Nomadismo Espiritual


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Una de las particularidades del FB es que uno puede enterarse de muchas cosas que ni si quiera le interesan. Cada vez más siento que el FB es una vitrina para exhibir el ego y la fantasía material. Y esto no sólo de los no creyentes sino que de los creyentes también. Percibo más y más que la tendencia de muchos cristianos es a mostrarnos lo bien que están “lo bendecidos que son con su familia”, declaraciones de amor en público, recados de lo mucho que representan para ellos sus esposos, esposas y  familiares. Es decir en fin lo grandioso que les va en la vida con sus posesiones, viajes y “bendiciones de Dios”. Tal pareciera que muchos su gran afán es este mundo y lo bien que se la están pasando con la aprobación de Dios. Muchos está enseñándonos las casas que tienen, las posesiones que han adquirido y lo estables, seguros y cómodos que están en toda las áreas de su vida. Y qué bueno que la  pasan bien…

Si hubo alguien que merecía pasarla bien en este mundo era Abraham, el amigo de Dios. Sin embargo la característica de la vocación y visión de Abraham difiere mucho de lo que hoy vemos en muchos hijos e hijas de Dios. A veces me pregunto ¿cómo pondría su progreso en la vida espiritual en FB?

El libro de Hebreos refleja un poco de cómo hubiera sido su etiqueta y perfil en FB: “Por la fe Abraham, siendo llamado obedeció  para salir al lugar que había de recibir como herencia; y salió sin saber a dónde iba.

Al final de estos versículos se podría añadir: “…y Dios creó al nómada, al que iría siempre de un sitio a otro, sin tener una morada permanente”. Y es que en realidad el nómada no soporta que nadie le diga: “Quédate tranquilo, acomódate, echa raíces, instálate”, sino más bien: “Vete…, sal de tu tierra”, como Dios le dijo a Abram, o “seguidme”, como Jesús indicó a sus discípulos, o “levántate”, como Jehová manifestó a Elías. En una palabra: solamente, una orden de partida.

¡Y pensar que a nosotros nos gusta tanto todo lo contrario, es decir, vivir bien instalados! Tenemos la mentalidad de los acomodados, sufrimos el mareo del camino. Nos gusta dejar bien protegido el terreno, o la casa que hemos comprado, dar una vuelta para vigilar nuestras posesiones, gozar de la posición que hemos alcanzado. En general, nuestra aspiración es la de conservar; más aún, la de acumular. ¡Nos gusta vivir en paz el presente! ¡Qué nos dejen tranquilos!

Y, sin embargo, Dios se empeña en retirar de nuestros pies esa propiedad comprada a plazos, esos apoyos habituales en los que, a veces, confiamos más que en el propio Señor. Él quiere que dejemos lo que es seguro y tranquilizante, para meternos en lo incierto, en lo que todavía no es. No nos permite seguir enganchados a la situación actual, sino que exige el cambio, la superación, el desplazamiento. Dios quiere que el creyente esté tenso hacia el futuro, continuamente en camino hacia el “todavía no”, a la esperanza de una vida perfecta. Si alguna grandeza hay en el creyente, está en la decisión de emprender ese viaje de su vida. El corazón no puede sentirse saciado contemplando lo que ha amontonado, contabilizando los resultados conseguidos, sino que ha de comenzar a palpitar deprisa ante la llamada de un horizonte que se adivina en la lejanía, de un territorio todavía por explorar, de un “prosigo al blanco”. El cristiano no debe pararse en la vida, ni cesar de hacer el bien, ni dimitir de sus responsabilidades, sino trabajar mientras Dios le conceda fuerzas. Nadie debería jubilarse nunca de la profesión de cristiano. Es verdad que la madurez debilita el cuerpo y las energías, pero cada etapa de la vida cristiana posee su modo peculiar de generar esperanzas e ilusiones, que pueden ayudar a otros.

