Serie rompiendo tiempos de esterilidad: El rostro de la esterilidad IV parte


Escribo esto dentro del contexto bautista, y para una iglesia bautista que está celebrando esta semana 45 años de edad. Pero pienso que se puede aplicar a toda iglesia que con el correr de los años ha perdido su efectividad y está pasando por tiempos de esterilidad. En estos dos años de pertenecer a una iglesia bautista me he preguntado al fin y al cabo ¿Qué es ser bautista? ¿Y si lo que tenemos hoy es lo que realmente significó ser bautista históricamente? Y creo que las palabras del Dr. David Ramos pueden ayudarnos en este pensamiento: “Ante tales inquietudes, yo, siempre, respondo que depende del sentido y uso que le demos al término “bautista”.  Si nos remontamos a las preocupaciones de las comunidades que comenzaron a ser denominadas con el sobrenombre de “bautistas” (que en un principio tenía una intención peyorativa), creo, con toda seguridad, que lo seguimos siendo. Pero, si por “bautista” se entenderá un perfil eclesial que se caracteriza en nuestro medio por ser carente de dinamismo, desnutrido de la fidelidad a Jesús y enclaustrado en prácticas que no traen ningún bien a la obra de Dios, entonces, no somos bautistas.” (David Ramos, Iglesia Betania, predicación 16 de noviembre 2011, El Salvador)

Para atender hoy las iglesias bautistas de este país y no mal entenderlas, ni entenderlas necesitamos recuperar a lo menos tres grandes distintivos de esas comunidades históricas.  Es obvio que para aquellas comunidades, existían, a lo menos tres inquietudes que marcaron sus rupturas de las condiciones religiosas dominantes. Es decir, en principio, estas comunidades expresaban cierto descontento y fastidio con las formas tradicionales de entender el Evangelio y la fe en Jesucristo. Sus preocupaciones nucleares fueron: Primero  la necesidad de una experiencia espiritual real, visible y fundacional que pueda denominarse cristiana, es decir, ¿Cómo nos hacemos cristianos?  Note lo que el Dr. David Ramos: “No compartieron el hecho de que ser cristiano sea el resultado de las condiciones geográficas en que se nacía. Por ejemplo, nacer en Inglaterra los hacía anglicanos; nacer en los países bajos era ser reformado; nacer en Alemania era ser luterano. Así por el estilo, eran las cosas para aquel entonces. Estos creyentes, rompieron con el bautismo infantil para exigir la necesidad de una decisión y de una experiencia espiritual que los convirtiera en cristianos por nacimiento espiritual y no por nacimiento biológico. Para ellos era vital el que algo ocurriera en los corazones de quienes afirmaban seguir a Jesucristo.” (David Ramos, Ibíd.)

Así que según esto, el bautismo de adultos solo fue un corolario eclesiástico a lo que originalmente era una preocupación eclesiológica.  Desde esta óptica, creo que esa debe seguir siendo nuestra inquietud y búsqueda. Pues no se puede negar que nuestra denominación ha caído en un estancamiento espiritual que le impide responder con solvencia a las exigencias de nuestro contexto de país. Tenemos: Una generación de pastores ancianos (cuya experiencia y fidelidad son una bendición, pero ya no están a la altura de los nuevos retos); opciones vocacionales en las nuevas generaciones, prácticamente, ausentes; Iglesias cerrándose; templos alquilados para bodegas; liderazgos nacionales esclavizados a ideologías políticas partidarias, a intereses financieros y a custodiar estructuras de poder; gente ocupando posiciones de liderazgos sin una vida espiritual fresca y ministerios fructíferos; estructuras eclesiales castrantes: no hacen ni dejan hacer; se le da más importancia al templo que a la congregación; las propiedades cuentan más que la misión; cuando la institución vale más que la misión. La respuesta que se da a todo esto es reprimir, crear fortalezas, levantar muros y vivir cada vez más encerrados. En este marco de realidades eclesiales ¿No es acaso el espíritu bautista la búsqueda de realidades espirituales que den a la iglesia vigor, transformación y presencia efectiva en el mundo? Eso es  lo que Dios debe hacer con nosotros: Avivar su obra en medio de los tiempos. Nada más. Lo que debe ocurrir entre nosotros debe ser  una acción únicamente del Espíritu Santo que ha traiga vigor  a nuestra iglesia y que le haga replantear su vida y misión de cara a la fidelidad al reino de Dios. Esa búsqueda de autenticidad que cargó el corazón de aquellos a comienzos del siglo XVII debe ser  la misma nuestra. Por supuesto, dicha búsqueda, en su época, provocó nuevas realidades eclesiales como expresiones alternas y alternativas al ejercicio dominante de la fe. Esto es lo que puede pasar entre nosotros: Brotar nuevas formas de ser iglesia. ¡Pero eso era precisamente lo que ocurrió en aquella época! En este sentido creo que seguiremos  siendo bautistas y auténticos herederos de las preocupaciones matrices de su nueva forma de ser iglesia. Ahora si se nos tilda de no ser bautista porque no guardamos los formatos eclesiásticos que un día funcionaron pero actualmente ya no tienen sentido ni capacidad misionológica, entonces, sí ya no debemos ser  bautistas.[1]

