Para tener éxito hay que estar en lo suyo VI parte


En esta parte hemos visto que nuestro potencial se desarrolla con la oportunidad. Esta oportunidad tiene tres grandes dimensiones. Primero está el desafío generacional que nos lleva a un desafío de contextualización. Hoy tenemos una gran oportunidad con el mundo en que vivimos. Debemos conectarnos con esta nueva mentalidad, debemos hacer ajustes en las metodologías que usamos hoy. La pregunta que se plantea en este reto es ¿Quiero ser parte de una iglesia histórica o una que hace historia? El pastor Alberto Castro dice algo muy relevante con relación a este tema. El dice: “Una iglesia que hace historia debe estar dispuesta al cambio. Por tanto, si los cambios se dan más rápidamente fuera que dentro de la organización, se ha iniciado el proceso de muerte. Cuando una iglesia deja de cambiar, comienza a ser histórica. La frase típica en estas congregaciones es: « ¿Por qué cambiar si siempre lo hemos hecho así?»[1] La iglesia que busca el crecimiento debe ser revolucionaria en sus métodos. Si entiende además que los métodos están al servicio de los principios y no los principios al servicio de los métodos, sabrá que debe «reinventarse» en cada generación. De este modo podrá estar segura de que sus métodos se mantienen vigentes y relevantes a la cultura en la que está inserta. Recordemos que Jesús revolucionó la liturgia de su tiempo al predicar en un barco, hablar con mujeres y convertir el agua en vino, todos estos hechos considerados «escandalosos» para la época.[2] La iglesia que hace historia, corre riesgos, porque el riesgo es el precio de andar en fe. Es posible que cometa muchas equivocaciones, pero de seguro verá la gloria de Dios porque el Señor siempre ha acompañado a los osados.

La segunda dimensión de la oportunidad  es relacional y es un desafío con la evangelización. Aquí podemos plantear una pregunta importante ¿Está dispuesto a invertir en los perdidos o en los pedidos? Es decir, ¿quién es nuestro foco de existencia?¿El clamor de los perdidos en el mundo o el clamor de los pedidos personales de la congregación adentro? Menos de 1% de los recursos de las iglesias se invierten en esfuerzos evangelizadores, obras misioneras u otros programas que puedan beneficiar al inconverso. Frente a esta estadística, ¿qué importa el discurso de cada domingo en la mañana sobre el amor a Dios y al prójimo? La verdad es que esta situación manifiesta nuestra falsedad, avaricia y falta de amor.[3]  La Palabra de Dios dice: «Donde estuviere vuestro tesoro, ahí estará vuestro corazón». En muchas congregaciones, tristemente, su tesoro son sus propias vidas. La iglesia no puede escribir la historia desde una oficina o en las cuatro paredes del templo. No olvidemos que para rescatarnos, Jesús dejó los lugares celestiales. Por eso no podemos tocar la vida de los demás si no estamos dispuestos a salir de nuestra comodidad. Ninguna iglesia crecerá en calidad si no invierte más de 1% de sus ingresos en los perdidos. Las iglesias más fuertes en los últimos tiempos son las que suplen la mayor cantidad de necesidades. La iglesia existe para resolver problemas, desde los más profundos hasta los más inconsecuentes de la vida cotidiana. El primer capítulo del libro de Isaías contiene una fuerte condenación al pueblo de Israel, por cumplir con una liturgia religiosa desprovista de todo compromiso social, la cual Dios condenó abiertamente. Dios nos ha llamado a la práctica de una liturgia, que es el servicio a Dios, pero no puede estar divorciada del compromiso con el prójimo. En el Nuevo Testamento se reconocieron diáconos en la iglesia precisamente para evitar este tipo de situación. Las responsabilidades de los diáconos eran, sobre todo, administrativas y caritativas. Sus virtudes (sobriedad, honradez y transparencia [de carácter] eran las más apropiadas para los encargados de las finanzas y el servicio social. La religión es el resultado del equilibrio perfecto entre liturgia y diaconía. El apóstol Santiago observa: «La religión pura y sin mácula delante de Dios el Padre es esta: visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha del mundo».[4]Esta declaración contiene los dos ingredientes de la iglesia verdadera: el servicio y la santidad.

