“…La teología de la interrupción…”


interrupcion-de-la-prescripcion-281x300

Me he preguntado  ¿en la Biblia habrá algún tipo de teología llamada la teología de la interrupción? Y me di cuenta que es más frecuente de lo que creía. De hecho esa teología de la interrupción estuvo presente en los discípulos, en  José y María, en Juan el Bautista, en el apóstol Pablo, en Abraham en muchos personajes de la biblia. Y es que a Dios le encanta interrumpir más de lo que nos gustaría a nosotros.

Jesús contó la historia del buen samaritano: un hombre va en su camino desde Jerusalén hacia Jericó cuando es asaltado, despojado de sus pertenencias, golpeado y abandonado medio muerto al lado del camino. Tres personas se detienen. Primero, un sacerdote. Pasa por allí, finge no verlo y sigue de largo. Luego un levita, quien hace caso omiso del hombre (no salen muy bien parados los amigos religiosos). Por último, pasa un samaritano (el “enemigo” de los judíos), lo ayuda y se asegura de que quede a recuperarse en buenas manos. Solo el samaritano estuvo dispuesto a interrumpir su día. Leyendo nuevamente Vida en comunidad, Dietrich Bonhoeffer explica:

Debemos estar dispuestos a permitir que Dios nos interrumpa. Constantemente Él se cruzará en nuestro camino y cancelará nuestros proyectos humanos enviándonos personas que vienen con sus propios reclamos y peticiones. Puede que, absortos en nuestras importantes ocupaciones diarias, pasemos de largo […]. Es curioso que los cristianos e incluso los ministros con tanta frecuencia consideren que su trabajo es tan importante y urgente que no están dispuestos a permitir que nada los interrumpa. Con eso creen servir a Dios, pero al hacerlo en realidad desprecian el camino de Dios, que es torcido y aun así es recto[1].

Así que esa teología de la interrupción producirá un tipo de espiritualidad diferente y por lo tanto un discípulo diferente.

Si hay alguien que es hijo de la interrupción divina ese sería Simón de Cirene. Alguien ha dicho que algunas veces encuentro la cruz, pero muchas la cruz me encuentra. Y esa premisa se ve reflejada  en la narración de los últimos eventos de la vida de Jesús, es decir hubo discípulos que encontraron la cruz y hubo discípulos que la cruz los encontró. Ahora bien, uno no puede dejar de pensar que en el momento que Jesucristo cargaba  la cruz y ya no podía, los que debieron ayudarle a soportar la faena  hubieran sido sus discípulos. Aquellos con los cuales había convivido 3 años. ¿Pero qué pasó? Simplemente esos discípulos brillan por su ausencia. Así que lo que hace Dios es desarrollar otro tipo de discípulo al cuál la cruz lo encuentra. A este tipo de discípulo se refiere Marcos cuando nos introduce a Simón, el que venía de Cirene. Y para mí es un discípulo de la interrupción.

No es muy difícil imaginar la escena. Un día tranquilo, común, como tantos otros, un hombre volvía de sus tareas en el campo. Mientras su mente se detenía en sus pensamientos, permitía que sus pies lo condujesen por el conocido camino hacia la ciudad. Todo parecía indicar que este sería simplemente un día más. Sin embargo no fue así. Simón, un extranjero de la ciudad de Cirene, se desconectó de sus pensamientos al oír la multitud que se acercaba por el camino. Se oían risas mezcladas con llanto, gritos de burlas pintadas con sarcasmo y por encima de todos, la voz del soldado que decía: ‘abran paso al Rey de los judíos’. Curioso con tal espectáculo, Simón de Cirene se detuvo frente a la multitud. Sin darse cuenta, ni haberlo planificado estaba en medio de una terrible escena que se fijó en su mente para siempre. Absorto en sus pensamientos en busca de una respuesta, no advirtió las palabras de compasión que salieron de sus labios. Un soldado romano buscaba entre la multitud, escuchó sus palabras, se le acercó, lo tomo por el brazo y lo arrojó junto a Jesús. Y sin dar explicaciones lo obligó a cargar la cruz de Jesús. Sin dudas para Simón esta no fue una jornada común. Sobre sus hombros soportaba el peso de la cruz.

Al ver la narración de Simón de Cirene uno no puede más que admirar como Dios siempre tiene la persona correcta en el momento correcto para involucrarse en la actividad correcta por medio de la interrupción correcta.  Siempre me he preguntado qué tipo de llamado y conversión es aquella que nace de la “obligación” y no de la devoción. ¿Se puede seguir a Jesús obligado por las circunstancias y no necesariamente por las decisiones emocionales? ¿Cómo se es un discípulo de Jesús obligado? ¿Cómo es uno un discípulo de la interrupción?

