Sólo para siervohólicos


Hay bastantes personas en el ministerio que piensan que el andar para arriba y para abajo con el propósito de servir a Dios es la mejor opción de vida. A estos siervohólicos les parece muy espiritual el no parar. Algunos son muy apasionados haciendo el ministerio de Dios. Y personalmente creo que la pasión es una característica muy importante en lo que hacemos pero después de 33 años de ministerio pastoral me he preguntado ¿si realmente eso es lo que estamos llamados a hacer? No me mal interprete creo en el trabajo duro para El Señor. Sin embargo al encontrarme con esta parábola en esta semana me di cuenta de varias cosas importante que como servidores de Dios debemos pensar.  Lucas 17:7-10 dice: »Si uno de ustedes tiene un criado que regresa del campo después de haber estado arando o cuidando el ganado, ¿acaso le dice: “Pasa y siéntate a comer”?No, sino que le dice: “Prepárame la cena, y disponte a atenderme mientras yo como y bebo. Después podrás tú comer y beber.” Y tampoco le da las gracias al criado por haber hecho lo que le mandó. 10 Así también ustedes, cuando ya hayan cumplido todo lo que Dios les manda, deberán decir: “Somos servidores inútiles, porque no hemos hecho más que cumplir con nuestra obligación.

Cuando veo el pasaje vienen a mi mente tres principios  de lo que significa ser siervo de Dios.

I.                    Ser verdaderamente un siervo de Dios significa PROPIEDAD.

Déjeme explicarle. Está bien que uno sea esclavo de Jesús y no de otro amo. Somos propiedad de Él. El es nuestro dueño. Es decir el tiempo y trabajo le pertenecen al amo. Los siervos no tienen derechos solamente obligaciones. Nosotros le pertenecemos a Él y no al revés. Pero, francamente al estudiar la parábola me avergüenza la manera tan trivial y superficial con la que usamos la palabra siervo en la actualidad. Y por sobre todo me avergüenza la manera en que muchos sirven a Dios hoy. Note que la parábola dice que el esclavo viene de ara y apacentar. Es decir viene de trabajar de sol a sol (en su trabajo laico) (! Cómo detesto esa palabra!) pero también dice que al volver del campo, el esclavo de la parábola no pensó: “Bien, ahora me doy un baño, como algo y me vaya descansar”. ¡No! El pensó: “¿Qué puedo hacerle de comer a mi amo?”. Nosotros en cambio, cuando volvemos del trabajo, pensamos en mirar televisión, comer y dormir. No se nos ocurre pensar en el reino de Dios, en invitar a un vecino a casa para interesarlo en su vida espiritual, en ayudar a un conocido necesitado, en llamar a algún amigo enfermo para saber cómo está y orar con él, etcétera. Realmente, nuestra actitud es opuesta a la de un siervo. Hoy los señores nos sentamos en los bancos de la iglesia esperando que los pastores nos sirvan y le mandamos a Jesús una larga lista de pedidos de cosas que queremos que nos haga como si Él fuera nuestro siervo en vez de nuestro Señor. Cuando oramos decimos: “Señor, vaya al salir, cuida mi casa para que no entren ladrones”. Si le hemos entregado la casa, Él la cuidará, no hace falta pedirle. “Y protégeme de accidentes mientras viajo”, ¿qué es lo que esperamos que Jesús nos diga? “Si, señora” o “Muy bien, señor, como usted mande”. ¿Quién es el Señor y quiénes son los siervos, y quién da las órdenes a quién? Los siervos no son los que dan órdenes al Señor, sino los que preguntan: “Señor, ¿qué quieres tú que yo haga?”. Escuche las oraciones de los creyentes y las listas de peticiones, y pregúntese quién está dando las órdenes a quién. La satisfacción del siervo es ver a su amo satisfecho. Somos propiedad de Jesucristo.

II.                  Ser verdaderamente un  siervo de Dios significa  INTIMIDAD

Observe con atención en el vrs. 8 que lo que el siervo es una tarea dura. Pero lo que hace no tiene división. Es decir tanto lo que hace afuera (arar o apacentar) lo hace dentro de la casa. Pero en dimensiones diferentes. Es decir no hay diferencia entre trabajo secular y trabajo religioso.

