Las creencias de los evangélicos en América Latina…según Santiago


fe sin obras

Es importante observar que el discurso se basa en la palabra “dice” que aparece dos veces en el texto. Primero de una forma singular y segundo de una forma plural. La primera expresión es un presente del verbo lego. La segunda expresión  es la forma aoristo del mismo verbo. El primer verbo está en singular y el segundo en plural. Así que podemos ver dos dimensiones del discurso en la iglesia.  La primera dimensión sería la individual. ¿Qué tipo de discurso individual se estaba dando en la iglesia de Santiago? Era un discurso evangélico. Santiago usa la expresión “hermanos míos”. Esto implica que lo que se hablaba se va en el contexto de la comunidad de fe.  Los evangélicos hemos generado varios discursos dentro de nuestras iglesias, que se han alejado del verdadero discurso bíblico. ¿Cuál es la diferencia entre un discurso evangélico y un discurso bíblico? ¿Será lo mismo? Hubo un tiempo que así fue. Pero en las últimas décadas nos hemos dado cuenta que nuestro discurso ha mutado y ahora son temas muy humanos. Este discurso evangélico  tiene varias características interesantes en el texto.  Primero el discurso evangélico es salvífico. “Hermanos míos” es la expresión del vínculo de un mismo padre y una misma familia. Los evangélicos realmente hablamos de salvación. ¿Pero en realidad que es la salvación? ¿Qué implicaciones tiene el decir que uno se salva la primera pregunta es ¿Qué es salvación? Esto es un reto con la definición  Así que En este sentido el análisis parte de varias preguntas. Primero ¿Qué es ser salvado?  La salvación es el perdón de pecados. Significa ser salvado del justo juicio de Dios. Esta salvación se lleva a cabo sólo a través de la fe en Jesús como Salvador al morir en la cruz por los pecados. Si Usted quiere la salvación, necesita creer en lo que Jesús hizo en la cruz. Sólo entonces puede Usted tener vida eterna y estar con Dios. La salvación es salvar a una persona de la condenación. La condenación es el juicio sobre el pecador. Este juicio consiste en que Dios condena al pecador al castigo eterno en el infierno. Este es el destino de aquellos que rechazan la provisión de Dios para el perdón de los pecados.[1] La segunda pregunta tiene que  ver ¿cómo  se salva uno? Esto es un reto con la decisión. Si Usted quiere salvación, entonces, necesita reconocer que Usted es un pecador y pedirle a Jesús que lo perdone y Él lo hará. Muchas personas creen que la forma de salvarse uno es a través de la oración del pecador. ¿De dónde procede esta idea? Es importante notar que esta idea de la salvación del pecador no existe evidencia en la biblia con respecto a ser salvo. Los evangélicos somos muy críticos con esta doctrina anti bíblica del mundo católico como la regeneración por medio del bautismo, pero a la vez, no hemos percibido que una herejía similar se ha introducido en nuestra teología. Al igual como sucede con el bautismo en la iglesia católica, ¿Por qué hay tantos creyentes, muchas veces congregaciones completas, que aseguran que son salvos porque una vez en su vida hicieron la “oración del pecador”? ¿Cuántas personas han repetido “la oración que salva”, admitiendo ser sinceros, y hasta hoy permanecen en la carnalidad? ¿Cuántas personas han sido consideradas o llamadas “salvas”, o así creen que son, por hacer un simple ritual evangélico, cuando el Espíritu Santo no ha obrado en ellos? ¿Por qué hay tantas personas consideradas “Hijos de Dios”, “Hermanos”, “Santos”, cuando su vida no representa en ninguna forma la obediencia a los estatutos de Dios, ni el conocimiento de la Palabra? ¿No estamos también aceptando, como la regeneración bautismal, que el pecador es salvo por repetir una oración? ¿Es esta práctica una doctrina bíblica? ¿Hicieron los apóstoles, la iglesia primitiva o los reformadores esta práctica común en nuestro evangelismo actual? ¿Qué dicen las Escrituras respecto a la “invitación a Jesús a nuestro corazón”? ¿Podemos descansar nuestra salvación en este particular método? ¿Ha escuchado, repetido, o incluso profesado la “oración del pecador” como el medio que tiene el hombre para arrepentirse e ingresar al Reino de los Cielos?

