somos salvos. Todos los que hemos recibido al Señor somos salvos, todos ya tenemos la vida eterna adentro. Pero, ¿qué es lo que pasa? Que nosotros todavía arrastramos un cuerpo de muerte. El Señor está forjando en nosotros un carácter, pero ese carácter no se forja de la noche a la mañana. Hay un caminar hacia la santidad, hacia la justicia, hacia la integridad. Si nosotros nos descuidamos, entonces vamos a estar rápidamente siendo envueltos en este problema de la sexualidad ilícita. Que el Señor tenga misericordia de su iglesia; que nos libre, porque son demonios, son espíritus que están desatados por el mundo entero. En el otro asunto de la comida y la bebida es más difícil precisar los límites. .Todos sabemos  que a los salvadoreños nos gusta comer y en otras culturas (aunque aquí cada día se está haciendo más popular beber) sobre todo, beber.Creo que somos considerados por algunos bastante liberales en esta materia. Pero a mí me asusta un poco; realmente, me asusta un poco. Basta abrir un poquito la puerta, y podemos pasar el límite de lo que es adecuado. Nos puede suceder que después, que en vez de beber bebida, ya estamos tomando cerveza. Y después viene algo más refinado. Entonces, eso ya es un problema. Por eso, es preciso estar atentos. El Señor advierte a través de Proverbios y otras partes de la Biblia sobre el peligro del vino. No podemos desoír esas advertencias. Los corintios tenían problemas con la comida y la bebida. Podemos imaginarnos un grupo de ellos diciendo: ‘Vamos a reunirnos en la casa del hermano, vamos a comer un poco, una cosa liviana, y luego vamos a participar de la mesa’. El dueño de casa era muy generoso, entonces no le bastaba poner algo para ‘picar’, sino que preparaba una carnecita por ahí y después el vino. Cuando llegaba la hora de partir el pan, estaban los hermanos “demasiado alegres”. Y con una alegría no del Espíritu. El apóstol Pablo habla de poner límites a nuestros apetitos.. Hay límites, porque dice Pablo aquí mismo: “Todo me es lícito, pero no todo conviene … no todo edifica. Ninguno busque su propio bien, sino el del otro”. No queremos ser esclavos ni de esto ni de aquello. Somos libres, porque nosotros hemos sido libertados por el Señor Jesucristo. No os hagáis esclavos de ninguna cosa, ni de hombres, ni de pasiones, ni de apetitos, porque el Señor nos hizo libres. ¿Cuál es la solución que Pablo da para este problema? Fíjense ustedes cómo termina el capítulo 9. En el medio de todos los capítulos donde toca este tema, dice en los versículos 25 al 27: “Todo aquel que lucha, de todo se abstiene; ellos, a la verdad, para recibir una corona corruptible, pero nosotros una incorruptible. Así que yo, de esta manera corro, no como a la ventura; de esta manera peleo, no como quien golpea el aire, sino que golpeo mi cuerpo, y lo pongo en servidumbre, no sea que habiendo sido heraldo para otros, yo mismo venga a ser eliminado”. “Golpeo mi cuerpo”. Sabemos que no se trata de ascetismo. No se trata de ,acudir a un supuesto ‘santuario’ caminando de rodillas, o de espaldas en el suelo, o arrastrándose con un ídolo en las manos. Claro, ésa es una manera de golpear el cuerpo, ¿pero para qué?¿Por qué Pablo nos invita a golpear el cuerpo? ¿Para obtener la salvación? ¿Para ver si Dios se muestra benévolo conmigo? ¿A ver si Dios me perdona los pecados? ¡No! Aquí no se trata de golpear el cuerpo para eso; se trata de golpear el cuerpo para alcanzar una corona. Dice ahí “la corona incorruptible”. ¿Y quiénes son los que tienen corona? Los reyes. Tiene que ver con el reino. Todos somos salvos por la gracia de Dios, pero sólo unos pocos reinarán con Cristo mil años sobre a tierra. Y éstos son los que golpean su cuerpo y se niegan a sí mismos. En ese sentido habla de golpear el cuerpo; no para alcanzar salvación ni el perdón de los pecados. Y tampoco de refiere a azotarse o martirizarse, sino simplemente, a poner el necesario límite a los apetitos desordenados.

Cristo el destructor de sueños

Los discípulos de Jesús tuvieron ideales, aspiraciones, sueños de grandeza, que el Señor derribó, porque su reino no era de este mundo. A su tiempo, él los reemplazó por otros. «Mas Pedro le seguía de lejos hasta el patio del sumo sacerdote; y entrando, se sentó con los alguaciles, para ver el fin» (Mateo 26:58). El pasaje del cual forma parte este versículo, corresponde al momento en que el Señor Jesús fue llevado ante el concilio para ser juzgado. El Señor fue apresado en Getsemaní y llevado por una turba de soldados al sumo sacerdote Caifás. La escena que ocurre allí la conocemos. Es una escena dolorosa. Pero en este versículo 58, encontramos a uno de sus discípulos más cercanos –a Pedro, que quería ser testigo de las cosas que allí iban a suceder. Se acerca como a escondidas, y se sienta entre los alguaciles para ver el fin. Noten la expresión «…para ver el fin». ¿El fin de qué? ¿El fin del Señor? Sí, eso esperaba ver Pedro allí. Pero creo que algo más también. Pedro y los discípulos del Señor, durante todo el ministerio del Señor Jesús, tuvieron una aspiración. Ellos estaban persuadidos de que se iba a establecer el reino de Dios sobre la tierra, de que Jesús sería el Rey, y de que ellos, los doce, serían algo así como sus ministros. Ellos pensaban «que el Reino de Dios se manifestaría inmediatamente» (Luc. 19:11). Esa fue su gran aspiración durante todo el tiempo que estuvieron con el Señor. Aun después de que el Señor resucitó de entre los muertos, poco antes de ascender a los cielos, todavía le preguntaban: «Señor, ¿restaurarás el Reino