Serie rompiendo tiempos de esterilidad: El rostro de la esterilidad IX parte


III. En tercer lugar la sobrevivencia a la esterilidad. (1 Samuel 1:18-27;2:9)

Con tantos problemas que tenía, ¿era posible que Ana pudiera hallar la realización de su vida? A pesar de sus problemas, ella tenía esperanza. Pablo Tournier, famoso por sus contribuciones a la sicología cristiana, una vez dijo que ningún problema se resuelve jamás, si no se resuelve primero dentro del esquema de la religión de uno.[1] Esta fue la dirección que Ana tomó. Ella halló sus respuestas en la casa del Señor, tal como las halló el salmista en el Salmo 73.16–17: “Cuando pensé para saber esto, fue duro trabajo para mí, hasta que entrando en el santuario de Dios, comprendí el fin de ellos”. Las dificultades de ella la llevaron a buscar el verdadero significado de comprometerse con el Señor. No podemos más que imaginarnos cuán frustrada se debió haber sentido cada una de las veces en que repetidamente falló en la concepción de un hijo. Ninguna de las rudimentarias prácticas médicas de su tiempo sirvió.

Me gustaría tomar cada una de las luchas y darle una respuesta. De hecho tomaré prestado del texto diferentes frases que describen las acciones de Ana batallando contra sus luchas de la esterilidad.

A.     Para la lucha emocional no hay nada como: “Levantarse”.

La expresión demuestra acción, decisión y convicción. Ya no más peleando con su rival, ya no más dependiendo del amor de su marido y ya no más confiando en la institución religiosa que le ha fallado tantas veces. Dado su discernimiento espiritual, no hay duda de que ella oró fervientemente por un hijo. ¿Qué cosas debemos tomar en cuenta para levantarnos?

Primero levantarse con decisión. Dice que comió y bebió en el lugar de su sufrimiento. Es en el lugar donde estamos luchando emocionalmente que debemos levantarnos. En segundo lugar debe levantarse  con  dirección correctaSe dirigió al templo. Al lugar indicado  y al único lugar donde podía encontrar su respuesta.  En tercer lugar se levantó con determinación. Iba a estar en la presencia de Dios hasta que tuviera la convicción de que su carga era depositada en las manos de Dios y que su ruego sería escuchado y pudiera experimentar la certeza de la respuesta aunque las cosas siguieran igual.

B.      Para la lucha existencial no hay nada como “prometer”. “Hizo voto” vrs. 11

A pesar de sus oraciones, el deseo de su corazón no le era concedido. No fue sino hasta que hizo un compromiso total con el Señor, que éste le dio una respuesta a su oración. El compromiso de ella fue claro: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar a la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, sino que dieres a tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré a Jehová todos los días de su vida,… (1 Samuel 1:11). Por fin Ana llegó a tener un nuevo entendimiento de la necesidad de ella. Anteriormente, es probable que el deseo de ella de tener un hijo, fuera con el fin de darle a ella un propósito para su vida. Un hijo la elevaría a ella delante de los ojos de su esposo. Un hijo detendría la molesta burla de Penina y las demás. No obstante, estas buenas razones eran esencialmente egoístas. Ana se elevó por encima de su humanidad y egoísmo. Ella llegó a la conclusión de que si Dios le podía dar un hijo, éste le pertenecería al Señor durante todo el tiempo que viviera.  Nosotros, también, estamos inquietos y atribulados porque no hemos alcanzado el nivel espiritual de Ana. Nos creemos, de modo egoísta, los dueños de nuestras vidas. Pasamos por alto el pasaje bíblico que dice que todas las cosas le pertenecen a Dios, por causa de que él fue el que las creó (Hageo 2.8; Salmo 24.1). En nuestro egoísmo, a menudo nos comportamos como el niñito que apretaba su nariz contra la ventana de una tienda de dulces. Un adulto que se compadeció, entró a la tienda, y le compró una bolsa de dulces. El chico, se llenó su boca de dulces tan rápidamente como pudo. El adulto, disfrutando de las ansias del chico, le preguntó: “¿Te gusta?”. El chico asintió, su boca estaba demasiado llena para hablar. El dador del regalo le habló nuevamente: “¿Me podrías dar un pedazo?”. El chico, vaciando su boca lo suficiente como para responder, le dijo enojado: “¡No! Es mío”. A veces es tentador sentirnos nobles y contentos con nosotros mismos por haberle hecho un gran regalo a la iglesia o a alguna buena causa. Más bien, deberíamos humillarnos delante de Dios, entendiendo que todo lo que estamos dándole a Dios es lo que él ya nos ha dado a nosotros. Podemos hallar paz cuando le dedicamos a Dios todo lo que tenemos, todo lo que somos y todo lo que podemos ser. Dios nos llama a amarlo a él totalmente (Mateo 22.36–37). Solamente cuando él tiene todo nuestro amor es que tiene todas los aspectos que forman parte de nuestro ser. No hay mejor forma de llenar el vacío existencial que renovando nuestra vida y declarándola que le pertenece a Dios.

