ENCENDIENDO UNA MECHA: Un tributo a una Maestra


YO Y TRINY

Mañana se celebra del día del maestro en El Salvador (creo que en otros países también…no estoy seguro) y ha venido a mi corazón escribir algo que nos ayude a entender este tremendo privilegio. Tengo en mente dos razones básicas para escribir estas notas, la primera es porque la profesión de maestro es la menos apreciada en las ramas del saber (sí…ya sé que me dirán que los maestros son el fundamento de la sociedad…que son importantes…bla…bla…pero sí eso es cierto porque son los peores mal pagados…con menos prestaciones…etc…) así que quiero dar una palabra de estímulo a los maestros, quienes quiera que sean. Una segunda razón es que tengo en mente a una maestra que por muchos años se ha dedicado a enseñar a jóvenes y niños la Palabra de Dios. La he visto actuar, la he visto prepararse, la he visto aconsejar a los muchachos que la buscan en la intimidad para escuchar un sabio consejo de la Palabra de Dios. Es este tipo de maestras que actúan en el anonimato, que hacen labores extras sin que se les reconozcan, que son a veces ignoradas y dejadas a un lado por las prácticas de poder en los colegios donde sirven. No aparecen en las plataformas con los influyentes, no son premiadas por ser de los importantes o los parientes de los dueños. No las toman en cuenta para los premios que les dan a los alumnos que ellas han preparado y que los “famosos” de las instituciones se acreditan en los medios de comunicación. En fin es ese tipo de maestra que simplemente caminan en fe y dependencia de Dios para hacer una labor que no se le reconoce en este mundo  y que el libro de Hebreos diría  “de los cuales el mundo no era digno”. (Hebreos 11:38). Y quizás parafraseando este verso se diría: “de los cuales sus escuelas no eran dignas”. Esta maestra me inspira, debido a que precisamente cumple el principio de que está para enseñar e inspirar. Porque en el medio encontramos que hay muchos que enseñan sin inspirar y otros inspiran sin enseñar.

Al observarla he visto  en primer lugar entender el carácter de la enseñanza.

Y es que no podemos ser buenos maestros sin entender la identidad de un maestro.   “La salud de una república depende de la moral que por la educación adquieren los ciudadanos en su infancia.” Simón Bolívar reconocía la educación como la herramienta básica para la formación del carácter de una nación. Es entonces, “la salud de una república”, resultado directo del grado moral de la cultura. El denominado Libertador de América habla de “la salud de una república” y de “la moral”, palabras ausentes hoy en día de los léxicos educativos latinoamericanos. No debe sorprender entonces, el estado de nuestra salud continental. Abraham Lincoln dijo: “La filosofía del salón de clases será la filosofía de la nación en la próxima generación” y un cantante cristiano  lo puso de esta manera: “Los valores que enseñemos hoy en el aula, para gobernar sus vidas, son los valores que esta generación usará mañana para gobernar su país.” El carácter, la columna vertebral de una generación, es la columna vertebral de una nación. La educación es la herramienta más eficaz para cambiar el rumbo de la historia de una nación. Con la educación damos forma al carácter de nuestros países. Albert Einstein dijo que ser ejemplo no es la mejor forma de ser una influencia en la vida de los alumnos; ser un ejemplo, es la única forma. No quiero que parezca una acusación, pero es un hecho que para conocer a los maestros de un país, basta con leer las noticias de la mañana. Esos noticieros dan una radiografía del carácter que estamos formando en esta generación. La formación de ese carácter depende más de “cómo somos”, que de “qué hacemos”. Más que enseñar lo que sabemos, enseñamos lo que somos. El pensador renacentista Erasmo, escribió: “La esperanza principal de un país está en la educación apropiada de su juventud”. El filósofo George Hegel, en 1821, dijo: “La educación es el arte de hacer del hombre una persona ética”. Simón Bolívar, Albert Einstein, Erasmo y Hegel comprendieron claramente que la educación no era un medio de transferir información, sino una herramienta para formar el carácter de una generación. Desde el principio, la educación fue encomendada por Dios a los padres. Se les dijo que enseñaran la Palabra de Dios. ¿Para qué se enseña la Palabra de Dios? Según Josué 1:8, para que todo salga bien. Ahora, miles de años después, surgimos los llamados educadores cristianos, y somos los responsables de suplir o apoyar (según la circunstancia del hogar) la educación de valores cristocéntricos en los niños y jóvenes. Debe ser considerado importante  porque el carácter del maestro será el carácter del alumno. Y esta maestra ha contagiado a la mayoría de sus alumnos con el carácter de Cristo, cuyo modelo ella imita.