Cuando miramos el ministerio de Jesús podemos observar que siempre estuvo en medio de los problemas. Si los problemas no nos desafían ni estimulan posiblemente no tengamos el don de liderazgo. Por eso la iglesia, que ha sido llamada a tener un rol protagónico en la sociedad, no puede «esconder su cabeza en la arena» ante el caos y la incertidumbre del diario vivir. Finalmente, tengamos presente que la iglesia que crece es la que pastorea al hombre integralmente. No está dedicada a ganar «almas», sino a ministrar a la persona en su totalidad. Jesús nunca hizo un divorcio entre las necesidades físicas y las espirituales, más bien suplió unas y otras con amor, como formas indivisibles de mostrar a Dios (Mt 9:35-38).

La tercera dimensión de la oportunidad es educacional y nos reta en el campo de la transformación del individuo. Aquí podemos  plantearnos. ¿Quiero ser parte de una iglesia grande o de una gran iglesia? La grandeza de una iglesia está determinada por la forma en que encara la misión, administra su dinero o el impacto que tiene en su comunidad, no el tamaño del parqueo o la cantidad de músicos de su orquesta. Es muy fácil crecer mediante una campaña publicitaria o un sinfín de eventos espectaculares, tales como conciertos con artistas famosos. Por supuesto que esa congregación no tardará mucho en reunir una multitud. No obstante, puede seguir siendo una iglesia muy pequeña en cuanto a sus valores, carácter y responsabilidad frente a la misión. La grandeza no se logra en un momento: es el fruto de toda una vida de esfuerzo y compromiso.[5] Un pastor no podrá tener mayor satisfacción que esta: ministrar en una congregación llena de personas, supervisar el buen funcionamiento de muchos programas que producen transformación y dirigir una iglesia que no tenga de qué avergonzarse.

El crecimiento siempre estará ligado a la fe; es decir, creer que Dios lo puede hacer. No obstante, no veo cómo una iglesia pueda crecer sin la intencionalidad de hacerlo. ¡Debe tener un plan de crecimiento! Por eso, es importante que la iglesia local crea en el crecimiento y no lo vea como una amenaza. ¡Parece increíble decir esto! Muchas personas, sin embargo, piensan que es mejor tener una pequeña congregación donde todos se conozcan y cada uno tenga su lugar en la banca. El crecimiento puede traer una multitud de nuevos discípulos, personas más capaces y comprometidas que nosotros, las cuales incluso, podrían desplazarnos de nuestros «puestos». El crecimiento numérico también abre nuevas posibilidades de servicio pues trae multiplicación de materiales y personas. Un liderazgo sabio sabrá entonces sacar provecho de estos recursos. Recuérdese que uno de los principios del éxito es, precisamente, la mayor utilización de los recursos, dones y talentos de la congregación. No se podrá lograr esto si la congregación está limitada por una mentalidad mezquina y temerosa.[6]

Sin duda es más fácil ser el pastor de una iglesia pequeña, con sus rutinas claramente establecidas, donde las cosas son siempre iguales. Crecer trae toda clase de trastornos. Es probable que la construcción de una gran iglesia necesite inversión de tiempo y de recursos extraordinarios, y sea necesario sacrificar muchas áreas de la vida eclesial, incluyendo los recursos destinados a mejores sueldos o un salón más bonito. Lo que estemos dispuestos a hacer por la visión puede determinar su éxito y debemos preguntarnos si la iglesia está dispuesta a trabajar más para lograr sus objetivos. En esto todos deben contribuir, pues, a pesar de contar con la ayuda de Dios, la calidad del trabajo del equipo será fundamental. Las iglesias triunfan mediante la gracia del Padre Celestial y el sabio esfuerzo de sus siervos. La iglesia del siglo XXI no puede estar dirigida por un solo líder. Debe trabajar en equipo y para tener una gran iglesia el pastor deberá desarrollar un gran grupo de liderazgo. Los líderes con mejores resultados no son los más brillantes, sino los que logran conectar sus ideas con las de sus colaboradores.  Debemos seguir el ejemplo de Jesús, quien se dispuso a cambiar al mundo mediante un equipo de trabajo capacitado y comprometido con la visión.

