“…Jesús y el Gordo Max…”


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En estos días hemos visto nuevamente la historia y los sucesos alrededor del personaje de la televisión el “Gordo Max”. Voy usar la expresión “Gordo Max” para que se pueda identificar bien de quién estoy hablando y no de forma despectiva como muchos lo usan.

Para aquellos que no son de El Salvador, es un presentador de televisión y radio muy conocido y ahora ha sido acusado de pegar favores sexuales con menores. Hay todo un circo mediático alrededor de esto. Hoy al escribir esta reflexión, me he puesto a pensar que a pesar de los errores que este hombre haya cometido, de que si es verdad que ha cometido esos delitos, la gente (todos incluyéndome) muchas veces condenamos con una celeridad increíble. Pero esta noche me pregunté ¿cómo verá Dios al “gordo Max”? ¿Sabía Dios de lo que él había hecho aun cuando no había salido al público? Y la verdad es que Dios lo sabe, e incluso sabe todo y más de lo que los hombres podamos encontrar. ¿Cómo trataría Jesús al Gordo Max si lo llevaran ante su presencia? ¿Con quién nos identificaríamos nosotros? Con el acusado con los que levantan el dedo acusador? De hecho en las últimas declaraciones el Gordo Max dijo: “Mi imagen está hecha pedazos”. Y tiene razón. Pero el Gordo Max tiene dos problemas mayores con su imagen. La primera es enfrentarse a los que lo odian y la segunda es enfrentarse a los que lo aman. Ahora ¿Cuál de las dos cosas es más complicado cuando uno está envuelto en un escándalo sexual? ¿Cómo hace para enfrentarse a estas dos áreas?

El relato de la mujer sorprendida en adulterio en Juan 8:11 es todo un clásico de narración y es tan relevante como el escándalo del Gordo Max. Miles de reflexiones se han escrito sobre él. Y en casi todos los acercamientos nuestro enfoque está en la manera en que Jesús trata el tema del apedreamiento de ella. Es todo un duelo de titanes este relato. Y creo que es importante no pasar por alto todos esos detalles tan llenos de riqueza espiritual en la cual la mayoría de expositores se han enfocado. Sin embargo hay un detalle que me ha estado inquietando últimamente. Y es un detalle que se enfoca en dos perspectivas. La primera tiene que ver que cuando la mujer se debe enfrentar con los que la odian, la presencia de Dios es vital y es crucial para su defensa. Y que precioso que Jesús está presente, defendiéndola. Esta mujer sintió esa presencia de Jesús. Así que no hay nada más excelente que ante los que nos odian, Jesús mismo nos defienda. La segunda parte del detalle ya no tiene que ver con los que la odian, sino que tiene que ver con los que la aman. Y es aquí dónde me ha entrado la comezón. Una cosa es que Jesús te acompañe con su presencia ante los que te odian, pero otra cosa es que te deje solo cuando tienes que enfrentarte con los que te aman. ¿Porque hace eso Jesús? Observe, que una vez que ha pasado todo la efervescencia del incidente, Jesús la despide después preguntarle dónde estaban sus acusadores. Jesús le dice: “Ni yo te condeno, ahora vete y no vuelvas a pecar.” Y el relato parece terminar allí. ¿Qué pasaría por la mente de esa mujer? ¿A dónde debe regresar? Debe regresar a su casa, pues si era adúltera debe haber un esposo. ¿Y será posible que el esposo haya sido informado de todo el incidente? ¿Cómo explicará a sus seres queridos su falta? ¿Tendría hijos? Ahora recuerde que ahora va sola, Jesús no está y ni siquiera sabemos si lo hizo o no, pero la pregunta que me he hecho es ¿cómo enfrento a los que me aman cuando he cometido pecados sexual? ¿Qué sostendría a esta mujer para enfrentar a los que la amaban?

Creo que la mujer contaba con la presencia de Jesús ante los que la odiaban, pero ahora va a contar con la Palabra de Dios ante los que la aman. ¿Qué hizo esa palabra de Jesús que le daría el valor a la mujer para hablar con los que había traicionado? Así que la Presencia de Jesús va ayudar con la restauración y la Palabra de Jesús va ayudar con la recuperación.