En segundo lugar al observarla he visto también el calor  de la enseñanza.

Albert Schweitzer dijo: “Haz algo maravilloso y tal vez la gente lo imitará”. Toda generación está condenada a ser la base del fracaso de su sociedad, si no le proveemos modelos de vida, dignos de imitar. Y aunque el liderazgo de la escuela cristiana debe llevar a la escuela personas que representen el carácter de Jesucristo en sus vidas, profesiones y ministerios; el reto de estos tiempos para el Maestro es ser la mayor inspiración positiva que sus alumnos han tenido. La Biblia nunca menciona un pueblo que murió por falta de tierra o por la falta de dinero, ni siquiera por la falta de comida, pero sí menciona a un pueblo que murió por falta de conocimiento: “Mi pueblo es destruido porque carece de conocimiento…” (Oseas 4:6) Cuando la Biblia menciona la palabra conocimiento como en Oseas 4:6, usa la expresión hebrea “abar” que significa “volar” o “darle alas”. La Biblia no dice que el pueblo murió porque le faltaba información sino que moría porque le faltaba inspiración. Los maestros son los que dan a las nuevas generaciones las alas. Son el futuro de su nación, son los que crean el futuro de la nación. En el magisterio descansa la visión de un país. El maestro que inspira tendrá a cristianos, líderes y presidentes llamándole maestro. Plutarco dijo que la mente no es un recipiente para llenar, sino una mecha para encender. ¡Y cuánta razón tenía! Su enseñanza debe cambiar la vida de sus alumnos drásticamente. No se dedique nada mas a enseñar, ¡por Dios, encienda una mecha! Nunca antes, ha habido tanta necesidad de inspiración. Por décadas, muchas escuelas cristianas han enseñado sin inspirar a las nuevas generaciones, mientras el mundo ha inspirado sin enseñar. Es tiempo de encender la mecha. Es tiempo de inspirar. Pero esta maestra la he visto inspirar a muchos chicos que llegan a su escritorio, que no son queridos por sus padres, que son maltratados por otros, que los demás maestros desprecian y los ven como un problema. ¿Y qué ha hecho ella? Ha encendido la mecha que muchos otros simplemente han querido apagar. He visto la transformación de chicos y chicas que no tenían nada porque vivir, cambiados porque esta maestra les dio “alas”, los elevo a volar alto.

En tercer lugar al observarla he visto corazón de la enseñanza.

Otra cosa que debemos analizar es la pasión del maestro es decir el fuego que lo lleva a enseñar. Pasión es tal vez la característica más importante que el maestro debe poseer, ya que sin ella, las demás nunca cobrarán fuerza. Cada día aumenta la necesidad de maestros que tengan la pasión de enseñar. Abundan los asalariados. Aquellos que van de sueldo en sueldo y le dan poca importancia a su vocación magisterial. Pero nuestros países necesitan maestros con la pasión de enseñar día a día, año con año hasta sacar de la pobreza intelectual y espiritual a nuestro continente. Desafortunadamente, nuestros alumnos sólo aprenden a estudiar. No aprenden a vivir, porque nuestra enseñanza carece de pasión. No va más allá de darle al alumno conocimiento. Para alcanzar el corazón de sus alumnos, el maestro cristiano debe enseñar con el corazón y no sólo con el cerebro. Ese tipo de enseñanza da más que información, enseña cómo vivir. El reto para nuestros países no es ciudadanos que tengan información, sino ciudadanos que sepan vivir, para que utilicen correctamente la información. Pasión es la que dirige a las personas y es la que cambia al mundo. No es la lógica; no es el intelecto; no es información, ni conocimiento; ni siquiera es el aprendizaje. Como maestros, podemos tener en nuestras cabezas el conocimiento necesario para cambiar a nuestros alumnos, pero no es hasta que lo tengamos en nuestros corazones que transformaremos sus vidas. No sucederá hasta que nuestras emociones sean conmovidas y tengamos las lágrimas en nuestros ojos. No sucederá hasta que nos quedemos sin aliento y sintamos la fuerza del latir. Esta maestra la he visto desvelarse haciendo cosas para sus alumnos, la he visto dedicar tardes enteras ensayando música con un grupo de muchachos, la he visto seguir adelante, enferma, con malestares, pero siempre puntual a sus labores. La he visto seguir a pesar de que la retribución salarial llega para otros y siempre es ignorada en cuanto al estímulo monetario. ¿Por qué sigue? ¿Por qué lo hace? Simplemente porque tiene el corazón para la educación y para los niños y nuevas generaciones que se están levantando.

