“..¿Cómo está su crédito?.. I Parte”


Hace tiempo se usaba una máquina muy interesante para postear las tarjetas de crédito. El empleado tomaba el plástico y lo colocaba en la máquina impresora, y rac-rac, los números quedaban registrados y la compra realizada. Hoy las compras con tarjetas de crédito no son tan dramáticas. Ahora se pasa la tira magnética por una ranura, o se oprimen los números en un teclado. No hay ruido, ni drama, ni dolor. Era más divertido  los días del rac-rac cuando se anunciaba la compra para que todos la oyeran. Se compra gasolina, rac-rac.  Se adquiere a crédito alguna ropa, rac-rac. Se paga el almuerzo, rac-rac. Si el ruido no le hacía estremecer, el estado de cuenta a fin de mes lo hacía. Treinta días es bastante tiempo para acumular suficientes compras como para descalabrar su presupuesto.

Me gusta pensar que Dios tiene en el cielo una máquina posteadora que hace rac-rac. Y cada uno de nosotros tenemos una cuenta donde se nos postea la deuda. Y es que  una vida entera es suficiente tiempo para acumular en el cielo algunas deudas de envergadura. Le grita a sus hijos, rac-rac. Codicia el automóvil de su amigo, rac-rac. Envidia el éxito de su vecino, rac-rac. Rompe una promesa, rac-rac. Miente, rac-rac. Pierde los estribos, rac-rac. Se queda dormido leyendo este mensaje, rac-rac, rac-rac, rac-rac. Más y más hundido en deudas.

El problema es que muchas veces intentamos pagar lo que debemos.  Algunos pensarían que toda oración es un cheque que se gira y cada buena obra es un pago que se hace. Y que eso reducirá nuestra deuda. Muchos pueden pensar que si pudieran  hacer una buena acción por cada acción mala, ¿no se balancearía su cuenta al final? Es decir si pudiera contrarrestar mis palabrotas con elogios, mi lujuria con lealtades, mis quejas con contribuciones, mis vicios con victorias, ¿no quedaría justificada mi cuenta? ¡Espero que sí!  Pero sabe…? La verdad es que no.

En una serie de argumentaciones, Pablo establece un principio muy interesante en Romanos 4:4, allí el establece una argumentación que establece la diferencia entre las obras y la gracia. Lea lo que Pablo dice:

“…Si usted es un trabajador duro y hace un buen trabajo, por lo que se merece su salario; usted no llamaría  a su salario un regalo sino  una obligación…” (The Message)

Pablo establece dos criterios que la gente suele usar con respecto a su relación con Dios. La primera es que para algunos son importantes las obras porque eso crea una obligación en Dios de salvarlo, pero por otro lado están los que creen que las obras no son importantes porque la gracia establece una relación con Dios para poder salvarse. En pocas palabras está el método de la obligación como medio salvífico y está el método de la relación como gracia salvífica.

Ahora la pregunta que muchas veces se plantea es ¿Por qué la gente le cuesta aceptar que la salvación es un regalo y no algo que se compra? ¿Por qué para la gente la gracia es tan contradictoria?

Para entender estos dos conceptos necesitamos hacer por lo menos dos  cosas.

  • Primero necesitamos saber el ALCANCE de las obras.

El texto dice: “…pero el que obra…”

La palabra que Pablo utiliza para “obra” es “ergazomai” y esta expresión implica  la idea de laborar, trabajar duro. Es un participio presente voz media. Lo que implica que debería traducirse “pero el que para sí está trabajando arduamente”.  Es obvio que Pablo utiliza la metáfora de laborar para hace una comparación con la actividad religiosa que cree que constantemente con sus obras puede lograr la salvación con Dios.

Ahora bien, anteriormente establecíamos que  sería genial que lo bueno se compensara con lo malo. Es decir que una buena obra pudiera cancelar los defectos de las cosas malas que he hecho. Lo sería, excepto por tres problemas.

Primero, no sé la condición  de cada pecado. Es fácil saber el precio de la gasolina. ¿No cree que sería excelente que fuera tan claro en cuanto al pecado? Pero no lo es. ¿Cuál es, por ejemplo, la multa por enojarse en el tránsito? Me enfurezco contra el hombre que bruscamente mete su automóvil entre el mío y el que va adelante, ¿qué pago por mi crimen? ¿Conducir a setenta kilómetros por hora en una zona con límite de ochenta kilómetros por hora? ¿Saludar con la mano y sonreírles a diez autos consecutivos? ¿Quién sabe? O, ¿qué tal si me levanto de mal genio? ¿Cuál es el costo de un par de horas de desánimo? ¿Asistir al culto del domingo equilibrará una mañana de mal genio hoy? Y, ¿en qué punto empieza el mal genio? ¿Es la multa por el mal humor menor en los días nublados que en los días claros? O, ¿hay cierto número de días al año en que tengo licencia para ser gruñón? Esto puede ser muy confuso.

Segundo, no sé la circunstancia de cada pecado. No solo que no sé el costo de mis pecados, sino que no siempre sé la ocasión o circunstancia de mis pecados. Hay momentos en que peco y ni siquiera lo sé. ¿Cómo pago por esos pecados? ¿Se me concede una excepción por desconocimiento? ¿Y qué tal en cuanto a los pecados que cometo sin darme cuenta? ¿Qué tal si alguien, en alguna parte, descubre que es pecado jugar al fútbol? ¿O qué tal si Dios piensa que la manera en que juego al fútbol es pecado? Ay, vaya. Tendría serias cuentas que arreglar. ¿Y qué de tí? ¿Algunos pecados de omisión en el estado de cuenta de este mes? ¿Dejaste pasar alguna oportunidad de hacer el bien? ¿Soslayaste alguna oportunidad de perdonar? ¿Descuidaste una puerta abierta para servir? ¿Aprovechaste cada oportunidad para animar a tus amigos? Rac-rac, rac-rac, rac-rac. Y hay otras preocupaciones.

Tercero, no sé la consecuencia de mi pecado.

El período de gracia, por ejemplo. Mi tarjeta de crédito me permite un pago mínimo y luego arrastra el saldo de la deuda al siguiente mes. ¿Lo hace así Dios? ¿Me permitirá pagar el año entrante la codicia de hoy? ¿Qué tal en cuanto al interés? Si dejo mi pecado en la cuenta por varios meses, ¿acumula más pecado? Y hablando del estado de cuenta… ¿dónde está? ¿Puedo verlo? ¿Quién lo tiene? ¿Cómo puedo saldar la mentada cuenta? Allí está. Esa es la cuestión. ¿Cómo trato con la deuda que tengo con Dios? ¿Negarla? Mi conciencia no me dejará. ¿Encontrar peores pecados en otros? Dios no se dejará engatusar por eso. ¿Pretender inmunidad de linaje? El orgullo familiar no sirve. ¿Tratar de pagarla? Podría, pero eso nos lleva de nuevo al problema. No sabemos el costo del pecado. Ni siquiera sabemos cuánto debemos. Entonces, ¿qué hacemos?

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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