La tercera pregunta tiene que ver ¿quién declara salvación? Esto es un reto con la declaración de la salvación. La oración del pecador es el método o camino por el cual han pasado gran número de creyentes al momento de aceptar la fe cristiana. Consiste en la repetición, o proclamación de forma directa y sincera, de una oración que, según nuestros preceptos, principia la salvación en el fiel. A continuación, se demuestra el actual evangelismo, con este particular método. En los tantos “tratados”, “panfletos” o “semillas” que se reparten en las calles podemos encontrar una serie de pasos que llevan también a la “oración del pecador”: “1. Reconoce que eres pecador, 2. Disponte a dejar el pecado 3. Cree que Jesucristo murió por ti, fue sepultado y resucitó de entre los muertos. 4. En oración, pídele a Jesús que entre en tu corazón y sea tu Salvador. Qué orar: Dios mío, soy un pecador y necesito tu perdón. Creo que Jesucristo derramó su sangre preciosa y murió por mis pecados. Estoy dispuesto a dejar mi pecado. Invito a Cristo a venir a mi corazón y a mi vida como mi Salvador. Según este razonamiento, cuando dudemos sobre nuestra salvación, si somos o no somos hijos de Dios, debemos ir atrás en el tiempo, recordarnos que fuimos sinceros al hacer la oración que acepta a Cristo y continuar con nuestra vida cotidiana. Así lo recalcan muchos evangelistas al decir: “Si dudas de tu salvación recuerda aquel día que abriste tu corazón al Señor. Si fuiste sincero, no tienes por qué dudar, el diablo te está molestando”. A este último punto solemos llamar la “seguridad del creyente”, que no es más que el recuerdo de la sinceridad con la cual se desarrolló la oración del pecador, con el fin de hacer frente a las dudas por la salvación, manteniendo la certeza que soy salvo por la declaración pública de mi fe ocurrida tiempo atrás.