 

En cuarto lugar al observarla he visto la compasión de la enseñanza.

¿Y qué de la compasión? La Escritura dice: “Y al ver las multitudes, tuvo compasión de ellas; porque estaban desamparadas y dispersas como ovejas que no tienen pastor.” (Mateo 9:36). Mateo describe la actitud de Jesús ante un pueblo. No está hablando de un grupo de estudiantes. Sin embargo, podemos ver su actitud ante la necesidad, actitud que debemos adoptar, si deseamos cumplir con nuestro llamado magisterial. La raíz de la palabra “compasión” en el griego es “splagchnon”. Se usaba para describir lo que llamamos “entrañas”. Las “entrañas” eran consideradas por los griegos como el centro de las pasiones más radicales, como el enojo y el amor. Para los hebreos, era el centro de emociones afectuosas más tiernas como la bondad y nobleza. Las “entrañas” de Jesús fueron conmovidas al observar a la gente. Cuando uno tiene compasión, uno siente en su interior parte del dolor y la necesidad de la otra persona. El corazón compasivo de Jesús reaccionó a los problemas de la gente y a su necesidad. Él fue conmovido porque vio la gente que lo seguía “como ovejas que no tienen pastor”. ¿Cuántos de nuestros alumnos no andan también “como ovejas sin pastor”? Cuántos de ellos no llegan a nuestros colegios y a nuestras escuelas sin propósito para estudiar, o peor, sin propósito para vivir. No tienen quién los guíe, no tienen a quién correr, a quién acudir; no tienen pastor. Tienen maestros, pero no tienen pastor. La compasión del maestro lo lleva a desarrollar un corazón pastoral. Usted es más que un maestro, es un pastor. Sus alumnos no son números de carné a los que hay que ayudarles a pasar al siguiente grado. Los alumnos son ovejas que Dios le ha dado y debe atenderlos con la pasión de un pastor. Procurar llevarlos más allá del área cognoscitiva. El celo que produce su atenderlos con la pasión de un pastor. Procurar llevarlos más allá del área cognoscitiva. El celo que produce sus esclavos. Por falta de visión, se esclaviza a un pueblo que es educado con materia y contenido científico que no incluye toda la verdad. Cristo muchas veces es excluido de nuestra educación. Sin embargo, ¿cuántas veces no se ve este versículo en las paredes de escuelas y colegios cristianos? ”Instruye al niño en su camino y aún cuando fuere viejo no se apartará de él” (Proverbios 22:6) Parece que está allí para hacer sentir bien a “educadores cristianos” que creen que poniendo versículos a la vista están logrando algo de cambios espirituales en los alumnos. Adornar los pasillos de nuestras escuelas con versículos y temas bíblicos no cristianiza nuestra educación. La diferencia en nuestras escuelas no está en los pasillos o en las paredes, está en la visión. La visión del maestro cristiano no puede ver la educación como un fin en sí mismo. La visión correcta del educador cristiano verá la educación como un medio para “presentar a toda persona perfecta en Cristo Jesús, preparado para toda buena obra.”(Col. 1:28) Es necesario ver por encima de los muros que rodean las escuelas y comprender que, la visión de Dios para los educadores es cambiar lo que está afuera, cambiando lo que está adentro. Algunos definen visión como ver lo mismo que todos, pero pensar algo diferente. Cuando todos vieron a un niño abandonado en un río, Dios vio al libertador de Su pueblo. Cuando otros vieron a una chica coqueta, Dios vio a la reina, clave para cambiar la historia de Su pueblo. Cuando todos vieron a un niño pastor, Dios vio a un rey. Mire a sus alumnos… ¿a quién puede ver? Tenga cuidado, porque probablemente educa a un Moisés, una Ester o a un David. Esta maestra ha sido una “pastora” para cientos de niños que no han encontrado compasión en otras partes, incluso ni en sus propios hogares. La he visto como ellos abren su corazón dejando todas las cargas en el corazón de esta maestra. La he visto recibir muchas cargas de los niños y niñas que buscan consuelo en ella a pesar de que muchas veces ella misma anda sus propias cargas. Pero es tan compasiva que se toma tiempo para llevar las cargas de tanto muchacho y muchacha que la ven como un oasis en su desierto emocional y espiritual. ¿Por qué? Porque los ve a futuro, no lo que son hoy sino lo que serán en Dios mañana.

En quinto lugar al observarla he visto la consecuencia de la enseñanza.