Por otro lado  no podemos ignorar que competimos con todas las formas de entretenimiento que el mundo ofrece a la gente: cine, bailes, deportes. Estas de alguna manera apuntan, por así decirlo, al mismo mercado que nosotros: «la gente». Un gran empresario alguna vez dijo: «no es suficiente que nosotros tengamos éxito; nuestros enemigos deben fracasar». Por eso, la iglesia de hoy debe ser agresiva en el cumplimiento de su misión y no permitir que las luces de neón desvíen a nuestros jóvenes por falta de tecnología o una liturgia que no sea pertinente para su tiempo. En esto podemos imitar lo bueno de otras congregaciones o grupos. Esta es una de las características de la persona inteligente, pues rara vez se producen mejoras sin la existencia de un ejemplo por seguir. No obstante, cada iglesia trabaja en un escenario diferente, con gente diferente, y ha sido diseñada por Dios para cambiar el entorno donde está, disponiendo de los recursos que posee. No debemos, por lo tanto, olvidarnos de contextualizar lo que imitamos para adecuarlo a nuestro medio. [7]

  1. I.                    En cuarto lugar nuestro potencial  se desarrolla con la IDENTIDAD (1:12b)

Los que creen en su nombre”. La expresión en el griego es pisteúo, que es un participio presente activo. La frase es un participio adjetival, y se puede traducir como “los  creyentes”. Es una acción continua y llena de calidad, es una calidad de creencia. ¿Quiénes son los creyentes hoy?

  1. Una identidad de cambio. (Conversión)

Una grave debilidad hoy es que a la gente le decimos que hay que creer pero no le decimos que hay que cambiar. ¿No hemos diluidos el evangelio cuando todo mensaje es evangelístico? ¿No hemos trivializado el evangelio cuando el único llamado de la iglesia es a creer sin dar frutos? Evangelizar es darle a cada persona una oportunidad directa de decirle si o no a Jesucristo. Empapelar ciudades y gritar por megáfonos no es sinónimo de evangelizar. La persona, se halle en grupo o sola, debe tener la oportunidad de entender qué es el evangelio.  El evangelismo con fruto es más que números, es que los creyentes sean como Jesús. El fruto que importa es el de los convertidos y no el del evangelista. Es el fruto del Espíritu en aquellos que han creído (Gá.5:22-23). Es que el recién convertido “crea y obedezca su palabra para llevar mucho fruto” (Jn.15:1-11). Cuando el único llamado de la iglesia es a creer, al punto que se pierde de vista la obediencia de los que han creído, tanto los de adentro como los de afuera terminan por no creer. Porque si tras creer, no tengo un creer para algo, solo queda preguntarse entonces ¿para qué tengo que creer?  Renovar el evangelismo requiere primero renovar la teología del evangelismo y la conservación de resultados. Los resultados mejor conservados son los que en lugar de vegetar crecen en buenas obras: “y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hch.2:42). Evangelismo con fruto es integrar creyentes a la oración, comunión y enseñanza, a fin de que “el señor añada cada día a los que habrán de ser salvos”, a fin de que estos a su vez se multipliquen (Hch.2:42-47).[8]