Hay tres elementos importantes en la interrupción de  Simón de Cirene. El primero es lo que llamaríamos “casualidad”. Es un elemento que se asocia con la soberanía de Dios.   La expresión que respalda esta situación es “pasaba por allí”.

Entre tantas personas que estaban ahí, ¿por qué el soldado lo eligió a él? ¿Simple casualidad? En el trayecto de nuestras vidas, todos tenemos marcado un encuentro con Jesús, para algunos es más temprano para otros más tarde. Pero todos de una forma o de otra estaremos frente a frente con Jesús.  Usted puede pensar que ‘por casualidad’ cierto día llegó un libro a sus manos, sintonizó una emisora de radio, encontró un canal de TV, navegó hasta un sitio web o alguien lo invitó a participar de una reunión especial. Pero no es por casualidad. En los planes de Dios no hay espacio para la casualidad.  Él nos creó, nos formó con sus manos. Por el pecado le fuimos arrebatados. Pero la sangre de Jesús dejó una marca de esperanza en la cruz, por la cual hoy podemos ser salvos. Ahora desde la perspectiva evangélica hoy, no parecería que alguien recibe un llamado por medio de un policía corrupto. Simón “entró” al ministerio obligado por un representante de la ley injusta y corrupta de Roma. La interrupción se nutre de esas casualidades divinas, que no son coincidencias sino como alguien dijo son “Dioscidencias”.

El segundo elemento es “causalidad”. Esto tiene que ver con la sincronía de Dios  La frase “venía del campo de trabajar” Este  hombre descendía de su trabajo bien entrada la mañana. Había salido a trabajar al amanecer, y todos sus pensamientos se concentraban en la necesidad de llegar pronto a casa y comer con su familia. De pronto ve una gran muchedumbre y duda. No sabe si seguir por dónde va, lo que le llevará directamente al centro de los gritos y el revuelo, o dar un pequeño rodeo para no verse mezclado en todo aquel tumulto. Simón era un hombre trabajador, no tenía tiempo para ver ejecuciones públicas ni para interesarse en las noticias de los últimos días. Sólo quería trabajar, ayudar a su familia y seguir su camino. Los soldados le vieron pasar, y comprendieron que era un hombre fuerte, esforzado… pensaron que tenía la fortaleza necesaria para ayudar a llevar la cruz del llamado rey de los judíos. Casi sin tiempo para pensarlo ni para tomar una decisión, Simón de Cirene, se encontró muy adentro de aquel tumulto de pasión y odio. La cruz que cargaba el nazareno está ahora sobre sus propias espaldas. Ellos, los romanos, los que siempre mandan, obligan y desprecian al pueblo, son los que se lo han pedido. Comprobaron que las espaldas de Simón estaban muy acostumbradas a llevar cualquier tipo de peso, y sus manos encallecidas demostraban su lealtad inquebrantable al trabajo duro. Le obligaron a llevar la cruz del condenado, y Simón no pudo hacer nada. Simón quería seguir con sus planes y su trabajo. A nadie le gusta que le coloquen una cruz en los hombros, aunque sea de manera circunstancial y momentánea. Quiso oponerse y decir que no, pensó en gritar o escapar corriendo, pero algo más allá de su propia voluntad le arrastró a los pies del maestro para recoger el madero y mirar durante unos segundos interminables el rostro de quién iba voluntariamente a la muerte.

Simón pasó de la casualidad a la causalidad de su vida. Lo que causo que pudiera llevar la cruz y fuera candidato a ella fue precisamente su labor diaria. Para él no existía un trasfondo religioso o de templo, simplemente su labor “secular” fue su razón de llamamiento. Dios quiere enseñarnos lecciones trascendentales a cada uno de nosotros: Cuando Él nos busca, hay que obedecerle. No hay otra salida. Aunque en principio parezca un inconveniente o una obligación lo que Él nos pide, o aunque no entendamos lo que está ocurriendo. Dios escoge a quién aparentemente no tiene importancia, un hombre que trabaja en el campo y que no conoce casi nada del evangelio. Cada vida tiene un valor supremo para Dios, y nosotros no podremos comprenderlo hasta que no aprendamos a verlo todo desde el punto de vista de Dios. Lo máximo que nosotros llegamos a comprender es lo que ocurre en una vida, Dios ve mucho más allá: cada decisión que tomamos tiene repercusiones eternas. Cada acto de obediencia nuestro, por muy simple que parezca, queda escrito en la eternidad. La interrupción se nutre de la causalidad de Dios. Todo lo que hemos hecho y hemos adquirido, será usado por Dios a su debido tiempo.

