Hechos 16:6-15: La Ilíada al revés


Caballo-de-Troya

 En Hechos hay un famoso pasaje donde se nos cuenta cómo Pablo, durante su segundo viaje misionero, recibió en Troas la visión de un varón macedonio que le rogaba: “pasa a Macedonia y ayúdanos” (Hch 16,9). El pasaje tiene cierta importancia, porque marca la decisión de Pablo de cruzar la estrecha franja de mar que separaba la provincia romana de Asia (la actual Turquía) y Europa. La evangelización de Europa se habría decidido en ese momento. Pablo se embarcó hacia Neápolis, y en la cercana Filipos alcanzó para el Mesías a los primeros creyentes europeos. No deja de ser importante el lugar donde estaba Pablo al recibir la visión: en Troas, un puerto de mar. Troas era en realidad el nombre genérico de la región. El puerto se había llamado originalmente Alejandría, en honor a Alejandro Magno. Para distinguirlo de la famosa Alejandría de Egipto, el puerto era conocido como “Alejandría de Troas”, y al final simplemente “Troas”. A poca distancia del puerto de Troas estaba la ciudad que había sido la capital del reino de Troas en los tiempos heroicos, en el siglo XIII antes de Cristo. La ciudad era llamada Ilión por los griegos. Había dado nombre a la obra más célebre de la literatura griega: la Ilíada de Homero. Su otro nombre era Troya, la orgullosa capital de Troas. Los versos de Homero sobre “la sagrada Ilión” eran leídos en los templos griegos, en las escuelas, y proporcionaban el trasfondo a múltiples leyendas y fábulas. Homero era la biblia de los paganos. En cierto modo, parecería que Lucas nos está relatando una especie de movimiento inverso en la historia de las religiones. Porque la historia de Troya es también la historia de los comienzos balbucientes de la expansión griega. Una expansión que solamente mucho después de los héroes de Homero habría alcanzado su culminación. Alejandro Magno había conquistado Asia, Persia, Babilonia, Egipto y sus tropas habían llegado hasta la India. La religión y la cultura griegas se habían extendido por todos los nuevos reinos helenistas. Los judíos habían experimentado en propia carne la imposición de la religión griega, hasta el punto de que el templo de Jerusalén había sido profanado por los paganos dos siglos antes de Pablo. Y ahora un judío, Pablo, pasa por Troas para llevar una nueva religión a Grecia y a toda Europa. ¿Estamos ante una repetición de lo mismo de siempre: las religiones y las culturas expandiéndose, imponiéndose a otras, que quedan marginadas y anuladas? Las cosas no son tan sencillas. Los Hechos nos relatan el modo en que las buenas noticias sobre el Mesías Jesús y sobre el reinado de Dios comenzaron a extenderse desde Jerusalén hasta la capital misma del imperio, hasta Roma (Hch 28,31). Ciertamente, lo que estaba en juego era un reinado, el reinado de Dios. Y este reinado no era fácilmente compatible con el reinado del emperador, como los mismos oyentes de Pablo en seguida observaban. El reinado de Dios por medio de Jesús es un desafío a la soberanía de los emperadores romanos (Hch 17,6-7). Cuando Pablo, tras cruzar el Egeo, llega a Filipos, se encuentra con una ciudad que era colonia romana (Hch 16,12), regida directamente por el derecho de Roma, con unos ciudadanos orgullosos de sus privilegios. La palabra “evangelio” se usaba en el mundo antiguo para referirse al anuncio de la llegada del emperador a una ciudad. Pero Pablo no anuncia a los filipenses la llegada de su emperador romano. Les anuncia la llegada del reinado de Dios, mediante la obra de Jesús, el Mesías. De nuevo dos soberanías están frente a frente, como antiguamente estuvieron los aqueos y los troyanos. Sin embargo, este desafío no se va a decidir mediante las armas. Los relatos de Homero nos cuentan el detalle de los combates heroicos, cómo las lanzas de los aqueos y los troyanos penetran no sólo los escudos y las corazas, sino también la piel, los ojos y los cráneos de los enemigos. Con todo detalle, Homero nos indica claramente de qué se trata la guerra. Aunque en la guerra puede haber respeto, honor, y momentos