“…Encontrando oro en la basura…”


Guillermo Rathje es un hombre muy peculiar. A él le encanta la basura. Es un  investigador graduado en la Universidad de Harvard. Su teoría es que podemos aprender mucho en los basureros del mundo. Los arqueólogos siempre han examinado la basura para estudiar una sociedad. Rathje hace lo mismo, pero elimina la espera. El Proyecto Basura, como él llama a su organización, viaja por todo el continente excavando los botaderos de basura, y documentando los hábitos de alimentación, estilos de ropa y niveles económicos. Rathje puede hallar significado en nuestra basura[1]. Su organización documentó que el hogar promedio en los Estados  Unidos desperdicia entre el diez y el quince por ciento de sus alimentos sólidos. El habitante promedio de los Estados Unidos produce media libra de basura al día, y el más grande basurero de los Estados Unidos, ubicado cerca de la ciudad de Nueva York, tiene suficiente basura para llenar el Canal de Panamá[2]. Al leer esto me hago la pregunta  ¿Cómo será la profesión de  un «basurólogo»?

 En la pared de la oficina de Rathje hay un titular enmarcado que halló en un periódico: «Oro en la basura». Este basurólogo halla un tesoro en la basura.  Interesante premisa, ¿Será posible encontrar oro en una pila de basura?

La vida muchas veces es así, hay momentos en los cuales estamos sumergidos en una pila de basura. Tráfico intenso, computadoras arruinadas, cuentas por pagar, personas que nos odian,  amigos que nos traicionan, gastos en medicina, sueldo que no alcanzan, jefes que nos fastidian la vida. Hijos desobedientes, problemas matrimoniales, constantes enfermedades, muertes repentina, etc. En fin montañas de basura. Y que de la presión social, de la presión de  lo malo es bueno y lo bueno es malo, o del movimiento homosexual, de cultura de intolerancia que trata de violentar nuestra vida, pero que se nos viene como una montaña de basura que asfixia no sólo nuestra vida sino nuestras convicciones cristianas.

¿Cómo encontramos el oro en ese oleaje de deshechos  de la vida?

Jesucristo pasó tiempos en los cuales se le venían oleajes de basura sobre su vida. Era como una especie de tsunami de deshechos sucios que trataban de hundirlo. Hubo momentos en que uno se pregunta ¿como pudo sobrevivir a semejante presión?

Uno de los momentos más fuertes en el ministerio de Jesús, es el momento del Getsemaní, en donde pareció que toda la basura que el diablo tenía disponible se la lanzó a nuestro Señor.

La noche antes de su muerte todo un basurero muy real de ayes cayó sobre Jesús. En algún punto entre la oración en el Getsemaní y la farsa del juicio se halla lo que sería la escena más lóbrega del drama de la historia humana. Aun cuando el episodio entero no podía haber durado más de cinco minutos, el evento tenía en sí tanta maldad como para llenar mil basureros. La noche más oscura en la vida de Jesús se caracterizó por una crisis tras otra. En un momento veremos lo que Jesús vio, pero primero consideremos lo que un observador hubiera presenciado en el huerto de Getsemaní. ¿Cuáles fueron las cosas que cayeron sobre Jesús esa noche.

Primero encontramos la desilusión. Esta desilusión está marcada por una oración no contestada. Jesús acababa de hacer una apelación angustiosa a Dios: «Padre mío, si es posible, pase de mí esta copa; pero no sea como yo quiero, sino como tú» (Mateo 26:39). Esa no fue una hora de oración en calma y serena. Mateo dice que Jesús «comenzó a entristecerse y a angustiarse en gran manera» (26:37). El Maestro «se postró sobre su rostro» (26.39), y clamó a Dios. Lucas nos dice que Jesús estaba «en agonía» y que «era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra» (Lucas 22: 44). Jamás la tierra ha ofrecido una petición más urgente. Jamás el cielo ha ofrecido un silencio más ensordecedor. La oración de Jesús quedó sin contestación. ¿Jesús y la oración no contestada en la misma frase? ¿No es una contradicción? ¿Acaso el hijo de Henry Ford no tendría su automóvil o el de Bill Gates  no tendría su computadora? Dios, el dueño del ganado de mil colinas, ¿guardaría algo de su propio Hijo? Lo hizo esa noche. Consecuentemente, Jesús tuvo que lidiar con el dilema de la desilusión; y eso fue nada más que el principio.

 Esa basura llamada  desilusión…

Para  muchas personas hay un gran abismo entre lo que esperan de su fe cristiana y lo que experimentan en realidad. A partir de una dieta continua de libros, sermones y testimonios personales en los cuales se prometen triunfos y éxitos, aprenden a esperar solo evidencias espectaculares de que Dios está obrando en su vida. Si no ven estas evidencias en la forma y con las frecuencias deseadas, se sienten desilusionados, traicionados, y a menudo culpables. La desilusión aparece cuando nuestra experiencia real acerca de algo queda muy por debajo de lo que esperábamos.

