La Herencia de la Espiritualidad: Salmo 16 II parte


I.                    En primer lugar la herencia de su espiritualidad  incluye LA PRESENCIA DE DIOS (16:1-4)

El texto comienza diciendo: “Guárdame, oh Dios, porque en ti he confiado”. Así es como David  comienza el salmo que estamos explorando en este estudio. Hay salmos en los que David  vuelve en sí  y recuerda quién es Dio, y vemos su perspectiva entera transformada dentro de unos pocos versículos. Pero en este salmo  podemos decir que David comienza por el principio: reconociendo quién es realmente Dios y como ha sido protagonista en su vida. Y ve a Dios en varias dimensiones profundas de protagonismo. Examinémoslas.

A.     La Presencia de Dios  es REAL

David vuelve su atención hacia la presencia de Dios en su vida. En los primeros dos versículos encontramos tres diferentes nombres de Dios. Si fuéramos a leerlos directamente en el original hebreo sería algo como esto: “Presérvame, Elohim, porque en ti pongo mi confianza. Oh mi alma, tú le has dicho Jehová: “Tú eres mi Adonai, no hay para mi bien  fuera de ti”. David está bien consciente  de la magnificencia  y múltiple presencia del temible Dios. La Biblia enseña con mucha claridad que Dios está en todas partes, que él se encuentra en el último rincón del mundo así como en la parte más íntima de nuestro ser. Sin embargo eso no quiere decir que todos los seres humanos sienten, experimentan o perciben a Dios en sus vidas; la mayoría de ellos viven como si Dios no existiera, no son capaces de experimentarlo. ¿Por qué es importante experimentar la presencia de Dios?, porque es la presencia de Dios la que nos trae la verdadera paz y felicidad para nuestras almas (Éxodo 33:14), sin su presencia no podemos hacer nada (Éxodo 33:15,16).  Con estos nombres, primero David ve al Dios del pacto, quien trata a sus hijos con amor y gracia. Ve al poderoso Elohim, el que preside  toda la creación, y ve al Jehová Dios personal, quien conoce nuestros más íntimos detalles. Siente la perfecta presencia de Adonai y no puede dejar de sobrecogerlo  el hecho de que Dios, que es todo eso y mucho más, lo rodee con amor, protección, sabiduría y fuerza. Dios está con nosotros. Del vientre a la tumba, siempre estamos en su presencia  y nunca fuera. Las distracciones del mundo nos roban las plenas implicaciones de esto, y por eso necesitamos hacer una pausa cuando quiera y donde quiera sea posible para empaparnos en esto y permitir que nos transforme: Vivimos en la presencia de Elohim, Jehová, Adonai. Al final del salmo, David mira dentro de sí mismo y con seriedad observa que no encuentra nada bueno aparte de Dios. Eso no es algo simple; más bien está entre las más profundas  revelaciones que alguna vez pueden llegar a nosotros. Si eso es una realidad, ¿Por qué muchas veces  nuestras reuniones dominicales son tan pobres en cuanto a experimentar esa grandeza de Dios? ¿Por qué ya no hay ese asombro y alegría pero a la vez el respeto por Elohim, Jehová, Adonai?