 

Una segunda inquietud  era la vocación evangelizadora de la iglesia.  Esto responde a la pregunta ¿qué es ser iglesia  hoy? Esta era una derivación de la preocupación anterior. Puesto que si era necesaria la experiencia espiritual que nace de una decisión frente al Evangelio para entrar en la vida de Dios, era, por tanto, urgente que, quienes habían asumido tal perspectiva y experiencia, dispusieran su vida para presentar el Evangelio ante el cual todos los hombres se jugaban su condición eterna. De ahí, la carga por la proclamación del Evangelio a todo el género humano. Esto nacía de un sentido muy fuerte de llamamiento, sacrificio y proyección de la obra misionera. Fueron los bautistas los pioneros en el campo de las misiones transculturales. Algo anda mal cuando una congregación se estanca, cuando no crece. Es verdad que no debemos ni podemos caer en la agonía numérica que ha embarcado a muchas iglesias en proyectos de crecimiento local que muchas veces no guardan ninguna relación con el Evangelio, pero tampoco podemos ni debemos quedarnos en una apatía y conformidad ante la debacle de muchas congregaciones a nivel nacional. Muchas se han convertido en clubes sociales o en círculos de familias que, generacionalmente, manejan a la iglesia como señores feudales. No hay pasión por anunciar la buena nueva. Las “campañas evangelísticas” se hacen en los templos para los mismos miembros. Talleres de evangelización sin ninguna relevancia en la práctica. En fin, ¿Cómo se puede hablar a otros de lo que Dios no está haciendo en y entre nosotros? [2]

Desde la pasión de anunciar el Evangelio con tesón, si podemos  enfatizar que debemos ser  bautistas. Pues no  debería haber mayor angustia congregacional para  nosotros que presentar el Evangelio de todas las formas posibles a cuantos podamos, no importando los sacrificios y exigencias que este llamamiento requiera.  Así como los primeros bautistas, debemos ser  bautistas. Así como aquellos ancianos que hablaban sin parar de su amor por su Señor, que caminaban horas para anunciar la Buena Nueva, debemos ser  bautistas. Así cómo no escatimaban nada con tal de ver la fuerza del Evangelio obrando en la vida humana, debemos ser  bautistas. Pero, ser iglesias que sólo pasan celebrando los aniversarios como si la fiesta cristiana es sobrevivir a la cronología sin ninguna referencias a las acciones poderosas de Dios en la actualidad de la comunidad. De esta manera ya no debemos ser  bautistas.

Iglesias que han convertido sus reuniones en actividades sociales (Celebración de cumpleaños, 15 años, día del padre, día del pastor, día del niño, etc. -no significa que estas actividades sean malas en sí mismas, pero cuando esa es la agenda de la celebración y la misión, sí que algo no anda bien-).  Iglesias que sus cultos parecen más reuniones de lamento que de celebración. Iglesias donde sus líderes jamás comparten su fe en Jesús donde viven, donde trabajan. Así ya no debemos ser  bautistas. Iglesias donde solo viven en conspiración, fraudes, y frecuentes divisiones. Iglesias donde reina el irrespeto a los líderes de la iglesia. Iglesias que se ven simplemente como una organización jurídica. Así, sí que ya no debemos ser  bautistas. El modo en que la iglesia vive y se proyecta al mundo revela que ha dejado de ser embajadora de Dios y se ha convertido en una sinagoga donde se quiere preservar la “tradición de los ancianos”.  Al igual que en el ministerio de Jesús, sus más grandes opositores fueron los fariseos (custodios de la ortodoxia) y los sacerdotes (administradores del templo,) hoy día parece que las estructuras religiosas son el obstáculo a la renovación del Espíritu.  Nos volvemos guardianes de doctrinas rancias y de templos humanos. Se nos ha olvidado que Dios quiere la vida, la vida abundante de una humanidad marcada por el pecado, la muerte, la miseria, la enfermedad, el odio. Se nos olvida que lo más decisivo para la iglesia es la misión en el mundo.