C.      Para la lucha espiritual no hay nada que  la adorar.  “Y adoró allí a Jehová”.

“La realidad es que en ningún caso plugo al Espíritu de Dios utilizar a una mujer para  redactar las Sagradas Escrituras. Tampoco incluyó el Señor a una  dama en el núcleo apostólico, aun cuando estaba rodeado de mujeres que en nada eran inferiores a los doce en  su devoción a él. Pero también es una realidad que algunos de los poemas más nobles que se  encuentran en la Palabra de Dios fueron pronunciados por mujeres. Son de valor infinito los  pronunciamientos de María en Israel, Débora, Ana madre de Samuel, y de María de  Nazaret”.  Ana cantó y oró. (Hablamos acertadamente de su canto, aunque el 2.1 dice que oró y el 1.28  que adoró. La adoración generalmente consiste en algunas de las formas del canto y oración).  Fue primogenitora de Samuel que invocó el nombre de Dios, Salmo 99.6, y de “el cantor  Hemán”, 1 Crónicas 6.33.  Hay un marcado paralelo entre la adoración de Ana y la de la virgen María en Lucas 1.46 a  45. ¡Da a pensar dónde María leía en su Biblia! Como mínimo. Ana pensaba en un rey, pero su hijo no sería aquel rey que  gobernaría con gran poder y fuerza. Su hijo sería más bien el  primero de una larga línea de profetas, y precisamente aquel que  Dios emplearía en la introducción de un linaje real. Samuel iba a  ungir a Saúl, pero más agrado tendría como consejero del venidero  rey, David. Pero la profecía de Ana va más allá de David. Llega a  Cristo, el verdadero, eterno Rey. De ahí la inspiración que María  encontraría en el canto de Ana, aunque ésta tampoco sabría que su Hijo no entraría de una  vez en su reinado.  Ana fue capaz de aprender una excelente lección acerca de la oración. La oración de ella es un ejemplo del principio en el sentido de que Dios es “nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones” (Salmo 46.1). Cuán gráfica es la manera como explica su oración: “… he derramado mi alma delante de Jehová” (1 Samuel 1.15). Ana separó la oración en sus elementos fundamentales. Reconoció la soberanía y el poder de Dios. Humildemente se acercó al trono de él. Las dos veces que habló de sí misma en su oración, lo hizo refiriéndose a sí misma como sierva de Dios. Como sierva que era, sabía que la voluntad de Dios debía estar en primer lugar en la vida de ella. Fue dentro de los confines de esta voluntad que ella dio a conocer su petición. La humildad, el servicio y un corazón que cede, son algunos de los elementos más fundamentales de la oración eficaz. ¿Regateó Ana con Dios con el fin de obtener una respuesta a su oración? ¿Podemos nosotros hacer lo mismo? ¿Podemos tener lo que queremos prometiéndole a Dios algo a cambio? El pensar así es señal de que no se entiende el voto que Ana hizo en oración. Ana no regateó. Ella le pidió a Dios un regalo y luego prometió devolvérselo. Tal oración no constituye un regateo con Dios motivado por el egoísmo. Las oraciones como las de Ana solamente pueden emanar de un corazón lleno de confianza en Dios. Nosotros, también, podemos ser audaces y pedirle grandes cosas a Dios. Podemos tener dudas al hacerle peticiones a Dios porque nos sentimos indignos o incapaces de recibir su respuesta y hacer uso de ella. No deberíamos tener dudas. Dios no solamente es capaz de darnos lo que pedimos, sino que también puede perdonarnos y darnos la fortaleza que necesitamos para hacer uso de sus regalos en forma correcta. Ana llegó a ser una persona diferente después de su oración: “Y se fue la mujer por su camino, y comió, y no estuvo más triste” (1 Samuel 1.18). ¿En qué radicó este cambio que hubo en Ana? Ella no había recibido ninguna señal milagrosa de parte de Dios, en el sentido de que él le hubiera escuchado y le respondería su oración. El cambio radicó en el hecho de que ella adoptara una actitud diferente. ¡No hay persona que pueda dominar sus actitudes excepto ella misma! La mayoría de nosotros hemos oído: “Si actúas de modo diferente, te sentirás diferente”. Asombrosamente, cuando probamos esto, nos damos cuenta de que el dicho es cierto. Si elegimos actuar como Ana, descubriremos que podemos sentirnos y actuar de modo diferente. Jamás espere a sentirse mejor para actuar de modo diferente. La nuevas acciones llevan a nuevos sentimientos. ¿Qué fue lo que movió a Ana a elegir este cambio? Su nueva actitud se originó en su fe en Dios. Ella había orado y había actuado movida por su fe en Dios. Aunque ella todavía sabía lo que deseaba, ella ahora le confiaba el resultado a Dios. Aún si él no le concedía su deseo de tener un hijo, ella conservaría el mismo sentimiento de satisfacción y confianza en él. Ella podía aceptar su situación, sabiendo que estaba viviendo dentro de los confines de la voluntad de Dios .Cuando un cristiano avanza en su peregrinaje espiritual, su oración lucirá menos como una “lista de compras” y se parecerá más a un “cheque en blanco”. Deberíamos estar dispuestos a someternos nosotros mismos a Dios y pedirle a él que escriba la cantidad que nos costará. Esto fue lo que Ana hizo. El cumplimento del voto hecho No es difícil hacer voto; es fácil para la gente hacer promesas. En el fervor de una experiencia emocional, es fácil hacer un compromiso sin medir el costo. Ana tenía una cualidad que es vital para hallar el significado de la vida. Sin importarle el costo personal, ella cumplió con su promesa. ¿No pensó ella como a menudo pensamos nosotros? ¿No hubiéramos dicho: “¿Cómo voy a dejar a mi hijo en un lugar donde hasta el mismo sacerdote es inicuo?”. Nuestra excusa podría ser: “Dios, sólo tengo un hijo y no hay promesa de que haya otro más. ¿No aceptarías algunas ovejas a cambio?”. Hay que reconocerle a Ana que ella cumplió su palabra. Cuando el hijo de ella, Samuel, fue destetado, ella lo llevó a la casa del Señor en Silo y dijo: Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová; todos los días que viva, será de Jehová (1 Samuel 1.27–28). No debemos ser como el miembro de la iglesia que llamó a la oficina de la iglesia un lunes. El día anterior, los miembros de la congregación habían firmado tarjetas en las que se comprometían con la cantidad que iban a dar durante el año siguiente. El que llamaba dijo: “¿Se me puede relevar de mi promesa? Ayer fui más religioso de lo que me convenía”. David habló de cómo Dios aprueba al hombre justo que cumple su promesa, aun cuando ello le duela (Salmo 15.4). La recompensa Debió haber sido un momento de gran carga emocional cuando la familia de Elcana se acercó al tabernáculo. Estaban trayendo al hijo que les había alegrado sus vidas, sabiendo que éste no iba a estar regresando a casa con ellos. Es probable que nosotros, en nuestros tiempos de materialismo, nos preguntemos cómo pudieron haber hecho ellos tal sacrificio. Podemos dar de este modo a Dios, solamente si tenemos la actitud de Ana: “Por este niño oraba, y Jehová me dio lo que pedí. Yo, pues, lo dedico también a Jehová” (1 Samuel 1.27–28a).