Muchas personas han repetido esta oración del pecador. Sostienen que creyeron en tal minuto que eran salvos por realizar tal recitación, y aún lo siguen creyendo. El problema es que muchas de estas personas, y es muy probable que nosotros también, luego de hacer la oración, con la mayor sinceridad que puede haber en nuestra naturaleza, continuamos con nuestra vida pecaminosa, no habiendo alterado absoluto punto en nuestro ser. Miles de personas han hecho esta declaración, y creen de todo corazón que fueron sinceros con Dios, pero su vida no demostró cambio alguno, como es de esperar de todo convertido. Muchos aparentan en gran forma haber cambiado. Algunos andan de acuerdo a los estatutos de Cristo por un tiempo para luego volver a sus delitos originales. Un día vivieron como si Jesús caminara con ellos, pero hoy viven como si ese evento jamás hubiese ocurrido. Otras veces el cambio es únicamente externo. El atuendo, el corte de cabello, los modismos y las palabras doctrinales suelen ser evidencias que nosotros imponemos como válidas al asegurar que una persona es conversa. Sin embargo, solemos ignorar lo que ocurre en su ser, sus pensamientos y su razón. Puede que por fuera aparente algo que no ha cambiado en su espíritu. El asistir con regularidad al templo o participar activamente de las actividades que la organización de la iglesia considere apropiadas no es en ninguna forma una garantía o evidencia externa que un hombre ha recibido la salvación. Muchas veces hay ancianos sentados por más de 50 años en las bancas de la iglesia pero jamás han experimentado el cambio que Cristo opera en la vida, pues su pecado continúa presente en igual o superior medida que antes. La relación con el pecado de muchos que han sido declarados salvos por seguir este método no ha sufrido modificación alguna. Según esta doctrina del decisionismo, luego de realizar tal elección soy constituido hijo de Dios, y es de esperar que los hijos de Dios vivan conforme a los estatutos de Dios, y no en rebeldía a ellos. Un autor dice que “en primer lugar, no encontramos ningún pasaje en los evangelios en los que Jesús haya dicho: “¡Que levante la mano quien me quiere invitar a entrar en su corazón! Veo un mano levantada” o “Todo el que quiera ser salvo, repita esta oración conmigo”. Antes de escuchar tales palabras, el Señor Jesús principia su ministerio de esta forma: “…El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado; arrepentíos, y creed en el evangelio” (Marcos 1:15). La insistencia por el arrepentimiento es acentuada en cada uno de los evangelios: “…Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). El arrepentimiento debe ser constante en la vida del cristiano. No podemos asumir que hemos nacido de nuevo cuando en nuestra vida no hay arrepentimiento. Debemos negarnos a nosotros mismos, vivir postrados delante de la cruz. Dios, como un Padre Bueno, no descuida a sus hijos. Los mantiene hasta el fin, y por ello, pone su Espíritu Santo para que reconozcan el pecado que hay en su vida. El arrepentimiento del pecado no alcanza su éxtasis en la oración del pecador, como muchos piensan. El arrepentimiento es continuo y creciente en la vida del hijo de Dios. La obra que Cristo comenzó en la vida del hombre la terminará. La percepción por el pecado crece, y de la mano el arrepentimiento, hasta alcanzar la estatura de Cristo, el varón perfecto”[2]. En segundo lugar, no encontramos pasaje en la Escritura en que se declare que la decisión del hombre puede salvarle. La doctrina del decisionismo niega la doctrina de la justificación por medio de la fe en Cristo Jesús, reemplazándola por la fe en la sinceridad y certeza de mi oración. Antes, la Escritura no se contradice a sí misma, sino que habla un solo mensaje: Dios abre el corazón de los hombres, para que estos sean regenerados.[3] Las Escrituras jamás enseñan que uno debe descansar la seguridad de la salvación en una oración efectuada hace unos años. Antes, el apóstol Pablo dice: “Examinaos a vosotros mismos si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en vosotros, a menos que estéis reprobados?” (2 Corintios 13:5). Cada uno debe examinarse, pues si no ha habido un cambio radical en la vida del hombre, manifestada en una vida acorde a los preceptos de Dios y un constante aborrecimiento del pecado, como Dios lo aborrece, entonces lo que profesamos ser, no lo somos. Como dice el apóstol Pablo, el examen es propio y privado, cada uno reconoce cómo es su vida. También hay que especificar que la ciega fe en los sentimientos no es parte de un examen correcto. Algunos han llegado a la conclusión que son salvos porque “creen en lo más profundo de su corazón que fueron salvos en la oración de hace un tiempo”. ¿Acaso no dice la Escritura que el corazón es lo más engañoso que puede haber? ¿No debiésemos examinar antes nuestro apego a los preceptos de Dios y el aborrecimiento del pecado? Los evangélicos tenemos una deuda pendiente y con una dosis de honestidad sobre este tema. La tercera pregunta no solo es con relación a definición, decisión sino también con destinación. Es decir la cuarta  pregunta  tiene que ver con la frase ¿para qué soy salvo? Esto es un reto con respecto a la destinación de la salvación. Muchos caminan profesando ser salvos… Pero, ¿Para qué somos salvos? No somos salvos para ir al cielo. Tampoco somos salvos para escapar del infierno… Somos salvos para vivir entregados a Dios. El propósito principal es agradar a Dios por medio de las buenas obras que ahora podemos generar.

[1] http://www.miapic.com/qu%C3%A9-es-la-salvaci%C3%B3n

[2] http://reformaiglesiaspentecostales.blogspot.com/2010/08/no-te-maravilles-que-te-dije-os-es.html

[3] Ibíd.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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