En tercer lugar la autoridad y el amor de las Sagradas Escrituras por encima de cualquier autoridad jurídica, eclesiástica o clerical. Esto responde a la pregunta ¿Quién es mi autoridad?

 Creo que debemos guardar  con respeto el recuerdo de nuestros mayores en la fe en cuanto a estudiar, conocer y hablar a partir de la Biblia. Los bautistas originales creían que no había concilio, papa o iglesia que estuviera sobre la Biblia. Sus conclusiones bíblicas les hicieron ganar el rechazo de la religiosidad establecida, pero confiaron en ser fieles a la Palabra de Dios más que a las tradiciones humanas. Desde esto, puedo decir que sí debemos ser bautistas. Pues cada persona que asiste a nuestra congregación puede ver que no hay otro libro que estudiemos en todas las actividades de la iglesia que  no sea la Escritura. Es urgente volver  a colocarla como guía de nuestro ser iglesia. No para repetir fórmulas mecanizadas de fe sino para avivar nuestro seguimiento y fidelidad a Jesús de Nazaret.[3]

Devolver la Escritura al pueblo de Dios debe ser nuestro cometido. Reencontrarnos no con las fórmulas de Calvino, Lutero o Meno Simons, sino con el Evangelio. Ese Evangelio que reclama nuestra vida, nuestra eclesialidad, para traer esperanza, vida y justicia a esta creación que se hunde de las manos de una generación que ha dado la espalda a Dios. Volver a la Escritura, volver al Evangelio, volver a las preocupaciones de las comunidades cristianas originarias. Eso les preocupó a los primeros bautistas y es lo que debe agitar nuestra alma. En esto, claro que debemos ser  bautistas. Buscar  ser fieles a esto.

Pero ser iglesia dónde los Estatutos y el reglamento interno estén por encima de la Escritura; donde la palabra de los misioneros valga más que las de los apóstoles del Señor; donde la iglesia le diga al pastor lo que quiere escuchar en el púlpito; donde la llamada identidad bautista está por encima de la identidad evangélica; donde el Espíritu no decida los asuntos concernientes a la misión de la iglesia como en el libro de los Hechos de los Apóstoles; donde el cacicazgo es el nuevo feudalismo; Entonces, así ya no debemos ser  bautistas. Debemos ser Bautistas en coherencia con las preocupaciones originales. Bautistas como degeneración que raya en la perversión sí, es verdad, ya no debemos serlo. Muchos no ven esta crisis,  y si la ven no la aceptan. Si la aceptan no están dispuestos a pagar el precio para superarla. La iglesia verdadera es la iglesia que se parece a Jesús. La iglesia que se parece a Jesús no es la que repite las tradiciones de la sinagoga, ni cumple con los ornamentos y sacrificios del templo, ni la que se esconde en los rincones de la comodidad, ni la que se arma de espada para buscar la liberación política, ni la guardiana pretoriana de fórmulas caducas de entender la fe .  La iglesia que se parece a Jesús es aquella que prolonga en sus palabras, en sus obras, en su modo de vivir la buena noticia que alegra al mundo. Es aquella para quien el Evangelio es una manera de existir en el mundo.  Es canal de la gracia de Dios que quiere reverdecer una creación marchita.

¿Cómo debemos salir de la esterilidad y la desolación espiritual?: Primero está el desafío cristológico: Es decir fidelidad al modelo de Cristo.  A Jesucristo se le describe como nuestro sacerdote. ¿Pero cómo puede llamársele sacerdote si nunca ministró en el templo, ni vistió las orlas sacerdotales, ni sacrificó en el altar?  Así pues hemos de concluir que: el sacerdocio de Jesús consistió en una determinada manera de vivir su existencia humana delante de Dios. La iglesia, entonces, ha de buscar su semejanza sacerdotal con Jesús no en los límites de un templo sino en su conversión hacia la entrega de la vida (Marcos 9: 45) La única autoridad similar a la de Jesús es la del servicio y la entrega. Nada de entronizaciones reveladas ni de señoríos heredados, sólo el servicio, el sacrificio da autoridad real.