a Israel en este tiempo?» (Hechos 1:6). Durante el ministerio del Señor ellos nunca concibieron la idea de un Mesías sufriente que debería ir a la cruz. En muchas ocasiones encontramos en los evangelios que los discípulos manifestaron otras ambiciones. Acuérdense cuando Juan y Jacobo, los ‘hijos del trueno’, se acercaron al Señor para decirle: «Concédenos que en tu gloria no sentemos el uno a tu derecha y el otro a tu izquierda» (Marcos 10:37). Ellos estaban seguros de que el Reino vendría. En realidad, habían escuchado decir al Señor: «Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado». Así que tenían algunas razones en qué fundar esos sueños. Recordamos también a esos mismos hijos de Zebedeo cuando, en cierta ocasión que no fueron recibidos en una aldea de samaritanos, le dijeron al Señor: «¿Quieres tú que enviemos fuego desde el cielo para que los destruya?» (Luc. 9:54). Ellos pensaban que estaban siguiendo a un rey poderoso, que por lo menos tenía el poder de Elías. En otro momento, cuando Pedro supo que el Señor iba a la cruz, le dijo: «Señor, ten compasión de ti. En ninguna manera esto te acontezca» (Mat.16:22). Ellos no querían que su rey se les muriera; porque querían reinar. ¿Se acuerdan de la ocasión en que al Señor lo fueron a apresar al Getsemaní, y Pedro, que tenía una espada, la desenvainó, e hiriendo al siervo del sumo sacerdote le cortó la oreja? (Juan 18:10). Todavía, a esa altura, Pedro tenía esos deseos de poder, todavía quería establecer el reino de Dios por la fuerza. Primero trata de evitar que Jesús vaya a la Cruz, después saca su espada para evitar que lo capturen. La palabra de Mateo 26:58 que hemos leído dice: «Pedro se sentó con los alguaciles, para ver el fin». A la luz de todo lo que venimos diciendo, bien podemos pensar que Pedro se sentó para ver el fin de sus ilusiones, de sus sueños, de sus aspiraciones de grandeza, de sus deseos de reinar en la tierra, de ser como el ministro principal de Jesucristo. Estaba allí sentado con los alguaciles, y él veía que todo eso se le venía al suelo. Los discípulos, cuando anduvieron con el Señor, debieron de sentirse muy desconcertados a veces, porque, de pronto, su maestro hacía cosas extraordinarias, y parecía ser un verdadero rey. Aunque no llevaba corona, ni cetro, ni soldados, tenía ciertas actuaciones como de un rey todopoderoso. Por ejemplo, despertaba temor. Acuérdense cuando Pedro, después de aquella pesca milagrosa, se arroja a sus pies y le dice: «¡Apártate de mí, Señor, porque soy un hombre pecador!», o cuando sana a los enfermos, o cuando calma la tempestad. Al igual que los grandes reyes cuando volvían victoriosos de la guerra y toda la ciudad se alborotaba para recibirlos, así también Jesús había sido recibido por la multitud en Jerusalén. Se le hizo una entrada triunfal con cánticos y con palmas. Pero, cosa extraña –y Pedro sabe, Jesús entró, no sentado en un brioso corcel blanco, sino sentado en un pollino, hijo de animal de carga. Y, cuando llegó al templo, no había allí soldados con trompetas anunciando su llegada, sino sólo unos niños cantando. Ahora, cuando Pedro miraba, como por una rendija, qué pasaba con el Señor dentro en el patio de Caifás, pudo ver que le ponían una corona y un atuendo de púrpura, como el que usaban los reyes. Pudo ver cómo los soldados se arrodillaban delante de él, pero todo ello era una pantomima, porque se burlaban y lo golpeaban. Debe de haber estado muy desconcertado Pedro observando todo eso. Y, para colmo, cuando le crucificaron, pusieron sobre su cabeza una inscripción que decía: «Este es Jesús, el rey de los judíos».  ¡Cuántos sueños, cuántas esperanzas se les rompieron a los discípulos siguiendo a Jesús! Todo su esquema de ambiciones se les quebró. En ningún momento el Señor Jesús usó su poder –ese extraordinario poder con que cambiaba las circunstancias y hacía cosas increíbles, para herir a sus oponentes, o para zafarse de esas autoridades políticas que habían puesto un yugo sobre la nación. Al contrario, cuando le pidieron que pagara los impuestos, los pagó, y cuando le preguntaron acerca de la moneda, dijo: «Dad a César lo que es del César» (Mat.22:21). Pero no sólo a Pedro y a los discípulos se les había venido el mundo abajo. ¿Se acuerdan cuando Juan el Bautista, el que fue enviado delante del Señor como precursor, le mandó a decir al Señor: «¿Eres tú el que habría de venir, o esperaremos a otro?» (Mat.11:3). ¡Extraña pregunta! Juan el Bautista en ese momento estaba encarcelado. Tal vez se preguntó muchas veces: “¿Por qué yo, si soy el principal de los profetas, estoy aquí encarcelado, y el Mesías, que tiene poder para sanar y para detener los vientos, no me viene a libertar?”. Posiblemente se hizo preguntas como ésta. Era un rey extraño este Jesús. Cuando le hicieron la pregunta de parte de Juan, estaba realizando la obra que acostumbraba hacer. Entonces, dijo: «Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis: los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados y a los pobres es anunciado el evangelio; y bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí» (Mateo 11:4-5). Aquí tenemos un Rey que se olvida de palacios, se olvida de soldados, de guardias, de caballos briosos y se ocupa en sanar, consolar y anunciar el evangelio, como un humilde siervo que va por las ciudades y por las aldeas, sin hacerse anunciar. Cuando Jesús llega al pozo de Jacob y se encuentra con la mujer samaritana él estaba «cansado del camino», como cualquiera de los mortales. A las doce del día, caminando por esos