Corriendo de la lluvia…


elias corre de la lluvia

“Y hubo gran lluvia…Elías corrió”

 En 1 Reyes 18:45 Dios responde a la oración de Elías, en lo que respecta a que envíe lluvia. Y de pronto los cielos se oscurecieron, y cayó una gran tormenta después de tres años de sequía. ¿Y que hace tanto Acab como Elías? Buscan refugiarse para no mojarse.

Este año corriendo en un parque de mi país, llamado el “Cafetalón” tuve una experiencia bastante reveladora. Sobre todo relacionado con algunas oraciones que uno hace. A veces oramos a Dios pidiendo que envíe  su lluvia y refresque nuestra vida espiritual árida. Ese día comencé mi ejercicio y coincidí que en el cielo se empezó a divisar una gran tormenta. Así que en lugar de preocuparme de inmediato, la visión de la tormenta eléctrica que se avecinaba me instó a orar para saber qué podía representar espiritualmente lo que veía. Y entonces le pedí a Dios que permitiera que Su presencia cayera como lluvia sobre mi vida tal como parecía que llovería en ese parque. Mi oración era que el pudiera aparecer en mi vida, sobre mí como estas nubes. En realidad levemente en medio de mi carrera le pedí por lluvia espiritual, y como si les hubiera dado oportunidad, las nubes en el cielo oscuro respondieron. Se abrieron de una manera repentina y espantosa, y un torrente de lluvia cayó sobre la tierra. Ahora, la manera en que se desató la lluvia fue tan fuerte y con gran viento que las gotas de lluvia que caían como pequeñas piedras. Así que una vez comenzada la lluvia, me detuve, me cubrí la cabeza con las manos, di la vuelta, y corrí hacia algún efugio y nació el deseo de regresar a la comodidad del hogar. Mucha gente corrió y otros estaban ya seguros en algunos refugios  y los que todavía no habíamos alcanzado seguridad éramos el espectáculo de esa gente que nos  miraba  con expresión de pena y de compasión. Sentían lástima por un tipo a medio vestir corriendo en medio de la tormenta. Mi paso firme, aunque bastante lento, se aceleró. Corría a toda velocidad. Tenía que llegar a algún lugar o si era posible subirme a mi vehículo y regresar a casa, donde me protegería del diluvio. Así que corrí con más fuerza. Y allí el Espíritu habló. Y me dijo «Esto es lo que hacen mis hijos, incluyéndote a ti. Oran pidiendo lluvia y cuando cae a cántaros corren de vuelta a casa. Sí, queremos que Dios se mueva. Se lo pedimos. Oramos con fervor para que el manto de autocomplacencia sea quitado, para que se abran las ventanas de los cielos y Él nos muestre Su gloria y Su poder, a través de nosotros. Ansiosamente, esperamos Sus maravillas en nuestra vida diaria, pero cuando Su movimiento termina moviéndonos a nosotros ya no estamos tan seguros. Correr en la lluvia es un tanto incómodo. Cuando Él nos llama a seguir un camino que no hemos transitado antes, rodeados de personas con las que no hemos tenido comunión antes, nos preocupamos y nos volvemos cautelosos. Este nuevo camino desconocido bajo la lluvia del cielo aumenta nuestra limitada visión de Su majestad y ensancha los estrechos límites de nuestros hábitos religiosos y de nuestros sistemas de  creencias. Su Espíritu despierta nuestro espíritu a la realidad de Su fruto, Sus dones y Su poder sobreabundante; todo a disposición de nosotros. Antes no habíamos sentido esto, y no estamos seguros de que nos guste, en especial, cuando otros pasan junto a nosotros y nos espían desde sus refugios piadosos y seguros, con expresiones hoscas que revelan lo que verdaderamente piensan de los creyentes atrapados por la oleada de lo inusual. Es más fácil permanecer en la seguridad del lugar donde siempre hemos estado, haciendo lo que siempre hemos hecho. Cuando los cielos se abren, cuando el viento del Espíritu de Dios y la lluvia de Su presencia se derraman sobre nosotros, nos sentimos incómodos bajo el torrente de lo desconocido. Entonces, corremos en busca de refugio, volvemos a la zona de comodidad que nos ha impedido experimentar de verdad a Dios como Él quiere que lo experimentemos. Estoy seguro de que quienes pasaban junto a mí aquel día pensaron que había perdido la chaveta cuando me detuve cerca de mi auto, y me quedé bajo la lluvia torrencial, abrí los brazos ampliamente y miré hacia arriba.

Parece que a Elías le ocurrió lo mismo, no había lluvia por tres años, y no se detuvo a disfrutar del agua que caía del cielo, sino que corrió junto con su líder a la seguridad del palacio. Y aunque el texto dice que la mano de Jehová estaba con él, simplemente corrió para llegar a Jezreel.

¿Por qué corremos en la lluvia? Primero porque no estamos preparados. Es decir andamos con ropa que nos es adecuada para la lluvia. Segundo porque nos vemos ridículos mojados. Es decir no nos gusta que la gente no vea que estamos empapados con ropa por la burla, la crítica, el regaño, etc. Tercero, por temor. La gente tiene miedo a enfermarse, a tener frío o experimentar incomodidad. Y finalmente porque es más cómodo estar en un lugar bajo la lluvia, para poder verla sin tener que mojarse.

La lluvia de Dios es señal de su presencia en mi vida. Es muestra que su mano está en mi vida. Y así es cuando Dios envía su lluvia espiritual, nos pasa lo mismo, por eso necesitamos correr y correr para protegernos de todas las consecuencias de estar mojados. Sin embargo a veces podemos dejar de experimentar esa presencia de Dios porque creemos que debemos protegernos de ella porque nos hará daño, y por eso corremos y por eso la lluvia muchas veces se acaba. Si le pide a Dios que llueva sobre su vida, tenga las “agallas” para quedarse debajo y empaparse, aunque se vea ridículo.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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