…La espiritualidad de la espontaneidad.


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Estaba pensando en esta frase. Y me preguntaba ¿Por qué Jesús se detiene a sanar un ciego, siendo que tiene cosas más importantes que hacer? Por cierto leyendo un poco me di cuenta que este es el último milagro de sanidad que Marcos registra en su evangelio, y sirve de conclusión a toda la sección que se ha venido desarrollando. Es decir en los pasajes anteriores  vemos al Señor deteniéndose en el camino para atender a un ciego. Y como que es un ejemplo de lo que acababa de decir: “El Hijo del Hombre vino para servir” (Marcos 10:45).

Si mi meta final es la cruz y me voy encaminando hacia ella, mi mente debería estar enfocada en ese gran objetivo espiritual ¿o no? Ya tengo suficientes problemas con el hecho de que me van a maltratar y odiar para detenerme un momento a ayudar a un ciego. Mis problemas son superiores a los de este ciego. Sin embargo, Jesús lo hace, de hecho “pierde algo de tiempo” en el logro de su mayor meta: llegar a Jerusalén.  ¿Por qué hace eso?

Simplemente porque la espiritualidad de Jesús incluía un elemento muy importante para todos nosotros. Es lo que llamamos espontaneidad. Y es que la espontaneidad es una dimensión de la espiritualidad que se valora poco. De hecho la madurez espiritual tiene menos que ver con lo programático y lo a largo plazo y más con la sensibilidad de momento en momento a los impulsos del Espíritu Santo. Y es que el ministerio es algo que sucede y no algo que se planifica. De hecho cuando leemos los Evangelios se percibe que la mayoría de lo que sucedió en el ministerio de Jesús no había sido planificado.

En estos pasajes Marcos nos presenta al Señor Jesucristo en su último viaje a Jerusalén. Como él mismo había anunciado, su destino era la cruz, pero en el camino no dejaba de enseñar a sus discípulos, bien fuera por medio de sus palabras o por las obras que hacía.

Ahora llega a Jericó, a unos 25 kilómetros de Jerusalén, y allí tuvo lugar un incidente que por su interés, el evangelista lo ha recogido en su relato.

No obstante, notamos cierta diferencia entre los evangelistas en cuanto al punto exacto donde ocurrió el incidente. Mientras que Mateo y Marcos afirman que el milagro se produjo al “salir de Jericó”, Lucas dice que fue “acercándose Jesús a Jericó” (Lucas 18:35). Quizá la explicación a esta aparente contradicción la debamos buscar en el hecho de que en aquel momento había dos ciudades que se llamaban Jericó: por un lado estaban las ruinas de la antigua ciudad de la que nos habla el Antiguo Testamento (Josué 6) y que fue destruida por Josué, y la nueva Jericó construida por Herodes. Por lo tanto, puede que cada uno de los evangelistas haya tomado como punto de referencia una “Jericó” diferente, y dado que ambas estaban como a un kilómetro y medio de distancia entre sí, deberíamos entender que Bartimeo se encontraba en algún punto intermedio del camino entre ellas. En cualquier caso, éste es un detalle interesante porque pone de evidencia el carácter independiente de los relatos de los evangelios, desmontando la teoría popular de que unos evangelistas copiaban lo que escribían los otros.

¿Qué principios nos puede enseñar esta sencilla frase acerca de la espiritualidad de Jesús? Pienso que a lo menos  tres principios importantes.

Primero, el principio de la reacción.  “Jesús”

Recuerde que hablamos de Jesús y su capacidad de involucrarse. Esta es su calidad interna. A pesar de ser alguien grande, no pierde de vista lo pequeño y lo insignificante. Aquel día Bartimeo percibió la presencia de un peregrino especial, se trataba de Jesús nazareno, del que él había escuchado hablar mucho. Inmediatamente comenzó a “dar voces” con el fin de llamar su atención. De ninguna manera quería perder la oportunidad que tenía delante de él. Y lo cierto es que se trataba realmente de una oportunidad única, ya que Jesús nunca más volvió a pasar por allí. ¡Cuántas oportunidades irrepetibles pierde la gente de nuestro tiempo para acercarse y conocer a Jesús! Pero Bartimeo no era así, con una actitud decidida y vigorosa, no dejó de “dar voces” hasta que consiguió que Jesús le atendiera. Y así ocurre con mucha frecuencia; las personas que no esperaríamos, en los lugares menos indicados, son precisamente aquellas que actúan movidas por un fuerte deseo de conocer a Jesús. Así que Jesús fue lo suficientemente sensible para reaccionar ante la petición y necesidad de este hombre.

¿Pasaría de largo el Maestro? ¿Haría oídos sordos a su clamor? Por supuesto que no. Aquel que había venido a dar su vida en rescate por muchos, no pasaría de largo frente a este alma que suplicaba desde lo profundo de su corazón. Para otros, Bartimeo tal vez no era más que un pobre hombre, víctima de su enfermedad, alguien que no contaba dentro de los grandes planes de gobierno que todos se hacían en torno a Jesús. Pero el Señor no pensaba como ellos, él sí se conmovía ante la necesidad y miseria que el pecado ha introducido en este mundo y que quedaba patente en la situación en la que se encontraba Bartimeo. Por eso, en medio de aquella situación, Jesús lograba distinguir perfectamente entre las voces de la multitud de curiosos que le acompañaban, y la de aquel hombre, que aunque ciego, tenía un conocimiento auténtico de su persona y una fe inquebrantable en él.