caminos polvorientos, estaba cansado. Ahora, Juan estaba desconcertado en la cárcel. Y le llega la respuesta del Señor. Juan había dicho de Jesús –imagino que con un tono grandilocuente, como para infundir temor: «¡Su aventador está en su mano, y limpiará su era; y recogerá su trigo en el granero, y quemará la paja en fuego que nunca se apagará!» (Mateo 3:12). Lo había mostrado como un juez que traía juicios sobre la tierra, que suprimiría la opresión, derribaría a los hombres injustos y los quemaría. Ahora, Juan estaba en la cárcel, y su Mesías parece que no le prestaba mayor atención. Cuando el Señor Jesús le contestó a Juan, citó una porción del libro de Isaías, que dice: «El Espíritu de Jehová el Señor está sobre mí, porque me ungió Jehová; me ha enviado a predicar buenas nuevas a los abatidos, a vendar a los quebrantados de corazón, a publicar libertad a los cautivos, y a los presos apertura de la cárcel; a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová» (Isaías 61:1-2). Para el Señor estas palabras eran muy gratas de pronunciar. De todo el Antiguo Testamento, tal vez eran éstas las palabras con las cuales el Señor más se identificaba. Cuando él va a Nazaret por primera vez, después de haber salido de la tentación del desierto, lo primero que hace es tomar el libro de Isaías y leer este mismo pasaje. Allí se describía la misión del Mesías: sanar, predicar el evangelio, anunciar libertad, sacar a los presos de la cárcel, proclamar que hay una buena voluntad de Dios para los hombres. Era un pasaje muy querido por el Señor.  Y ahora, cuando le responde a Juan, lo cita de nuevo. Pero noten lo que dice Isaías 61:2, después de la última frase que citamos. Dice:»…a proclamar el año de la buena voluntad de Jehová, y el día de venganza del Dios nuestro…» Seguramente Juan y los discípulos pensaban que esta frase («y el día de venganza del Dios nuestro») se cumpliría en sus días, que el Señor Jesús vendría a vengar la injusticia, traería juicios de parte Dios, y que los primeros en caer serían los romanos. Pero el Señor nunca, en ninguna parte, citó estas palabras: «…el día de venganza del Dios nuestro». Él vino a salvar, él vino a dar vida, vino a consolar, vino a libertar, no vino a traer venganza. Las últimas palabras del Señor a Juan fueron: «…Bienaventurado es el que no halle tropiezo en mí». Él notó que Juan estaba decepcionado, notó que tropezaba en la aparente debilidad que Jesús mostraba. Ese «bienaventurado es el que no halle tropiezo en mi», significa algo así como esto: «Ustedes me ven como un hombre común, nacido y criado en una familia de carpinteros. No ven ninguna señal de realeza en mí, no hay corona, no hay criados, no hay demostraciones de poder humano, y tal vez piensen –porque me ven tan débil, tan frágil que no soy quien soy. Ustedes piensan que porque no los he libertado del yugo romano, no soy el Cristo. Ustedes piensan que porque no uso mi poder para ejecutar venganza, entonces no soy el Mesías». Juan denota en su pregunta una gran decepción. Él también parece que tenía sueños de independencia y de libertad.  Pero no sólo Juan sufrió esta decepción por causa de Jesús. ¿Se acuerdan de aquella ocasión cuando, después de la resurrección, el Señor Jesús se acerca a los dos discípulos que iban camino a Emaús? Ellos iban conversando con tristeza. En sus palabras se deja traslucir una tremenda frustración. Dijeron a su ocasional compañero de viaje: «…Le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel» (Lucas 24:20-21). Noten el tiempo pasado de la palabra «esperábamos». Lo esperábamos – eso es lo mismo que decir: “ya no lo esperamos”. Y eso dijeron, pese a que ya circulaban noticias de que el sepulcro había sido hallado vacío, y que el que estuvo muerto ahora estaba vivo. Estas palabras de los discípulos indican que todas las expectativas que ellos tenían también se habían venido al suelo. No sé si ustedes se han fijado que uno de los doce apóstoles del Señor se llamaba Simón el zelote, o Simón el cananista. La palabra «zelote» significa celoso, y también significa «fanático». Los zelotes eran una secta de fanáticos religiosos. Se caracterizaban porque eran muy extremados en sus posiciones. Por ejemplo, ellos se negaban a pagar tributos al César, porque pensaban que el hacerlo era una traición a Dios – el único y verdadero Rey de Israel. Los zelotes eran hombres fuertes, vivían un poco apartados de la sociedad, y clamaban por una vindicación política.  ¡Cuántas veces Simón, el zelote, habrá alimentado esos sueños mientras estaba con Jesús! « ¡Por fin tenemos un Rey! Y este Rey, al igual que los macabeos de hace dos siglos atrás, nos va a llevar a luchar por nuestra independencia y a recobrar el reino para Israel». Ellos querían un reino ahí, en ese momento. Seguramente Simón el zelote, en conversaciones con los apóstoles, también promovería esta idea. (Sin embargo, los deseos de independencia no eran exclusivos de los zelotes: todos los judíos esperaban al Mesías que los libertaría). Amados hermanos, tal vez ustedes estén pensando adónde quiero llegar con este mensaje. Pedro había alimentado esperanzas de grandeza, los discípulos también, y Juan el Bautista también. Pero, en realidad, todo hombre tiene sueños y esperanzas. Todo hombre quiere alcanzar la honra y la gloria humana, todo hombre desea que el mañana le encuentre mejor preparado que hoy: mejor afianzado en la vida, mejor posicionado en el mundo. Todo hombre tiene sueños y llega un momento en que parece que esos sueños se van a concretar. Entonces, reúne todas las