  • A.     Separación

En otras palabras la famosa dicotomía entre laico y clérigo. El gran teólogo Karl Barth dijo, correctamente: “El término ‘laico’ es uno de los peores del vocabulario religioso y debería ser desterrado de la conversación cristiana”. Los términos “clero” y “laico” no aparecen en el Nuevo Testamento. Tampoco se encuentra el concepto de que hay quienes realizan el ministerio (clero) y quienes son objeto del ministerio (laicos).[1] Por lo tanto, lo que tenemos es una clara ruptura con la mentalidad de los cristianos del primer siglo, donde todos los creyentes compartían el mismo estatus. La distinción entre el clero y los laicos -púlpito y banco- pertenece al otro lado de la cruz. Con el Nuevo Pacto en Cristo, se eliminaron el clero y los laicos. Hay un único pueblo de Dios. Todo esto reforzó la mística del clero como custodios de los misterios de Dios. Para el quinto siglo, la idea del sacerdocio de cada creyente había desaparecido por completo del horizonte cristiano. El acceso a Dios  estaba controlado ahora por la casta clerical[2] en todas las religiones que hay en el mundo, se emplean diversos términos para distinguir al clero religioso de los laicos comunes: muy reverendo, reverendísimo, padre santísimo padre, santísimo pastor, rabí,  su eminencia, su excelencia,  su santidad, etc. La distinción es muy común en los sistemas religiosos establecidos, pero debemos saber si Dios la originó y lo aprueba, o si es solamente una tradición humano-religiosa no bíblica que debiéramos rechazar. El profesor de teología Cletus Wessels dice que “no hay mención alguna del clero ni de los laicos en el Nuevo Testamento ni pruebas de que existieran en tiempos apostólicos”.[3] Si la Iglesia no es una comunidad genuina no podrá cumplir su verdadero llamado. Su vida debe ser una vida de comunidad. Esto significa entre otras cosas que en una iglesia cristiana genuina no hay lugar para la dicotomía entre ministros y laicos. El apóstol Pablo animó a los creyentes a que observaran aquel viejo dicho que aconseja “no ir más allá de lo que está escrito” (1ª Corintios 4:6). Y es que, cuando las personas pasan por alto esta sabia directriz, suelen producirse daños  espirituales. Este ha sido el resultado de la falsa estratificación social de la iglesia entre clérigos y laicos. Por ejemplo la existencia de una clase clerical da a entender que la persona tiene que sentir una vocación o llamado especial de ser ministro de Dios a fin de formar parte de ella. Pero las Escrituras enseñan que todos los verdaderos cristianos deben servir a Dios y alabarlo (Romanos 10:9-10). También anima a los varones cristianos a que se esfuercen por alcanzar el privilegio de ministrar, o servir, a la congregación sobre la base de los dones que el Espíritu Santo les otorgó (1Corintios 12:4-11; 1 Timoteo 3:1). Por otro lado la distinción entre el clero y los laicos contribuye a ensalzar al clero, y prueba de ello son los títulos religiosos adulatorios (“reverendísimo”) y hasta francamente blasfemos (“santo padre”). Sin embargo, Jesús dijo: “El que es más insignificante entre todos ustedes, ese es el más importante” (Lucas 9:48). En coherencia con esa actitud humilde, también aconsejó a sus discípulos que no adoptaran títulos religiosos como “rabino”, “padre” o “maestro” (Mateo 23:8-12). Otra cosa también muy relevante es que una clase clerical asalariada puede representar una pesada carga económica para los laicos sobre todo si dicha clase lleva un lujoso estilo de vida. En contraste, los supervisores cristianos atienden sus propias necesidades económicas realizando trabajos seculares comunes como los de cualquier otra persona, poniendo de esta manera un buen ejemplo a los demás discípulos (Hechos 18:1-3; 20:33,34; 2 Tesalonicenses 3:7-10). Cuando un clérigo depende completamente de que otros lo apoyen económicamente, puede verse tentado a suavizar el mensaje bíblico a fin de que los feligreses no se sientan incómodos con el contenido de su predicación. Las Escrituras predijeron que esto ocurriría, al decir: “Llegará el tiempo en que no van a tolerar la sana doctrina, sino que, llevados de sus propios deseos, se rodearán de maestros que les digan las novelerías que quieren oír” (2 Timoteo 4:3). Además la separación entre clero y laicos hace que estos últimos releguen tanto los asuntos religiosos como las responsabilidades espirituales al clero, mientras ellos se limitan a ir a la iglesia una vez a la semana. No obstante, todos los cristianos deben tener conciencia de su necesidad espiritual y de sus responsabilidades como discípulos a fin de convertirse