Cita con el Destino


Todos nosotros tenemos algo que cumplir en nuestra vida. Ese propósito está relacionado directamente con el propósito de Dios. La gran lucha de Satanás es que vivamos ignorando tal propósito. Porque él sabe que si uno se alinea con el plan de Dios es capaz de ser gran influencia en el mundo. No hay hombre o mujer más influyente que el que está conectado con la voluntad de Dios. Sin embargo, muchas veces una vez descubierto el propósito de Dios en nuestra vida el enemigo usará cosas evidentes y cosas no tan evidentes o sutiles para que no nos encaminemos con el destino que Dios tiene preparado para nosotros. Muchas veces son efectivas estas trampas, de tal manera que aunque un hombre o mujer sepan que es lo que Dios quiere que hagan, pierden la oportunidad debido a que pierden el enfoque. ¿Qué hizo que David pudiera cumplir su destino? Hizo a lo menos cinco cosas. Estas mismas decisiones son importantes para no perdernos el plan de Dios.

En primer lugar  no aparentes algo que no eres.

1 Samuel 17:34 dice: “…Y David respondió a Saúl: Tu siervo era pastor de las ovejas de su padre; y cuando venía un león o un oso, y tomaba algún cordero de la manada.  David no era un soldado, Él se había enfrentado a grandes peligros pero nunca había estado en la guerra. (Dios siempre te preparará para enfrentar tu destino) Es interesante lo que leemos en 1 Samuel 17:14: “Siguieron, pues, los tres mayores a Saúl”. Ellos seguían a un no ungido, pero David seguía a la fuente de toda unción. El que sigue a los no ungidos será un no ungido, pero el que sigue a Dios tendrá la unción de Dios. Observe como David siempre mantuvo su identidad.  Entonces no aparentar lo que no soy  involucra una identidad espiritual. Hay una frase peculiar que me impresionó, “David había ido y vuelto” (17:15a). El mismo que salía era el que regresaba. Por dentro y por fuera seguía siendo David. Los lugares no lo cambiaban, ni el público lo dañaba. En el campo o el palacio era el mismo. Los que son usados por Dios  son siempre de una misma cara, de un mismo corazón y se conducen igual. Pero por otro lado también dice, “dejando a Saúl” (17:15b). Esto habla de una santidad espiritual. El instrumento de Dios  no puede permanecer mucho tiempo al lado de Saúl. El comportamiento y lenguaje de Saúl, después de mucho tiempo cerca de él, afecta al escogido de Dios. Él se cuida de no parecerse a Saúl y de no asimilar sus malas costumbres. David estaba para ayudar a Saúl por lo que para no perder la unción, de vez en cuando el ungido tiene que retirarse al desierto con Dios. Una tercera frase  es “para apacentar las ovejas de su padre en Belén” (17:15c). Esto nos habla de una fidelidad espiritual.  David no era dueño de algún rebaño. Las ovejas no eran de él, eran de su padre. Con esto Dios le estaba enseñando a no hacerse dueño de algo, sino a ser un buen  administrador de los bienes puestos bajo su cuidado. En 1 Corintios 4:2 leemos: “Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel”. La fidelidad es la clave de todo buen administrador. Ante el dueño, el administrador es responsable, consecuente y fiel a lo encargado. En el administrador el propietario puede confiar, puede delegar y puede tener la seguridad que no le fallara. El hombre de Dios  nunca se adueñará de lo que no es de él. Por otro lado los ungidos siempre tienen un corazón pastoral. Ellos sienten por las ovejas. En vez de las ovejas venir a ellos y buscarlos, ellos van y buscan a las ovejas. El espíritu pastoral debe ser una carga en los ungidos.

 En segundo lugar que nadie te imponga sus cargas

1 Samuel 17:38 dice: “…Y Saúl vistió a David con sus ropas, y puso sobre su cabeza un casco de bronce, y le armó de coraza”.

Saúl no le pregunto a David si él quería, o si él sabía utilizar esas herramientas solamente se las puso porque pensó que era lo mejor para él.

A David siempre le trataron de imponer cargas. Unas eran lícitas y otras no. El manejaba con responsabilidad las cargas  u obligaciones lícitas. Note  que el papá le dio una encomienda, y David inmediatamente la cumplió. Es interesante como la Biblia lo narra. Es decir cargas de Dios y  cargas no de Dios. Veamos como las manejó David ambas cargas. Primero, veamos las cargas de Dios. Dice el texto: “Se levantó, pues, David de mañana, y dejando las ovejas al cuidado de un guarda, se fue con su carga como Isaí le había mandado; y llegó al campamento cuando el ejército salía en orden de batalla, y daba el grito de combate” (17:20). David se presenta como un madrugador: “Se levantó, pues, David de mañana”. David manejaba las cargas de Dios con prioridad. Los hombres y mujeres de Dios que han sido ungidos para algún ministerio y que verdaderamente aman a Dios, saben madrugar para Él. Son personas que llegan temprano a las citas de Dios. Prefieren levantarse temprano, a dejar que el día se les vaya en tonterías. Este es un punto muy interesante en lo que respecta a ser puntual y hacer las cosas de Dios con un corazón prioritario. Porque los que madrugan en las cosas de Dios siempre encuentran lo mejor de Dios primero que los demás.   David manejaba las cargas de Dios con responsabilidad. David se presenta como alguien responsable, “y dejando las ovejas al cuidado de un guarda”. El instrumento de Dios  es siempre una persona responsable. No descuida lo que se le ha delegado. Cuando no puede atender algo, delega en otro para que se lo atienda. David manejaba las cargas de Dios con puntualidad.  David se presenta como alguien que llega a tiempo: “y llegó al campamento cuando el ejército salía en orden de batalla, y daba el grito de combate”. Muchos creyentes por llegar siempre tarde no oyen el grito de combate. Se pierden el inició de las cosas. No alcanzan a recibir las primeras bendiciones. A los ungidos les gusta aprovecharlo todo. No se pierden ni los anuncios. Nadie les tiene que contar porque ya ellos lo experimentaron. Con David se cumple ese adagio: “Dios ayuda al que madruga”. Madrugue y esté temprano en todas las reuniones espirituales y verá la manera en que Dios lo ayuda. Sea un águila que vuela temprano. En todo este pasaje descubrimos a David como un creyente que sabe obedecer y obedece. Los ungidos deben caracterizarse por tener un espíritu de obediencia. La obediencia no se declara, sino que se practica, se realiza y se manifiesta. Los obedientes no son volcanes que ocasionalmente hacen erupción, son cataratas continuas que dejan caer las aguas. La oportunidad de obedecer nos permite ver: “el ejército salía en orden de batalla”, y oír: “y daba el grito de combate”. Los ungidos tienen sus sentidos de la vista y del oído sensible a todo lo que ocurre en el plano de lo natural y en el plano de lo sobrenatural. En 1 Corintios 2:9 leemos: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”.

