La reja y la vid: Inquietudes para renovar la visión de la iglesia II parte


Según este pasaje hay varias visiones que nos pueden confundir y por lo tanto desenfocarnos en el llamamiento que Dios nos ha hecho.

A.     Visión natural

El texto comienza diciendo  «En el año en que murió el rey Uzías”. No es casualidad que al relatar esta experiencia maravillosa aparezca el nombre de un rey. Uno podría decir: «Bueno, es para que nos ubiquemos en el tiempo». Sí; pero no es la única razón. El rey representa el gobierno terrenal, y espiritualmente representa lo que es la carne y la sangre, el razonamiento humano. Todo aquello que es terrenal. Aquello que está representado por este rey recibe un golpe de muerte. El rey Uzías aquí muere para dar lugar a algo que es espiritual. Note que esta visión humana, es importante y no necesariamente mala. Observe las características de una visión humana que nos puede desenfocar de la visión de Dios

1.      Una  visión cronológica

Me llama mucho la atención la expresión “el año”. Eso significa un espacio de tiempo, temporalidad. Este año es diferente a los años anteriores, todos los años de Dios son movibles. Hay un tiempo para cada cosa. En este pasaje, era un año que demostraba por un lado un cierre de una época y la apertura de una nueva época. Siempre hay transiciones de épocas. Muchos ven la llegada de un año y no han captado el mover de ese año. Sigue pensando que las cosas siguen igual y que no hay nada nuevo.

2.      Una visión kairológica

Dice el texto “que murió”. Trate de imaginar el efecto social de 52 años de paz, estabilidad y prosperidad. Ninguno de los moradores de Judá con una edad menor de los 55 años conocía una vida sin el rey Uzías. Pero estos felices años de normalidad terminaron. El rey Uzías pecó, fue castigado con lepra y luego murió. La muerte del rey Uzías inicia un período Creciendo en temporadas de crisis, de incertidumbre y temor. ¿Qué sucederá ahora? ¿Quién dirigirá la nación? ¿Nos invadirán los enemigos? Este fue un año nacional de crisis. Y en este año de crisis, en “el año que murió el rey Uzías”, el Señor Dios decidió llamar, limpiar y enviar al profeta Isaías. Nosotros también enfrentamos temporadas de crisis. Puede ser una crisis familiar, donde nos corresponde hacerle frente a las consecuencias de una enfermedad, de un divorcio o la muerte de un ser querido. Puede ser una crisis nacional o global que nos afecta personalmente, donde nos corresponde vivir las tristes consecuencias del terrorismo, del desempleo o de la inestabilidad de los mercados financieros. Podemos experimentar crisis de fe al luchar con nuestras dudas, al considerar algunas oraciones que Dios no ha contestado o al tener la desdicha de vivir algún serio conflicto en la iglesia local. Un tiempo de relativa calma llegó a su fin y ahora el futuro lucía muy incierto. La  relación de Dios con Isaías nos enseña que Él puede usar esas temporadas de dificultad y dolor. En las manos de Dios los tiempos de crisis proporcionan una oportunidad para el crecimiento persona.[1] Lo importante aquí es que todo proyecto nace, crece, se desarrolla y luego muere. Ese es el ciclo de la historia. La generación que se aferra a su historia y no entiende que debe dejarla fluir comete muchos errores serios y entorpece el plan de Dios. Creo que estamos llegando a momentos en que como iglesias debemos incluir en nuestras visiones, la transición generacional.