Pero no nos hagamos ilusiones. El Emmanuel, el Dios-con-nosotros del que habla Mateo, sólo asegura su compañía a los que están decididos a recorrer todos los caminos del mundo. Jesús dijo, en la  comisión de Mateo, que estaría con sus discípulos todos los días, hasta el fin del mundo, pero sólo después de ordenarles que fueran e hicieran discípulos a todas las naciones (Mt. 28:19-20). Él está con nosotros cuando caminamos, está con nosotros todos los días en los que nos ponemos de viaje. Se puede decir que entre Jesús y el creyente hay una complicidad itinerante. Nos acompaña y orienta si es que decidimos caminar con él. Pero si preferimos dormitar y guardar la fe sólo para nosotros o nuestro reducido grupo, puede que se aleje de nuestro lado. Nos podemos poner de viaje sin hacer un sólo kilómetro: viviendo y dando testimonio del Evangelio cada día en nuestro ambiente más inmediato, entre nuestros conciudadanos y amigos. Ese puede ser todo nuestro mundo, en el que el Señor está particularmente interesado. Pero, en ocasiones, da la impresión de que Dios es considerado como una conquista personal y privada, y cuando se le tiene así, como una posesión adquirida, puede convertirse, permítanme  la expresión, en un juguete de nuestros juegos religiosos. Existe el peligro de creer que el Señor, la Iglesia, el estudio bíblico, el grupo de jóvenes, o el culto, nuestra reunión de señoras con sus bocadillos y “sesiones de adornos y costuras navideñas”, son exclusivamente nuestros e incluso nos sentimos celosos de compartirlos con los demás. Creemos que eso es lo glorioso de ser “cristianos”.  Pero la verdad es que con Dios no se juega, porque Él es el descubrimiento eterno y, a la vez, siempre nuevo y para todo el mundo. Y cuando crees que lo has alcanzado, se va más allá, y cuando te parece que lo tienes atrapado, que está ya contigo, se esconde para obligarte a que te adentres aún más en su voluntad, sin la protección de tus seguridades materiales, familiares, de tu grupo, ideológicas o culturales. Cuando Dios llama, arranca todas las seguridades anteriores, nos desaloja de nuestros escondites confortables para invitarnos a un viaje interminable. La fe es viaje. Dios no hizo vivir a Abraham en la seguridad, sino en la inseguridad. No lo alimentó de certezas, sino de promesas. No le ofreció conquistas, sino bendiciones. Y la única realidad sólida que le presentó, para que pudiera apoyar los pies, fue un camino que no terminaba nunca. Abraham fue un nómada, un desarraigado; sin embargo, hay creyentes para los que tener fe significa acampar, volverse sedentarios, apoltronarse en la vida y dormitar plácidamente, radicarse “profesionalmente” en sus ministerios exclusivos y académicos. Existe quien interpreta la aventura de la fe como un protegerse, más que como un arriesgarse. No obstante, para vivir plenamente la fe hay que arriesgar, como dice un anuncio publicitario de la televisión: “hemos descubierto que, hoy, lo arriesgado es no arriesgar”. Sin el riesgo de compartir la Palabra, de darse a los demás, no puede haber progreso en la vida cristiana. Para experimentar el viaje de la fe es necesario desenredarse de los rígidos esquemas en los que estamos atados, vencer el miedo y gritar quiénes somos y qué creemos. Hay que manifestar nuestro desacuerdo en algunos temas que el mundo secular acepta abiertamente, a pesar de ser contrarios a la Biblia y a la voluntad de Dios. Debemos arrancarnos de las pegajosas telas de araña de las costumbres inmovilistas en las que hemos sido capturados. A veces rehusamos compartir la fe por miedo a que nos ridiculicen, a que nos dejen sin respuestas o cuestionen nuestras ideas. Pero sólo si la vida se convierte, como la de Abraham, en bendición para todas las familias de la Tierra, de nuestra Tierra, más allá de cualquier particularismo o denominación, podemos afirmar que nos encontramos en el auténtico viaje de la fe. Abraham no sabía apenas nada. El fin del viaje que le propuso Dios era un país del que sólo conocía  una cosa: que el Señor quería dárselo. A pesar de eso, él caminó esperando y esperó caminando. No dijo ni una palabra, no opuso ningún “pero”. Es como si su vocabulario sólo conociera un verbo: partir. Y partió de allí, caminando y yendo hacia el Neguev.

Dios no quiere obediencia ciega, sino responsabilidad personal. Se puede obedecer sin fe, sin convicción o sin amor, como hacían tantos escribas y fariseos de la época de Jesús. Pero el discípulo de Cristo, más que a la obediencia religiosa y rutinaria, está llamado a responsabilizarse de su vida y de la de su hermano delante de Dios. Nuestro padre en la fe, Abraham, fue un modelo inigualable de una religión de invitación. Su historia es un espejo donde tanto Israel como la Iglesia del Señor tienen que mirarse. Abraham nos descubrió que Dios es un viajero que tiene la costumbre de huir siempre hacia adelante, nunca retrocede. El país que Dios le indicaba estaba adelante, no detrás. No tengamos, pues, miedo al futuro. Al igual que Abraham, Jesús fue también un maestro itinerante que no tenía una cátedra fija. Sus lecciones se impartían a lo largo de un camino imprevisible y casi siempre ingrato. Dediquemos un momento a la reflexión individual: ¿qué debemos dejar atrás en nuestra vida? ¿Errores, fracasos, malas experiencias, desavenencias estériles, rivalidades? ¿Qué caminos nuevos tenemos por delante? ¿Metas, proyectos, esperanzas, ilusiones? ¿Qué queremos hacer con nuestra vida? ¿Somos nómadas espirituales o nos hemos vuelto cómodamente sedentarios? ¿Necesitamos que se nos diga una y otra vez lo que debemos hacer o, por el contrario, hemos aprendido en qué consiste la responsabilidad cristiano?

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