Para tener éxito hay que estar en lo suyo II parte


Tratando de aplicar estos conceptos para que sean pertinentes en nuestra vida personal y eclesial diría que en cuanto a la definición debemos hacer tres preguntas claves en este tiempo. Primero tiene que ver con  el Señorío. Es decir ¿quién es el dueño de la iglesia? Ya sabemos la respuesta por lo menos en la teoría. Es importante volver a entender y saber que el dueño ha sido, es y seguirá siendo Jesucristo Rey de reyes y Señor de señores. La segunda pregunta clave en cuanto a la definición es acerca de la satisfacción. ¿Qué satisface a una iglesia? ¿Qué hace que una iglesia o un hijo de Dios se sienta satisfecho en su vocación cristiana? Cabe destacar que muchas personas definen su satisfacción a través de los logros, los títulos, la familia a la que pertenecen, el carro que manejan, la casa y el barrio donde viven. Pero eso simplemente no define por qué y para que estamos aquí. Por otro lado también es  importante entender que la iglesia del siglo XXI ha cambiado la definición de su satisfacción. Para muchas iglesias su satisfacción  es construir, para otros es su alcurnia histórica, para otras su satisfacción es identidad denominacional, para otros su satisfacción es personal, definimos la iglesia asociada con alguien famoso y con personalidad carismática. La definimos por la clase social que asiste a ella, o por la ubicación geográfica. La claridad de la satisfacción estriba en preguntarnos nuevamente ¿Estamos aquí para estar satisfechos con nosotros o para satisfacer el corazón de Dios? Es obvio que la iglesia y los hijos de Dios estarán siempre aquí para proclamar la redención del ser humano a través de la obra y la persona de Cristo. Porque ese es y ha sido siempre el corazón de Dios. La tercera pregunta  se refiere nuestro sentido. ¿Es nuestra labor esperar que la gente venga y vivamos para la iglesia o estamos llamados a salir hacia el mundo y dejar nuestros ambientes cómodos eclesiales? Es nuestro sentido de existencia parecernos más a empresa exitosas o a la sencillez y profundidad de la iglesia emergente del Nuevo Testamento? Es  decir la pregunta pretende hacernos pensar ¿En qué sentido nosotros nos parecemos más al mundo que al diseño original de Dios?

 En cuanto a la dedicación debemos plantearnos preguntas profundas. Creo que la pregunta fundamental hoy en cuanto a la dedicación  es sobre la espiritualidad.  ¿Qué es estar dedicado a Dios? ¿Es sinónimo hoy ser evangélico con ser cristiano? ¿Será posible que hay muchos evangélicos pero pocos cristianos? ¿Qué es ser espiritual hoy? No cabe duda que tenemos una gran deuda con este tema. Segundo Galilea dice que “Podemos definir la espiritualidad cristiana, como el proceso de seguimiento de Cristo, bajo el impulso del Espíritu y bajo la guía de la Iglesia”[1]. Galilea tiene en cuenta dentro de su teología el lugar de los sacramentos como medios de gracia y de la Iglesia como “patria de la fe”. Pienso que una adaptación evangélica de esta definición podría decir que “es el proceso continuo por medio del cual seguimos Jesucristo, alimentándonos de la comunión íntima con el Padre, bajo el impulso del Espíritu Santo y en peregrinaje fraterno con la Iglesia.[2] . Sin embargo creo que uno de los más atinados en cuanto a esta  “otra espiritualidad” es el Pastor Bautista René Kivitz. Creo que Kivitz ha dado en el clavo al tratar de exponer este  punto. El dice: “¿Cuál es la diferencia entre espiritualidad y religión? La espiritualidad es la experiencia humana de lo sagrado, trascendente, divino. La religión es la manera como el ser humano organiza y vivencia esta experiencia. Espiritualidad es una experiencia humana universal. Religión es una experiencia humana condicionada a dogmas, ritos, códigos morales y grupos de personas que creen en las mismas cosas y celebran su espiritualidad de la misma manera. Las religiones más conocidas en el mundo son: Judaísmo, Islam, Cristianismo, Hinduismo y Budismo. La espiritualidad es lo que los seres humanos tienen en común. Por ejemplo, tanto el Dalai Lama como el Papa Benedicto XVI tienen una espiritualidad, pero tienen creencias diferentes. Uno es budista y el otro es cristiano. La religión es la manera como cada ser humano desarrolla y practica su espiritualidad. ¿Por qué “otra espiritualidad”? Dentro de cada religión existe una variedad de formas de vivenciar la espiritualidad. Por ejemplo, en el Cristianismo la espiritualidad puede ser vivida de una forma Católico Romana y otra Protestante, e incluso dentro del Protestantismo existen ramificaciones como el protestantismo histórico, el pentecostalismo y el neo-pentecostalismo. En América Latina, los protestantes quedaron conocidos como “evangélicos”. Significa que, “evangélico” es una rama del protestantismo, que a su vez es una rama del Cristianismo, que a su vez es una de las cinco grandes religiones. Ser “evangélico”, por lo tanto, es una forma de vivir la espiritualidad cristiana, y en ese caso podemos decir que existe una “espiritualidad cristiana evangélica”. Por detrás de la expresión “otra espiritualidad” está la sugerencia de que existe otra manera de vivir la espiritualidad cristiana, diferente de la manera como los evangélicos la viven”.[3]