Las cargas que no son de Dios.  Primero ser despreciado. A David el ministerio no se le hizo fácil. En su vida tuvo que confrontar la subestimación y el rechazo de continuó. Aunque muchos dudaban de su capacidad de ser alguien importante y de hacer algo importante, él nunca dudó del Dios que se especializa en hacer de lo que no es lo que es (1 Corintios 1:26–31). Cuando Samuel llegó a Belén para ungir a uno de los hijos de Isaí como el próximo rey de Israel, todos se olvidaron de David. A la pregunta de Samuel: “Son estos todos tus hijos?” (16:11), Isaí respondió: “Queda aún el menor, que apacienta las ovejas” (16:11). A lo que el profeta respondió: “Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí” (16:11). Segundo ser criticado.  “Y oyéndole hablar Eliab su hermano mayor con aquellos hombres, se encendió en ira contra David y dijo: ¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido” (17:28). El primero que trató de quitarle la visión a David fue su hermano mayor llamado Eliab. Él juzgó las acciones de David sin tomar en cuenta su motivación. Al escuchar a su hermano menor hacer preguntas, Eliab lo malinterpretó. En vez de Eliab alegrarse de que su hermano lo había venido a visitar con un encargo de parte de su padre, se llenó de ira al escuchar al ungido hablar con los que necesitaban fe y valor. Las preguntas del ungido siempre tienen la finalidad de levantar la fe en otros. Su hermano no podía entender esto. Su nivel de espiritualidad era muy bajo. Los que no hablan en Notemos las dos preguntas de Eliab: “¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto?” (17:28). Lo acusa de desobediente y de irresponsable. Pero David era todo lo contrario de lo que pensaba su hermano Eliab. Él descendió en obediencia a su padre Isaí y dejó las ovejas al cuidado de un guarda. Los ungidos se cuidan de los que mueven mucho la lengua, al cumplir con sus responsabilidades. Eliab bruscamente le declara: “Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido” (17:28). En otras palabras le dice: “Yo sé que tú eres un orgulloso, que en tu mente hay malos pensamientos y solo has venido para averiguar”. Esto deja ver la raíz de amargura que el propio Eliab tenía en su corazón contra su hermano. Posiblemente el hecho de que David haya sido escogido como el ungido y no él que era el mayor, le había producido una espina contra el menor. Eliab era tal que impresionaba a cualquiera y lo hizo con el profeta de Dios. Pero lo que agrada a las personas lo desecha Dios. Más que apariencia, Dios busca un corazón conforme a Él. Eliab tenía todo menos el corazón que Dios deseaba en un ungido.  David supo defenderse y no pelear: “¿Qué he hecho yo ahora? ¿No es esto mero hablar?” (17:29). No se dejó intimidar por Eliab. Lo mandó a callar. Cuando queremos cumplir nuestro destino no tenemos tiempo  para malgastarlo escuchando las tonterías y las necedades de los no ungidos. No debemos permitir que nadie nos desarme y lo aleje de la fe. Leemos “Y apartándose de él hacia otros, preguntó de igual manera; y le dio el pueblo la misma respuesta de antes” (17:30). David se tuvo que apartar de Eliab. Un rato más con él y la fe se le hubiera ido. El ungido sabe a quién acercarse y de quién apartarse. Tercero, fue minimizado. Saúl estaba negativo, le faltaba fe, hablaba con desánimo. Leemos: “No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud” (17:33). Ese “no podrás” tiene a muchos enterrados en la pirámide de su pasado. Viven embalsamados en sus fracasos. No se atreven a intentar de nuevo en la vida. Ese “no podrás” es una verja que le pone límites a la potencialidad humana. Muchos no salen de su patio emocional porque tienen miedo a la libertad espiritual. Ese “no podrás” nos limita, nos esclaviza, nos atormenta y es un ladrón que nos roba la voluntad de realización humana. No nos deja ser libres. La opinión de Saúl, aunque sonaba realista, no era el lenguaje de un hombre de fe. Por esto David no le prestó mucha atención. Con las palabras que respondió a Saúl desplegó su currículo personal. No era un cadete en la fe. Ya antes había vencido al león y al oso (17:34–35).

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