Lleve sólo lo necesario


1 Samuel 17:38-40

Todos nosotros tenemos algo que cumplir en nuestra vida. Ese propósito está relacionado directamente con el propósito de Dios. La gran lucha de Satanás es que vivamos ignorando tal propósito. Porque él sabe que si uno se alinea con el plan de Dios es capaz de ser gran influencia en el mundo. No hay hombre o mujer más influyente que el que está conectado con la voluntad de Dios. Sin embargo, muchas veces una vez descubierto el propósito de Dios en nuestra vida el enemigo usará cosas evidentes y cosas no tan evidentes o sutiles para que no nos encaminemos con el destino que Dios tiene preparado para nosotros. Muchas veces son efectivas estas trampas, de tal manera que aunque un hombre o mujer sepan que es lo que Dios quiere que hagan, pierden la oportunidad debido a que pierden el enfoque. ¿Qué hizo que David pudiera cumplir su destino? Hizo a lo menos cinco cosas. Estas mismas decisiones son importantes para no perdernos el plan de Dios.

En primer lugar  no aparentes algo que no eres.

1 Samuel 17:34 dice: “…Y David respondió a Saúl: Tu siervo era pastor de las ovejas de su padre; y cuando venía un león o un oso, y tomaba algún cordero de la manada.  David no era un soldado, Él se había enfrentado a grandes peligros pero nunca había estado en la guerra. (Dios siempre te preparará para enfrentar tu destino) Es interesante lo que leemos en 1 Samuel 17:14: “Siguieron, pues, los tres mayores a Saúl”. Ellos seguían a un no ungido, pero David seguía a la fuente de toda unción. El que sigue a los no ungidos será un no ungido, pero el que sigue a Dios tendrá la unción de Dios. Observe como David siempre mantuvo su identidad.  Entonces no aparentar lo que no soy  involucra una identidad espiritual. Hay una frase peculiar que me impresionó, “David había ido y vuelto” (17:15a). El mismo que salía era el que regresaba. Por dentro y por fuera seguía siendo David. Los lugares no lo cambiaban, ni el público lo dañaba. En el campo o el palacio era el mismo. Los que son usados por Dios  son siempre de una misma cara, de un mismo corazón y se conducen igual. Pero por otro lado también dice, “dejando a Saúl” (17:15b). Esto habla de una santidad espiritual. El instrumento de Dios  no puede permanecer mucho tiempo al lado de Saúl. El comportamiento y lenguaje de Saúl, después de mucho tiempo cerca de él, afecta al escogido de Dios. Él se cuida de no parecerse a Saúl y de no asimilar sus malas costumbres. David estaba para ayudar a Saúl por lo que para no perder la unción, de vez en cuando el ungido tiene que retirarse al desierto con Dios. Una tercera frase  es “para apacentar las ovejas de su padre en Belén” (17:15c). Esto nos habla de una fidelidad espiritual.  David no era dueño de algún rebaño. Las ovejas no eran de él, eran de su padre. Con esto Dios le estaba enseñando a no hacerse dueño de algo, sino a ser un buen  administrador de los bienes puestos bajo su cuidado. En 1 Corintios 4:2 leemos: Ahora bien, se requiere de los administradores, que cada uno sea hallado fiel”. La fidelidad es la clave de todo buen administrador. Ante el dueño, el administrador es responsable, consecuente y fiel a lo encargado. En el administrador el propietario puede confiar, puede delegar y puede tener la seguridad que no le fallara. El hombre de Dios  nunca se adueñará de lo que no es de él. Por otro lado los ungidos siempre tienen un corazón pastoral. Ellos sienten por las ovejas. En vez de las ovejas venir a ellos y buscarlos, ellos van y buscan a las ovejas. El espíritu pastoral debe ser una carga en los ungidos.

 En segundo lugar que nadie te imponga sus cargas

1 Samuel 17:38 dice: “…Y Saúl vistió a David con sus ropas, y puso sobre su cabeza un casco de bronce, y le armó de coraza”.

Saúl no le pregunto a David si él quería, o si él sabía utilizar esas herramientas solamente se las puso porque pensó que era lo mejor para él.