en verdaderos estudiantes de la Biblia. Cuando los laicos no conocen lo que dice la Biblia, es más fácil que los clérigos los engañen o hasta los exploten. Las páginas de la historia están repletas de tales abusos (Hechos 20:29-30). Entendemos ahora que quienes aceptaron el Evangelio de Jesucristo, lo hicieron completamente conscientes de que el Señor había hecho verles que “los gobernantes de las naciones oprimen a los súbditos y los altos oficiales abusan de su autoridad. Pero entre ustedes no debe ser así. Al contrario, el que quiera hacerse grande entre ustedes deberá ser su servidor, y el que quiera ser el primero deberá ser esclavo de los demás, así como el Hijo del Hombre no vino para que le sirvan, sino para servir” (Mateo 20:25-28). Bajo este modelo, pues, cualquier creyente podía aspirar a convertirse en un siervo o ministro.  La misma actitud podemos observar en la persona del apóstol Pablo, quien percatándose de que los creyentes de Cristo comenzaban a exaltar a unos siervos sobre otros, no solo los calificó de “inmaduros, apenas niños en Cristo”, sino que les hizo ver que tal favoritismo no reflejaba la naturaleza de servicio de la vida cristiana. “¿Acaso no se están comportando según criterios meramente humanos?”, preguntó. Enseguida aclaró: “Después de todo, ¿qué es Apolos? ¿Y qué es Pablo? Nada más que servidores por medio de los cuales ustedes llegaron a creer, según lo que el Señor le asignó a cada uno” (1 Corintios 3:5).Observen cómo incluso Pablo no tiene una actitud de superioridad jerárquica frente a Apolos. El mismo Pablo que había dicho que si había alguien que tuviera motivos humanos para sentirse superior a los demás era él, prefirió afirmar que “no cuenta ni el que siembra [Pablo] ni el que riega [Apolos], sino solo Dios, quien es el que hace crecer” (3:7). Apolos no había experimentado un llamado o elección sobrenatural, pero Pablo sí; sin embargo, pudiendo usar su experiencia sobrenatural camino a Damasco para legitimar una superioridad espiritual, prefirió decir que “el que siembra y el que riega están al mismo nivel” (3:8). Es cierto que “cada uno será recompensado según su propio trabajo”, sí, pero la recompensa es futura: en el día de Cristo; y mientras se permanezca en este mundo, la grandeza no se ha de medir por la voz de mando sino por la voluntad de servicio. En el mundo, el que “se ama” se sirve de los demás; en el Reino, el que ama sirve a los demás. La división que en todo caso encontramos expresada en la iglesia neo testamentaria, es aquella en la que unos habrían asimilado más rápidamente el carácter de servicio a los demás basado en el espíritu de Cristo, a diferencia de aquellos individuos oportunistas que prefirieron más bien servirse de los demás, según el espíritu del mundo. Al respecto, Pablo, preocupado por un problema semejante en la Iglesia de Jerusalén, fue…“…en obediencia a una revelación, y me reuní en privado con los que eran reconocidos como dirigentes. […] El problema era que algunos falsos hermanos se habían infiltrado entre nosotros para coartar la libertad que tenemos en Cristo Jesús a fin de esclavizarnos. Ni por un momento accedimos a someternos a ellos, pues queríamos que se preservara entre ustedes la integridad del Evangelio […] eran reconocidos como personas importantes—aunque no me interesa lo que fueran, porque Dios no juzga por las apariencias” (Gálatas 2: 2-6).El Nuevo Testamento no da lugar a individuos o clases sacerdotales que se convierten en el foco de atención y servicio del Pueblo de Dios. Más bien, es al revés: el foco de atención y servicio son el grueso de los individuos que forman la congregación; un cuerpo formado, quizá, por individuos que, desde la perspectiva de los “criterios meramente humanos” no valemos mucho la pena, porque ‘no somos muy poderosos, ni de noble cuna, ni muy educados’, pero que Dios, desde su perspectiva eterna, considera príncipes, sacerdotes, herederos, luz y sal del mundo, y hasta hermanos de Cristo. Tanto el clero católico(sacerdotes católicos) como el clero evangélico (pastores evangélicos) han utilizado tendenciosamente el concepto de “siervo” (o “ministro”) y “templo” para seguir justificando la existencia de una clase sacerdotal que medie entre la Divinidad y la Humanidad, ignorando voluntariamente que toda forma de ejercicio sacerdotal quedó definitivamente anulada con el sacrificio vicario del Último Sumo Sacerdote, y contradiciendo la sana doctrina, la cual indica que “hay un solo mediador entre Dios y los hombres, Jesucristo hombre” (1ª Timoteo 2:5), el verdadero y único Pastor de nuestras almas.