El problema de la desilusión es que puede venir disfrazada desde lo más grande hasta el detalle más pequeño. Y son esos detalles pequeños en los cuales Dios guarda silencio, los que minan nuestra fe. Pues la pregunta que uno trae a la mente ¿si Dios no me responde para que mi auto arranque cuando lo necesito que garantía tengo que me responda cuando oro por una sanidad de cáncer en otra persona? Luchas así parecen burlarse casi de los lemas triunfalistas acerca del amor y el interés personal de Dios que oigo con frecuencia en las iglesias cristianas. Nadie esta inmune a la espiral descendente de la desilusión. Esto le sucede al pastor  y a  cualquier tipo de cristiano. Es un proceso sutil, primero viene la desilusión, después una semilla de duda, y más tarde una reacción de ira o la sensación de haber sido traicionados. Entonces comenzamos a dudar de que Dios sea digno de confianza y de si en realidad podemos poner nuestra vida en sus manos. Esto es algo que nos afecta a todos. Algunas personas pierden su fe debido a una fuerte sensación de desilusión con Dios. Esperan que él actúe de una cierta forma, y Dios las hace «quedar mal” Otras quizá no pierdan la fe, pero también pasan por una cierta desilusión. Creen que Dios va a intervenir, oran pidiendo un milagro, pero sus oraciones quedan sin respuesta.

El escritor Philip Yancey establece que detrás de cada persona desilusionada con Dios hay tres preguntas dolorosas que muchos no se atreven a hacer  en voz alta. ¿Es Dios injusto? La gente  trata de seguir a Dios y a pesar de ello su vida se  destruye. No pueden  reconciliar sus sufrimientos con las promesas bíblicas de recompensas y felicidad. Además, ¿qué pensar de la gente que niega a Dios abiertamente y sin embargo prospera? Esta queja es muy antigua —tanto como Job y los Salmos— pero sigue siendo una piedra de tropiezo para la fe. ¿Está Dios callado? A diario al enfrentarnos que con las decisiones claves de la vida  le suplicamos  a Dios que nos dé una orientación clara. Y cada vez que pensamos haber  logrado conocer la voluntad divina, nos encontramos que nos lleva al fracaso. ¿Qué clase de Padre es?, se preguntan las personas. ¿Acaso disfruta  vernos  caer de bruces? Nos dicen que  Dios nos ama y tiene un plan maravilloso para nuestra  vida. Estupendo. ¿Por qué no nos dice entonces cómo es ese plan? ¿Está Dios escondido? Por encima de todo, este era el interrogante es la que obsesiona a muchos. Nos parece como un mínimo irreducible, como un umbral inferior teológico, el que Dios se demostrara a sí mismo de alguna manera: «¿Cómo podemos  mantener una relación con una Persona que no estoy seguro siquiera que existe?” Sin embargo, tal parece  que Dios se esconde de forma deliberada, aun de aquellas personas que lo buscan. Así, cuando las largas horas de vigilia de duda  no provocan respuesta alguna, sencillamente abandonamos  a Dios[3]. Por lo que podemos observar creo que Jesús se enfrentó a estas mismas preguntas. No hay nadie más calificado para hacer estas preguntas. ¿Cómo las superó? Eso es algo que veremos más adelante.

Segundo encontramos decepción. Mire lo que surgió luego: «Mientras todavía hablaba, vino Judas, uno de los doce, y con él mucha gente con espadas y palos, de parte de los principales sacerdotes y de los ancianos del pueblo… Entonces se acercaron y echaron mano a Jesús, y le prendieron» (Mateo 26.47, 50). Esa desestimación se manifiesta en primer lugar  por medio del servicio infructuoso. Es decir,  Jesús tuvo que enfrentar la oración no contestada, sino que también tuvo que lidiar con el poco resultado de su esfuerzo ministerial.  Judas llegó con una chusma enfurecida. Esta turba representaba otra crisis. La misma gente que había venido a salvar ahora venía a arrestarlo.  Mateo nos dice  que vino «mucha gente» para arrestar a Jesús. Juan es incluso más específico. El término que emplea es el vocablo griego speira o «una compañía de soldados» (Juan 18.3). Por lo mínimo una speira indica un grupo de doscientos soldados. ¡Puede describir un escuadrón de hasta mil novecientos!  Así que  sería más preciso imaginarse un río de varios cientos de tropas entrando en el huerto. Añádase a esa cifra la cantidad indeterminada de mirones a quienes Mateo sencillamente llama «la multitud» y usted tiene toda una turba. De seguro que en un grupo así de numeroso habrá una persona que defenderá a Jesús. Auxilió a tantos. Todos los sermones. Todos los milagros. Ahora ellos deberían dar fruto. Así que esperamos por lo menos una persona que declare: « ¡Jesús es inocente!» Pero nadie lo hace. Ni una sola persona habló a su favor. La gente que había venido a salvar se volvió en su contra. Casi podemos olvidarnos de la multitud. Su contacto con Jesús fue demasiado breve, demasiado casual. Tal vez no sabía otra cosa mejor. Pero los discípulos si sabían. Sabían más. Le conocían a Él mejor. Pero, ¿defendieron a Jesús? Ni en sueños.