El tercer elemento es lo que llamo cautividad. Este es un asunto con la sintonía de Dios. Me entusiasma la frase “llevar la cruz”. En ese momento este Simón se identificó de una manera práctica y concreta con lo que Jesús había venido hacer.  Cuando Simón volvió a casa, vio como la tierra se oscurecía y temblaba con la muerte del llamado Mesías. Sólo él sabe lo que pasó por su mente en esos momentos, sólo Simón podría explicarnos qué fue lo que transformó su corazón: si la mirada del Mesías, sus palabras, su entereza ante la muerte, o la reacción de la propia naturaleza. El caso es que Simón jamás volvió a ser el mismo. La Biblia nos enseña que creyó en el Señor, él y su familia. Marcos nos da algunos detalles que sólo se conocieron más tarde. Dios quería que nos diéramos cuenta de que siempre hay una razón para todo, y en este caso lo más importante no es la razón sino las consecuencias… “Y obligaron a uno que pasaba y que venía del campo, Simón de Cirene, el padre de Alejandro y Rufo, a que llevara la cruz de Jesús. Le llevaron al lugar llamado Gólgota, que traducido significa: Lugar de la Calavera” Marcos 15.21-22

Simón era el padre de Alejandro y Rufo. Nadie los conocía en el momento en el que el Señor subía el camino al calvario, pero ellos dos sí eran muy nombrados en la comunidad romana dónde Marcos escribió el evangelio. El apóstol Pablo nos muestra un detalle importante en la historia de la familia cuando escribe “Saludad a Rufo, escogido en el Señor, también a su madre y mía” Romanos 16:13 La madre de Rufo había sido como una madre para Pablo cuando toda su familia le abandonó por causa del evangelio. No fueron los soldados los que obligaron a Simón a cargar con la cruz, fue Dios mismo el que movió los hilos de la historia, porque estaba buscando a Simón y a su familia. Los amaba y por eso escogió a Simón para que cargase la cruz.  Al final quedó cautivo de la cruz. La interrupción produce esclavitud a un nuevo Señor, estamos cautivos por la obra de Cristo para siempre, en nuestra generación y en las generaciones futuras.

Y es que para Simón resultó una bendición llevar la cruz al Calvario y desde entonces estuvo siempre agradecido por esta providencia. Ella le indujo a tomar sobre sí la cruz de Cristo por su propia voluntad y a estar siempre alegremente bajo su carga.

Si usted quiere ser un discípulo debe entender que su vida será interrumpida. No le gustará se lo aseguro, pero la interrupción es una invitación de Dios. Dios nos invita a verlo en todas partes a nuestro alrededor, en la vida de los demás, en nuestras conversaciones, en nuestro servicio a los más necesitados. La interrupción no es simplemente una cuestión de que nuestro corazón desarrolle paciencia; es experimentar la verdadera vida. Es una de las maneras en que Dios nos despierta a lo que hay a nuestro alrededor, para ver que hay mucho más que hacer más allá de las tareas diarias autoimpuestas, por importantes que parezcan. La interrupción es la forma en que Dios fortalece nuestro oficio y trabajo, y su manera gentil de alentar a sus criaturas a ser parte del reino que ha de venir. Esa interrupción de su salud, de su trabajo, de su familia, de sus sueños, sus planes deben ser bienvenidas porque están llenas de casualidades en su vida, pero a través de ella  usará causalidades  para que sea más eficiente y finalmente sus deseos estarán controlado por su cautividad a Cristo. En pocas palabras ser un discípulo de la interrupción es estar en medio de la soberanía de Dios (casualidad) en medio de la sincronía de Dios  (causalidad) y finalmente en medio de la sintonía de Dios (cautividad).

¿Qué tal si aprendiéramos a experimentar las interrupciones de una forma distinta? ¿Y si en lugar de considerar que toda interrupción externa es enemiga de la productividad y la creatividad viéramos nuestra vida como un medio comunicativo para el beneficio de los demás? Si nos abrimos para abrazar una teología de la interrupción santa, eso podría marcar la llegada de la novedad, la revelación, la vida e historias que enriquezcan nuestro trabajo, oficio y vida de una forma que, de otra manera, simplemente no sería posible lograr

Usted puede estar caminando al encuentro de las responsabilidades que le presenta la vida, puede ser que alguna vez escuchó de un cierto Jesús que obra milagros. Pero entre el trabajo y las ocupaciones el tiempo desvanece. Pero recuerde que el Cielo nunca lo perdió de vista, y que en cierto punto del mapa de su existencia, está marcado su encuentro con Jesús. No piense que hoy es un día más en su vida, un día común. Hoy es el día del encuentro, el día que marcará su futuro, cambiando su historia como Simón de Cirene.

[1] Bonhoeffer, Dietrich. Vida en Comunidad. Ediciones Salamanca, España 2003 pág. 87

Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: