El día que los teólogos me robaron a Dios


Hubo un tiempo en que las burras hablaban, las estériles tenían hijos (extra) ordinarios, los ángeles mataban millares de soldados agresores, los cayados secos florecían y el sol se detenía para esperar que los más débiles prevalecieran en la guerra. Hubo un tiempo en que se hablaba de Dios como suspiro, olfato o gusto. En él, encontrábamos el regazo materno, perdido desde la adolescencia. Dios era el pastor solitario que, sentado sobre una piedra, vigilaba sus ovejas pastando en una montaña distante; era el amante que abandona el harén para cortejar a su amada; era el juez que asume la lucha de los más débiles; era el médico que trae el bálsamo para aliviar el dolor del alma; era el amigo que se allega como hermano; era el rey que anuncia la llegada de un nuevo orden; era el padre que educa a sus hijos para una existencia madura y autónoma. Hubo un tiempo en que se leían los textos sagrados con reverencia. Delante de lo glorioso, el mortal temía; delante de lo sagrado, el pecador temía; delante del infinito, lo finito se perdía; delante de lo eterno, lo humano menguaba. Lentamente, teólogos y exegetas, científicos y técnicos, gramáticos y lingüistas, minaron los sueños y las fantasías de los niños, vaciaron la verdad de los poetas, quisieron explicar el misterio, captar la verdad, sistematizar a Dios, disecar el poema y criticar la alegoría. ¡Y lo consiguieron! Ellos exiliaron a los magos que corren detrás de las estrellas; escondieron a los profetas alucinados que hablan de ruedas de fuego en el cielo; quemaron a las mujeres que sienten en el cuerpo el éxtasis de lo divino. Esos asesinos de la belleza, en el afán de explicar lo imposible y mapear los rumbos del Espíritu, dejaron al mundo más pobre, a la fe más segura, a la oración menos incierta y Dios quedó pequeño.

Ahora, quien necesite un milagro, dispone de hábiles evangelistas que ayudan a abrir las ventanas de los cielos; quien tenga dudas, puede comprar exhaustivos manuales sobre Dios; cuando la vida parezca amenazadora, es posible domesticarla, contratando profetas en alquiler.

Mi alma, sin embargo, tiene anhelo por la poesía que me abandone reticente; por la prosa que me hierva la sangre; por la ficción que me conmueva las entrañas; por el drama que me erice la piel; por los personajes que salten de los escenarios para encarnar en mí. Siento que Dios todavía vive en el sueño de los niños; todavía habita donde reside la musa del poeta; todavía se revela en el deseo del profeta; todavía se mueve más allá del horizonte utópico del guerrero. Siento que su habitación queda en el vacío, en la nada, y que su gloria se esconde en una nube espesa y deslumbrante. Siento que puedo percibir su verdad en lo desconocido absoluto, y en lo inaudible escuchar su voz. Siento que Dios es viento imperceptible, verdad diáfana y misterio asombroso. Por lo tanto, muero al deseo de hacer análisis sintáctico o critica textual de los textos sagrados. Ya no envidio a los apologistas, sólo quiero que me devuelvan lo que me robaron: el alma de los poetas, el corazón de los niños y la levedad de los bailarines.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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