3.      Una visión antropológica

Note que se trata de un rey. Este modelo estaba entrando en crisis desde hace ya mucho tiempo. ¿Qué hubo de extraordinario en la muerte del rey que impactó tanto al profeta? Leemos en las Escrituras que el rey Uzías fue un buen rey, coronado a los 16 años hizo lo recto ante Dios mientras persistió en buscarle y fue prosperado por 52 años, también era entendido en asuntos espirituales (2 Crónicas 26:1-5). Su reinado trajo terror a los enemigos de Israel con un poderoso ejército y máquinas de guerra inventados por ingenieros de la nación.  Sin embargo, a los 68 años de edad cometió un pecado arrogantemente que le costó el reino  y la vida (2 Crónicas 26:16-20).  El pecado consistió en tomar en poco la Palabra de Dios haciendo las cosas porque suponía como rey que tenía el derecho de hacer lo que quisiese. Uzías olvidó que aunque él era rey de Judá, Dios era su Rey. Es la arrogancia de vivir como uno quiere porque puede hacerlo; ¿consultar a Dios? Ni pensarlo. ¿Someterse a su Palabra? De ninguna manera. ¿Recibir reprimendas? A nadie se lo permito.  La consecuencia de esta acción del rey fue ser depuesto del trono y morir leproso en una casa diferente al palacio real, además de nunca más haber podido entrar al templo de Dios a adorarle (2 Crónicas 26:21).  Uzías se sentía importantísimo, pero Dios tenía un remplazo inmediato para él. No supongas que eres indispensable en nada; el mundo existía antes de ti y seguirá existiendo después de ti. Necesitamos entender que mucho de lo que hay hoy como sistema  eclesial está centralizado en las personas, y por sobre todo en liderazgos al igual que Uzías, un tiempo desarrollaron una buena labor peor ahora han menospreciado la autoridad de la palabra, y la han sustituido por sus propias palabras.

B.      Una visión sobrenatural

La muerte del rey Uzías fue tan impactante para el profeta Isaías que su ministerio cambió para siempre. Considéralo: miró a su primo y amigo deshacerse poco a poco asquerosamente por la lepra al haber intentado servir a Dios de forma arrogante, ¿cómo volvería a servir a Dios con arrogancia? Nunca más volvería a sentirse como el profeta de la corte. La muerte del rey humano le permitió contemplar al Rey divino. Hay ocasiones cuando necesitamos ser confrontados acerca de quién ocupa verdaderamente el trono de nuestro corazón. El profeta Isaías amaba al rey Uzías y cuando lo vio llenarse de lepra fue quebrantado por el temor de Dios; esto lo hizo sensibilizarse para ver a Dios. No sabes si Jesús es tu Rey hasta que todo otro amor es removido del centro de tu ser. Hay personas que en lugar se sensibilizarse con las circunstancias, se amargan, pero no así Isaías, él vio al Señor. ¿A quién ves tú en el dolor? ¿Y cómo lo ves? Algunos modifican su concepción de Dios después de una mala experiencia, ya no es más un Padre confiable y bueno, sino un dios castigador e injusto para ellos. Pero Isaías lo miró “sentado sobre un trono alto y sublime. ¿Cuáles son las características  de la visión que debemos recuperar en esta generación y en este siglo? El mismo pasaje nos lo dice.

1. Una incorporación  del Señorío de Dios

“Vi yo al Señor sentado sobre un trono” Es importante y vital entender que sólo conoceremos al Rey cuando sólo su trono quede en tu vida. Isaías miró al Señor en su trono. El problema de los hombres que quieren ver a Dios sin resultado en sus vidas, es que tratan de verlo aparte de su trono. Desean que Dios se involucre en su negocio, familia o ministerio, pero sin rendir estas cosas ante el trono de Dios. La gente se pregunta ¿por qué las cosas no salen como espero si oro a Dios y pido su bendición? Y la respuesta debe ser otra pregunta ¿es Dios el Rey de esas cosas? ¿Lo ves en el trono? Tener otro trono al lado del trono de Dios es luciférico; ese fue el intento diabólico que transformó a un querubín en diablo y le robó su gloria y hermosura. No puedes mantener tu trono si deseas la manifestación de Dios. ¿Hasta cuándo haremos  las cosas a nuestro  modo? Si queremos una visión de Dios debemos pedírsele ya arrebatársela a él. Muchos desarrollan las visiones basados en investigaciones y necesidades sentidas de la congregación. La biblia enseña que las visiones comienzan con la búsqueda de la presencia de Dios. ¿Cuánto tiempo se toma en las planificaciones la búsqueda  de Dios y la espera en Dios hasta que él les revela su visión?