También, afecto defectuoso. La  píldora más amarga que Jesús tuvo que tragar fue la increíble traición de parte de sus discípulos. Judas no fue el único desertor. Mateo es admirablemente franco cuando confiesa: «Entonces todos los discípulos, dejándole, huyeron» (Mateo 26:56). Una palabra tan corta, todos está repleta de dolor. « Todos los seguidores de Jesús huyeron». Juan huyó. Mateo huyó. Simón huyó. Tomás huyó. Todos lo hicieron. No tenemos que ir muy lejos para hallar la última vez que se usó esta palabra. Observe el versículo que está unas pocas líneas antes de nuestro texto: «Pedro le dijo: Aunque me sea necesario morir contigo, no te negaré. Y todos los discípulos dijeron lo mismo» (Mateo 26:35). Todos juraron lealtad; y sin embargo todos huyeron. Mirándolo desde afuera, todos vemos la traición. Los discípulos le habían dejado. El  pueblo le había rechazado. Y Dios no le había oído. Nunca se echó tanta basura sobre un ser humano. Amontone en una sola pila toda la deslealtad de padres que no sostienen a sus hijos y esposas que engañan a sus cónyuges, e hijos pródigos y trabajadores faltos de honradez, y usted empezará a ver lo que Jesús tuvo que enfrentar esa noche. Desde el punto de vista humano el mundo de Jesús se derrumbó. Ninguna respuesta del cielo, ninguna ayuda de la gente, y nada de lealtad de parte de sus amigos. Jesús, hundido hasta el cuello en desperdicios.

La basura de la decepción…

La decepción aparece cuando se trunca algo que esperamos, especialmente si lo esperamos de personas en quién confiamos. Una experiencia decepcionante conduce al desánimo. El desánimo es un déficit de actividad anímica, del alma, que desemboca en debilidad y ésta paraliza la fuente de vida que Dios ha depositado en lo más hondo del ser, en el espíritu. Tenemos hoy una multitud de creyentes atrapados en el desánimo como resultado de una o varias decepciones experimentadas a lo largo de su carrera. Por otro lado encontramos estadísticas alarmantes sobre el ministerio y los pastores. Estas estadísticas compiladas por el Instituto Fuller, George Barna Research Institute y el sitio de Pastoral Care Inc. Dicen:

  • 90% dijo que el ministerio es completamente diferente de lo que pensaban que harían.
  • 70% dicen que sufren de baja auto-estima.
  • 40% señala que los conflictos con miembros de su iglesia ocurre al menos una vez al mes.
  • 85% dijo que su mayor problema es que están cansados de tratar con personas problemáticas y / o infelices, como ancianos, diáconos, líderes de alabanza, equipos de alabanza, pastores y otros líderes asistentes.
  • 40% dijo que ha pensado dejar el pastorado en los últimos tres meses.
  • 70% no tienen a alguien que ellos consideran un amigo cercano.
  • 50% cree que su ministerio no va a durar otros 5 años.
  • 70% sintieron que Dios los llamó al ministerio pastoral antes de comenzar su ministerio, pero después de tres años de ministerio, sólo el 50% todavía siente el llamado.
  • 4,000 nuevas iglesias abren todo el año y 7.000 iglesias cierran.
  • 50% de los pastores se sienten tan desalentados que quisieran dejar el ministerio, si pudieran pero no tienen otra forma de ganarse la vida.
  • 45,5% de los pastores dicen que están deprimidos o tienen un ‘desgaste’ y, si pudieran, tomarían un buen descanso médico por algún tiempo.
  • Más de 1.700 pastores dejaron el ministerio todos los meses el año pasado (EE.UU.).
  • Más de 3.500 personas al día han dejado la iglesia el año pasado (EE.UU.).

De acuerdo con un informe del Instituto de Barna, la profesión de “pastor”, es una actividad menos respetada y sólo más respetada que un “vendedor de carros usados”.