Al respecto de esto alguien escribió: “En una ocasión, un viajero llegó al portal de un edificio de viviendas en donde había portero, y le preguntó a éste que si podía subir a visitar a la familia López; el portero le dijo que antes de subir al domicilio de los López le convenía pasar un rato en la portería y limpiarse los zapatos, porque los López eran muy observadores de esos detalles y no les iba a gustar que el viajero subiera a su casa con los zapatos tan sucios que llevaba; una vez instalado en la portería, el viajero se vio envuelto en conversaciones con el portero y con otras gentes que allí se reunían con él; le preguntaron por su viaje, le comentaron un montón de chismes de los vecinos del edificio y le entretuvieron durante horas; en un momento dado, el portero le dijo que ya era tarde para subir de visita a casa de los López, y que era mejor que volviera otro día. El viajero se marchó y regresó al día siguiente, pero de nuevo el portero encontró una excusa para que se quedara en la portería, o incluso para visitar la azotea y la casa de otros vecinos, pero nunca le acompañaba a la casa de los López. Pasaban los días, y cada vez era más evidente que el portero y su gente querían tener al viajero como miembro de la tertulia de la portería, en donde a menudo se hablaba de lo buena gente que eran los López, pero no le indicaban el modo de acceder a la casa de éstos. Finalmente, el viajero desistió de su objetivo y se marchó de la finca con la impresión de que, después de todo, tal vez el encuentro con los López no merecía la pena, pues las personas encargadas de conducirle a la casa no habían tenido el menor interés en mostrarle el camino. Esta situación se repetía una y otra vez con otros muchos viajeros y viajeras, que en ocasiones habían peregrinado durante meses para llegar hasta allí. Algunos de ellos optaban por quedarse largas temporadas en la portería, entretenidos en sus actividades, e incluso aceptaban colaborar con el portero en distraer a nuevos recién llegados. Pero muy pocos viajeros, y casi siempre en secreto, conseguían acceder finalmente a la casa que venían buscando y conocer personalmente a los López. Cuando esto ocurría, los viajeros que habían tenido esa experiencia se marchaban de nuevo a recorrer el mundo, pero esta vez ya no buscaban la casa de los López, sino un modo de compartir con las gentes del camino su alegría profunda por el encuentro mantenido con ellos”. [1]

Esto me lleva a la conclusión de que precisamente es lo que sucede con la iglesia, hay demasiados porteros de Dios que no dejan llegar a la presencia de Dios. No les parece que es significativo que algunos de estos “porteros de la casa de Dios” reconozcan su parte de responsabilidad de la manera que sugiere el relato: ¿No habrá demasiadas “distracciones” y “entretenimientos” por parte de los mediadores en la fe, que en lugar de facilitar el encuentro con Dios a las personas, tienden a dificultarlo e incluso a impedirlo? ¿No habría que poner al día los modos de mediación para hacer posible que las personas que hoy buscan a Dios lleguen a encontrarse con Él? ¿No habrá demasiados intereses creados en torno a los mediadores, que les hacen olvidar el sentido mismo de su tarea de mediación? ¿No habrá, en muchos casos aunque no en todos, un interés oculto de manipulación de las personas que buscan a Dios, que impulsa a proporcionarles una imagen distorsionada de Él y a no dejarles experimentar por sí mismas el Encuentro que buscan? ¿No se habrán anquilosado en exceso las estructuras y los rituales que originariamente estaban destinados a facilitar el acceso al encuentro personal con Dios, hasta el punto de que ya no sirven para ese cometido, sino que lo impiden? (Por ejemplo: ¿Qué queda en la iglesia evangélica  de parecido con una cena en memoria del Señor como lo muestra la Biblia? ¿Alguien desde fuera podría reconocer que se trata de una cena de hermandad entre gentes que han tenido un encuentro con Jesucristo? ¿No habría, quizá, que ponerse un poco en la piel de esa persona que se asoma “desde fuera” y ofrecerle una experiencia de comunión más acorde con la intención original[2]

Un Teólogo ha dicho muy acertadamente  que no basta con la ortodoxia —la aclaración teológica de la fe— y la ortopraxis —el compromiso consecuente con la causa de la justicia y del amor, con prioridad hacia los más pobres—, sino que es necesaria sobre todo una ortomística: Una experiencia de Dios como éxtasis.  El éxtasis no es un fenómeno equívoco destinado a unos pocos, santos o neuróticos: es lo más hondo de la Salvación y de la misión, es salir de sí, encontrar al radicalmente otro, al Dios viviente…Únicamente la adoración del Padre, como definitivo absoluto, libera plenamente; toda otra absolutización se convierte, a la larga, en idolatría esclavizadora, desde la cultura a la revolución y hasta el mismo Evangelio, cuando se utiliza como un valor y no se vive como un encuentro”. Seguramente se viene arrastrando en las iglesias contemporáneas el déficit de ortomística, porque las tareas pastorales han tenido mucho de escuela doctrinal y militante, pero mucho menos de escuela de oración y de experiencia de encuentro.[3]

