Espiritualidad Profética : Salmo 22


Vivimos a nivel mundial un momento histórico complejo y conflictivo. Nos encontramos envueltos en una profunda crisis de humanidad. Hoy más que nunca necesitamos una fuerte espiritualidad que dé sentido a nuestro diario vivir, que anime la esperanza en la utopía del reino de Dios y dé vigor a la lucha por un mundo nuevo. En este tiempo la espiritualidad, lejos de evadir  la realidad histórica, se   debe presentar como una alternativa ético-profética de renovación y de cambio personal y social. Sin espiritualidad no hay posibilidad de un futuro esperanzador. En toda América Latina vemos hoy por hoy una espiritualidad tangible. Hay diferentes tendencias y marcas dependiendo el tipo de lugar y creencia denominacional o presión grupal de la iglesia. El escritor colombiano Harold Segura dice que la espiritualidad es uno de los temas más descuidados entre los cristianos evangélicos latinoamericanos.[1]  Y luego el añade:

[2]En efecto, a pesar de la persistencia del pueblo de nuestro continente en ser un pueblo religioso, y de la proliferación de diversas “religiosidades” que ha habido en los últimos años, la reflexión seria sobre espiritualidad continúa siendo una asignatura pendiente de las iglesias evangélicas en América Latina.  Mucha de la espiritualidad actual carece de anclas teológicas. Su escasa o nula articulación con temas fundamentales como el Reino de Dios, la encarnación y práctica de Jesús, y la misión de la iglesia, entre otros, revela su falta de identidad evangélica. Los resultados son notorios: iglesias y creyentes carentes de proyecto, impregnados con las expectativas y valores que promueven las teologías de la prosperidad, el animismo mágico y la moda psi en materia de religiosidad. Impuesta esta tendencia, mucha espiritualidad evangélica se limita a repetir un trivial libreto de “lo eficaz”, “lo extraordinario” o lo “sin estrés”.  Por otro lado se puede hablar de cuatro aspectos o tendencias espirituales en nuestro contexto hoy. En primer lugar está la espiritualidad institucionalizada. Es decir la iglesia como institución o como religión o como gerencia. Cuando la iglesia ejerce un papel de norma suprema de la espiritualidad, ésta degenera en activismo, que es “la acción sin sentido de dirección o la acción orientada al logro de objetivos que no necesariamente concuerdan con el propósito de Dios para la vida humana y para toda la creación”. La iglesia, no sobra recordarlo, no es un fin en sí misma, sino un medio; medio o instrumento al servicio del Reino. Ser espiritual, en este sentido, no puede reducirse a ser un mejor funcionario de la estructura institucional de la iglesia.[3]En segundo lugar tenemos espiritualidad de lo extraordinario (Espiritualidad carismática) Otro eje, también deficitario, que debemos considerar desde la perspectiva del Reino es el de la experiencia espiritual extraordinaria. En éste, la espiritualidad se comprende como la búsqueda incesante de experiencias desvinculadas tanto de un compromiso concreto con la causa de Cristo como de los comportamientos cotidianos. Es una mística sin ética; una emoción sin misión; una especulación sin proyección.[4] Una tercera es la espiritualidad desconectada (Espiritualidad escapista) . La perspectiva del Reino corrige también el espiritualismo individualista, que se expresa, muchas veces, en el cultivo de una vida interior sin conexión con el mundo exterior y la misión de Dios en el mundo. En amplios círculos evangélicos, la espiritualidad se concibe como el perfeccionamiento personal en términos de moral y vida pura.[5] Una cuarta es la espiritualidad sin estrés  (Espiritualidad positiva). La perspectiva del Reino señala también que la espiritualidad no debe reducirse a la gratificación de necesidades psicológicas, tal como lo enseñan algunas de las actuales teorías de la autorrealización humana. Hoy encontramos la predicación de un evangelio especializado en las ofertas, que promete la satisfacción de las necesidades personales, que pone la vida en orden y que regala la salud, la felicidad y hasta la prosperidad económica. Es verdad que la vida en Cristo ”nos ayuda en nuestros quebrantos y satisface al alma cansada”, como se canta en algunos himnos, pero eso no significa que los beneficios son la esencia del mensaje de Cristo, ni explica la razón de ser de nuestro discipulado.[6]