A David siempre le trataron de imponer cargas. Unas eran lícitas y otras no. El manejaba con responsabilidad las cargas  u obligaciones lícitas. Note  que el papá le dio una encomienda, y David inmediatamente la cumplió. Es interesante como la Biblia lo narra. Es decir cargas de Dios y  cargas no de Dios. Veamos como las manejó David ambas cargas. Primero, veamos las cargas de Dios. Dice el texto: “Se levantó, pues, David de mañana, y dejando las ovejas al cuidado de un guarda, se fue con su carga como Isaí le había mandado; y llegó al campamento cuando el ejército salía en orden de batalla, y daba el grito de combate(17:20). David se presenta como un madrugador: “Se levantó, pues, David de mañana”. David manejaba las cargas de Dios con prioridad. Los hombres y mujeres de Dios que han sido ungidos para algún ministerio y que verdaderamente aman a Dios, saben madrugar para Él. Son personas que llegan temprano a las citas de Dios. Prefieren levantarse temprano, a dejar que el día se les vaya en tonterías. Este es un punto muy interesante en lo que respecta a ser puntual y hacer las cosas de Dios con un corazón prioritario. Porque los que madrugan en las cosas de Dios siempre encuentran lo mejor de Dios primero que los demás.   David manejaba las cargas de Dios con responsabilidad. David se presenta como alguien responsable, “y dejando las ovejas al cuidado de un guarda”. El instrumento de Dios  es siempre una persona responsable. No descuida lo que se le ha delegado. Cuando no puede atender algo, delega en otro para que se lo atienda. David manejaba las cargas de Dios con puntualidad.  David se presenta como alguien que llega a tiempo: “y llegó al campamento cuando el ejército salía en orden de batalla, y daba el grito de combate”. Muchos creyentes por llegar siempre tarde no oyen el grito de combate. Se pierden el inició de las cosas. No alcanzan a recibir las primeras bendiciones. A los ungidos les gusta aprovecharlo todo. No se pierden ni los anuncios. Nadie les tiene que contar porque ya ellos lo experimentaron. Con David se cumple ese adagio: “Dios ayuda al que madruga”. Madrugue y esté temprano en todas las reuniones espirituales y verá la manera en que Dios lo ayuda. Sea un águila que vuela temprano. En todo este pasaje descubrimos a David como un creyente que sabe obedecer y obedece. Los ungidos deben caracterizarse por tener un espíritu de obediencia. La obediencia no se declara, sino que se practica, se realiza y se manifiesta. Los obedientes no son volcanes que ocasionalmente hacen erupción, son cataratas continuas que dejan caer las aguas. La oportunidad de obedecer nos permite ver: “el ejército salía en orden de batalla”, y oír: “y daba el grito de combate”. Los ungidos tienen sus sentidos de la vista y del oído sensible a todo lo que ocurre en el plano de lo natural y en el plano de lo sobrenatural. En 1 Corintios 2:9 leemos: “Cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni han subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman”.