2. Una incorporación del Asombro de Dios

 Debemos recordar que  Su trono es alto y sublime. Siendo alto no es fácil alcanzarlo. Se trata de un reino más alto, con estándares más altos, demandas más estrictas; pero también, privilegios y bendiciones más altas. Se trata del reino de los cielos y no de la tierra. Su trono es sublime, no es creación de hombres. Esta clase de vida no puede fabricarse con barro por manos humanas; es la obra de Dios. Es un reino sobrenatural, glorioso. ¡Si tan sólo supieras cómo podrías vivir bajo este trono! Dios es asombroso y extraordinario. Nos debe retar a ser frescos y creativos en las visiones que tratamos de incorporar a nuestras iglesias.

3. Una incorporación de la gloria de Dios

Es una gloria que da autoridad.  Isaías pudo apreciar a Dios. Él está sentado. Es la posición de gobierno y de autoridad; el trono está ocupado, nadie más puede usarlo. No debemos tener  un trono vacío, una religión hueca de apariencias, el trono tiene Rey. Debemos enfocarnos Mirar su calma, su tranquilidad, su paz. Mirar la seguridad de este reino inconmovible. Hay que compararlo  con el frágil rey Uzías, ¡todas tus esperanzas en esta tierra son inciertas! Sólo hay un Rey en el trono.  Es una gloria que da identidad. “y sus faldas llenaban el templo”   Isaías vio a Dios como un Rey vestido de Sumo sacerdote. Es cobertura de un real sacerdocio. Este reino es diferente, es terrible, pero admirable; estricto, pero misericordioso; es un Rey, pero también un Sacerdote. Hay justicia y también misericordia. No se le puede desafiar sin que te arrolle, pero  a la vez puedes esconderte en sus brazos como hijo con su padre. Es una gloria que da intimidad.  Por otro lado sus faldas llenaban el templo; el mismo templo donde el rey Uzías se volvió leproso. Es una visión diferente de Dios, lo que fue juicio para el rey, resultó vida para el profeta. Dios parece decirle: “Yo cubro mi obra”. Tan sólo las orlas de su manto llenan el templo. En el borde de sus vestiduras encuentras la unción que desciende desde la cabeza (Salmo 133); es lo que tocó la mujer con flujo de sangre para sanar (Mat.9:20-21). ¡Allí está la cobertura de unción y sanidad! (Mar. 6:56). ¡Aleluya!  El borde de sus faldas llenaban el templo, cubren su Casa y lo que esté dentro de ella. En su iglesia está su cobertura; dónde el arrogante se vuelve leproso, el humilde está protegido. No hay lugar más seguro que en la Presencia de Dios.  ¿En dónde vio Isaías a Dios? El Libro dice: “sus faldas llenaban el templo”. ¡En el mismo lugar donde Uzías enfermó de lepra! Hay quienes jamás regresarían al templo después de la experiencia de su familiar, pero no un hombre de Dios. Isaías no culpó a Dios de lo que el rey fue culpable; sabía que en el lugar de adoración encontraría su Presencia. Es ridículo apartarse de la iglesia por enojarse con Dios, es clásico de quienes no tienen visión de Dios. Es una gloria que da intensidad: “Por encima de Él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban. 3Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Yahwéh de los  ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria. 4Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo”.  Es decir para verle hay que ser ardiente. “Por encima de Él había serafines; cada uno tenía seis alas; con dos cubrían sus rostros, con dos cubrían sus pies, y con dos volaban”. Ver a Dios no siempre es literal; en ocasiones podemos  verle en los más diversos aspectos de nuestro vivir. Cuando Isaías miró a Dios vio que encima de Él había serafines. Los serafines, cuya palabra significa “ardientes” son criaturas celestiales que existen para proclamar la gloria de Dios. Son adoradores por diseño. Son como Juan el Bautista, antorchas. ¿Eres de los que arden o de los apáticos?  ¿Cómo puedo ser un ser ardiente para Dios?  Necesitas cubrir tu rostro, tus pies y estar dispuesto a volar. Debes perder tu identidad para ser lo que Dios desee que seas; estar dispuesto a cambiar tus caminos por los de Dios; y perder el temor a una vida sobrenatural, atreverte a vivir por encima del promedio. Es una  gloria nos da habilidad. Es decir al  verle es imposible dejar de proclamarle. “Y el uno al otro daba voces, diciendo: Santo, santo, santo, Yahwéh de los ejércitos; toda la tierra está llena de su gloria”. Hablamos de acuerdo a lo que vemos. Quien mira la gloria de Dios la proclama a los demás. El serafín miraba a Dios entre sus alas como ocultándose y luego declaraba emocionado lo que había visto: “¡Santo! ¡Es extraordinario! ¡Es totalmente diferente, Único, excelso!” Y digo que sí lo veían aunque ocultaban sus rostros porque Jesús dijo que los ángeles ven siempre el rostro del Padre (Mateo 18:10).  Quienes ven a Dios descubren que toda la tierra está llena de su gloria. Si Dios abre tus ojos también descubrirás a Dios en cada detalle de la creación. Él está en todo y detrás de todo (aunque no sea el mismo todo). ¿Ves a Dios en todos los detalles de tu vida? Si no es así, necesitas comenzar a arder. Ponle combustible a tu espíritu. Es una gloria que nos da. Para verle hay que conmoverse. “Y los quiciales de las puertas se estremecieron con la voz del que clamaba, y la casa se llenó de humo”. Cuando te atreves a proclamar a Dios después de verle en cada aspecto de tu ser, todo se conmueve. Si ardes todo será diferente. Los fundamentos y paradigmas que conoces comienzan a temblar. El cristianismo que conoces está a punto de cambiar y todo lo que no tiene fundamento en Cristo será removido. Las puertas están estremeciéndose ante la visión genuina de Dios y la forma vieja de entrar será obsoleta. Cristo sigue siendo la Puerta, y las “puertas” se estremecerán. Las imitaciones están por ser descubiertas; sólo lo que tiene certificado de autenticidad sobrevivirá. La Casa de Dios está por llenarse de humo, su gloria nos impedirá vernos; su Presencia nos impedirá movernos. No hay más lugar para la carne. ¡Se acabó el servicio de los hombres y comienza el servicio de los hijos de Dios! (2 Corintios 5:13-14). La voz de los ardientes es incómoda; los radicales ponen a temblar los umbrales conocidos. Pero no podemos callar lo que hemos visto y oído. Es demasiado fuego interior para callarlo.