 B.      Satisfacción

Según el texto el trabajo no termina en su casa. No debemos buscar una comodidad sino tareas difíciles. Aquí quiero detenerme un momento. Note que la primera actividad de este siervo ha sido el arar o apacentar. Ha tenido una actividad frenética para su amo  y ¿que hace al llegar a casa? La parábola afirma que el amo le dice al siervo: “Prepárame la cena, cíñete y sírveme hasta que yo haya comido y bebido, y después de esto comerás tú”. Implica que ahora deberá parar y atender los deseos de su Señor. Eso significa que ya no tiene que andar para acá y para allá, ahora el centro  de importancia es su maestro. La versión Dios Habla hoy dice: “disponte a atenderme”. Hay muchos que piensan que la mejor forma de atender a Dios es atendiendo a otros siempre. En un sentido debemos atender a otros, pero sobre todo debemos pasar mucho tiempo ministrando al Señor porque eso nos hace parecernos a El y conocerlo más. De qué sirve servirá otros en nombre de Dios de arriba para abajo si cada vez menos me parezco a Jesús.  De qué sirve haber estado predicando miles de sermones, a miles de gentes, si mi vida no se parece a Cristo. ¡No sirve de nada! Es cierto que hay tiempo para arar y apacentar, pero es importantísimo el parar y escuchar a Dios hacernos la petición de servirle a él. “Prepárame la cena, cíñete y sírveme hasta que yo haya comido y bebido, y después de esto comerás tú”. Nosotros también como siervos, tenemos que darle a Jesús sus platos favoritos. ¿Qué le daremos de comer a nuestro Señor? Nuestras alabanzas, sí, son el pan de la mesa. Adoración, sí, es el agua de la mesa. La ofrenda son los platos y cubiertos. Aunque gran parte de las ofrendas no son para Jesús, sino para nosotros mismos, porque la mayor parte del dinero va para comprar un equipo de aire acondicionado, alfombras, edificio, lugar para deportes, comedor, etcétera. Eso no es tanto para Jesús, sino para nuestra propia comodidad. Muchas de las ofrendas que decimos que son para el Señor son para nosotros. Lo único que Jesús dijo que se le daba a Él son las ayudas a los pobres. Él dijo que el que da a un pobre, a Él se lo da. Pero ¿cuál es el plato principal, la carne de la cena que Jesús quiere que le preparemos? En Romanos 12:1, Pablo dice que nuestro verdadero culto es ofrecer nuestros cuerpos “en sacrificio vivo, santo y agradable a Dios”. Es decir, darnos nosotros mismos incondicionalmente a Él para que haga lo que quiera de nosotros. Esto es “perdernos en Él”. Una vez que nosotros nos hemos rendido totalmente a Jesús, y que Él está satisfecho con nosotros, no hay nada que le satisfaga más que le traigamos nuevos discípulos que se rindan totalmente en su presencia. Cuando llevamos a otros a sus pies, le estamos dando su plato favorito: almas. Pero recuerde primero es lo que somos en la presencia de Dios y luego lo que hacemos. Lo que hacemos es un resultado de lo que somos en la presencia de Dios y  no un sustituto.