Las cargas que no son de Dios.  Primero ser despreciado. A David el ministerio no se le hizo fácil. En su vida tuvo que confrontar la subestimación y el rechazo de continuó. Aunque muchos dudaban de su capacidad de ser alguien importante y de hacer algo importante, él nunca dudó del Dios que se especializa en hacer de lo que no es lo que es (1 Corintios 1:26–31). Cuando Samuel llegó a Belén para ungir a uno de los hijos de Isaí como el próximo rey de Israel, todos se olvidaron de David. A la pregunta de Samuel: “Son estos todos tus hijos?” (16:11), Isaí respondió: “Queda aún el menor, que apacienta las ovejas(16:11). A lo que el profeta respondió: “Envía por él, porque no nos sentaremos a la mesa hasta que él venga aquí” (16:11). Segundo ser criticadoY oyéndole hablar Eliab su hermano mayor con aquellos hombres, se encendió en ira contra David y dijo: ¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto? Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido” (17:28). El primero que trató de quitarle la visión a David fue su hermano mayor llamado Eliab. Él juzgó las acciones de David sin tomar en cuenta su motivación. Al escuchar a su hermano menor hacer preguntas, Eliab lo malinterpretó. En vez de Eliab alegrarse de que su hermano lo había venido a visitar con un encargo de parte de su padre, se llenó de ira al escuchar al ungido hablar con los que necesitaban fe y valor. Las preguntas del ungido siempre tienen la finalidad de levantar la fe en otros. Su hermano no podía entender esto. Su nivel de espiritualidad era muy bajo. Los que no hablan en Notemos las dos preguntas de Eliab: “¿Para qué has descendido acá? ¿y a quién has dejado aquellas pocas ovejas en el desierto?” (17:28). Lo acusa de desobediente y de irresponsable. Pero David era todo lo contrario de lo que pensaba su hermano Eliab. Él descendió en obediencia a su padre Isaí y dejó las ovejas al cuidado de un guarda. Los ungidos se cuidan de los que mueven mucho la lengua, al cumplir con sus responsabilidades. Eliab bruscamente le declara: “Yo conozco tu soberbia y la malicia de tu corazón, que para ver la batalla has venido” (17:28). En otras palabras le dice: “Yo sé que tú eres un orgulloso, que en tu mente hay malos pensamientos y solo has venido para averiguar”. Esto deja ver la raíz de amargura que el propio Eliab tenía en su corazón contra su hermano. Posiblemente el hecho de que David haya sido escogido como el ungido y no él que era el mayor, le había producido una espina contra el menor. Eliab era tal que impresionaba a cualquiera y lo hizo con el profeta de Dios. Pero lo que agrada a las personas lo desecha Dios. Más que apariencia, Dios busca un corazón conforme a Él. Eliab tenía todo menos el corazón que Dios deseaba en un ungido.  David supo defenderse y no pelear: “¿Qué he hecho yo ahora? ¿No es esto mero hablar?” (17:29). No se dejó intimidar por Eliab. Lo mandó a callar. Cuando queremos cumplir nuestro destino no tenemos tiempo  para malgastarlo escuchando las tonterías y las necedades de los no ungidos. No debemos permitir que nadie nos desarme y lo aleje de la fe. Leemos “Y apartándose de él hacia otros, preguntó de igual manera; y le dio el pueblo la misma respuesta de antes” (17:30). David se tuvo que apartar de Eliab. Un rato más con él y la fe se le hubiera ido. El ungido sabe a quién acercarse y de quién apartarse. Tercero, fue minimizado. Saúl estaba negativo, le faltaba fe, hablaba con desánimo. Leemos: “No podrás tú ir contra aquel filisteo, para pelear con él; porque tú eres muchacho, y él un hombre de guerra desde su juventud” (17:33). Ese “no podrás” tiene a muchos enterrados en la pirámide de su pasado. Viven embalsamados en sus fracasos. No se atreven a intentar de nuevo en la vida. Ese “no podrás” es una verja que le pone límites a la potencialidad humana. Muchos no salen de su patio emocional porque tienen miedo a la libertad espiritual. Ese “no podrás” nos limita, nos esclaviza, nos atormenta y es un ladrón que nos roba la voluntad de realización humana. No nos deja ser libres. La opinión de Saúl, aunque sonaba realista, no era el lenguaje de un hombre de fe. Por esto David no le prestó mucha atención. Con las palabras que respondió a Saúl desplegó su currículo personal. No era un cadete en la fe. Ya antes había vencido al león y al oso (17:34–35).

En tercer lugar detecta lo que te estorba y deshazte de ello.