Así que el Señor mandó llamarle, y de repente, la actitud de la gente cambió por completo: “ten confianza; levántate, te llama”. ¡Qué contradictoria es la gente! Hacía un momento le estaban mandando callar, y acto seguido le animan a que vaya a Jesús porque seguro que le sanaría. ¿Por qué no le animaron desde el principio? Aquí tenemos una clara evidencia de que no es muy sabio dejarse condicionar por las opiniones de la gente, ya que éstas cambian constantemente sin demasiada lógica.

¿Cómo reaccionamos ante los que “dan voces” en nuestra sociedad hoy? Muchos estamos tan programados y llenos de muchas actividades que no tomamos tiempo para escuchar las necesidades que nos rodean.

Segundo, el principio de la relación. “se”

Este pronombre describe capacidad de detenerse. Jesús nos viene a ilustrar un principio interesante con respecto a la relación con Dios y con lo que hacemos. La espiritualidad no es una fórmula; no es una prueba. Es una relación. No tiene que ver con la competencia; tiene que ver con la intimidad. La espiritualidad no tiene que ver con la perfección; tiene que ver con la conexión. El camino de la vida espiritual comienza en donde estamos caminando ahora, en la rutina de la vida. Esta frase nos ilustra que Cristo es cualquier cosa menos algo metódico, pulcro balanceado, y ordenado. Está muy lejos de eso. Y es que la espiritualidad es compleja, complicada y causa perplejidad. Es el aspecto desordenado, desaliñado y caótico de la fe auténtica en el mundo real. La espiritualidad es todo menos una línea recta, es una piedad mezclada, patas arriba, que torna nuestras vidas en un tobogán volteado, lleno de giros inesperados, de protuberancias sorpresivas y de choques que rompen los huesos. En otras palabras la espiritualidad no programada es la consecuencia delirante de una vida arruinada por un Jesús que nos amará hasta tenernos en sus brazos.

Tercero, el principio de la renovación. “detuvo”

Este verbo nos describe su capacidad renovarse. Jesús no tiene un método preferido, simplemente cambia de acuerdo al momento. Su forma de ministrar no es rutinaria. Y es que el crecimiento espiritual es una verdadera adivinanza. Muchos sabemos que la clave del crecimiento espiritual son unas rutinas santas y saludables. Las llamamos disciplinas espirituales. Ahora una vez que la rutina se vuelve rutina necesitamos detenerla. ¿Por qué? Porque pierden su sentido de práctica. Debemos entender esto: las rutinas se vuelve malas rutinas, sino cambiamos de rutina. Uno de los peligros espirituales a los que nos enfrentamos es el de aprender el cómo y olvidar el porqué. Llámelo familiarización. Llámelo creación de un hábito. Llámelo conversión en rutina. Llámelo como quiera. Cuando aprendemos el cómo y olvidamos el porqué, comenzamos a limitarnos a los movimientos externos. Tendemos a pensar y actuar de acuerdo a ciertos esquemas. Y esa tendencia a pensar de la forma en que siempre hemos pensado o hacer las cosas de la forma en que siempre las hemos hecho  se llama predisposición heurística.[1] Y se refiere a que muchas veces hacemos las cosas sin pensar en ellas. Y si no tenemos cuidado oramos sin pensar, tomamos la Comunión sin pensar y adoramos sin pensar. Dios no quiere que nos limitemos a repetirle palabras sin pensar en ellas. Él quiere que le adoremos.  Por esta razón Jesús le pregunta al ciego: “¿qué quieres que te haga?” Jesús tenía un pensamiento fresco y dinámico cuando se trataba de ministrar a la gente. Nunca hizo una cosa igual. Cuando adoramos de memoria a Dios le ha de parecer nuestra adoración como un disco rayado. Tal vez por eso los Salmos nos exhortan por lo menos seis veces a cantar un cántico nuevo. Necesitamos palabras nuevas, posturas nuevas, pensamientos nuevos y sentimientos nuevos. ¿Por qué? Porque Dios quiere ser mucho más que un simple recuerdo. Incluso a veces oramos como si Dios no tuviera personalidad. Necesitamos dejar de orar con memoria para orar con imaginación.

 

Estamos muy condicionados por la planificación y la programación tanto a nivel eclesial como a nivel pastoral. De hecho hemos osado muchas veces como pastores a tener planificación al estilo empresarial. Esa planificación nos roba lo espontáneo, lo desordenado, lo caótico. Sin embargo Dios siempre nos mete en problemas, al desarmar todos nuestros bien elaborados programas. Debemos ser como Jesús sensibles en la reacción, osados en la relación y prestos a la improvisación y renovación.

Necesitamos refrescarnos de tal manera que podamos ser de bendición a un mundo que clama como Bartimeo.

[1] https://es.wikipedia.org/wiki/Heur%C3%ADstica

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