fuerzas, los recursos, y los apuesta para la realización de ese sueño. Los cristianos también. Todos los cristianos, especialmente los que aspiran servir a Dios, los que aman al Señor, se enfrentan –al menos en algún momento de su caminar a esta disyuntiva: de utilizar al Señor Jesucristo como líder, como un rey que los arrastre hacia la grandeza, la riqueza y el poder. Creo que a todos los cristianos en algún momento se les pasa por la mente servirse de Cristo para concretar el gran sueño de su vida. Sin embargo, ¿cuál fue la actitud del Señor Jesús hacia esos sueños de sus discípulos? En ningún momento él accede a esa pretensión de ellos. En ningún momento accede a ejercer su poder para realizar esos ideales independentistas, reivindicativos. Podemos decir que el Señor no mostró ningún interés por establecer su reino sobre la tierra. Al contrario, cuando estaba frente a Pilato, él le dijo claramente: «Mi reino no es de este mundo; si mi reino fuera de este mundo, mis servidores pelearían para que yo no fuera entregado a los judíos; pero mi reino no es de aquí» (Juan 18:36). En otra ocasión, dijo a los discípulos: «Sabéis que los gobernantes de las naciones se enseñorean de ellas, y los que son grandes ejercen sobre ellas potestad. Mas entre vosotros no será así, sino que el que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor, y el que quiera ser el primero entre vosotros, será vuestro siervo» (Mateo 20:25-26). Naturalmente, los discípulos en ese momento no entendieron lo que el Señor les estaba diciendo. Los discípulos de Cristo, los de ayer y los de hoy, han tenido sueños. Pero el Señor, ayer y hoy, destruye esos sueños, los quiebra como una caña seca. ¡Jesús es un destructor de sueños! Hay cristianos hoy que usan sus dones, usan su poder –otorgado con fines espirituales para escalar una cierta posición. Hay líderes en la cristiandad de hoy que han medrado con el evangelio, y que han alcanzado –o que han pretendido alcanzar poder político. Otros han levantado grandes empresas. Han pensado que pueden servirse de Cristo para concretar sus sueños de infancia; o, a lo mejor, sanarse de algún complejo de juventud. Ellos usan a los que están alrededor para que los levanten y les permitan concretar sus sueños.  Ustedes recuerdan que cuando el Señor fue tentado en el desierto, el diablo le dijo: «Todos los reinos te daré, si postrado me adorares. Los reinos del mundo son míos y los doy a quien quiero» (Luc.4:5-7). Hay un momento en que, a los que quieren servir al Señor, el diablo se les presenta así también. Disfrazado, por supuesto, porque el diablo nunca aparece tal cual es. Y con el aire más encantador, les dice: «Todo eso te daré, si postrado tú me adoras». El Señor Jesús sabía que el reino de Dios comenzaría a operar desde el corazón del hombre. Por eso, toda su preocupación fue sanar a los quebrantados de corazón, libertar a los cautivos, consolar a los enlutados, poner óleo de alegría allí donde había luto. Y sabía también que no era ese el tiempo para reinar sobre la tierra. Los cristianos que aman al Señor y que han sido enseñados por él saben también que este no es el tiempo de reinar sobre la tierra. Este es el tiempo para trabajar en el corazón de los hombres, no para pretender grandeza humana. No es el tiempo para que nos vistamos de esplendidez, ni para que hagamos negocios y nos enriquezcamos con los dones de Dios. Jesucristo no tuvo dónde recostar su cabeza. Las zorras tenían cuevas; los pajarillos, nidos. Pero él no tenía un hogar. Él fue expulsado de Nazaret, la ciudad donde se crió, donde tenía sus conocidos y su ambiente. El primer mensaje que predicó allí fue motivo suficiente para que quisieran matarlo. Lo sacaron de la ciudad y lo llevaron a un monte para despeñarlo. El Señor Jesús vivió como un siervo, y sus seguidores también han de vivir como siervos.  Quisiera preguntarle: ¿Por qué razón está usted siguiendo a Jesús? Si tiene algún sueño propio, alguna aspiración personal, si usted quiere ganar para sí algo sirviendo a Jesús; si quiere ser reconocido, famoso; si quiere ser adinerado y que todos se postren a sus pies, entonces es bueno que el Señor destruya esos sueños cuanto antes. El camino del Señor es el camino de la humildad, del silencio y de las lágrimas. Por supuesto que hay paz; por supuesto que hay reposo y hay consuelo en él. Pero no hay nada de aquello que los hombres tienen por sublime. El Señor Jesucristo dice: «Mi reino no es de este mundo». Y nosotros también decimos: «Nuestro reino no es de este mundo». Ese día que Pedro estaba sentado con los alguaciles mirando y esperando el fin, sabemos que no fue el fin. Ese fue sólo el comienzo. Cincuenta días más tarde, ese Pedro que estaba allí con el corazón compungido, temblando –y que negó al Señor más encima, estaba parado frente a una multitud, ¡predicando el evangelio de Jesucristo! Estaba continuando con la obra que el Señor Jesús había comenzado a hacer. Cuando miramos a Pedro en el libro de los Hechos le vemos ir de aquí para allá, consolando a los quebrantados de corazón, libertando a los cautivos, sanando enfermos, dispensando las gracias de Dios, ¡lo mismo que su Señor! Así que ese día no fue el fin, sino sólo el comienzo. Los sueños que él tenía se vinieron al suelo. Pero Dios puso en su corazón otros sueños, otra visión. ¡Dios cambió su corazón! Cambió su manera de pensar. Nunca más usó espada, nunca más evitó la cruz, nunca más vivió para sí, hasta el día aquél en que, en cumplimiento de la palabra que el mismo Señor le dijo, murió crucificado como él.