Dice 1 Samuel 17:39: “… Y ciñó David su espada sobre sus vestidos, y probó a andar, porque nunca había hecho la prueba. Y dijo David a Saúl: Yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué. Y David echó de sí aquellas cosas”. Los  que quieren cumplir con su destino en Dios son siempre creyentes que están dispuestos a cumplir con la voluntad de Dios en su vida y a través de ella. Se ven a sí mismos como instrumentos en las manos de Dios. Cuando Él les ofrece una oportunidad, pequeña o grande, no la rechazan, ni la postergan, la aprovechan. Es decir debemos movernos bajo principios. David fue un seguidor  de principios. Sabía quién era y sabía lo que quería. Se conocía a sí mismo, conocía a su prójimo y conocía a Dios.  ¿Cuáles fueron esos principios? David era directo. “Y dijo David a Saúl: Yo no puedo andar con esto porque nunca lo practiqué” (17:39). Al ver la buena disposición de David, el rey Saúl quiso ayudarlo facilitándole el uso de su atuendo de guerra (17:38). De parte del rey este era un gesto amable y de consideración, sin restarle que conllevaba un enorme privilegio para un soldado ponerse los aparejos militares de su rey. El ungido se dejó vestir por el no ungido, pero pronto tuvo que quitarse los atuendos de él. Los no ungidos muchas veces nos tratarán de vestir con sus tradiciones o con su liberalismo; pero el ungido es moderado, no va ni a un extremo ni al otro. David fue humilde y se sometió a la voluntad de Saúl. No quiso ser descortés. Después de tener todos estos aparejos de combate puestos, se dio cuenta de que esto no era para él. A Saúl ese ropaje militar, con la coraza y el casco, le servía bien. Le era como anillo al dedo. Para David  le era un estorbo. Y todo lo que le estorba al ungido, él lo rechaza. Quiere ser sensible y flexible. Se niega a todo lo que le pueda quitar la bendición. David tiene que hablarle con franqueza a Saúl. Estas fueron sus palabras: “Yo no puedo andar con esto, porque nunca lo practiqué” (17:39). Desde luego, Saúl al ponerle ese uniforme a David no pensó bien. A un soldado no se le puede dar un rifle y granadas si no se le entrena primero. De un pastor de ovejas Saúl quería hacer un soldado entrenado. Además, este atuendo militar representaba la confianza humana más que la confianza en Dios. Saúl había perdido su confianza en Dios y confiaba demasiado en la mano del hombre, más que en la mano de Dios. La franqueza es muy importante en la vida y en las relaciones de los ungidos. Cuando ellos hablan lo hacen de corazón. No hacen alardes y no les interesa impresionar a alguien, sino agradar a Dios. Segundo, David era decidido. “Echó de sí aquellas cosas”. Eso implica que tomó una decisión en presencia del  rey y menospreció la decisión del rey en su vida. El está pensando en Dios y su pueblo y  por eso sus decisiones son para agradar a Dios y no al rey. Tercero David, era determinado. El hecho de que esas cosas sean apartadas o echadas implica despojo, pero por otro lado confianza en Dios. Porque él está determinado a pelear con Goliat, pero a su estilo.

En cuarto lugar, escoge bien tus armas

Dice 1 Samuel 17:40… Y tomó su cayado en su mano, y escogió cinco piedras lisas del arroyo, y las puso en el saco pastoril, en el zurrón que traía, y tomó su honda en su mano”

 (17:40). David  volvió a su estilo: “tomó su cayado en su mano”. El cayado era su instrumento pastoril. Símbolo de su autoridad y de su poder. A David  le interesa estar vestido de autoridad y de poder. Al enemigo se le hace frente con este cayado de autoridad. Del permiso divino y de poder, de la ejecución divina. David sabía quién era en Dios y lo que tenía de Dios. Luego “escogió cinco piedras lisas del arroyo”. No escogió piedras cualesquiera, sino piedras lisas para ser utilizadas en el momento de Dios. Cada una de estas cinco piedras calificaba para ser echada en el zurrón, metida en la honda y disparada a la frente del gigante. Las cinco piedras eran importantes para Dios y de utilidad para David. De las cinco, una sería la elegida para ser usada en esta famosa historia. Lo interesante es que no sabemos cuál de las cinco fue, pero una de ellas hizo historia y las otras cuatro siguen siendo recordadas. Sin embargo, estas cinco piedras no siempre fueron así. Primero, fueron formadas por el tiempo y la paciencia. A Dios hay que darle tiempo en nuestra formación y ser pacientes con su obra que a veces es lenta, también fueron  quebrantadas rodando y manteniéndose quietas. Quietos o rodando, el Señor Jesucristo en el río del Espíritu Santo nos quebranta. Por otro lado el paso del agua sobre ellas las fue suavizando y puliendo. Las pruebas nos ayudan a manifestar más el carácter de Jesucristo en nuestra vida. David supo escoger las cinco piedras. Dos requisitos tenía en mente. Primero, que fueran del arroyo. Segundo, que fueran lisas. Porque podían ser del arroyo y no ser lisas, o ser lisas y no ser del arroyo. Los que cumplen el destino de Dios  saben qué escogen para utilizar en el ministerio. Van siempre al arroyo de Dios para buscar lo que quieren. Sin oración, sin ayuno, sin lectura de la Biblia, sin asistencia a las reuniones del templo, no podemos encontrar las piedras lisas que necesitamos para ministrar y actuar como ungidos.