Quisiera tomar la Palabra de recuperación que Jesús le da a la mujer y extraer allí por lo menos tres principios que debo tomar en cuenta cuando me enfrento a los que he herido y me aman.  Repitamos una vez más esa palabra: “Ni yo te condeno, ahora vete y no vuelvas a pecar” Tres dimensiones obtendría de esta palabra la mujer. Primero tendría una condición, tendría una  convicción y finalmente una conversión.

Observemos detenidamente como ella va con una Palabra de condición. Después de haber resuelto magistralmente el dilema que le plantearon, Jesús pasó a demostrar cómo se trata a una persona. Después de que los hombres hubieron salido, Jesús se enderezó y miró a su alrededor. Luego le preguntó a la acusada: “Mujer, ¿dónde están los que te acusaban? ¿Ninguno te condenó?” (8.10). A estas alturas del relato, nos damos cuenta de cuán poco es lo que sabemos acerca de esta mujer. Aunque a menudo se le ha idealizado como una persona de buen corazón, que fue víctima de una terrible injusticia, no se nos dice nada acerca de ella, ¡excepto de su pecado! ¿Era ella dulce y agradable o, por el contrario, ruda y detestable? Cuando se encontraba “en medio” de sus acusadores (8.3, 9), ¿estaba ella sollozando con las lágrimas propias de la persona

que busca que le tengan lástima porque se siente oprimida bajo el peso de su vergüenza o, estaba ella mirando desafiantemente a los que se atrevieron a traerla de rastras al templo? Todo lo que sabemos es que ella fue sorprendida en el acto de adulterio, y que el pecado de ella era exhibido públicamente por todos los atrios del templo. No es la mujer la que vuelve maravilloso este relato, sino la forma como Jesús le respondió a ella. Ahora cambiará su condición.

Tres elementos vitales hace Jesús para que su condición cambie ante Dios.

Se restauró su identidad.   Su primera acción  fue ponerse a escribir en tierra. ¿Suena extraño esto? Imagínese la escena nuevamente. Esta mujer fue llevada de rastras hasta los atrios del templo, donde Jesús estaba enseñando. Los escribas y los fariseos le anunciaron en voz alta a Jesús y a todos los presentes, que ella había sido sorprendida en el acto de adulterio. Todos los ojos debieron haberse fijado en esta desgraciada mujer. ¿Qué trato más humillante que éste podía haber? Cuando a Jesús le preguntaron qué hacer con ella, él se inclinó hacia el suelo y comenzó a escribir en tierra. A partir de este momento todo mundo comenzó a observar el extraño comportamiento de Jesús. ¿Qué estaba escribiendo? ¿Tendría algún sentido? ¿En qué momento comenzaría a hablar? ¿Habrían logrado, los líderes judíos, poner de manifiesto alguna contradicción en las enseñanzas de Jesús? De repente, todo mundo había dejado de mirar a la mujer. El haber logrado que las miradas de la multitud dejaran de posarse en la mujer y se fijaran en él, fue la primera y preciosa muestra de recuperación de su identidad. La recuperación de la identidad se basa en que Dios quita la mirada de ella para ser posada en Él.  No se trata de decir lo que hemos hecho sino lo que Dios ha hecho con lo que yo he hecho.

Luego, oímos las palabras que Jesús le dijo a la mujer después que sus acusadores se hubieron marchado: “Ni yo te condeno;…” (8.11b). Estas palabras constituían una expresión legal, la cual significaba: “Ni yo te condeno a muerte”. Aunque Jesús pudo haber sacrificado la vida de esta mujer, con el fin de preservar su popularidad entre las multitudes, él se rehusó a hacer tal. La única persona presente ese día, que tenía todo el derecho de arrojar la primera piedra, fue la que dijo: “Ni yo te condeno”. La anterior fue la muestra más grande de compasión que se pudo haber dado para que una mujer recuperara su identidad.