El maestro debe tener un propósito real y vivo en la enseñanza. Los alumnos deben ver en nuestros ojos y escuchar de nuestros labios la realidad de un objetivo útil más allá del ganar un examen o pasar un grado. Debemos tener una razón maravillosa para enseñar. Sin ésta, las clases serán solamente discursos, a veces interesantes, pero sin mayor relevancia para la vida de los alumnos. Hay una razón para enseñar. Hay una razón para levantarse en la mañana y llegar a la escuela: verter nuestras vidas en las de los alumnos. ¿Dónde van a pasar la mayor parte del tiempo tus alumnos? ¿En el trabajo? ¿En la escuela? ¿En su casa? ¿Sabes dónde? En la eternidad. Y si sus alumnos van a pasar la mayor parte del tiempo en la eternidad, entonces ¿por qué gastamos tantas energías para prepararlos para esta vida? La respuesta parece fácil; “Hay que prepararlos para el tiempo que van a estar en esta vida.” Sin embargo, no es tan simple como parece. Si educa para la eternidad, sus alumnos estarán preparados para esta vida. Pero sí sólo educa para esta vida, no garantiza nada para la eternidad. ¿Para qué está educando? Proverbios 1:7 dice: “El principio de la sabiduría es el temor de Jehová…” No dice: “el principio del conocimiento”. A través de las épocas, la educación se ha centrado en enseñar conocimiento únicamente sin preocuparse de la aplicación de ese conocimiento. A eso se le llama sabiduría. Si la enseñanza tiene el propósito de enseñar el conocimiento de Dios, por simple que ésta sea, dará resultados fenomenales en la vida de nuestros alumnos. Ellos estarán aprendiendo sabiduría, que es la aplicación correcta del conocimiento. “Conocimiento de Dios”, dijo Calvino, “es el propósito de la educación, porque la educación existe para que las personas puedan conocer a Dios.” Parafraseando Proverbios 1:7 él dijo: “La verdadera sabiduría del hombre consiste en el conocimiento de Dios.” Una calificación alta en un curso, o un buen grado académico, lo que a menudo llamamos “una educación” no garantiza que una persona hará lo que debe hacer. Pensamos que personas con muchos diplomas y con muchos grados educativos antes de sus nombres (profesorados, licenciaturas, ingenierías, maestrías, doctorados, etc.) son por alguna razón milagrosa, mejores personas, con normas morales y éticas más altas que los demás. Pero constantemente la vida nos recuerda que el alumno que recibió el honor por buenas calificaciones pueda que no sea tan honorable. ¿Cómo es posible que personas que “alcanzaron altos logros educativos” no tengan normas morales tan altas? Es porque el propósito de la educación ha sido dar conocimiento y no dar sabiduría. Es obvio, que la educación como se ha querido enseñar, no es un escudo automático contra los males del hombre. Todo se basa en nuestro propósito de enseñar. ¿Por qué somos maestros? Porque no nos dieron trabajo en otro lugar. O tal vez, simplemente porque nos gusta. Al ser maestros tenemos la habilidad de afectar el futuro. La meta del educador cristiano, no es dejar un mejor mundo para las próximas generaciones sino dejar mejores generaciones para este mundo. Esa es la consecuencia eterna. Y esta maestra está enseñando para la eternidad, y no para esta vida. Estoy seguro que cuando esté en la presencia del Señor verá todos los resultados de su esfuerzo, y entenderá que aunque no era digna de este mundo Dios le proveerá una mejor cosa. Creo que entonces se verá todo el impacto y el valor de tanto esfuerzo a veces en un contexto ingrato y lleno de adversidad e injusticia. Será en ese momento en que verá todos los hombres y mujeres de Dios que fueron transformados por su enseñanza.

Cada día, en el salón de clase, tocando el futuro y moldeando la historia, los maestros mueven los cauces de ríos que le dan forma al continente. En el aula se forman generaciones para bien o para mal… pero se forman. La historia del continente americano grita el resultado de la formación de generaciones pasadas. Los maestros son quienes llevan en sus hombros el peso de la nación Un país sin maestros es un país sin futuro. En otro momento histórico, Simón Bolívar dijo: “Los pueblos marchan al término de su grandeza al mismo paso que camina la educación.” ¿Son grandes nuestros pueblos? …depende. Todo depende del carácter que los maestros formen en los alumnos. Porque algunos enseñan sin inspirar y otros inspiran sin enseñar.

Pero de una cosa si estoy muy seguro que esta maestra si enseña y si inspira, lo sé porque vivo con ella, y la he visto de primera mano…ella es mi esposa una mujer que me ha enseñado mucho, a mi hijo y a muchas generaciones. Feliz día del maestro…mi amada esposa.

 

 

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