Cristianismo sin religión: Un fe saludable


Introducción

Estamos en un mundo donde vivimos con estereotipos. Hay por todos lados ideas preconcebidas, que nos marcan de una sola vez. Por ejemplo se dice que todos los hombres pequeños y mujeres pequeñas son malos y peleoneros. Por otro lado se dice que los gordos son siempre alegres. Se dice que ser político es ser corrupto. También se habla de que las rubias  son mujeres de poco cerebro. Lo que me recuerda de un hombre que estaba sentado en un restaurante con poco iluminación. Estaba algo aburrido mientras esperaba la comida, así que le dijo a una mujer a su lado que no se veía muy bien por la poca luz, si quería escuchar un chiste sobre las rubias.  La mujer le dijo que antes que lo contara le advertía que ella media 1.90, era rubia y que era jugadora de rugby. También le dijo que tenía a su derecha otra mujer rubia, que medía 2.00 metros  era corpulenta, y era jugadora de fútbol americano. Agregó que a su izquierda tenía otra mujer de 2.00 mts y que era la campeona de lucha libre de Europa. Finalmente añadió al hombre: ¿Quieres contar tu chiste sobre rubias todavía? El hombre se echó para atrás y le dijo: “Creo que no, no tengo tiempo para repetir el chiste tres veces”.

En la vida cristiana también encontramos estereotipos. Como lo mencioné el domingo pasado empezaremos este año con una serie de reconocer nuestros problemas con la identidad de ser cristianos. Todos tenemos ya en nuestro ADN muchas ideas religiosas o simplemente conceptos que se nos han dado y que no los hemos evaluado con criterio. Cuando se habla de ser cristiano, la gente tiene muchas concepciones antiguas y las nuevas generaciones tienen otras. Es como aquel niño al que el papá le preguntó si quería ser cristiano, a lo que él respondió que prefería ser Messi. ¿Qué es ser cristiano hoy? ¿Cuánto de lo que creemos es en realidad cristianismo o ideas humanas coladas en los orígenes del intento de Dios?

¿Por dónde se puede empezar a entender el cristianismo? Creo que el primer libro del Nuevo Testamento nos puede dar esos indicios. Abramos nuestras biblias en el primer libro del NT.  Dice Santiago 1:1: “Santiago, siervo de Dios y del Señor Jesucristo, a las doce tribus que están en la dispersión: Salud.

En esta serie de mensajes nos acercaremos al tema  del cristianismo sin religión. Trataremos de redefinir, visualizar como el Espíritu Santo quería  primariamente que fuera. Una de las grandes características de algo o alguien es que esté saludable. Alguien ha dicho  que por mucho tiempo se relacionó la salud con el simple hecho de no estar enfermo. Sin embargo hace varios años la organización mundial de la salud (OMS) propuso definir la salud como “EL PLENO ESTADO DE BIENESTAR FISICO, MENTAL Y EMOCIONAL”. Esto quiere decir que una persona saludable es aquella que tiene la energía y la capacidad para crear, producir y desarrollar todo su potencial.[1] Así que escondido en estos primeros versículos  de introducción  podemos encontrar a lo menos cuatro retos para recuperar la salud espiritual o a lo menos tener salud. Debemos retomar un cristianismo saludable.

Según el apóstol Santiago  (Santiago es una contracción  castellanizada de dos palabras latinas: santus Iaocubus, que quiere decir San Jacobo), una fe saludable deber marcar una genuina diferencia en el estilo de vida de una persona. ¡El credo de cada cual debe determinar su conducta! Y aquellos que conocieron a Santiago lo consideraban autorizado para tratar este tema! Por causa de vida virtuosa lo llamaban  “Santiago el justo”.  El texto de esta epístola refleja la probidad de sus normas de vida, y resuenan  en ella los elevados  y excelsos principios de su hermano. En la Epístola de Santiago  se encuentran a lo menos quince alusiones  al sermón del monte pronunciado por Jesús.[2] El Dr. Carballosa dice que el nombre Santiago es la helenizada del hebreo Iakob. Se sabe muy poco de la vida temprana de Santiago. De hecho nada se sabe excepto que él y sus otros hermanos no creían  en El. (Juan 7:5). Generalmente se cree que su conversión tuvo  lugar después de la resurrección del Señor Jesús (1 Cor. 15:7). Es posible, además, que estuviese orando después de la ascensión del Señor (Hech.1) Según la opinión de los comentaristas conservadores, Santiago llego a ser el líder la Iglesia en Jerusalén y presidió, como tal la conferencias descrita en Hechos 15.[3]