 Quinto,  Encamínate hacia tu destino

(1 Samuel 17:40… Y se fue hacia el filisteo) Dios tiene un propósito nuestras vidas, las situaciones que pasamos son para prepararnos para el cumplimiento de nuestro destino, pero depende de nosotros elegir el camino y tomar las mejores decisiones para su cumplimiento. Leemos del ungido: “y se fue hacia el filisteo”. En vez del filisteo venir al ungido, este se fue a su encuentro. Luego más adelante en 1 Samuel 17:48 leemos: “Y aconteció que cuando el filisteo se levantó y echó a andar para ir al encuentro de David, David se dio prisa y corrió a la línea de batalla contra el filisteo”. El filisteo se quiso adelantar en la pelea, quería atacar primero. Pero David  no estaba dispuesto a ser atacado primero, sino que salió al ataque. Los que cumplen el destino de Dios en sus vidas,  no se cruzan de brazos esperando que los enemigos ataquen, se les enfrentan con valentía y determinación. ¿Cómo me encamino a mi destino?

Primero dese prisa “David se dio prisa” (17:48). Si algo caracteriza a los hombres y mujeres de Dios es su sentido de urgencia. No posponen sus responsabilidades. Cuando se les delega alguna misión o tienen que realizar alguna tarea, sincronizan su tiempo. En la vida hay muchas cosas que hay que realizarlas con “prisa”. El factor tiempo puede ser nuestro amo o puede ser nuestro siervo. Todo depende de nuestra actitud. En Efesios 5:15–16 leemos: “Mirad, pues, con diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios, aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos”. En Colosenses 4:5 dice: “Andad sabiamente para con los de afuera, redimiendo el tiempo”  En ambos pasajes se nos enseña lo importante de la mayordomía que hagamos del tiempo. A todos Dios nos da la misma cantidad de tiempo, pero a unos le rinde más y a otros menos. Esto se debe al orden de las prioridades. El éxito en la vida es de los que saben priorizar sus asuntos. Le dan el tiempo a lo que le corresponde y no lo desperdician en cosas que no valen la pena. Para  David era importante, era prioridad, darse “prisa” y enfrentar al gigante. Era algo que en su corazón lo sentía así. Muchos esperaron cuarenta días y nada hicieron, pero David  en un solo día lo quiere hacer todo. Los hombres y mujeres de Dios que han sido ungidos para hacer su voluntad se entusiasman por cumplir con el propósito de Dios en sus vidas. El salmista David en el Salmo 138:8 dijo: “Jehová cumplirá su propósito en mí”. Para cada ungido, Dios tiene un propósito, pero queda de nuestra parte si con nuestra contribución de tiempo y energías le permitimos a Dios hacernos instrumentos de su voluntad. Usted y yo podemos llegar a ser la voluntad de Dios para que otros sean bendecidos, guiados, enseñados, evangelizados y discipulados. “Dése prisa” en hacer la voluntad de Dios. Entienda que Dios lo quiere usar, pero no lo hace porque usted no se da prisa para que Él lo haga. “Dése prisa” en manifestar el don que hay en usted. A cada creyente se le ha dado por lo menos un don. En 1 Corintios 12:7 leemos: “Pero a cada uno le es dada la manifestación del Espíritu para provecho”. Dios le da oportunidades para que ejercite y manifieste el don que hay en usted. Pero apúrese en hacerlo. Basta ya de estar orando para que el Señor lo use, déjese usar por el Espíritu Santo. “Dése prisa” en hacer las cosas. Deje de estar posponiendo las cosas para después. Con eso la retrasa, se retrasa usted y retrasa a otros. Siempre pregúntese: ¿Lo que voy a hacer es importante para mí, para mi prójimo y para Dios? “Dése prisa” en tomar iniciativa. Hombres y mujeres con iniciativa son los promovidos en el mundo secular y en el reino de Dios. Los que son lentos en hacer lo que Dios ordena y perezosos en representar los negocios de Él, difícilmente llegarán a ser para nuestro Señor Jesucristo lo que Él desea que sean.