Los pastores dicen que la razón principal por la cual quieren dejar el ministerio es que los miembros de la iglesia no están dispuestos a caminar en la misma dirección y no comparten los objetivos del pastor.[4]

Jesús se dio cuenta que la gente que ministró por tres años, tampoco quería caminar en la misma dirección que él. Él sabía que era la decepción en el ministerio.

Tercero encontramos la desprotección.

Es obvio que en este momento de cerrar filas Jesús se encontró solo. Nadie por él. En este sentido de vulnerabilidad, vio como las cosas que esperaba se iban cumplir. ¿Cómo se sintió desprotegido Jesús? Primero, por la apariencia. Observe que el texto dice que Judas escogió como instrumento de traición un beso. Que forma más descarada de demostrar una traición. La apariencia de que uno es estimado, pero que en el fondo es pura diplomacia es una de las formas de sentirse muy desprotegido uno.  Segundo, por la inconsistencia. En el caso de Pedro, podemos observar que él quiere arreglar las cosas a su manera. A pesar que Jesús había insistido que la manera de arreglar las cosas sería de acuerdo a su plan y a su estilo. Por más que se le haya enseñado a la gente, uno se siente tan solitario cuando mira la inconsistencia de sus acciones.  Tercero, por la intolerancia.  Jesús se siente tratado como un ladrón. La gente no respeta ya su vida, o sus actos por lo tanto lo que quieren es apresarlo y deshacerse de él. Debido a que su presencia dañaba el sistema, la gente se vuelve intolerante y destructiva contra aquel que amenaza su estilo de vida.

La basura de la desprotección…

La desprotección lo hace a uno vulnerable. Muchos creyentes no sienten la protección ni de Dios ni de la comunidad a la  que pertenecen. Pareciera que muchos están interesados más en los programas que en las personas. Como líderes los pastores muchas veces son tan expuestos al vituperio. No sólo ellos sino también sus familias. No digamos que muchos pastores están desprotegidos financieramente, sino que también está desprotegidos emocionalmente. Jesús estaba desprotegido no sólo por las personas cercanas a él sino también por los que lo odiaban. Y de hecho por decirlo así estaba desprotegido por el mismo plan de Dios. Un plan que cada vez más lo acercaba a la cruz. Al lugar donde la basura sobraba, y al cual tenía que someterse. Excepto por Cristo, nadie hizo nada bueno. Busque en la escena una onza de valor o una brizna de carácter, y no lo hallará. Todo lo que hallará será un montón putrefacto de engaño y traición. Sin embargo en todo esto Jesús vio razón para la esperanza. En su perspectiva nosotros hallamos un ejemplo para seguir.  Si uno lee  Mateo 26.46–56  se da cuenta de que algo verdaderamente maligno está sucediendo.

Así que Jesús, está en este momento hundido hasta el cuello en desperdicios. Así es como yo describiría la escena.  Así es como un testigo la hubiera contado. Pero no fue así como Jesús la vio. Él vio algo enteramente diferente. No estaba ajeno a la basura; sencillamente no estaba limitado por ella. De alguna manera Él fue capaz de ver el potencial  en el mal, el propósito en el dolor, y la presencia de Dios en el problema. Podemos usar un poco de la visión 20–20 de Jesús, ¿verdad? Usted y yo vivimos en un mundo de basura. La basura no buscada nos sale al paso regularmente. Nosotros, también, tenemos oraciones no contestadas, sueños infructuosos y traiciones increíbles; ¿no es así? ¿No le ha tocado un saco lleno de infortunios y dolores de corazón? Por supuesto que sí. Puedo preguntarle: ¿qué va a hacer con esto?

Observemos lo que Jesús hizo. Usted tiene varias alternativas. Puede esconderlo. Puede tomar la bolsa de basura y embutirla debajo de su abrigo y metérsela debajo del vestido, y decir que no está allí. Pero usted y yo sabemos que eso no engaña a nadie. Además, tarde o temprano empezará a heder. O puede disfrazarla. Píntela de verde, póngala en el patio del frente, y dígale a todo mundo que se trata de un árbol. De nuevo, nadie se lo creerá, y pronto va a apestar. Así que, ¿qué va a hacer? Si sigue el ejemplo de Cristo, aprenderá a ver los tiempos malos en forma diferente. Recuerde: Dios le ama tal como usted es, pero rehúsa dejarlo de esa manera. Él quiere que usted tenga un corazón lleno de esperanza… como Jesús.

[1]  Jim Morrison, «Slighty Rotted Gold», American Way Magazine 1º de abril de 1992, pp. 32–35

[2] Ibíd.

[3] Yancey, Philip. Desilusión con Dios.  Ed. Zondervarn, El Paso Tx. 1990  Pág. 33

[4] http://www.noticiacristiana.com/sociedad/2012/05/70-de-los-pastores-sufren-de-baja-autoestima-demuestra-una-encuesta.html

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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