Una lectura de la Epístola revela que lo más destacado de la personalidad de su autor es su carácter práctico. Santiago habla de las pruebas y tentaciones que sobrevienen al hijo de Dios aquí en la tierra y ve esas pruebas como instrumentos de Dios, destinados a producir madurez en la vida del cristiano. Para él la verdadera demostración de la fe es el fruto  que ésta produce. Un verdadero creyente debe ser un hacedor de la Palabra y no un simple oidor.[4] Santiago era, sin duda, un hombre de acción. Si un hombre  se considera religioso, debe frenar su lengua. Si no lo hace, su religión es vana. La palabra obras o su equivalente se repite unas 14 veces  a través de la epístola. Pero no debe pensarse que minimiza  el principio de la fe  que Dios demanda de los suyos.  La fe verdadera, para Santiago significa una fe viva y una fe viva se demuestra  a través de las obras. La fe y  las obras  no son antitéticas, según Santiago, sino que la una es producto de la otra. Una característica destacada en Santiago era su humildad. Se autodenomina  “un esclavo de Dios y de Jesucristo” (1:1) Además a través de la epístola  se identifica con los creyentes llamándolos hermanos. Pero, aunque  era humilde, Santiago también demuestra que era un hombre  de coraje. Su llamamiento  a los creyentes a frenar  sus lenguas  y apartarse del mundo, su ataque a los ricos injustos, y a los que no practicaban la misericordia revela  que Santiago no temía decir la verdad.[5]

Finalmente, debe notarse que Santiago era un hombre  bien educado. Estaba familiarizado con los fenómenos atmosféricos, la navegación, la domesticación de los animales, la agricultura, la fauna. También puede decirse que conocía la naturaleza humana, sabía lo terrible del pecado humano, la importancia de la imparcialidad, la práctica de la sabiduría y la necesidad de la oración para el creyente.  La Epístola de Santiago revela  que su autor era un hombre que conocía a Dios.[6] Santiago era un hombre práctico, sí, pero de igual manera era un hombre con una tremenda salud espiritual.

I.                    El primer elemento para  tener salud espiritual es CAMBIO  (1:1ª)

La carta comienza con “Santiago siervo de”. Es importante hacer notar que el uso del nombre de una forma helenizada (paganizada) implica un cambio en la mentalidad  de los judíos en lo tocante a la cosmovisión de la superioridad judía. Es importante entonces notar que Santiago decide hacer un cambio en su vida. ¿Y Cuáles cambios serían lo que Santiago hace, por el uso de su nombre de esta manera? Dios tiene que trabajar en cuatro dimensiones de un cambio para la gente que le sigue hoy.

A.     El cambio de la incredulidad

Puedes ver, en el capítulo seis de Marcos, que Jacobo era incrédulo. Mira el fin del verso 3, “se escandalizaban de él”. Eso incluye la gente en Nazaret, donde creció Jesús – y creo que incluye a Jacobo, y a los demás hermanos y hermanas de Jesús. Se ofendieron porque El se presentaba como un maestro, habiendo salido de un fondo humilde. “¿No es éste el carpintero?” (Marcos 6:3). La respuesta de Jesús en el verso cuatro muestra que Jacobo y Sus otros hermanos y hermanas se ofendían por Su predicación: “No hay profeta sin honra sino en su propia tierra, y entre sus parientes, y en su casa [familia]” (Marcos 6:4). Sus propios parientes, inclusive su hermano Jacobo, no lo honraban a Él. Entonces el verso seis dice: “Y [Jesús] estaba asombrado de la incredulidad de ellos…” (Marcos 6:6). Eso aclara perfectamente que Jacobo, el medio hermano de Jesús, no creía en Él. La incredulidad nos lleva a una necesidad de la conversión.

