Pero tu “El Salvador…pequeña de América Latina…de ti saldrá el regidor


Alguien queriendo explicar la afinidad que subyace en la palabra “Navidad”, con el dar, la ha conjugado con los siguientes matices gramaticales: “YO NAVI-DOY, TÚ NAVI-DAS, ÉL NAVI-DA, NOSOTROS NAVI-DAMOS, VOSOTROS NAVI-DAIS, ELLOS NAVI-DAN…”. Y al fusionar todos estos derivamos podemos construir el gerundio NAVIDANDO, al que acuñamos como nuestro tema. Porque esta época nos mueve a evocar sentimientos cuyos primeros impulsos, aun en los corazones menos sensibles, son los de dar. Sin embargo, ese llamado “espíritu de la Navidad” (entiéndase por esto el ambiente que reina, no la presencia de algún ser invisible), no es el que predomina en el mundo del comercio, pues para los amos del negocio, este será el mejor tiempo para recibir, abultando sus ganancias o cubriendo el déficit dejado en el año. Sin embargo, la Navidad, aquella que fue profetizada y la que fue revelada, estuvo afirmada por el verbo dar: “Porque un niño nos es nacido, un hijo nos es DADO…” (Isaías 9:6). Y además: “Porque de tal manera amó Dios al mundo que ha DADO a su Hijo unigénito (Juan 3:16).   Y sobre este dar y recibir se monta todo un andamiaje que dura hasta comienzos del año. Así, pues, al oírse u olerse las “brisas” decembrinas surge la premura por calendarizar todos los eventos que nos envolverán en la fecha misma: Reuniones familiares, comidas festivas, decoraciones y regalos. Toda una afectividad compartida con nuestros seres amados, y para los que estamos lejos de ellos, la añoranza de aquellas navidades, junto con los inocentes recuerdos de esa niñez donde le creíamos a nuestros padres la precedencia de los humildes regalos. Ahora bien, esta celebración no es mala. Pero si eso es todo lo que la Navidad significa para nosotros, estamos pasando por alto su más profunda distinción. ¿Qué es la Navidad? Bueno, la mejor definición la dio el ángel a los humildes pastores aquella noche hace 2000 años atrás: “. . . os traigo buenas nuevas de gran gozo que serán para todo el pueblo; porque os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un Salvador, que es Cristo el Señor” (Lucas 2:10-11).  Con esta proclama angelical se revela el misterio de la eternidad subscrito en los anales de los tiempos. Eso es, que el “Cordero inmolado antes que el mundo fuese”, se encarnó y murió para perdonar los pecados de toda la humanidad, con el fin de asegurarnos un día el viaje más allá del sol. Que con el nacimiento de aquel bebé en el rústico establo de Belén, solo digno de bueyes, caballos y asnos, también nació la segura esperanza para la salvación. Celebrar la Navidad sin ese reconocimiento es ignorar que la razón de esta época es Cristo. De modo que la Navidad es la ocasión para abrir el corazón además de abrir nuestras puertas y regalos. Es la ocasión para agasajar al cumpleañero de la época. Es el tiempo para unirnos a los ángeles en su canto, quienes al momento del nacimiento de Jesús cantaron: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” Porque la esencia de la Navidad es traer la paz entre los hombres. ¿Por qué, entonces, no abrir un espacio en nuestras celebraciones para honrar a Jesús? ¿Por qué al momento de la cena no dejamos una silla vacía para que se siente el Huésped de la ocasión? ¿Qué tal sería esa experiencia? Y si te estás preguntando qué regalo hacerle, toda vez que él es el dueño de todo el universo, es seguro que él no estaría interesado en nuestros dones materiales, pero sí le agradaría que como regalo le entreguemos nuestros corazones. ¡Sí, nuestros corazones! ¿Por qué no? Por cuanto él es el centro de la vida física y emocional, el Señor ha dicho: “Dame hijo mío tu corazón, porque de él mana la vida”. Y la verdad es que si no le damos el corazón al Señor se lo daremos a otros señores. La profecía dijo que ese bebé era “Emmanuel” (Dios con nosotros). Él ha sido el regalo incomparable del cielo. No hubo lugar para él en el mesón, pero si puede haber un lugar para él en tú corazón. Vayamos “navidándolo” a él. Es interesante pensando de otra forma ese navidando  lo significativo del lugar donde nació Jesús. Dios me llevó a pensar las razones por las cuales escogió a Belén.  Y me interesó lo que la profecía decía de esa ciudad.  Porque Jesús le regalo su hijo a una pequeña ciudad. ? Dios ama las pequeñas naciones o pueblos. Me hizo pensar en este país tan pequeño y lleno de tantos problemas y maldades. Dios puede estar pensando siempre en cada navidad en mostrarnos un mensaje directamente para esta pequeña nación: El Salvador. Veamos algunas palabras relativas con el regalo de Belén. Tres cosas son importantes en este contexto por las cuales creo que se  consideró bueno y adecuado que nuestro Salvador naciera en Belén. Primero debido a su historia, segundo a su nombre y tercero debido a su posición.

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