ocasionales de piedad, esa no es la regla general. La guerra trata de otra cosa: de orgullo, de ambición, de odio, de codicia y de muerte. Los buenos pretextos de ambos bandos no ocultan la verdad. La guerra trata de la muerte. Del ruido que hacen los muertos al caer sobre tierra. De los guerreros que se comportan como animales salvajes destrozando a gritos a sus presas. De los derrotados implorando piedad para solamente recibir el golpe final. De los cuerpos que se hacen más deseables a los buitres que a las esposas (Ilíada IX, 162). De los campos empapados de sangre. Del destino efímero de los mortales. El reinado de Dios se extiende de otra manera. No destruye, sino que llega para ayudar a los macedonios. No llega para exterminar a los varones derrotados, ni para esclavizar a las mujeres y a los niños. A diferencia de lo sucedido en Troya, los varones macedonios pueden pedir ayuda a Pablo, porque del evangelio no reciben malas noticias, sino verdaderas bendiciones. El reinado no llega destruyendo cuerpos, sino mediante la obra de Dios, que abre los corazones para que las personas puedan recibir la palabra. Y llega también cambiando las cosas, subvirtiendo el orden del imperio, trastocándolo todo. Porque en realidad quien recibe por vez primera el evangelio en Europa no es un varón macedonio, sino una mujer extranjera. La primera convertida de Europa no es una europea, sino Lidia, una mujer inmigrante, que venía de Tiatira, del Asia, para trabajar en el negocio de la púrpura (Hch 16,14). En la Ilíada, las mujeres son botín para los conquistadores, sometidas a las decisiones de los varones. En el evangelio, las mujeres son sujetos que aceptan la fe, y toman decisiones que Pablo mismo tiene que aceptar (Hch 16,15). Además, la transformación que trae el evangelio no comienza en la acrópolis, en el centro de las ciudades, allí donde el templo y el palacio real, edificados uno junto al otro (como en nuestro reino de España), deciden la vida de los ciudadanos. El evangelio llega a la periferia. A diferencia de lo que contaban las leyendas sobre los últimos días Troya, los misioneros cristianos no necesitan los engaños de Ulises ni de la fuerza brutal de los guerreros para traspasar las murallas ni para conquistar el último reducto de la acrópolis. La primera conversión de Europa sucede “fuera de la puerta” (Hch 16,13), es decir, fuera de las murallas. El reinado de Dios comienza en la periferia de la ciudad. Dios no actúa con los criterios del mundo. Allí donde el reinado de Dios llega, otras soberanías palidecen. Lidia reconoce a un nuevo Señor (Hch 116,15), que ya no es el emperador, a quien se llamaba con ese nombre (kyrios). Hay una nueva soberanía, la del reinado de Dios. Pero esta soberanía no trae nuevas estructuras de dominación. Pablo no somete a Lidia, sino que se convierte en su hermano. Ella no era propiamente judía, sino solamente simpatizante del judaísmo, tal como indica la expresión “adorar a Dios” (Hch 16,14). Pero ahora ella hospeda y come con Pablo y sus acompa- ñantes. No se trata de una situación pasajera, como cuando Aquiles hospeda a Príamo durante una noche, para después seguir la lucha a muerte (Ilíada XXIV, 486-691). Lo que aparecen ahora son vínculos permanentes. Lidia y los misioneros son hermanos. Unas nuevas relaciones sociales están surgiendo en Filipos. Los enemigos de los misioneros lo dicen claramente: “alborotan nuestra ciudad, y enseñan costumbres que no nos es lícito recibir ni hacer, pues somos romanos” (Hch 16,20-21). El evangelio que Pablo llevaba era algo distinto de toda imposición cultural o religiosa. Algo que todavía hoy nuestro mundo necesita urgentemente, como el varón macedonio de la visión de Pablo. Todavía hoy, en nuestro mundo, los campos de batalla se empapan de sangre, y la ambición parece gobernarlo todo. Pero todavía hoy Dios sigue tocando corazones, porque busca personas que acepten su reinado para iniciar, desde los márgenes de nuestras ciudades, un nuevo mundo que ningún imperio podrá destruir.

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