B.      El cambio de la familiaridad

Es importante notar que Jacobo tenía una relación cercana con Jesús. Es más tenía una relación familiar con él. Pero, ¿eso había generado espiritualidad en él? De ninguna manera note lo que dice en Mateo 12:46-50 dice: “Mientras él aún hablaba a la gente, he aquí su madre y sus hermanos estaban afuera, y le querían hablar. Y le dijo uno: He aquí tu madre y tus hermanos están afuera, y te quieren hablar. Respondiendo él al que le decía esto, dijo: ¿Quién es mi madre, y quiénes son mis hermanos? Y extendiendo su mano hacia sus discípulos, dijo: He aquí mi madre y mis hermanos. Porque todo aquel que hace la voluntad de mi Padre que está en los cielos, ése es mi hermano, y hermana, y madre” (Mateo 12:46-50). Su madre y hermanos estaban afuera, querían hablar con él, cuando en vez debían haber estado adentro, deseando oírlo…Sus discípulos que habían dejado todo para seguirle… Él los prefirió antes que a Sus parientes.[7] Los “hermanos” de Jesús son Sus medios hermanos cuyos nombres eran: Jacobo, José, Simón y Judas…Ellos eran hijos de María y José, mientras que Jesús era Hijo de María y de Dios. Dichos hermanos obviamente no eran convertidos en ese tiempo y no creían en Jesús.  El hermano mayor, Jacobo, estaba entre ellos. El aun no creía en Jesús. Voltea a Juan, capítulo siete, verso cinco. “Porque ni aun sus hermanos creían en él” (Juan 7:5).. El Dr. Rice dijo de ese verso: Los hermanos de Jesús – Santiago, Joses, Simón y Judas (Mateo 13:55) – nacidos de María y José después del nacimiento de Jesús de la virgen María, no eran salvos antes de la crucifixión (v. 5). Así que tal vez en su rechazo de que El clamaba ser el Mesías, insisten que El suba a Jerusalén a hacer más milagros para complacer a Sus discípulos. Resulta fascinante leer la Epístola de Santiago  sabiendo que quién la escribió  se crió junto a nuestro Señor Jesucristo. Compartió durante 30 años cada comida en la misma mesa con él; trabajó con él seis días a la semana en el mismo taller; asistió el séptimo día a la misma sinagoga; y subió con él a Jerusalén una vez al año para celebrar la pascua.  La familiaridad no debe dirigir a la convicción.

C.      Un cambio de religiosidad

Debemos observar, que el nombre de la persona, sobre todo en los judíos era asociado con su origen, su alcurnia y sus ancestros. Los nombres hebreos estaban asociados más con la identidad familiar, emocional y espiritual de la familia. El nombre hebreo Jacob y Jacob tenían mucha influencia en el pensamiento hebreo. Sin embargo cuando Jacobo decide escribir su epístola hace un cambio de nombre. El nombre Santiago es la suma de dos frases. “Santo” Iakov”. Es obvio que él está usando la terminología porque ahora ya no es más un Jacobo religioso sino que ahora está apartado para Dios. Ahora de religiosidad el va a experimentar una espiritualidad importante en su vida. Un cambio de religiosidad nos debe llevar a la consagración.

 

D.     Un cambio de identidad

El autor se considera a sí mismo como “siervo”. Ahora bien, es importante observar que con el correr del tiempo este término fue adquiriendo en el NT popularidad. Pablo usa esta palabra  para describir su relación espiritual con Cristo. Carballosa dice que el vocablo doulos aquí usado es contrastado  con el concepto de libertad. Todo aquel que esté en la condición  de  doulos (siervo, esclavo) ha puesto a un lado su propia autonomía y se ha sometido a la voluntad de otro. El griego libre se enorgullecía de que no era doulos y sentía repulsión y desdén hacia todo aquel  que fuese esclavo. El pertenecía por naturaleza no a sí mismo, sino a otra persona. [8] Por otro lado  el término enfatiza la idea de ser un adorador y también muestra la completa  rendición comprendida  en la absoluta  dependencia de Dios. En el verdadero sentido  de la expresión, cada cristiano  es un siervo de Dios y Jesucristo.[9] El uso de las palabras  “siervo” sin embargo tiene también raíces profundas en el AT. Se usa para describir la relación del creyente del AT con Jehová como es el caso de Abraham (Salmo 105:6), Moisés (Números 12:7-8), David (1 Samuel 7:5-8), los profetas (Amós 3:7). En el sentido de ser siervo  de Dios, Santiago se coloca entre aquellos que, a lo largo  de los siglos, se han sometido a la voluntad de Jehová. Es evidente que  Santiago, al igual  que los demás  escritores bíblicos, reconocía la soberanía de Dios. Lo que para los griegos  y romanos paganos  era una vergüenza, para los cristianos  constituía  un privilegio, es decir, considerarse como esclavo  del Todopoderoso y, por consiguiente, someterse a Su voluntad. El cambio de identidad nos debe llevar al compromiso