D.     Para la lucha eclesial no hay nada como transformar. “Y el niño ministraba a Jehová”

Es tiempo que nosotros los que no estamos satisfechos con lo que sucede en la iglesia y con la esterilidad que demos lo mejor de nosotros.  Pero cada vez más estamos tan poco comprometidos. ¿Se convirtió Ana en perdedora al dar su hijo como  regalo? ¿Fue su vida bendecida solamente el tiempo que Samuel estuvo con ella? ¿Fue ella a casa a llorar la pérdida de su hijo? ¡Jamás! Ella no creyó haber perdido a Samuel. Ella lo veía cada vez que iba al tabernáculo. A pesar de que vivía en Silo, ella podía proveerle para sus necesidades (1 Samuel 2.19). El Señor fue indulgente con ella y la bendijo con tres hijos y dos hijas más (1 Samuel 2.21). ¡Lo que le demos a Dios de la devoción del corazón jamás se pierde! Él puede y está dispuesto a reintegrarnos cosas en cantidades mucho mayores que aquellas a las que alguna vez renunciemos (Mateo 10.27–29; Filipenses 4.19). Él nos bendecirá nuestra abundante siembra con una abundante  siega. En su gracia, Dios no sólo bendice eternamente, sino que también a menudo nos dará cien veces más en esta vida, lo que nosotros demos (Marcos 10.30) .

Aunque Ana fue una campesina que vivió hace varios siglos, el problema de ella —el de la esterilidad de la vida— todavía está con nosotros hoy día. La solución que ella puso en práctica —un compromiso total con Dios— es tan viable para nosotros como lo fue entonces  Alguien escribió una vez en una pared: “Dios tiene la respuesta”. Luego alguien añadió: “Si, pero ¿cuál es la pregunta?”.  En realidad no es la pregunta lo que importa; la respuesta siempre es la misma: Dios.


[1] Artículo de Paul Tournier, ¿Is  Christian experience valid? http://www.blueletterbible.org/Bible.cfm?b=1Sa&c=3&v=1&t=KJV#conc/1

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