Segundo acuda a la cita. Este es un sentido de presencia. “Y corrió a la línea de batalla contra el filisteo” (17:48). El hombre de Dios  es alguien que se mueve con metas en la vida. Las metas a corto plazo llevan a las de largo plazo, y estas últimas llevan al éxito. ¿Quiere tener éxito en su vida? Póngase metas. Propóngase alcanzar y realizar algo. Despierte al camino del éxito y de la felicidad. Deje ya de vivir condicionado por “no puedo” y “no tengo”. Hable el lenguaje del ungido: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece” (Filipenses 4:13). Empiece a confesar las promesas de Dios para su vida. Niéguese a ser esclavo de las derrotas y a estar preso en la cárcel de las dudas. Ha sido destinado por Dios para llevar una vida victoriosa y llena de fe. La meta del ungido era llegar a la línea de batalla y no dejar que el filisteo se le adelantara. Si no se mueve en esta vida otros llegarán antes que usted a la línea de batalla. El primero que llegue tiene más oportunidades de triunfar. Humana y sociológicamente, David era de la minoría y el gigante de la mayoría. Pero el se negó a dejarse condicionar por su condición de minoría. Por encima de sus desventajas sociales, veía sus ventajas espirituales. En su espíritu era libre para realizarse. Sabía quién era en Dios. Sabía que Dios y él cambiarían las cosas. Hágase socio con Dios en la realización de su voluntad. Muchos no se superan en la vida porque viven encerrados en su cuarto de un pasado fracasado. No miran al futuro, se mueven siempre mirando al pasado. Entran al futuro vestidos con los harapos de su pasado. Tenemos que olvidar el pasado lleno de sinsabores, derrotas, heridas, malentendidos, traiciones, hipocresía, rechazo, y con esfuerzo y determinación movernos a la conquista del futuro. Si Cristo lo asió, también puede asir todo lo que Él tiene para usted. El éxito, la victoria, el triunfo, la promoción, la graduación, la vida de plenitud es de usted. No es un gusano del infortunio, es un proyecto de Dios. Con el favor de Él, usted es una mariposa en su jardín de flores olorosas .Mírese como Dios lo ve y no como los demás lo describen o lo han definido. Su opinión acerca de sí mismo se modificará por la manera cómo se alimente de la Palabra. “Corra a la línea de batalla” y enfrente ese Goliat que le está haciendo daño a su matrimonio. No le huya a los problemas, confróntelos. Mire a ver qué es lo que ha estado afectando la intimidad en su relación conyugal. ¿Por qué están enojados el uno contra el otro? ¿Qué cambios los están perjudicando? ¿Por qué ya no hay diálogo amoroso? No deje que Goliat destruya su matrimonio, destrúyalo a él con el poder de Dios en su vida. “Corra a la línea de batalla” y enfrente ese Goliat que está afectando sus relaciones familiares. ¿Por qué hay tanto enojo entre los padres y los hijos? ¿Cuándo se sentaron por última vez para tener una conversación amistosa? Hijos, ¿por qué se rebelan contra sus padres? ¿Por qué detesta a su hermano? “Corra a la línea de batalla” y enfrente a ese Goliat que lo está afectando. ¿Por qué se enoja tanto? ¿Por qué no saca esa raíz de amargura que lo está asfixiando por dentro? ¿Por qué deja que su temperamento lo controle en vez de usted controlarlo a él? Deje ya de correr de la línea de batalla, es tiempo de que corra a la línea de batalla. Los cobardes huyen de los problemas, los valientes los confrontan. No huya de su matrimonio, no huya de su trabajo, no huya de su familia, no huya de su ministerio, no huya de sus responsabilidades. “Corra a la línea de batalla” y enfrente las cosas con fe. La fe quita el temor y lo hace actuar con valentía. “Corra a la línea de batalla” y resuelva los problemas con oración. Con la oración puede mover la mano de Dios y puede actualizar su voluntad a favor de usted. “Corra a la línea de batalla” y deje atrás sus temores con la alabanza. En medio de todo, alabe a Dios. Cuando las cosas le salgan mal alabe a Dios. Cuando no encuentre la salida a sus temores, alabe a Dios. Alábelo por la mañana, al mediodía, en la tarde, en la noche, alábelo todo el tiempo