Al pensar en estos tres conceptos me impresiona el hecho de que los tres nombres que David menciona para que Dios sea real nos lleva a lo dicho anteriormente. Por ejemplo a Dios se le menciona como Elohim, este nombre como le insinuado anteriormente implica Dios “Creador, Todopoderoso y Fuerte” (Génesis 17:7; Jeremías 31:33) – la forma plural de Eloah, que da cabida a la doctrina de la Trinidad. Desde la primera frase de la Biblia, la superlativa naturaleza del poder de Dios es evidente cuando Dios (Elohim) habla para que el mundo exista (Génesis 1:1). Esto nos lleva a una ortopraxis, es el Dios que hay que conocer integralmente. Segundo su nombre es Jehová,:“SEÑOR”. Este nombre especifica una proximidad, una presencia. Yahweh está presente, accesible, cerca de aquellos que claman a Él para liberación (Salmo 107:13), perdón (Salmo 25:11) y guía (Salmo 31:3).Esto nos debería conducir a una ortopraxis o a un caminar correcto. Y finalmente está el nombre de Adonai: “El Señor” (Génesis 15:2; Jueces 6:15) – usado en lugar de YHWH, el cual se creía entre los judíos que era demasiado sagrado para ser pronunciado por hombres pecadores. Al usar este nombre lo ponían una dimensión más accesible para poder experimentar su presencia. Lo que al final nos debería llevar a la ortomística.

 B.      La Presencia de Dios es RELACIONAL

El pensamiento  de David se dirige primero a la grandeza de Dios, y luego pasa al tema de sus amigos a quienes llama “santos que están en la tierra”. Durante el tiempo  de su huida, David había estado rodeado  por amigos fieles que expusieron su vida para ayudar a protegerlo. Y se conmueve mucho al pensarlo. El dice: “Y para los íntegros es toda mi complacencia”. ¿Alguna vez  se detiene usted a deleitarse en sus amigos? ¿Les hace saber que para usted son “los íntegros”? David quizás tenía en mente a su maravilloso amigo, el fiel Jonatán. Puede haber estado pensando en Abisai, quien se había introducido calladamente  dentro del campamento  con él esa noche y arriesgado  su vida para ayudar a un amigo. Puede haber estado pensando en esos dos hombres y muchos otros también. Si bien David había tenido unas cuantas experiencias desgarradoras, Dios nunca había dejado de darle un amigo que estuviera con él. David nunca tuvo que estar solo. Ese es un importante principio espiritual. ¿Está solo en tiempos difíciles? Dios nunca intenta que suceda. ¿Puede ser más claro el imperativo de la Escritura? No estás solo. Una de las ventajas  de atravesar una tormenta, es que de pronto uno conoce la verdadera naturaleza de la gente de Dios. Uno descubre que Dios le ha dado algunos amigos fantásticos.

C.      La Presencia de Dios es LEAL

En el vrs. 4 David observa: “Se multiplicarán los dolores de aquellos que sirven diligentemente a otro dios. No ofreceré yo sus libaciones de sangre, ni en mis labios tomaré sus nombres”. Aquí David pasa de un recuento  de sus amigos queridos a las relaciones que son un poco más preocupantes. David siempre es sincero en cuanto a que hay unos cuantos pequeños irritantes en su vida. Durante su frenético  recorrido por las zonas rurales, David ha visto los ídolos de Moab y los ídolos de Filistea. El sirve al verdadero Dios y conoce la competencia. También está consciente, a partir de la Escritura existente, de la trágica idolatría en la historia de su pueblo. Dios hace tantas cosas por nosotros. El bendice a nuestra entrada y a nuestra salida, a la derecha y a la izquierda, cuando despertamos y dormimos. Pero si nunca nos diera otra bendición, sería digno  de nuestra constante alabanza por su constante presencia entre nosotros. Conocer a Dios y que El nos conozca es una bendición indescriptible. Significa que no tenemos que estar de veras solos. Significa que nunca estamos aislados. Significa que somos importantes puntos en un círculo superpuesto en el mapa divino. Pero David no se detiene ahí. En el punto central de este salmo mira hacia Dios y a lo que hace en el presente.


[2] Ibíd.

[3]  A. Andrés: Escuchar a Dios, entender a los hombres y acercarme a los pobres, Madrid, Acción     Cultural Cristiana, 1990, pp. 8-9

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