Juan el Bautista un modelo de restauración de la iglesia 6parte

La sexta cualidad de un restaurador: Que Él crezca pero que yo mengüe Estas palabras de Juan nos producen una profunda conmoción. Son unas palabras tan preciosas en un siervo: “Respondió Juan y dijo: No puede el hombre recibir nada, si no le fuere dado del cielo. Vosotros mismos me sois testigos de que dije: Yo no soy el Cristo, sino que soy enviado delante de él. El que tiene la esposa es el esposo; mas el amigo del esposo, que está a su lado y le oye, se goza grandemente de la voz del esposo; así pues, este mi gozo está cumplido. Es necesario que él crezca, pero que yo mengüe. El que de arriba viene, es sobre todos; el que es de la tierra, es terrenal, y cosas terrenales habla; el que viene del cielo, es sobre todos” (Juan 3: 27-31). Juan se hace a un lado y levanta al Señor. ¡Qué bendito! Ese es el espíritu de Juan. Juan es sólo el amigo del esposo. Su alegría no otra que el esposo esté contento. El no se alegra en la esposa, sino en el gozo del esposo con la esposa. Se gozó grandemente de la voz del esposo. Su gozo estaba cumplido, porque había acabado su misión. El amigo del esposo había ayudado al esposo a conseguir la esposa que deseaba. Ahora se retira satisfecho. “Y muchos venían a Él (a Jesús) y decían: Juan, a la verdad, ninguna señal hizo; pero todo lo que Juan dijo de éste, era verdad. Y muchos creyeron en él allí.” (Juan 10:41-42). Muchos creyeron en el Señor Jesús por el testimonio de Juan. Lo que quedó en la mente y el corazón de ellos fue, no sus señales, porque no las hizo, sino “todo lo que Juan dijo de éste”. Si Juan hubiese hecho señales habría atraído sobre sí la atención, pero él no quería eso. El buscaba dar un testimonio verdadero acerca de Jesús, para que ellos le conocieran y creyeran en Él. Juan “vino por testimonio, para que diese testimonio de la luz, a fin de que todos creyesen por Él”  (Juan 1:7). Y cuando le preguntaron quién era, Juan dijo: “Yo soy la voz de uno que clama en el desierto”. (Juan 1:23). No era más que la voz, porque su misión era dar testimonio. Lo demás no interesaba, debía ir a la muerte. Lo que el Señor necesitaba de él era su voz y su testimonio, y lo que el Señor necesitó de él lo tuvo. ¡Oh, qué gloria para un siervo ser ocupado por su Señor! ¡Oh, si tan sólo viéramos para qué nos quiere, y luego ofrecerle en servicio lo necesario, silenciando lo demás! Menguar en todo lo que no le es útil, para que sólo Él crezca. La culminación de su ministerio fue el día en que Juan dijo: “He aquí el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo” y le bautizó. Esa sola frase bien valió todas las penas que Juan tuvo que pasar. Todos los largos años en el desierto, creciendo en lugares apartados y fortaleciéndose en el espíritu. Valió la cárcel y su muerte terrible. Bien valieron todos sus desvelos. Sus treinta y poco más años apenas vividos. Todo eso tuvo sentido ese día cuando él dijo esas palabras.  Qué privilegio fue decir: “¡Les presento al Mesías! De Él hablaron todos los profetas desde Moisés. Moisés queda pequeño, como un siervo, ante Él. Aún Abraham queda muy pequeño, porque antes que Abraham naciera Él ya era. Este es verdaderamente grande. Ustedes lo ven joven, pero Él es el Verbo encarnado, que existía en el principio. Este es el Mesías. Y yo ni siquiera soy digno de desatar encorvado la correa de su calzado. ¡Este es el Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!”. ¡Qué diferente fue la actitud de los sacerdotes, celosos de la popularidad del Señor, que buscaban ocasión para matarle! (Juan 11:47-48; 12:9-11; 17-19). Ellos veían en la predicación del Señor sólo pérdida para sus intereses personales, tal como el platero Demetrio ante la predicación de Pablo. (Hechos 19:23-41). Un verdadero siervo de Dios no busca crecer por encima del Señor, ni que su nombre repiquetee en la memoria de los hombres. Un siervo no acapara para sí la gente que ha recibido su palabra o que se ha convertido por su ministerio. Su única y verdadera misión es que su Señor sea “predicado a los gentiles, y creído en el mundo”, que es la esfera de su competencia aquí abajo. Es preciso que el siervo del Señor sepa menguar todas las veces que sea necesario, para que el Señor y sólo Él sea exaltado. Muy luego el ministerio de Juan declina. Es encarcelado y muere degollado. Muere en forma terrible e impía, por el capricho de una mujer que quería ver su cabeza cortada. En Juan 1:35-37 dice: “El siguiente día otra vez estaba Juan, y dos de sus discípulos. Y mirando a Jesús que andaba por allí, dijo: He aquí el Cordero de Dios. Le oyeron hablar los dos discípulos, y siguieron a Jesús.” El ya no tenía ascendiente sobre sus propios discípulos ni sobre la gente que se iba tras el Señor Jesús (Juan 3:26). “¿Ustedes están conmigo? Pueden irse, yo ya no tengo ninguna razón de ser ahora. Síganlo a El”. Y Juan se fue quedando solo. Le preguntaban ¿qué pasa?, y él decía: “Él es el que había de venir; por Él vine yo. Síganlo a Él”  Séptima cualidad de un restaurador: Un vaso de barro En cierta ocasión Juan envió a decir al Señor: “¿Eres tú el que había de venir o esperaremos a otro?”. Juan estaba en la cárcel. Tal vez pensaba que se había equivocado con respecto al Señor. En su debilidad, en su aflicción, en sus privaciones en la cárcel, hace esa pregunta que a nosotros nos sorprende. Entonces el Señor le manda a decir: “Id y haced saber a Juan las cosas que oís y veis. Los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos son limpiados, los sordos oyen, los muertos son resucitados, y a los pobres es anunciado el evangelio.” (Mateo 11:2-5).En seguida, el Señor se puso a hablar de Juan. ¿Le reconvino por sus dudas? No. Lo elogia. “¿Qué salisteis a ver al desierto? ¿Una caña sacudida por el viento?” No, este es el mayor profeta que ha nacido de mujer”. Y es que, aun en medio de nuestra debilidad, y pese a nuestras preguntas incrédulas, la gracia del Señor cubre nuestra vergüenza. La gracia del Señor nos sobrelleva. El es fiel, es paciente. “En aquel día” va a hablar bien de nosotros. Por su misericordia, por su gracia. Esta es la debilidad de Juan. Tal como Elías en el monte Horeb. Una debilidad inesperada, pero que nos alienta a nosotros, porque nos damos cuenta de que los profetas de antaño eran hombres como nosotros, sujetos a pasiones igual que nosotros, débiles igual que nosotros (Stgo.5:17-18). Por lo tanto, nosotros cobramos aliento.  Pensar que en este tiempo tan difícil, tan peligroso como el que estamos viviendo, el Señor puede hacer algo con nosotros, Él puede obtener alguna ganancia con nosotros. Oh, que así sea. Porque Él es el fuerte, el poderoso; Él es el Fiel y Verdadero.