 Para pensar un poco…

En la iglesia evangélica hoy necesitamos reconocer estas cuatro grandes necesidades de cambio. Empezando por el área de la incredulidad. Hay varias cosas que debemos ver la incredulidad. Primero está la incredulidad espiritual. Por ejemplo, en nuestras congregaciones hay bastantes personas que asisten a la iglesia, son simpatizantes, y han hecho ciertas oraciones que los hacen pensar que han nacido de nuevo. Pero en realidad no han nacido de nuevo y no  han sido evangelizados. Creo que debemos comenzar por allí. ¿Cuántos de verdad de los que están aquí han nacido de nuevo? Segundo, está una incredulidad eclesial. Esta incredulidad se manifiesta en que hemos cambiado la iglesia de un organismo a una organización. Y la hemos hecho una empresa gigantesca con fines de lucro. Aparte que la iglesia ya no le pertenece a Dios sino a grupos de hombres pudientes o influyentes que hacen de su esposa una usurpación. Tercero, está una incredulidad ministerial.  ¿Quién debe dirigir la iglesia? ¿Cuáles son las mejores formas? ¿Qué características deben tener los que quieran servir en la iglesia? ¿Debemos obviar los preceptos bíblicos y obedecer los conceptos humanos? ¿Hablamos de liderazgo o serviazgo? ¿Cómo utilizamos nuestros recursos? Cuarto, está un incredulidad laboral.   A la gente se le ha olvidado que Jesús vendrá nuevamente y que tendremos que rendir cuentas de todo lo que hayamos hecho en este mundo. Y no solamente eso, sino que seremos recompensados de acuerdo a este principio. Se nos llama a hacer tesoros en los cielos, ¿cuánto tiene ya guardado usted allá?

 Pensemos ahora desde la óptica de América Latina la perspectiva de un cambio de familiaridad.  Hemos llegado a una noche espiritual. Hoy más que nunca se necesitan iglesias  incandescentes para esta medianoche espiritual. En el día de Pentecostés, la llama del Dios vivo vino a ser la llama de un grupo de corazones humanos. La Iglesia empezó con aquellos hombres y mujeres en el «aposento alto» entregados a la oración ardiente, y hoy día está terminando con hombres y mujeres en el salón de fiestas de encima de la iglesia organizando despertamientos artificiales. La Iglesia empezó con un despertamiento y está terminando con un ritual. Empezamos de un modo viril, estamos terminando en la esterilidad. Los primeros miembros de la Iglesia eran hombres ardientes y no grandes graduados. Hoy día hay muchos grados de ciencia y pocos de calor. ¡Ah,

hermanos!; ¡hombres con corazones de llama son la necesidad del presente! ¿Es la carrera de la vida tan amable y las comodidades del hogar tan apetecibles para ser comprados con mi infidelidad y mis ojos secos sin oración? En el día final, ¿tendrán que acusarme los millones que perezcan, de mi materialismo, adornado con unos pocos textos de las Sagradas Escrituras?» ¡Que el Dios Todopoderoso lo impida! Yo no sé qué camino van otros a tomar, pero en cuanto a mí, digo: Dame un despertamiento en mi alma, en mi iglesia y en mi nación, o DAME LA MUERTE. Todo lo que ligares en la tierra será ligado en el cielo.