Se recuperó su dignidad. ¿Ha estado usted presente cuando otras personas hablaban de usted? Tal vez siendo niño, o paciente de hospital, tuvo la terrible experiencia de oír a otros hablar de usted, como si usted ni siquiera estuviera allí. Es una experiencia deshumanizante. A eso fue a lo que la mujer fue sometida cuando cayó en manos de los escribas y los fariseos. Fue tratada como un objeto, como un problema, no más que eso. Después que Jesús hizo que los acusadores de ella tuvieran que bajar su rostro, él se volvió a ella y le habló. Su dignidad se restableció con el hecho de que Jesús le  hablara a ella, y no sobre ella, fue tal vez el regalo más precioso que esta mujer alguna vez recibió. Jesús no la vio como un humillante fracaso ni como una irritante dificultad; la vio como una persona, como una creación de Dios, a la cual él concedía enorme valor. El hablarle a la gente es algo habitual de Jesús en los evangelios. También es habitual del modo como Jesús nos mira hoy día. Él nos tiene en alta estima a cada de uno de nosotros, y nos ama profundamente. En un mundo en el que a menudo nos sentimos desvalorizados, Jesús nos trata con dignidad. Su encuentro con la mujer sorprendida en el acto de adulterio, es un eficaz recordatorio de esa verdad.

Se recordó su responsabilidad. Los que se sienten inclinados a hacer de este relato una narrativa sentimental, indiferente al pecado, pasan por alto esta importante parte de él: Cuando Jesús despedía la mujer, él le dijo: “… no peques más” (8.11c). Fue amable, pero a la vez franco, cuando tocó el tema del pecado de ella. El pecado de ella debía ser confrontado. La identidad, la dignidad y la responsabilidad serían tres herramientas que sostendrían a la mujer cuando se enfrentara a los que había herido.

Pero en segundo lugar no sólo lleva una palabra de condición  sino que llevó una palabra de convicción.  La palabra que Jesús usa para “vete” es interesante en el texto griego. La palabra griega es poreuo. Esta expresión es un imperativo presente con sentido de urgencia. La expresión poreuo procede a la vez de la palabra peira que se traduce como estrecho, prueba, aprender a conocer por medio de una experiencia[1]. También en una modalidad de la palabra se puede usar poros que significa estrecho, camino senda, valle, puente[2] En ese sentido el regreso a casa debía llevar la connotación de aprender, de aceptar la situación por la que se está pasando y de alguna manera en sentido metafórico como un puente estrecho de aprendizaje. Eso implicaría que la mujer debería enfrentar a los que la amaban con la convicción de que su experiencia era dura, era dolorosa pero que al final sería algo que beneficiaría su propia vida y la de los demás. Observe que esa convicción tiene tres dimensiones. Primero es indispensable.  Es decir por la forma imperativa no es una sugerencia, sino un mandamiento a hacer las cosas que ayudaran a la recuperación. Segundo, es impostergable. Observe que la acción es presente. Es decir debe ser hoy. Hoy mismo tienes que enfrentar el problema en tu casa, no hay que huir, hay que ir y esperar que la palabra prometida por Dios te sostenga. Sin embargo aquí hay algo que quiero mencionar. Debemos recordar que nada de esto se podía atrasar porque ya había sido descubierto el pecado. Es decir el escándalo ya había explotado en la plaza. Así que ya había un nivel de afectación más amplio y al que se debía mostrar el arrepentimiento. Queda aquí en el aire la pregunta si una persona que ha cometido un adulterio y no ha habido escándalo debe ir y confesarlo. Pienso que sí y no. Pienso que sí, siempre y cuando Dios le de la pauta para hacerlo y deberá hacerlo en dependencia con él. Y digo no si cuando lo va hacer no es ni el momento y ni la forma en que Dios quiere que lo haga y lo haga simplemente para expiar el remordimiento. De todas manera cada quién que se ha embarcado en un problema como este deberá buscar el consejo de Dios para hacer su confesión. Y tercero es imparable. La orden de Jesús, lleva la connotación de no te pares aquí, ni con los que te odian ni conmigo. Salte de esto. Camina hacia la restauración. Es imparable la obra de Dios y la sanidad de la persona que entiende con convicción que debe restaurar lo que ha dañado. No se puede restaurar a los que hemos dañado a lo lejos.