Tercero, termine lo que empieza. Este es un sentido de competencia. La terminación del ungido “e hirió al filisteo en la frente… y tomando la espada de él y sacándola de su vaina, lo acabó de matar, y le cortó con ella la cabeza” (17:49, 51). El hijo de Dios  termina lo que comienza. Esta es una de las cualidades de los que han sido ungidos para una misión especial de Dios. Al final confirman con sus acciones lo que dijeron con sus palabras. David no era un volcán emocional, era una montaña. Al enfrentar a Goliat no se movió por emoción, lo hizo por unción. La visión para materializarse debe ser promovida y movida por la unción. Los no ungidos hablan mucho, pero al momento de actuar hace poco o nada. Hablan muy bien de la visión, pero no la actualizan. Por un momento visualicemos lo que hizo el ungido. David comienza a caminar apresuradamente, va ligero, en su mente está avanzar. De momento se echa a correr hasta llegar a la línea de combate. Allí mete su mano en la bolsa y extrae una de las cinco piedras lisas que tomó del arroyo. La pone en su honda, la hace girar, suelta una tira de cuero y la otra permanece atada a su muñeca derecha. La piedra surca el aire con la fuerza de una bala. La misma unción de Dios la dirige. Hasta que llega y se incrusta en el único lugar que el filisteo tenía desprovisto de protección: una pequeña apertura en su casco de guerra que dejó al desnudo su frente. Es tal el impacto de la piedra que el gigante cae. Dios lo hace humillarse y comer del polvo de la tierra. El momento está lleno de emoción, pero el ungido controla sus emociones. Sabe que tiene que terminar lo que comenzó. La emoción del momento no lo debe sacar de su unción. El diablo sabe entretener a los ungidos y mediante la emoción alejarlos de la unción. Una vez más el ungido se echa a correr. La unción todavía lo mantiene activo. Llega al filisteo, le saca la espada (17:51) y le corta con ella la cabeza. En todo este proceso se cumple la confesión de fe del ungido: “Jehová te entregará hoy en mi mano, y yo te venceré, y te cortaré la cabeza” (17:46). El resto de la historia nos presenta a los filisteos que huyen y son atacados por los soldados israelitas (17:51–52), y su campamento saqueado (17:53). Por causa del ungido, el enemigo y sus aliados son derrotados. Con la caída del “hombre fuerte”, vencen a sus asociados. La guerra espiritual se concentra en identificar atar y desarmar al “hombre fuerte” en su fortaleza de operación espiritual. Pero antes de que un creyente emprenda una guerra espiritual contra las fortalezas enemigas, atando y desatando cosas en el reino espiritual, tiene que librar en su vida una de las guerras espirituales más grandes: tiene que atar envidias, celos, rebeliones, chismes, enojos, contiendas, hipocresía, carnalidad, disoluciones, pleitos, tacañería, dudas, ambivalencias, heridas emocionales, complejos, racismos, discriminación, y muchas otras cosas. También tiene que desatar muchas cosas: gozo, paz, amor, fe, paciencia, benignidad templanza, mansedumbre, bondad (Gá. 5:22–23), autocontrol, positivismo, determinación, realización, superación, valentía, decisión, bendiciones, dones, y muchas otras cosas.

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