Por otro lado es importante un cambio de religiosidad.  Cuáles son esos indicadores de que tenemos un espíritu religioso. El salmo 11:3 dice:”Si fueren destruidos los fundamentos, ¿qué ha de hacer el justo? Y me parece que es una seria advertencia para la época en la que estamos viviendo. Donde se han ido los fundamentos de nuestra fe, en medio de esta ensalada evangélica que tenemos actualmente. No sé pero últimamente he venido sufriendo  por algunas cosas que suceden dentro del amado Pueblo de Dios al cual pertenecemos.  Por esta razón quisiera dibujar 10 puntos que nos están confundiendo y  que  creo deberíamos corregir. La idea es que analicemos estos puntos para que cada uno aporte lo que esté a su alcance y podamos revertir algunas situaciones que operan en franco desmedro del Evangelio.  Veamos por qué la confusión nos envuelve.

En primer lugar Día tras día crece el desapego por la Palabra de Dios y hacemos muy poco para evitarlo. Hombres celosos por la Biblia no aparecen como oradores en la multitud de congresos masivos que hoy se realizan. El hecho de que la gente haya escogido «sentir cosas» y olvidar la Escritura es un síntoma muy serio como para dejarlo pasar. Ya no somos «el Pueblo del Libro». Ahora somos el pueblo de los casetes, los CD (discos compactos) y las radios cristianas. En segundo lugar. Se pone todo el énfasis en la guerra espiritual contra las potestades del aire y se olvida hacer la guerra contra las pasiones del hombre. El orgullo, el espíritu divisionista, los celos, la inmoralidad, la frivolidad, la apatía, la ambición desmedida y la carnalidad no salen reprendiéndolos como espíritus demoníacos. En tercer lugar. Seguimos creyendo que todo se hace por ósmosis, que sólo basta viajar y nos venimos con el poder, que con una imposición de manos bajo la plataforma alcanza para convertirnos en los «Caballero Jedi» del Evangelio. Seguimos creyendo más en los atajos que en el único método que funciona, que es caminar con Dios cada día.  Debemos aprender, de una vez y para siempre, que en el Evangelio de Jesucristo no hay fórmulas mágicas para el crecimiento de la iglesia, ni para el carisma de un pastor ni para los problemas de la gente.  Las mejores fórmulas siguen estando en tu aposento secreto tras cerrar la puerta. En cuarto lugar .Cada vez se pone más el acento en los dones que en el carácter. Y en muchas ocasiones hasta hacemos «la vista gorda» sobre serias fallas en el carácter de algunos predicadores con tal de entretener a la gente con algunos dones muy «taquilleros». Sería bueno que se indague más sobre aquellos que ocupan el púlpito de la iglesia para alimentar a nuestra gente, y no sólo se piense en el público que convocan.  En quinto lugar. No le decimos a la gente que para marchar en pos de la perfección, antes hay que pasar por la cruz. Hay mensajes que no «venden» y los borramos.  Hay sectores de la iglesia que han tomado la trágica determinación de edificar sin santidad, porque la santidad resta gente. Alguien, para no cargar tanto a los hermanos y hermanas en la fe con la santidad, llegó a decir, misericordioso, que «Jesús, no dice que no debemos pecar, sino que no pequemos tanto». En sexto lugar. Asociamos al Espíritu Santo solamente con poder. Y nos olvidamos muy a menudo que fuimos sellados con él hasta el día de la redención para que se oponga a todo lo injusto y a todo lo que es mentira. Cuando hay poder «en el espíritu», sin santidad, lo que en realidad hay es otro espíritu. En séptimo lugar. Con demasiada frecuencia confundimos exitismo con fe. Muchas veces vamos a un congreso o a una campaña y como probamos que la fe del predicador es la del vencedor. Del que todo lo puede. Del que ha logrado superar todas las pruebas y ha conquistado todas las metas. Nos quedamos con la compra de la carpeta y los casetes, con un montón de apuntes y con un entusiasmo que se termina cuando volvemos a casa y debemos seguir viviendo con miserias de las cuales ni se habló en aquel encuentro. Necesitamos oradores que animen a la gente, pero no por el camino del exitismo, que lo único que logra es que terminemos todos muy confundidos. Precisamente oradores que tengan la grandeza de contar también sus batallas perdidas, evitando de esa forma que muchos se sientan como pobres e inútiles pecadores.  En octavo lugar. Muchas veces creemos que si Dios utiliza poderosamente a un líder será porque el Señor lo aprueba y entonces no importa demasiado si está viviendo en pecado. El pastor brasileño Caio Fabio dice que muchos tienen una versión personal de la Biblia y creen que «las obras y los dones cubrirán multitud de escándalos y pecados». Nos olvidamos que los cristianos somos un todo y que Dios nos contempla cuando estamos en el púlpito y en lo secreto. Predicar bien, arrastrar gente y tener carisma no nos habilita de ninguna manera para no pagar las deudas, ser mujeriegos o hacer cualquier cosa con nuestra vida privada. Hay mucha gente que en lugar de ser cristocéntrica es pastorcéntrica. Y esto es grave.  En noveno lugar. Estamos muy metidos en los templos. Mientras la pasamos bien con nuestros hermanos en la fe y nos deleitamos con buena música entre las cuatro paredes del templo, afuera andan, sin rumbo, las 99 perdidas. No nos damos cuenta que esas paredes impiden escuchar el balido de la oveja, que abandonada y con la pata quebrada, pide que alguien la ayude. La Palabra de Dios dice: «Vosotros sois la sal del mundo». Pero de la única manera en que la sal es útil y efectiva es cuando «sale» del salero. No debemos dejar de congregarnos, pero nuestro objetivo principal debe estar afuera. Debemos tomar conciencia de que el enemigo, la carne y el mundo nos han inoculado una inyección letal. Una inyección de apatía y de comodidad. Y es por esto que la iglesia no crece. Aun cuando, con tanta pobreza y tanto sufrimiento, nuestras naciones son  tierras pocas veces tan fértiles para recibir la semilla del Evangelio. Debemos despertar y levantarnos de una buena vez del confortable sillón de la indiferencia.  En último lugar. Nos hemos olvidado que la vida cristiana consiste simplemente en vivir lo que decimos creer, en poner en práctica lo que nos enseña la Biblia, en convertirnos en personas de bien con buen nombre para con los de afuera.  Pero no quiero terminar sin decir dos cosas: primero, doy gracias a Dios porque felizmente quedan muchas iglesias, grandes y pequeñas, donde puede hallarse todavía ese difícil equilibrio entre la alabanza, la adoración, la presencia viva de Dios y la autoridad de la Palabra. Y segundo, veo una lucecita al final de este oscuro túnel que plantean tantas confusiones.  Esa esperanza la veo en muchas personas que se resisten al facilismo y al show y viven con seriedad el Evangelio. Y también en muchas otras que, cansadas de las emociones y los golpes bajos, han decidido volver a la sencillez del Evangelio.[10]