Juan el Bautista: Un modelo de restauración de la iglesia 5 parte

Ahora pasemos a la cuarta cualidad de un líder restaurador: Austero. Los escribas y los fariseos  le preguntaron al Señor: ¿Porqué los discípulos de Juan ayunan muchas veces y hacen oraciones, y asimismo los de los fariseos, pero los tuyos comen y beben? (Lucas 5:33). El Señor mismo dijo de Juan  que el ni comía ni bebía vino. Si los discípulos de Juan  ayunaban, obviamente él también lo hacía. ¿Qué pasa con el ayuno? El ayuno es una herramienta poderosa. Con el ayuno, hacemos un ejercicio piadoso  que va acompañado de quebrantamiento interior, producto  del dolor por la ruina de la cristiandad, por la ruina del testimonio de Dios. Porque la mentira  corre y juguetea por las plazas  y la verdad está escondida. Esto tiene que producirnos dolor, al extremo que a veces  no tengamos deseos de comer, para fortalecernos  en el espíritu  y romper  las ligaduras de impiedad. En Isaías 58 se habla del ayuno  y su relación con los restauradores. En los versículos  6 y 7 tenemos los dos aspectos que conlleva el ayuno que es agradable delante del Señor. “No es más bien el ayuno que yo escogí, desatar ligaduras de impiedad, soltar cargas de opresión, y dejar libres a los quebrantados  y que rompáis todo yugo? Esto tiene una aplicación preferentemente espiritual. Pero en el vrs. 7 se refiere a algo material:¿” no es que partas el pan  con el hambriento, y a los pobres errantes albergues en casa; que cuando veas al desnudo, lo cubras y no te escondas de tu hermano? Estas son cosas prácticas, relacionadas con la misericordia. Ambos aspectos deben ir juntos. Muchos han predicado en contra del ayuno usando  estos versículos. Han dicho que el verdadero ayuno es hacer misericordia. No, la verdad de Dios siempre tiene un equilibrio. Se tocan estos dos aspectos aquí. Si nosotros ayunamos  y somos impíos inmisericordes, nuestro ayuno no tendrá  ningún valor. Pero tampoco  podemos pensar que solo con hacer obras de misericordia   ya no necesitamos ayunar. Tienen que ir las dos cosas para que sea un ayuno agradable a delante de Dios. Si hace así el siervo del Señor recibirá las bendiciones que están prometidas. (58:8-12) Vemos pues que el ayuno  está estrechamente relacionado  con el carácter y la obra  de los restauradores, la cual consiste en edificar ruinas antiguas, levantar cimientos de generaciones pasadas, reparar portillos y restaurar calzadas  para habitar. Ante la pregunta de los escribas y los fariseos  sobre porqué los discípulo s no ayunaban, el Señor contestó: “Podéis acaso hacer que los que están de bodas ayunen, entre  tanto que el esposo  está con ellos? Más vendrán días cuando el esposo les será arrebatado; entonces ellos ayunarán. (Lucas 5:34-35). Y en Mateo 6 el Señor da instrucciones sobre cómo se debe ayunar. Por tanto se da por sentado que el pueblo de Dios es un pueblo que ayuna.  Hay muchas cargas nuestras que serían liberadas si nosotros ayunáramos. Y muchos males entre nosotros  serían corregidos, muchos yugos del diablo serían quebrantados si nosotros  nos  ejercitáramos  en esto. Pero, al igual que todas las cosas, tiene que ser hecho con prudencia, y en el espíritu.

La quinta cualidad de un restaurador es: Una antorcha que alumbraba y ardía. Esta es una característica de Juan que  nosotros nos habla mucho. “El era antorcha que ardía y alumbraba” (Juan 5:35). No dice solamente que alumbraba, sino que ardía y alumbraba. Esto tiene un gran significado. Cuando algo arde, se consume por dentro; está  toda la cosa involucrada en el acto de arder. Ninguna antorcha puede arder y escapar sana y salva. El hombre de Dios  ha de estar totalmente involucrado  desde adentro, desde el corazón. El arder es un asunto  interior y tiene que ver con el fuego. El alumbrar por el contrario, es un asunto exterior  y está relacionado con la luz. Decir que Juan ardía  y alumbraba es decir  que su brillo no era un asunto exterior meramente. No era una justicia externa. No era una piedad  para la exportación. Si es que daba algún brillo, y de hecho lo dio,  era porque ardía. Tenía fuero por dentro  que lo quemaba. En Juan había absoluta concordancia  entre lo exterior y lo interior. Muchos hay que desean  alumbrar, esto es tener un brillo exterior que les granjee el reconocimiento  y el aplauso de los hombres, pero no están dispuestos a arder. Dar brillo sin arder es una hipocresía. Juan nos habla de fuego y de la luz. Las dos cosas tienen que ir juntas. “Aviva  el fuego del don de Dios que está en ti”, le dice Pablo a Timoteo. El Señor le dice a Laodicea que no sea tibia. Juan dijo del Señor: “El os bautizará en Espíritu Santo y fuego. Bendito  fuego es el Espíritu Santo  que reposa en nuestro corazón. A veces está medio escondido, oprimido, entristecido, resistido, pero está. En la medida  en que nosotros le demos libertad y salida; en la medida que nosotros se lo permitamos, entonces  tendrá expresión  y podrá actuar. El que arde se quema  y desaparece. Juan ardió  y “por un tiempo”. En griego literalmente significa  “por una hora”. Por una hora ardió, alumbró y se extinguió y desapareció. Ese es el proceso  de un siervo. Nosotros no queremos  que nuestro nombre se perpetúe. Cuando hayamos hecho las obras que el preparó de antemano para nosotros desaparezcamos. Apenas Cristo aparezca es bueno que nosotros desaparezcamos.

