Modelos de mayordomía: Hacer poco con mucho III parte


C.     EL CAMPO DEL VALOR DURADERO

Los planes financieros del acaudalado agricultor también estaban devastadoramente llenos de fallas por la razón de que ellos estaban arraigados en las cosas terrenales. Estos planes no tenían dimensión eterna, pues en el verso 20 Dios le declara: “…Necio, esta noche vuelven á pedir tu alma; y lo que has prevenido, ¿de quién será?” El error de este magnate fue doble, él asumió que él viviría por mucho tiempo; pero no fue así. Esto es triste, pero mucho más triste fue el hecho de que él no había hecho preparación para presentarse ante Dios después de su muerte. Como resultado con seguridad él sufrirá condenación eterna. Nota como el Señor Jesús termina esta historia con este epitafio: “Así es el que hace para sí tesoro, y no es rico en Dios.” Lucas 12:21 “La frase clave es ser rico en Dios, lo que nos está enseñando es que nosotros podemos invertir lo que Dios pone en nuestras manos para darnos satisfacción, una satisfacción que empieza ahora y dura mucho más allá de la muerte.” Cerrando, permítame leer la declaración que el Señor Jesús hizo como preámbulo a esta parábola. Leemos en el verso 15: “Y díjoles: Mirad, y guardaos de toda avaricia; porque la vida del hombre no consiste en la abundancia de los bienes que posee.” Cuando nos vemos a nosotros mismos como los dueños de lo que poseemos, las cosas que poseemos empiezan a poseernos a nosotros. El punto es ese, cuando las posesiones nos guían a la pobreza, “la pobreza espiritual.” Por otro lado, llegamos a ser espiritualmente ricos cuando Dios, por medio de la lectura diaria de Su Palabra nos da Su sabiduría la cual es Cristo. Esta sabiduría (Cristo), nos enseña que Dios es el Creador, y eso es el producto de la acción que Dios hace por medio de Su Hijo que envió para redimirnos. Esta es la bendición con la cual Él ha bendecido a todos los verdaderos creyentes, quienes caminan en lugares celestiales con toda bendición espiritual en Cristo Jesús. Note como este hombre confundió valor pasajero con valor duradero.

1.      El mundo dice éxito, Dios necio.

Debe  entender que la Biblia declara en esta parábola  que el joven rico era un necio, no un hombre  de éxito. Es casi seguro que a los ojos de su comunidad fuera un hombre envidiado. A los ojos de Dios, era un hombre al que había que tenerle lástima. La palabra  necio en  lenguaje bíblico no es una descripción de la capacidad mental, sino del discernimiento espiritual. En el lenguaje de los Salmos y los Proverbios del Antiguo Testamento, un necio es una persona que toma decisiones como si Dios no existiera, y que vive como si Dios no hubiera hablado. Once veces escuchamos las palabras «yo» [implícitas en los verbos en primera persona] y «mi» en las palabras de este hombre. Prácticamente, para él Dios no existía.

2.      El mundo dice amo y Dios siervo.

 El hombre rico estaba convencido de que tenía el control de su vida y que la riqueza le daba control. Pero las palabras de Dios para él revelaron que no tenía poder sobre el presente: «Esta noche vienen a pedirte tu alma». La palabra pedirte  es “apaiteo” y era un término comercial usado para un préstamo. En ese punto crítico descubrió una verdad que todo el mundo aprende tarde o temprano: Dios es el dueño de la vida y simplemente nos presta nuestra existencia terrenal. En cualquier momento puede reclamar Su préstamo. El necio tampoco tenía poder sobre el futuro: «lo que has provisto, ¿de quién será?» Tal como se lamentara el autor de Eclesiastés: Asimismo aborrecí todo mi trabajo que había hecho debajo del sol, el cual tendré que dejar a otro que vendrá después de mí. Y ¿quién sabe si será sabio o necio el que se enseñoreará de todo mi trabajo en que yo me afané y en que ocupé debajo del sol mi sabiduría?… (Eclesiastés 2:18,19).

3.      El mundo dice rico, Dios pobre.

Cuando llegó el momento de la verdad, el agricultor rico se dio cuenta de que había trabajado muy duro por muy poco. Había invertido en lo pasajero, no en lo permanente. Lo que hace a la muerte difícil es la evaluación de lo que perdemos por ella. Éste era un hombre que estaba dejando atrás todo: los graneros que había construido, la gente que había controlado, el prestigio que había adquirido. La muerte lo despojó de todo y reveló quién era en realidad, un hombre que «hace para sí tesoro, y no es rico para con Dios» (v. 21). Esa última afirmación debe obligarnos a preguntarnos: « ¿soy necio a los ojos de Dios? ¿Qué etiqueta le pondría él a mi vida?»

Las siguientes palabras, pronunciadas por Jim Elliot, merecen una cuidadosa consideración: No es necio el que da lo que no puede retener para ganar lo que no puede perder. Hay otro tipo de necedad que el Señor quiere que reconozcamos. Él describió en la parábola la necedad que dice: «Dios no importa» y «No tengo suficiente». El poder de las posesiones es que nos dan una sensación de control. Pero los discípulos tienen que enfrentarse aun a otra locura. Es la locura que dice: «A Dios no le importa». Somos tentados a creer que si seguimos al Señor, renunciando a todas nuestras posesiones, tal vez no tengamos suficiente. Entonces se plantea la pregunta aquí: ¿Cómo podemos hacer mucho? Y no caer en el estilo de este hombre que con mucho hizo poco o en realidad hizo nada.