Es obvio que estas tendencias tienen sus cuitas, y que no han dado una respuesta adecuada al mundo en el que vivimos. Debemos entender que el eje fundamental de nuestra espiritualidad debe ser la causa de Cristo, que es el Reino de Dios. El seguimiento de Jesucristo debe ceñirse al modelo del Maestro, antes que a las expectativas de la iglesia institucionalizada, o a las ansias de nuestra religiosidad legalista, o a los deseos de autorrealización humana: “… aprendan de mí, pues yo soy apacible y humilde de corazón, y encontrarán descanso para su alma” (Mt11:29). Ser espiritual es vivir la fe en relación amorosa con Dios y con nuestros semejantes; es seguir a Cristo asumiendo las actitudes que él asumió hacia su Padre, hacia los necesitados, hacia el mundo y hacia la creación en general. Así nos lo recuerda la exhortación de Pablo: “La actitud de ustedes debe ser como la de Cristo Jesús” (Flp2:5). Por eso, aceptar la invitación a vivir la espiritualidad del Reino es someternos al modelo del Rey. Con Jesús, el Reino de Dios se hace presente entre nosotros, “y crece y actúa ‘en medio de nosotros’ sin prisas pero sin pausas. Ahora bien en el salmo que tenemos a continuación hay una espiritualidad como pocas veces vista en nuestros contextos latinoamericanos.

Me refiero a la espiritualidad profética. El Salmo 22 es un ejemplo del género literario  súplicas individuales. Las súplicas o lamentos individuales forman el grupo más numeroso del salterio. El Salmo 22 surge de una experiencia de sufrimiento muy intenso. El que sufre se siente muy solo, abandonado, pero sigue confiando en Dios. Podría ser de una experiencia de David, pero no podemos limitar el Salmo a su contexto original; seguramente mira hacia adelante al Mesías sufriente. El salmista no hubiera entendido toda esta aplicación al Mesías, pero su propio sufrimiento prefiguraba el de Cristo y su poesía era profética porque era inspirada por el Espíritu de Dios. Según Pedro, David: Siendo, pues, profeta y sabiendo que Dios le había jurado con juramento que se sentaría sobre su trono uno de su descendencia, y viéndolo de antemano, habló… (Hechos 2:30, 31a). La exégesis judía entendió varios versículos del Salmo como dichos del Mesías. Jesús y los autores del NT vieron en ello muchos detalles que fueron cumplidos en la  crucifixión de Jesús. Se destacan la exactitud con que aquí se describe lo que Cristo sufrió en la cruz, también la humildad del que sufre y la visión de  salvación a las naciones. Además de las divisiones en párrafos podríamos hablar de los vv. 1–21 como “El poder de las tinieblas” y los vv. 22–31 como “El gozo de la victoria”[7] En este sentido David tiene una revelación más allá de lo que él puede percibir , dando a conocer que podemos por medio del Espíritu Santo desarrollar una espiritualidad que se convierta en una profecía para las generaciones venideras. ¿Cómo hace uno para desarrollar este tipo de espiritualidad profética? ¿Qué elementos o materias de estudio de la vida lo forman en tan rara disciplina? Bueno en el salmo 22 trataremos de mostrar las cuatro disciplinas que ayudaron a David para convertir su vida en una espiritualidad profética. Estas cuatro disciplinas con: La disciplina del silencio de Dios (22:1-5), la disciplina del sufrimiento en Dios  (22: 6-11), la disciplina de la soledad con Dios (22:12-23) La disciplina del sacrificio por Dios  (22:24-31). Creo al desarrollar estas cuatro áreas, silencio, sufrimiento, soledad y sacrificio podemos reflejar ampliamente una espiritualidad profética. Veamos cada una de ellas.


[1] Segura, Harold. Hacia una Espiritualidad Evangélica Comprometida. Ed. KAIROS, Buenos Aires, 2002. Pág.30

[2] Ibíd.

[3] Ibíd. Pág. 33

[4] Ibíd. Pág. 33

[5] Ibíd. Pág. 36

[6] Ibíd.

[7] Carro, Daniel. Comentario Bíblico Mundo Hispano. Ibíd. Pág. 111

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