  1. B.      Una identidad de carácter  (Transformación)

El ser cristiano hoy habla de ser más que el hacer. Hay una tensión social requerida  cuando transitamos por el Camino de Jesús. Sus seguidores son llamados a ser “en” el mundo, pero “no de” el mundo (dualismo social), o “no conformes”, pero “transformado”. Cuando los cristianos verdaderamente viven así, en lugar de ir a un extremo u otro, se da en la iglesia una influencia sin precedentes en la cultura. Es decir no sólo se trata de una “presencia fiel” sino ” transformación y compromiso”. Somos llamados incluso a transformar la cultura.  Cultura, después de todo, no es más que “una forma de vida vivida en común”, por lo que cuando Jesús llamó a sus seguidores a “vivir su manera” era natural que los cristianos juntos crearon una cultura decididamente cristiana como subproducto de su fidelidad a la manera de Jesús. Jesús dejó en claro que el Reino de Dios es orgánico y no orgánico. Crece como una semilla y funciona como la levadura: secreto, invisible, es sorprendente e irresistible.  Hay que recordar que los árboles se cultivan, no se construye.

Ese es nuestro desafío supremo hoy: Estamos viviendo en una civilización de las flores cortadas. Las raíces de la cultura cristiana se han reducido y las flores están comenzando a morir por todos los lados. Sólo un nuevo florecimiento del Camino de Jesús en el mundo de hoy hará la diferencia que anhelamos.[9]

  1. C.      Una Identidad en Cristo (Conexión)

Juan dice “los que creen en su nombre”. El nombre es sinónimo de existencia y de personalidad. Nuestra identidad parte de que no creemos una doctrina, o una tradición, o una denominación o una determinada práctica. Nuestra identidad proviene de nuestra relación íntima con Cristo. Hans Küng dice que ser cristiano no es el hombre que nada más procura vivir humanamente, o socialmente, o hasta religiosamente. Cristiano es ante todo, y solamente, el que procura vivir su humanidad, socialidad y religiosidad a partir de Cristo. Lo distintivo cristiano es Cristo Jesús en persona. Ser cristiano significa vivir, obrar, sufrir y morir como verdadero Hombre siguiendo a Cristo en este mundo de hoy: sostenido por Dios y presto a ayudar a los Hombres en la dicha como en la desgracia, en la vida como en la muerte.[10]

Para el Hombre de hoy Jesús constituye un modelo básico de una manera de ver y vivir la vida, y que ha de verificarse de múltiples formas. Él en persona es, para el individuo como para la sociedad, en lo positivo como en lo negativo, una invitación (¡tú puedes!), un llamamiento (¡tú debes!), un reto (¡tú eres capaz!): facilita en concreto una nueva orientación y actitud fundamental, nuevas motivaciones, disposiciones y acciones, un nuevo sentido y una nueva meta. También para la Iglesia debe seguir siendo Jesús determinante absoluto. La Iglesia únicamente es fidedigna cuando camina en seguimiento de Cristo. En la superación de lo negativo es donde la fe cristiana, como los humanismos no cristianos, tienen su prueba decisiva. Para los cristianos, la plena superación de lo negativo sólo tiene sentido a partir de la cruz. El seguimiento de la cruz no significa adoración cultual, ni interiorización mística, ni imitación ética. Significa correspondencia práctica, pluriforme, con la cruz de Jesús; en esta correspondencia, y con plena libertad, el Hombre descubre y trata de recorrer su propio camino de la vida y dolor.[11]