Lucas dijo claramente que los versículos 22-34 iban dirigidos, no a la multitud, sino a los discípulos. Eso implica que la preocupación es uno de los pecados habituales de los seguidores de Cristo. La razón no es difícil de descubrir. Los términos del discipulado son exigentes. Obedecer el llamamiento es confiar en Cristo totalmente, pero ¿cuáles son las implicaciones de esa obediencia? Las preguntas económicas cobran mucha importancia. Si digo adiós a mis posesiones, ¿suplirá realmente Dios para mis necesidades? Mi cabeza me asegura que sí, pero mi corazón duda. El autor de Proverbios lo expresó así: La congoja en el corazón del hombre lo abate… (Proverbios 12:25). Y es así hasta físicamente. Tal como observara alguien, a la gente le salen úlceras, no tanto por lo que comen, sino por lo que los come a ellos. La ansiedad también roba la paz emocional y quita la seguridad espiritual. Que nos digan que no nos preocupemos no ayuda mucho. La gente que nos dice eso por lo general parece que no es muy realista, o que no está muy informada, o que nos trata con aire condescendiente. El Señor nos obliga a pensar por qué no hemos de preocuparnos.

  • Primero,  recuerde que Jesús dijo que la preocupación es necedad (Lucas 12:22- 24). Es caer en la necedad del rico insensato que creía que su vida consistía en sus posesiones. Pero la vida es más que comida y ropa, y Dios nos ha prometido que Él va a cuidar de nosotros, mucho más de lo que cuida a Sus criaturas, como por ejemplo los pájaros. Preocuparnos es olvidar neciamente que somos hijos valiosos de Dios y que Él es nuestro amante Padre.
  • Segundo, recuerde que Jesús dijo que la preocupación es inútil (12:25-28). Puede acortar la vida pero no la puede prolongar. Y Dios, que da belleza a los campos, no nos va a despojar de todo. La ansiedad niega el cuidado de Dios… y todo para nada. De manera que la alternativa no es ser descuidado, sino confiado. Un poco de reflexión nos ayuda a reconocer que la mayoría de las preocupaciones son por cosas que no se pueden cambiar (el pasado), cosas que no se pueden controlar (el presente), o cosas que tal vez no sucedan (el futuro). ¡Cuánto mejor es confiarnos a nuestro Dios! La vida es más que comida y ropa, y Dios nos ha prometido que Él va a cuidar de nosotros, mucho más de lo que cuida a Sus criaturas.
  • Tercero, la preocupación no tiene fe (12:29-31). Estar absorto en las necesidades físicas y personales es a la larga ser capturado por la incredulidad. Si el Evangelio realmente es cierto, nuestras vidas deberían ser diferentes cualitativamente de las vidas de los paganos. En su libro Run Today’s Race [Corre la carrera de hoy], Oswald Chambers observa que «todo nuestro enojo y preocupación se debe a que calculamos sin Dios». La preocupación es producto de una inadecuada comprensión de nuestro Padre. Él es Aquel que sabe, se interesa y actúa. La manera como miramos a Dios determina la manera como miramos la vida, y esto va a determinar por qué nos preocupamos. Nuestra gran necesidad es preocuparnos por lo correcto. ¿Y qué es eso? «Buscar Su reino». No paramos de preocuparnos. Sustituimos la preocupación por las cosas primordiales con la preocupación por las cosas secundarias. Sólo Su reino es digno de nuestra mayor preocupación. El hermano siamés de la ansiedad es el temor, y el Señor abordó el asunto del temor en los versículos 32-34. Nos dijo que tomáramos una medida drástica con nuestros recursos económicos y posesiones personales. No debemos empuñarlos ni confiar en ellos. Más bien hemos de emplearlos invirtiéndolos eternamente. De hecho, la única manera en que podemos proteger verdaderamente nuestros tesoros es invirtiéndolos en el cielo. Nuestro corazón va detrás de nuestro tesoro, y si nuestro tesoro está en el cielo, allí estará nuestro corazón. Tal como escribe David Gooding: El cielo casi no es una realidad para el hombre que no está preparado para invertir dinero en efectivo en él ni en sus intereses; pero por esa misma razón se hace más real para el que sí lo está (According to  Luke, p.241). El asunto crucial en la vida no es la cantidad de nuestro tesoro, sino la localización del mismo. Los tesoros del hombre rico estaban en la tierra. Él era un necio porque construyó su vida sobre lo que no podía durar y lo que en realidad no importaba. Nuestro llamamiento como discípulos es ser ricos hacia Dios y tener un tesoro en el cielo que no se agote.

D. L. Moody dijo una vez: No se necesita mucho tiempo para saber dónde está el tesoro de un hombre. En la mayoría de los casos, en una conversación de 15 minutos, se nota si los tesoros de los hombres están en la tierra o en el cielo. Nuestro corazón va detrás de nuestro tesoro, y si nuestro tesoro está en el cielo, allí estará nuestro corazón. A nadie le gustaría que Dios lo llamara necio. ¿Cómo podemos asegurarnos de que eso no suceda? Podemos optar por los límites, no por el lujo, para que nuestro tesoro se pueda invertir en los cielos. Podemos cultivar la compasión, no la avaricia.  La mayoría de nosotros puede procurar la confianza en Dios, no en el dinero. En las monedas estadounidenses está escrita la frase: «En Dios confiamos». Lindas palabras, pero ¿confiamos en que Dios va a estar en nuestras finanzas, o Le confiamos nuestras finanzas a Dios? Esa es la pregunta que debe responder para evitar hacer poco con mucho.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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