Evitar hijos o no evitar: He ahí el dilema


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La separación efectiva entre sexo y procreación puede ser una de las marcas más importantes de nuestra era, y también una de las más siniestras. Los evangélicos no hablamos de esto. Y es que la mayoría de los  evangélicos acogieron con aplausos y alivio la llegada de las técnicas modernas de control de la natalidad. Dado que carecían de una teología sustancial del matrimonio, el sexo o la familia, los evangélicos dieron la bienvenida a «la píldora» casi del mismo modo en que el mundo celebró el descubrimiento de la penicilina: como un hito en la marcha inevitable del progreso humano y la conquista de la naturaleza.

Para muchos cristianos evangélicos, el control de la natalidad solo ha supuesto un tema de preocupación para los católicos. Un creciente número de evangélicos está reconsiderando el asunto del control de la natalidad y se enfrenta a las difíciles preguntas que plantean las tecnologías reproductivas. Varios acontecimientos han contribuido a esta reconsideración, pero el más importante de todas es la revolución del aborto. ¿Cómo deberían pensar, pues, los evangélicos en este asunto del control de la natalidad? Quiero expresar 7 ideas importantes a considerar, con respecto a este tema.

En primer lugar, debemos comenzar por un rechazo de la mentalidad anticonceptiva que considera el embarazo y los hijos como una obligación que se debe evitar y no como regalos que se han de recibir, amar, y criar.

En segundo lugar, debemos afirmar que Dios nos dio el don del sexo con varios propósitos específicos, y uno de ellos es la procreación.

En tercer lugar, deberíamos considerar a fondo el argumento moral de la píldora. En realidad, la píldora ha permitido un abandono casi total de la moralidad sexual cristiana en la amplia cultura. Una vez cortado el acto sexual de la probabilidad de traer hijos al mundo, la estructura tradicional de la moralidad sexual se derrumbó.  Sin embargo hay que aclarar que al mismo tiempo, aunque los cristianos evangélicos estén útilmente informados por el mundo, nuestra forma de razonamiento moral debe ser profundamente bíblica, y la Biblia debe ser la autoridad que gobierne. Y es que para la mayoría de los evangélicos, el punto de desacuerdo principal lo constituye la insistencia de que «es necesario que todo acto conyugal permanezca ordenado en sí mismo para la procreación de la vida humana». Es decir, que todo acto de relación sexual marital debe estar plena e igualitariamente abierto al don de los hijos. Y en realidad esta afirmación es excesiva y atribuye una importancia desmesurada a los actos individuales de la relación sexual que no le da a la integridad total del vínculo conyugal. El enfoque sobre «todos y cada uno de los actos» de la relación sexual dentro de un matrimonio fiel abierto al don de los hijos sobrepasa la exigencia bíblica. Es decir enfatizar que el procrear es la máxima meta de la unión sexual sobrepasa las evidencias y las exigencias de la Biblia.

En cuarto lugar, la Escritura no ordena a las parejas cristianas que potencien al máximo el número de hijos que se puedan concebir. La Biblia no ordena en modo alguno este nivel de reproducción.

En quinto lugar existe el don de la libertad  y teniendo todo esto en mente, las parejas evangélicas pueden, en algún momento, escoger la utilización de anticonceptivos con el fin de planificar sus familias y disfrutar de los placeres del lecho conyugal. Deben considerar todas estas cuestiones con sumo cuidado y estar verdaderamente abiertos al don de los hijos. La justificación moral para usar anticonceptivos debe ser algo muy clara en la mente de la pareja que, al mismo tiempo, ha de ser plenamente coherente con sus compromisos cristianos.

En sexto lugar, las parejas deben asegurarse de que los métodos escogidos sean realmente anticonceptivos y no abortivos. Por tanto, los cristianos pueden hacer un uso cuidadoso y discriminatorio de las tecnologías adecuadas, pero sin caer jamás en una mentalidad anticonceptiva. No podemos considerar a los hijos como problemas que se han de evitar, sino en todo momento como dones que se deben acoger y recibir con alegría.

En séptimo lugar, hay un argumento muy sutil con respecto al control de natalidad y los evangélicos que insisten en que no se deben usar. Para mí es un argumento altamente teológico. O sea que los que promueven no usar anticonceptivos consideran a Dios tan limitado y falto de poder ante el uso de los mismos. Es decir ¿quién puede detener a Dios para que envíe vida? ¿Está Dios atado a una píldora para que una pareja pueda concebir? ¿Al final quien decide enviar vida y construir vida en un matrimonio? Hay dos ideas sumamente humanistas peligrosas aquí. La primera es  el pensar que soy yo quien decido traer hijos porque no uso anticonceptivos. Y la segunda es que yo puedo evitar traer vida porque uso anticonceptivos. Esto es desde las dos perspectivas una osadía, porque Dios no está sujeto a las decisiones humanas con respecto de enviar hijos. Así que ya sea planifique o no la decisión última de crear vida viene de Dios. Dios envió hijos aún a mujeres estériles en la Biblia. Nada puede detener la decisión de Dios de enviar vida.

Aún queda mucho trabajo por hacer para los evangélicos. Debemos construir y alimentar una nueva tradición de teología moral sacada de las Santas Escrituras y enriquecidas por la herencia teológica de la iglesia. Mientras no lo hagamos, muchas parejas evangélicas no sabrán por dónde comenzar con el proceso de pensar en el control de la natalidad dentro de un marco cristiano. Es hora ya de que los evangélicos respondan a esta necesidad.

 

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