C.      Sumisión

Note que el vrs. 8 combina tres imperativos. Prepárame, cíñete, sírveme. Nota usted que el señor no le pregunta si está cansado, si tiene algún problema. Simplemente ordena y este siervo se goza en someterse a su señor. Nuestro trabajo es duro, y debemos hacerlo en sumisión, aunque a veces pareciera que las exigencias de Dios son injustas.

III.                Ser verdaderamente un  siervo de Dios significa  INTEGRIDAD

Significa según esta parábola motivaciones correctas. Es decir no debemos esperar recompensa o reconocimiento de las personas. Note que dice “acaso da gracias al siervo”. Hay gente que a diario quiere que se le diga y se le agradezca por lo que hace para Dios. Es cierto que debemos estimular a los que sirven a Dios pero debemos entender que nuestro servicio no es por las recompensas que pensamos recibir. El esclavo recibe satisfacción  al estar ministrando a su señor. Dios debe tener la prioridad. Recordemos que cuando hayamos terminado su trabajo  entonces comeré. Hay gente que quiere comer de Dios pero no quiere trabajar ni servirle a Él. También significa acciones correctas. Debemos cumplir nuestro trabajo sin jactancia. No debemos ufanarnos (vrs. 10). Si estamos metidos en el ministerio ¿cuál es la razón de estar a diario contando lo que hemos hecho? Hay gente que no puede hacer nada sin estar dando un reporte de lo que hizo aquí, de lo que hizo allá. Si de veras estamos haciendo el trabajo para Dios ¿de dónde viene la jactancia? O creemos que Dios no lleva un registro de cómo le servimos, cuando le servimos y donde le servimos. Pareciera ser que la gente que le encanta decirnos lo que ha hecho por Dios, eso le da sentido y quiere mantenernos informado de lo ocupado que está y de cómo Dios lo está usando. No necesitamos eso. También implica aspiraciones correctas. El Señor concluyó su historia diciendo: “Así también ustedes, cuando hayan hecho todo lo que se les ha mandado, deben decir: “Somos siervos inútiles; no hemos hecho más que cumplir con nuestro deber” (Lucas 17:10). ¿Podemos decir que hemos hecho todo cuanto el Señor nos ha mandado? De ser así, nos recibimos de “Siervos inútiles”. Hoy nos recibimos de “Reverendo”, “Obispo”, “Apóstol”, “Doctor”, “Profesor”, sin embargo, cuando uno hace todo lo que Él nos manda, nos recibimos de “Siervos Inútiles”, porque simplemente cumplimos con nuestro deber. Siervos son aquellas personas que reconocen que fuimos creados “para alabanza de la gloria de su gracia”. Nuestra recompensa no es aquí, es en el más allá. Quiera Dios ayudarnos a hacer con alegría aquello que hacen los siervos en su reino. Jesús dijo: “Después que yo haya comido y bebido, entonces comerás y beberás tú”. El día llegará cuando Él nos diga: “¡Hiciste bien, siervo bueno y fiel! En lo poco has sido fiel; te pondré a cargo de mucho más. ¡Ven a  compartir la felicidad de tu señor!” (Mateo 25:21). Entonces, nos sentaremos a la mesa con Abraham, e Isaac, y Jacob y los apóstoles, y los ángeles nos servirán. Pero hasta ese momento no sea un siervohólico sino un hombre de Dios que se parece a su Padre y que lo que hace es resultado de su intimidad con Dios.

 


[1] Viola, Frank. Cristianismo Pagano, Los Orígenes de las Prácticas de la Iglesia Contemporánea. Pág. 75. 1999.

[2] Ibíd. Pág. 78

[3] Wessels, Cletus (2003): Jesus in the New Universe Story , p. 93

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