 Segundo, deliberadamente el desafío doulógico: Es decir rescate del servicio.  El Nuevo Testamento evita llamar “sacerdote” a los dirigentes cristianos, comenzando con los mismos apóstoles. El NT crea de la nada todo un léxico nuevo, tomado del mundo secular-profano y no del mundo religioso-ritual: Enviados (apostoloi), supervisores (episkoipoi), servidores (diakonoi), dirigentes (hegoumenoi), o simplemente los que arriman el hombre (kopiountes). Todo este esfuerzo lingüístico sólo demuestra dos cosas: a) La iglesia siempre necesitará dirigentes, b) Esos dirigentes no tienen nada que ver con derechos sagrados de poder, sino con el hecho de una vida entregada hasta morir como Jesús.  En tercer lugar el desafío eclesiológico: Es decir un replanteamiento de la iglesia.  El NT no ofrece ningún modelo único y obligatorio del modo de estructurar la iglesia (y mucho menos un modelo entregado por el propio Jesús o por los apóstoles), sino que ofrece diversos ejemplos de cómo fueron estructurándose distintas iglesias, respondiendo a las necesidades y demandas de diferentes momentos históricos.  Tenemos formas episcopales muy ligadas a las zonas imperiales (Roma, Cartas pastorales), formas presbiterianas muy ligadas a la tradición judía (Jerusalén), formas democráticas ligadas a la tradición griega (Corinto) y formas carismáticas como Antioquía. Ninguno de estos modelos se considera como normativo y excluyente de los demás. En esa pluralidad, lo importante es mantener vivo el Evangelio de Jesús, la sensibilidad al Espíritu que guía a la iglesia y el compromiso con la misión. En cuarto lugar el desafío kairológico: Es decir un reenfoque a los tiempos actuales. Las iglesias del NT demostraron diversidad y creatividad en las formas de cómo se organizarían para llevar adelante su fe en Jesús y la predicación del Evangelio.  Los apóstoles no tenían preparada de antemano por el Maestro la respuesta a ninguno de los grandes problemas con que se fueron enfrentando: Eso sí, tenían la memoria de su Palabra, la experiencia de su convivencia y la promesa de contar con su Espíritu “todos los días hasta la consumación de los tiempos”. La iglesia primera creó nuevos ministerios conforme iban apareciendo situaciones nuevas o necesidades que los reclamaban.  Incluso se llegó a crear congregaciones nuevas, distintas a las anteriores. Por ejemplo: Jerusalén y Antioquía.  En cualquier caso, la iglesia toma una decisión no apelando a una constitución o norma ya dado por Jesús, sino tratando de responder a una situación histórica y luchando por mantener la comunión entre sus miembros. La fraternidad no pasa por la uniformidad, sino por el compañerismo en el servicio de proclamar el Evangelio.  Más que pensar en asociaciones denominacionales o doctrinarias, debemos pensar en Asociaciones de iglesias colaboradoras en el ejercicio ministerial. Es decir, unidad misionológica y no de ortodoxias denominacionales vacías y paralizantes.  Las decisiones de las iglesia en el NT fueron gestadas por un discernimiento lo más fraternal posible de momentos históricos y no brotaron como aplicación de un programa previamente trazado por Jesús. Si esto fue así para la comunidad apostólica ¿Cómo es que para nosotros, ahora, la forma y los reglamentos de líderes anteriores se convierten en normativo –aún encima de la Escritura- a la hora de responder a nuevos momentos históricos? ¿Cómo es que, para nosotros, la frase “así lo hemos hecho siempre” sea más importante que la Palabra que afirma: “he aquí yo hago nuevas todas las cosas”? Si Jesús nos dejó el Espíritu Santo para guiarnos hacia toda verdad, para empoderarnos hacia la misión en el mundo y para desarrollar una clase de vida cristiana y eclesial en armonía con Jesús, entonces, hemos cuidarnos de una eclesiología que no haya cometido el pecado de apagar la Pneumatología (1ª. Tesalonicenses 5: 19. ) No es nuestra identidad jurídica la que debe decidir nuestro futuro sino nuestra identidad espiritual, misionera y Escritural.

Bueno hasta aquí he intentado dar evidencias del rostro de la esterilidad tanto personal como eclesial. He establecido que hay una dualidad espiritual en segundo lugar una desvinculación espiritual y finalmente una desolación espiritual. He tratado de demostrar que en la  desvinculación  espiritual hay como cuatro   expresiones dentro del pasaje que nos hacen reflexionar para combatirlas en esta generación. La primera es el ritualismo, es decir  personas  expertas en el rito pero pobres adoradores. En segundo lugar está el el materialismo y en tercer lugar el Superficialismo, las cosas las hacemos en actividad pero sin convicción y en tercer lugar el antagonismo, vivimos en constante fricción y competencia. En tercer lugar vimos la desolación espiritual, y en ella debemos recuperar nuestra verdadera herencia bautista y no una caricatura denominacional para poder salir de esa esterilidad.


[1] (David Ramos, Iglesia Betania, predicación 16 de noviembre 2011, El Salvador)

[2] Ibíd.

[3] David Ramos, Ibíd.

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