Es decir  Kivitz lo que sugiere es que  la “espiritualidad evangélica” está cada vez más distante de lo que puede considerarse una “espiritualidad cristiana”.[4] Por otro lado la expresión “otra espiritualidad” a la que Kivitz se refiere,  sugiere la pregunta: “¿otra en relación a qué?” ¿Significa que una espiritualidad está siendo abandonada para que en su lugar aparezca “otra”? En realidad la propuesta de Kivitz es simple: “Se debe abandonar  la espiritualidad del sentido común evangélico, y salir en busca de la espiritualidad del sentido común de la revelación bíblica.

Me apresuro a explicar. Creo que lo que Kivitz pretende decir (y con lo que estoy totalmente de acuerdo)  es  que la frase  “sentido común” es una forma simple de referirse al hecho de que a pesar de la enorme diversidad en relación a las características que identifican al ser evangélico, hay un núcleo que resume la manera como este segmento religioso de la sociedad articula su creencia y su forma de vivir. Al escoger el sentido común, admite que la “otra espiritualidad” que busca no es una novedad, sino un rescate de los aspectos esenciales de la fe cristiana conforme se establecieron en la revelación bíblica.[5] Dejando de lado el rigor académico y científico, que no caben en la propuesta de esta reflexión, se le llama “sentido común de la fe evangélica” a los contenidos articulados en la fase más visible de esta tradición religiosa, notoriamente a través de los medios de comunicación impresos, radiales y televisivos. Son los autores y comunicadores masivos quienes le “hacen la cabeza” a los fieles y de a poco van definiendo, consciente e inconscientemente, voluntaria e involuntariamente, un núcleo de creencias determinantes de una cosmovisión, y por consecuencia, una forma de ser en el mundo. A partir de un determinado punto, pasa a existir una cultura autónoma, independiente de los contenidos más elaborados de los teóricos. Esta cultura autónoma es apropiada por el pueblo y a partir de entonces enciende un proceso de desarrollo de creencias y costumbres que se van distanciando cada vez más de la propuesta original.
No tengo dudas en cuanto al hecho de que este fenómeno sucedió en la llamada iglesia evangélica, y que el ser evangélico, conforme a lo comprendido al día de hoy por la sociedad latinoamericana, e incluso hasta por muchos evangélicos, es algo totalmente distante de los contenidos originales de la fe cristiana revelados en la Biblia. Tengo la firme convicción que el cristianismo de los evangélicos contemporáneos es absolutamente distinto del cristianismo de los primeros cristianos y de las exhortaciones  teológicas más consistentes de la Palabra de Dios. Así que si queremos desarrollar nuestro potencial debemos definir bien nuestra existencia y segundo debemos redefinir nuestra creencia.

 En cuanto a la determinación, es obvio que nos lleva al campo del precio y del distintivo que debemos mantener en este siglo. ¿Hasta dónde llega nuestra conversión? ¿Hasta pagar el precio con sangre  por las convicciones? Vivimos hoy en una cultura intolerante, que aborrece los absolutos. ¿Cómo haremos para que nuestro mensaje con principios absolutos encaje en esta agresividad cultural y mundial? Hay tres cosas que debemos estar determinados a mantener. Son principios no negociables. Primero, la salvación en Cristo no es una opción es la única opción. Es una lucha en cuanto a la singularidad. La iglesia del NT no fue perseguida porque dijera que Jesús era Dios, sino porque dijo que era el único Dios. Segundo, la salvación en Cristo no es una conversación es conversión. Esto es una lucha con la  radicalidad. O somos hijos de Dios o no somos. Esto implica una determinación a presentar el evangelio puro sin ningún aditivo para que en realidad haya una transformación del individuo y por lo tanto  en el mundo. Hablaremos de esto más adelante. Tercero, la salvación en Cristo no es estética es ética.  Es una lucha con la autenticidad. La verdadera salvación no informa, no reforma sino que transforma. Si no hay cambio sólo representación entonces no podemos afectar al mundo. Debemos mantener la ética del reino, no una ética situacional, o cosmética.

Note entonces que para desarrollar nuestro potencial debemos tener claridad. Esa claridad tiene tres condiciones. Una iglesia tendrá clara su visión cuando defina, dedique y determine su existencia.


[1] Galilea, Segundo. El Camino de la Espiritualidad. Ed. San Pablo, España 2004.Pág. 32

[2] Segura, Harold. Hacia Una Espiritualidad Evangélica Comprometida, Buenos Aires: KAIROS, 2002. Pág. 10

[4] Ibíd.

[5] Ibíd.

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