Así que la identidad de los que creen deberá ser una identidad sujeta a la conversión. Es decir al cambio, a dar un giro completo, ver los frutos de arrepentimiento en la decisión. Si no hay cambio difícilmente habrá conversión. Lo que habrá pasado es que la persona ha tenido una conversación con las cosas religiosas pero no ha habido cambio. En segundo la identidad de los que creen deberá ser una identidad sometida al carácter. Es decir nos lleva a la transformación. El apóstol Pablo enseña que esa trasformación implica todo nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo. Exhorta él: «No se amolden al mundo actual, sino sean transformados mediante la renovación de su mente». Y después explica que: «Así podrán comprobar cuál es la voluntad de Dios, buena, agradable y perfecta» (Ro 12.2–3). Es decir, a medida que nos vamos trasformando, vamos también comprendiendo cuál es la voluntad de Dios. Se trata de ir experimentando (así, en gerundio) la trasformación, para ir comprendiendo la voluntad del Señor. ¡Extraordinario proceso siempre continuo! Tenemos, entonces, que la transformación que buscamos tiene que ver con todo lo que somos y hacemos. ¿Qué significa eso? ¿Significa, acaso, que nada de lo que ahora somos y hacemos sirve para algo? Algunas teologías populares así lo promulgan haciendo mal uso de la expresión «depravación total» del gran Calvino. Recuerdo ahora un coro que se canta en toda América Latina: «Renuévame, Señor, Jesús; ya no quiero ser igual» y después confiesa: «porque todo lo que hay dentro de mí necesita ser cambiado, Señor»

Harold Segura dice: “¿Cuál transformación? ¿Todo debe ser cambiado? ¿Nada sirve? Estas preguntas fueron el centro de las discusiones de Jesús con los religiosos de su tiempo. Jesús los sorprendió cuando les enseñó que el arrepentimiento no era solamente dejar de hacer lo malo para llegar a hacer lo bueno, sino, algo aún más difícil de lograr: dejar de hacer lo que consideraban que era bueno, para llegar a hacer lo que consideraban que era malo. ¡Esto sí que es arrepentimiento! Eso fue lo que le pasó, por ejemplo, a Pedro en su experiencia en la casa de Cornelio, el gentil (Hechos  10:13). Volvamos a la pregunta inicial, ¿qué es lo que hay que cambiar cuando hablamos de renovación? En  Romanos 12.2–3 encontramos unas pistas. Cambiar la forma en la que conceptualizamos y en la que nos relacionamos con los criterios que imperan en el mundo presente. En este mundo algo anda mal; eso ya lo sabemos.[12]

La primera transformación es con la manera de vivir.  Así que, los trasformados en Cristo deberíamos primero vivir de manera contracultural. Lo que no significa aborrecer la cultura, sino contradecir (resistir) los patrones culturales que atentan contra la vida plena. ¡Imagínense si esto no tiene que ver con nuestra manera de hacer política, de vivir nuestra ciudadanía responsable, de relacionarnos con la Creación y de vivir nuestras relaciones laborales y familiares, entre muchas otras! La segunda  transformación tiene que ver con nuestra manera de pensar. Por otra parte, enseña Pablo que la trasformación está asociada a un cambio en la manera de pensar. Las diferentes traducciones bíblicas, de una u otra manera, con unas u otras expresiones, apuntan siempre al mismo concepto: trasformación de la mente, o una nueva mentalidad. ¡Qué nos ayude Freud a comprender el tamaño de esta afirmación apostólica… si es que él puede auxiliarnos! Una de las traducciones, la Versión Popular Dios Habla Hoy opta por «cambien su manera de pensar para que cambie su manera de vivir».