 Finalmente un cambio de identidad. Debemos replantear todo el concepto de lo que es servir y servicio. Es decir una redefinición profunda y completa de serviazgo. La autoridad del serviazgo no es ni la herencia, ni la transferencia sino transparencia ante la Palabra. Es la vida y el respeto de la Palabra de Dios. El alcance del serviazgo es una función y no un puesto o posición. No se declara a alguien siervo simplemente se le reconoce. La iglesia lo reconocía, su madurez, su ejemplo. El accionar del liderazgo.  Es por ejemplo, no por imposición de decreto o estatutario, no es por cobertura o por doctrinas humanas


[2] Jeremiah, David.  Un Giro Hacia la Integridad. Ed. VIDA, 2004, pág. 8

[3] Carballosa, Evis.  Santiago una Fe en Acción. Ed. Publicación Portavoz Evangélico, 1986, pág. 79

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

[6] Carballosa, pág. 81

[7] Henry, Matthew. Henry’s Commentary on the Whole Bible, Hendrickson, reimpresión de 1996, volume 5, pp. 144-145)

[8] Carballosa, pág. 80

[9] Harrop, Clayton. La Epístola de Santiago. Casa Bautista de Publicaciones, 1979. Pág. 14

[10] Bayona, Jorge. 10 Razones por las que estamos confundidos. Apuntes Pastorales. 1989.

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