Así que  no sólo lleva una palabra de condición  sino que llevó una palabra de convicción pero en  tercer lugar lleva una palabra de conversión. Son muchas las maneras como hoy día tratamos de eludir la confrontación con nuestro pecado. Tratamos de pasarlo por alto (“no pensaré en ello”), de negarlo (“negaré ello”), e incluso, de justificarlo (“me obligaron ellos). Jesús, en cambio, insistió  en que la mujer reconociera su pecado. Le llamó al pecado “pecado”. Hoy día estamos teniendo necesidad constante de que se nos trate igual. Jesús no responde a nuestro pecado diciéndonos: “¡No te preocupes, no es tan grave!”. Más bien, nos dice que el pecado es su más seria preocupación, ¡tan seria como para tener que ir a la cruz por él! Para que la redención se pueda llevar a cabo, debemos primero reconocer que nuestros pecados son reales y que somos culpables de ellos. Aunque jamás podremos saldar la deuda que nuestros pecados nos acarrean, debemos ser sinceros acerca de nuestra pecaminosidad. De otro modo, el arrepentimiento jamás tendría lugar. ¡No es sino hasta que apreciemos cuán malas son las nuevas de nuestro pecado, que podremos apreciar las buenas nuevas del evangelio!

Jesús todavía insiste en que su pueblo sea sincero en el reconocimiento de sus propios pecados y acepte la responsabilidad que le cabe por sus propios actos.  No hay nada en este pasaje que indique que Jesús le perdonara a la mujer su pecado, sin embargo, se rehusó a condenarla a muerte. Sus palabras de despedida nos recuerdan de lo que le dijo al cojo que había sido sanado junto al estanque de Betesda: “Mira, has sido sanado; no peques más, para que no te venga alguna cosa peor” (5.14).

En este relato no se nos cuenta de qué modo pudo haber sido influenciada la mujer por lo que Jesús le hizo. ¿Llegó a creer? ¿Fue ella movida al arrepentimiento de su pecado? No podemos tener certeza de las respuestas a estas preguntas. De los que sí podemos tener certeza, es que Jesús le ofreció esperanza para el futuro. La frase “vete, y no peques más”, encierra la idea de futuro. Cuando alguien a quien conocemos, ha sido asociado con un pecado en particular (¿No estamos todavía refiriéndonos a ella, dos mil años después, como “la mujer adúltera”?), la tendencia nuestra es siempre a volver nuestra mirada hacia el pasado en lugar de mirar hacia el futuro. Demasiado fácilmente, el pecado forma parte de la personalidad del que lo comete. Las palabras que Jesús le dijo a la mujer proclaman este mensaje: “¡Tu vida está hecha de algo más que tu pecado. Puedes apartarte de tu pecado!”. Este fue el mensaje que la mujer adúltera más necesitaba oír; es el mensaje que más necesitan oír todos los seres humanos de todos los tiempos. ¡Jesús, el que está “lleno de gracia y de verdad”, nos ofrece a cada uno la oportunidad de comenzar de nuevo!

Y para serle honestos, este es el mensaje que necesita hoy el Gordo Max…y es que en realidad el mensaje de Jesús es tan pertinente para él como lo fue para la mujer adúltera. Su vida está hecha más allá de su pecado, el puede apartarse del pecado ya que Jesús está lleno de gracia y verdad y siempre nos ofrece la oportunidad de comenzar de nuevo. Ojalá que Dios nos permitiera decirle esto a Max, ojalá que Dios llevará a un ángel e cuerpo de un cristiano para que Max recupere su identidad, su dignidad y asuma su responsabilidad ante el Dios que lo ama… Mis oraciones van para contigo Max…espero que la presencia de Dios te defienda ante los que te odian y espero que la Palabra de Dios te sostenga ante los que te aman…max-gonxalez-pnc-gordo-max-1-770x438No sé porque escucho a muchos diciendo que estoy loco, que se merece eso por cochino…ok. El que esté libre de pecado que arroje la primera piedra…entonce

[1] https://www.blueletterbible.org/lang/lexicon/lexicon.cfm?strongs=G3984&t=KJV

[2] http://etimologias.dechile.net/?poro

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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