Juan el Bautista: un modelo para la restauración de la iglesia 3 parte

Ya hemos visto cómo el Señor presentó a Juan El Bautista como quién restauraría todas las cosas. Además, dijo de él que era más que profeta, y el mayor de los nacidos de mujer (Mateo 11:9,11). Por tanto, vale la pena mirar a Juan y aprender de él como verdadero restaurador, uno que prepara el camino para la Venida del Señor. La primera actitud de un restaurador: Crecía fuerte y apartado. En Lucas 1:80 se dice de Juan: “Y el niño crecía, y se fortalecía en espíritu; y estuvo en lugares desiertos hasta el día de manifestación a Israel”. De Juan El Bautista se dice aquí, por lo menos dos cosas: que crecía fortaleciéndose en el espíritu y que vivía en lugares desiertos. Lo primero significa que él se estaba preparando desde muy joven para una obra tremendamente difícil, para una lucha feroz. El venía como punta de lanza después de 400 años en el que El Señor se había callado. El venía como aquel arado que surca una tierra endurecida por años. Los campesinos saben muy bien: cuando se pasa el arado la segunda vez y la tercera vez la tierra está molida. Pero la primera pasada es como romper una capa granítica. Para hacer esa obra se necesita estar fortalecido en el espíritu. ¡Cuantos corazones endurecidos por el pecado! ¡Cuantos pecados amontonados sobre las conciencias! Y ahora viene la Palabra de Dios por boca de Juan y tiene que ser blandida con poder para romper esa dureza y para abrir el surco, y para que detrás de ese surco viniera el Señor Jesús predicando el evangelio. Que honor para Juan! Por eso dice el Señor que no se había levantado profeta más grande que Juan. A Juan le fue concedido abrir el surco para que el Señor encontrara un pueblo preparado, dispuesto. Un pueblo que ya se había bautizado en las aguas del arrepentimiento, que se había arrepentido de sus pecados y había recibido perdón. La predicación de Juan fue dramática, extraordinariamente apelativa. El era un hombre tremendamente fuerte, y tenía que fortalecerse en el espíritu. Es la única alternativa para un restaurador. En Romanos 8 leemos: “Porque el ocuparse de la carne es muerte, pero el ocuparse del Espíritu es vida y paz…y los que viven según la carne no pueden agradar a Dios…porque si vivís conforme a la carne… moriréis; mas si por el espíritu hacéis morir las obras de la carne, viviréis (6, 8,13) ¿De que nos habla esto? De que un hombre de Dios tiene que hacer morir las obras de la carne, y la única manera de lograrlo es andando en el espíritu, es ocupándose en las cosas del espíritu. ¿Cómo vamos a ser fortalecidos en el espíritu ocupándonos en las cosas de la carne? Este un llamado para los siervos de Dios, a los profetas, a los varones y mujeres santos que hoy ministran al pueblo de Dios, un llamado a dejar de una vez por todas las cosas de la carne. ¿Se imaginan ustedes al apóstol Pablo mirando en el Coliseo romano un espectáculo de gladiadores? Sin embargo, nosotros tenemos permanentemente una ventana a los modernos circos romanos y nos metemos en ellos sin salir de nuestra casa. ¿Proveemos de esa manera para el espíritu? No, estamos proveyendo para la carne. Si Pablo estuviese hoy entre nosotros rasgaría sus vestiduras al vernos a nosotros tan tibios y tan mezclados con el mundo, y dándole lugar a la carne en todas esas cosas. ¿Cómo seremos fortalecidos en el espíritu si nosotros no somos capaces de renunciar a lo mínimo? Proveemos para la carne y después nos lamentamos de que no tenemos poder para echar fuera demonios, para cortar ligaduras de impiedad, para dar vista a los ciegos, para poner las manos sobre los enfermos y que se sanen. Nos hemos sentido muchas veces burlados por el enemigo. Que el Señor tenga misericordia de nosotros. Juan vivía en lugares desiertos. ¿Significa esto que nos vamos a tener que transformar en ermitaños? No! Simplemente nos habla de una consagración, de una separación del mundo de corazón, nos habla de una íntima comunión con Dios. ¿Cómo ha de recibir sino en el yermo, en la soledad y en el silencio, el adiestramiento de un carácter hecho a la medida de Dios? Juan no estaba hecho a la medida de los hombres. NO se acomodaba a la opinión de los hombres. El no se contaminaba con los pecados de los hombres. Era un nazareo, es decir, puro, consagrado, apartado cuya señal externa era que no bebía vino ni sidra, ni se cortaba el cabello. El nazareato es una señal de consagración. Nosotros también somos nazareos. Somos personas consagradas. Somos personas a las cuales Dios santificó, separó y a las cuales Dios encomendó una alta y delicada tarea. Nada menos que eso somos: nazareos, apartados, santificados. Estando en el desierto, Juan recibió la Palabra de Dios y comenzó su ministerio. (Lucas 3:2-3)

La segunda cualidad de un restaurador: Con el espíritu y el poder de Elías. En Lucas 1:17 dice: “E irá delante de él (del Señor) con el espíritu y poder de Elías” Elías fue el profeta de los juicios de Dios sobre los profetas de Baal. 450 fueron degollados por su mano, luego de hacer caer el fuego sobre el sacrificio mojado. Oró para que no lloviese y no llovió, y luego oró para que lloviese y llovió. Hizo descender fuego del cielo sobre los mensajeros que mandó el rey Ocozías. Sustentó la viuda de Sarepta multiplicándole la harina y el aceite. El espíritu y el poder de Elías eran absolutamente necesarios para una labor tan ardua. Por eso era preciso que Juan fuera lleno del Espíritu aún desde el vientre de su madre (Luc. 1:41-44) y que creciera fortaleciéndose en el espíritu. Juan tuvo que tratar con corazones endurecidos por el pecado. Su predicación fue como una clarinada que resonó en los severos desiertos de Judea y Galilea. (MT. 3:5-6). Muchos acudían a oírle. Era un gigante que, cual imán santo y vociferante, atraía a los hombres y derribaba la dureza y altivez de los corazones. “Generación de víboras! ¿Quién os enseñó a huir de la ira venidera? Haced pues frutos de arrepentimiento… (Mateo 3:7-8). El pueblo acudía confesando sus pecados. Ellos sentían que su conciencia era convencida y reactivada. Ellos se sentían conmocionados ante la santidad que irradiaba el profeta y ante la justicia que proclamaban sus labios. Era el poder de Dios que tocaba sus corazones y les conducía al arrepentimiento. Como necesitamos hoy el espíritu y poder de Elías. Al igual que Juan, nosotros podemos colaborar con Dios. Dios también puede usarnos a nosotros, si nos ponemos en sus manos. Y hoy no estamos solos. No hay profetas solitarios hoy. El Juan de hoy es corporativo. Y que bueno que sea así, porque hoy hay que restaurar más cosas que ayer. Se necesita una mayor capacidad, una mayor potencia, una mayor gloria. Seguiré en el otro artículo con la tercera cualidad de un restaurador.