La tercera transformación es una manera de influir.  De lo anterior, algo queda claro, y es que la trasformación (renovación) no es, como lo afirmamos por tantos años, cambiar la manera de creer (credo doctrinal) para asegurar la manera de morir (sobre todo, alcanzar la seguridad de la gloria eterna). Es algo más: «la conversión tiene lugar en medio de nuestra realidad histórica e incorpora la totalidad de nuestra vida, porque el amor de Dios está preocupado por esa totalidad». Involucra nuestra manera de ser y de estar en el mundo; es una trasformación que conduce «hacia una existencia caracterizada por el perdón de los pecados, por la obediencia a los mandamientos de Dios, por una renovada comunión con el Dios Trino, y por un crecimiento y una restauración de la imagen divina y la realización del amor de Cristo».  La cuarta transformación es una manera de servir. Junto al cambio de cosmovisión (no conformarnos a este siglo) y al cambio de mentalidad (renovación del entendimiento), se suma la trasformación del sentido religioso y litúrgico de la vida. Esta última dimensión del cambio se relaciona con lo que Pablo enseña acerca de ofrecer el cuerpo «en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios» y de rendir así un «culto racional» (Ro 12.1). Harold Segura dice: “Es decir, que la fe en Dios es mucho más que en un ritual divorciado de la existencia y sujeto a la rigidez de la regulación eclesial; es, ante todo, una expresión dinámica del ser integral rendido al servicio (culto) de Dios. Ya enseña el viejo principio reformado que «celebramos el culto en cualquier lugar y en cualquier momento»; allí donde la vida respira y donde la caridad convierte en sagrado todo lugar del mundo[13].

Entonces, ¿qué es lo que hay que cambiar?, ¿qué áreas necesitan conversión? No hay una respuesta que sirva como fórmula universal. Cada cristiano o cristiana, cada comunidad cristiana o sociedad, en su momento histórico particular, necesita ejercitar el don del discernimiento para encontrar sus caminos de renovación. Sin embargo, las Escrituras nos auxilian en el propósito de comprobar «cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta». Romanos 12.2–3, señala, por lo menos, los siguientes dominios de cambio: nuestra cosmovisión (mirada particular del mundo inspirada en la mirada de Jesús) que anime la resistencia e impida que nos conformemos «a este mundo»; la mentalidad o «renovación del entendimiento», que nos permita pensar siguiendo los criterios de Jesús (la «mente de Cristo», según 1Co 2.16) para actuar según sus pisadas; y el sentido litúrgico de la vida, para vivir con reverencia ante Dios  y desarrollar la percepción mística de la presencia de Dios, allí donde otros suponen que él ya no está. Cantaba Mercedes Sosa:

Cambia el rumbo el caminante

Aunque esto le cause daño,

Y así como todo cambia

Que yo cambie no es extraño

Cambia todo cambia

Cambia todo cambia…

 Entonces, que cantemos también nosotros ¡un canto a la conversión!

En tercer lugar una identidad nos llevará a una identidad con Cristo. Esto habla de conexión con el modelo de Cristo y la fuente de su verdad.

Un hombre que acababa de aceptar a Jesucristo, iba a toda prisa por el Camino de la Vida, mirando por todas partes y buscando. Se acercó a un anciano que estaba sentado al borde del camino y le preguntó: -“Por favor, señor, ¿ha visto pasar por aquí a algún cristiano?”. El anciano, encogiéndose de hombros, le contestó: “Depende del tipo de cristiano que ande buscando”. “Perdone -dijo contrariado el hombre-, pero soy nuevo en esto y no conozco los tipos que hay. Sólo conozco a Jesús”. Y el anciano añadió: “Pues sí amigo; hay de muchos tipos y maneras. Los hay para todos los gustos. Hay cristianos por cumplimiento, cristianos por tradición, cristianos por costumbres, cristianos por superstición, cristianos por obligación, cristianos por conveniencia, cristianos auténticos”.

“Los auténticos! ¡Ésos son los que yo busco! ¡Los de verdad!”-exclamó el hombre emocionado. “Vaya!-dijo el anciano con voz grave-. Ésos son los más difíciles de ver. Hace ya mucho tiempo que pasó uno de esos por aquí, y precisamente me preguntó lo mismo que Usted”. “¿Cómo podré reconocerle?”. Y el anciano contestó tranquilamente: “No se preocupe amigo. No tendrá dificultad en reconocerle. Un cristiano de verdad no pasa desapercibido en este mundo de sabios y engreídos. Lo reconocerá por sus obras. Allí donde van, siempre dejan huellas”.[14] ¿Cuáles son esas huellas?