Tres elementos incluyen la visión sobrenatural, el primero es el Señorío de Dios, esto trata con nuestra dependencia y pelea con la independencia de Dios en cuanto a establecer visones que no proceden del trono. Esto nos ubica en el campo de la motivación. ¿Por qué hacemos las cosas? ¿Es Dios dirigiéndonos o nosotros? También nos desafía al ¿cómo hacemos las cosas? ¿Las hacemos por medios carnales o medios espirituales? El segundo elemento es el asombro de Dios. Esta área nos enfrenta con nuestra relevancia. ¿Es para la iglesia un Dios asombroso o simplemente un Dios religioso? Aquí tenemos un reto con nuestra devoción o pasión. Es para nosotros un Dios vivo o una idea. ¿Repetimos rituales o tenemos experiencias relacionales con Dios? Tercero, es la gloria de Dios. Observe que este elemento nos lleva al campo de la arrogancia. ¿Para quién hacemos las cosas?¿Que construimos nosotros? ¿Un reino para mí propia gloria o un reino para la gloria de Dios? Esto debe evaluar nuestras condiciones espirituales. Cuando nos atribuimos las cosas, los logros, los éxitos simplemente le estamos robando la gloria que a Dios le pertenece. Debemos comenzar a construir y edificar para Dios y no para nuestros propios gustos.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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