Juan El Bautista: Un modelo para la restauración de la Iglesia 2 parte

Quiero continuar con lo que dije en el artículo pero ahora veamos la segunda restauración De manera que así como hay dos venidas del Señor, hay también dos restauraciones. Así como fue necesario realizar una obra restauradora previa a la Primera Venida del Señor, también será necesario que ocurra así antes de su Segunda Venida. La obra restauradora de Juan preparó el camino para la salvación de Dios, manifestada en el Señor Jesús; la segunda obra restauradora preparará el camino para la segunda Venida del Señor, que es para juicio. El Señor vino la primera vez para salvación, y vendrá por segunda vez para juicio. El pasaje de Mateo 17:11-12 tiene dos tiempos verbales: (a) pasado: “Elías ya vino y no le conocieron” y (b) futuro: “Elías viene primero y restaurará todas las cosas” Este pasaje anuncia una restauración definitiva de (todas las cosas), ya que la restauración de Juan no tuvo pleno cumplimiento, (hicieron con él todo lo que quisieron). Juan restauró algunas cosas, pero la restauración futura será de todas las “cosas”. Es interesante notar que en Mateo 17:11 se dice que “Elías restaurará todas las cosas”, lo mismo que en Hechos 3:21 “hasta el tiempo de restauración de todas las cosas”. Esto parece indicar que un ministerio semejante al de Juan (aunque no por Juan mismo, porque el ya vino) será el encargado de la restauración final de todas las cosas. Este ministerio, según veo, recae, como todo el propósito final de Dios, sobre la iglesia, el Cuerpo de Cristo, con cuya Cabeza conforma al “varón perfecto” que “tiene la medida de la estatura de la plenitud de Cristo. “ (Efesios 4:13). La primera restauración fue hecha por un hombre (Juan) pero mi tesis es que la segunda restauración por un “hombre corporativo”, un remanente no muy numeroso ni con figuración pública, pero que tiene el carácter y el espíritu de Juan, que es a su vez, el carácter y espíritu de Elías. De manera que nosotros vemos una semejanza y también una diferencia entre los tiempos de Juan, previos a la Venida del Señor, y los tiempos actuales, previos a la Segunda Venida del Señor. La semejanza es que habrá en nuestros días un proceso de restauración como la hubo en días de Juan. Y la diferencia es que esta restauración deberá comenzar con la iglesia, para abarcar luego todas las cosas. Primero, el Señor tiene que suscitarse un pueblo conforme a su corazón y luego a través de él , restaurar todas las cosas, esto es “reunir todas las cosas en Cristo en la dispensación del cumplimiento de los tiempos.” (Ef. 1:10). Los tiempos de Juan, cuando él vino, el pueblo desconocía la voz de Dios. Hacía más de cuatrocientos años que había venido el último profeta. Malaquías. Los tiempos eran de sequía espiritual. Dios se había estado callado por varias generaciones, y el corazón de la gente estaba endurecido. Nadie esperaba al Mesías, o por lo menos en la forma que vino. La mayoría de los que le esperaban, deseaban un Mesías guerrero que les libertara del yugo romano. Pero El Señor no tenía ningún interés en una salvación política. Sin embargo, había unos pocos que tenían el espíritu correcto. En efecto, El Señor por El Espíritu Santo había ido despertando el corazón de algunos que “esperaban la redención de Jerusalén” (Lc 2:38) y la “consolación de Israel” (Lc. 2:25). Cuando José y María vinieron al templo a ofrecer lo establecido por la ley de la purificación (Lev. 12:1-8), El Señor convocó a Simeón y Ana, dos ancianos piadosos, quienes habían recibido la promesa de ver con sus propios ojos la salvación de Dios. Ellos vivían en la esperanza de la visitación de Dios. Simeón era un hombre piadoso y justo “que esperaba la consolación de Israel”, y el Espíritu Santo estaba sobre él. El había recibido una revelación del Espíritu, y por el mismo Espíritu había sido movido a ir al templo. Aunque seguramente ese día había mucha gente, sin embargo, el reconoció a ese niño, de unos cuarentas días, que era el Ungido del Señor. Los ojos de Simeón estaban ungidos para ver en El más que un niño. Las palabras que salieron de su boca nunca antes habían sido dichas ante nadie sobre la tierra. “Porque han visto mis ojos tu salvación, la cual ha preparado en presencia de todos los pueblos; luz para revelación a los gentiles, y gloria de tu pueblo Israel y la salvación de unos y otros”.(Lucas 2:30-32). He ashí que sería luz para los gentiles, La Gloria de Israel y la salvación de unos y otros. Los demás no lo vieron así ni le recibieron, pero Simeón que le esperaba, pudo verle. Simeón vivía en la esperanza de verle y no fue defraudado. También estaba Ana, profetisa, de más de cien años, que servía de noche y de día con ayunos y oraciones. Ella también le vio y dio gracias a Dios y hablaba del niño a todos los que esperaban la redención. Ella esperaba la redención y la vio. Simeón esperaba; Ana servía. Simeón era justo y piadoso y el Espíritu Santo estaba sobre él. Ana por su parte no se apartaba del templo y servía de día y de noche con ayunos. Si unimos ambas descripciones, ambos caracteres, tenemos un cuadro completo de cómo son aquellos que esperan su Venida hoy. El carácter contemplativo de Simeón (el “esperaba”), más el carácter diligente de Ana (ella servía), configuran el equilibrio perfecto. Es Marta y María juntas (Lucas 10:38-42). Tales personas, que contemplan al Señor adorándole cada día y que también le sirven, son los que aman su venida (2 Tim 4:8). Tales viven en el espíritu del arrebatamiento y de la restauración.

He aquí el escenario para mi tesis, he analizado el hecho de que la iglesia será el nuevo “Juan el Bautista “en la preparación de el camino para la segunda Venida del Señor. Al hacer estas reflexiones, vuelvo a insistir con más fuerza que la iglesia del siglo XXI y por sobre todo en América Latina tendrá este despertar. Hoy ya el hacer iglesia será dentro del contexto de la contemplación y una vida espiritual íntima, en donde quién importa es Jesús y lo que nos mueve es una búsqueda a parecernos a Ël por medio de esa contemplación. Como resultado de esa contemplación la iglesia redescubrirá su carácter de sierva, sencilla y efectiva. Pero no todos lo verán así, de hecho la mayoría se lo está perdiendo. La gente que Dios usará será como Simeón y Ana, gente que anhelan ver la consolación y la salvación de sus pueblos, y que contemplan a Jesús con ternura, y lo tienen en sus brazos cerca del corazón. En la siguiente entrega veremos las características de un restaurador.