 

  1. A.     La huella exegética.

Debemos ir a la biblia y extraer  de ella, por medio de la exégesis, cuál fue el uso de la palabra cristiano. El nombre “cristiano” ocurre solo cuatro veces en la Biblia: “En Antioquía fue donde, por primera vez, los discípulos recibieron el nombre de «cristianos»” -Hechos 11:26 -“Agripa contestó a Pablo: «Por poco, con tus argumentos, haces de mí un cristiano.»” -Hechos 26:28 -“una mujer cristiana”  -I Corintios 9:5 -“pero si es por cristiano, que no se avergüence, que glorifique a Dios por llevar este nombre”. -I Pedro 4:16 No se sabe quién utilizó este nombre por primera vez. Parece que los cristianos no solían utilizarlo para ellos mismos hasta el segundo siglo. Antes preferían llamarse “hermanos”, “discípulos”, “creyentes”, etc.  Se trata de un cambio interior de la existencia. ¿Por qué tan poco uso? Porque es una palabra muy exigente. Ser cristiano en sus orígenes etimológicos exige que ya no me cierre en mi yo, considerando mi autorrealización como la razón principal de mi vida. Se trata de la decisión fundamental de dejar de considerar la utilidad, la ganancia, la carrera y el éxito como el objetivo último de mi vida, para reconocer sin embargo como criterios auténticos la verdad y el amor. Se trata de optar entre vivir sólo para mí o entregarme a lo más grande. Hay que tener en cuenta que verdad y amor no son valores abstractos; en Jesucristo se han convertido en una Persona. Así que nos conectamos con nuestros orígenes con la investigación bíblica de ser cristiano

  1. B.      La huella magnética

Creo que todos los cristianos deben tener ese magnetismo espiritual que atrae a las personas que no conocen al Señor. Los primeros creyentes, al igual que los creyentes  de hoy, no fueron heraldos de una idea, sino testigos de Cristo ante todo el mundo.  Cuando Juan Bautista presentó a Jesús como el Cordero de Dios. A la pregunta: «¿Qué buscáis»,  los futuros discípulos  respondieron con otra pregunta: «Rabí –que quiere decir, “Maestro”- ¿dónde vives?”». Jesús les respondió «Venid y lo veréis».   «La aventura de los discípulos  comienza así, como un encuentro de personas que se abren recíprocamente. Para los discípulos comienza un conocimiento directo del Maestro» «Ven donde vive y comienzan a conocerle. No tendrán que ser heraldos de una idea, sino testigos de una persona».  «Antes de ser enviados a evangelizar, tendrán que “estar” con Jesús, estableciendo con él una relación personal.  Por este motivo, «la evangelización no es más que un anuncio de lo que se ha experimentado y una invitación a entrar en el misterio de la comunión con Cristo. El cristiano  es un enviado, pero antes aún es un “experto” de Jesús».  Tras su pasión y resurrección, Cristo «enviará a los discípulos  “por todo el mundo”, a “todas las gentes”, “hasta los confines de la tierra”» «Y esta misión continúa. Debemos conservar ese magnetismo de los primeros creyentes. Así que entonces nos conectamos por medio generar magnetismo hacia Cristo en un mundo apático.


[1] Castro, Alberto: ¿Así que quiere que su iglesia crezca? Artículo publicado en Revista Desarrollo Cristiano. http://www.desarrollocristiano.com/articulo.php?id=890

[2] Ibíd.

[3] Ibíd.

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

[6] Ibíd.

[7] Castro, Alberto: ¿Así que quiere que su iglesia crezca? Artículo publicado en Revista Desarrollo Cristiano. http://www.desarrollocristiano.com/articulo.php?id=890

[10] Küng, Hans: Ser Cristiano. Ediciones Cristiandad, Madrid, 1975. Pág. 145

[11] Ibíd.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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