El evangelio a la carta: Lo que la gente quiere vrs. Lo que la gente necesita


Entonces vinieron a él unos trayendo un paralítico, que era cargado por cuatro. Y como no podían acercarse a él a causa de la multitud, descubrieron el techo de donde estaba, y haciendo una abertura, bajaron el lecho en que yacía el paralítico. Al ver Jesús la fe de ellos, dijo al paralítico: Hijo, tus pecados te son perdonados. Marcos 2:3-5 Note que el paralítico llegó por sanidad era lo que quería pero necesitaba perdón de pecados. Y eso es lo que está pasando en nuestras iglesias. La gente llega por lo que quiere y no por lo que necesita.  Lo que en algunas iglesias se ofrece  entretenimiento, diversión, formación humana, «un espacio para el sano esparcimiento familiar») compite con lo que el mundo podría buscar en otras partes. Vivimos en una sociedad consumista en la que la gente no sabe muy bien lo que quiere y mucho menos sabe lo que necesita, pero obtiene lo que busca, ya sea con un proveedor o con el otro, pero lo consigue. Lamento ver cómo ese mismo paradigma de tenga lo que busca se viene integrando por error en la vida de la iglesia del Señor en un triste proceso en el que pasamos de ser sensibles al mundo a ser serviles. Lo que en algunas iglesias se ofrece (entretenimiento, diversión, formación humana, «un espacio para el sano esparcimiento familiar») compite con lo que el mundo podría buscar en otras partes (cine, televisión, centros comerciales, clubes) y el hecho de que la iglesia tenga competencia evidencia una de dos cosas: que lo que la iglesia está dando no es el agua viva que quita la sed del alma que le pidió la Samaritana a Cristo(B) sino la misma agua común que se encuentra en cualquier otro pozo, o que el mundo está ciego(C) y ante dos opciones de características totalmente disímiles no escoge la superior. (No está mal buscar esparcimiento ni tampoco es incorrecto que la iglesia cumpla indirectamente un propósito de formación humana, como de hecho lo hace, pero nada de lo anterior es el fin último para el que existe la iglesia, siendo la institución que Dios ha elegido para llevar al mundo la buena nueva del evangelio.) No podemos salir a preguntarle al mundo lo que el mundo quiere que se le predique, pues el mundo ha sido cegado, esclavizado y engañado.En el pasado, Henry Ford decía que le daría a la gente un auto de cualquier color, siempre y cuando fuera negro. Hoy el mercado es muy distinto y por la competencia de proveedores la empresa que fundó Ford pinta sus autos de colores tan llamativos y extravagantes como gustos tengan sus potenciales clientes. Los ministros cristianos no andamos tanteando el mundo para ajustar nuestro producto a sus expectativas, nosotros le decimos al mundo algo similar a lo que dijo Henry Ford, y lo sostenemos, no porque seamos caprichosos o busquemos un beneficio particular, sino por convicción: si la iglesia deja de ser lo que su Señor quiso que fuera, llenará las expectativas temporales de la gente, expectativas que la gente conoce y busca llenar todos los días, pero fracasará en saciar en la gente aquellas necesidades que son eternas, reales, profundas y muy urgentes, pero que al estar su mente centrada en el aquí, en el ahora y en lo superficial, regularmente pasa por alto. Gran parte de la tarea de la iglesia es hacer que un mundo ajetreado detenga su afán por las cosas de la tierra y aunque sea por un momento, ponga sus ojos en las cosas de arriba, en la eternidad y encuentre a Cristo, sentado a la diestra de Dios. No podemos salir a preguntarle al mundo lo que el mundo quiere que se le predique, pues el mundo ha sido cegado, esclavizado y engañado; anhela y compra lo temporal e imperfecto porque desconoce completamente lo perfecto y atemporal. Si el ministro antes de predicar al mundo tiene que preguntar, o él mismo no está seguro del poder del evangelio o de plano, es tan ignorante en estas cosas como su auditorio. Si la iglesia deja de ser lo que su Señor quiso que fuera, llenará las expectativas temporales de la gente, expectativas que la gente conoce y busca llenar todos los días, pero fracasará en saciar en la gente aquellas necesidades que son eternas, reales, profundas y muy urgentes, pero que al estar su mente centrada en el aquí, en el ahora y en lo superficial, regularmente pasa por alto. No es una personalidad arrolladora, ni la persuasión inteligente la que produce la convicción. Solo el Espíritu Santo puede convertir. (John Stott, Señales de una iglesia viva). Los judíos piden señales y los griegos buscan sabiduría, pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, para los judíos ciertamente tropezadero, y para los gentiles locura. En cambio para los llamados, tanto judíos como griegos, Cristo es poder y sabiduría de Dios.1 Corintios 1:22-24). Pablo establece que unos querían carisma y otros querían doctrina. Pero el presenta a Cristo. Eso es lo que necesita la gente. Dios se ha valido de una serie de instrumentos imperfectos, lo que asegura que su gloria, como autor y consumador de la fe, no sea usurpada.Esta es la triple paradoja del evangelio: que es poder de Dios, predicado por mensajeros débiles con un mensaje que aparenta ser débil y el mundo torpe con él tropieza o de él se burla al considerarlo locura. Al respecto de esta paradoja, dice John Stott: «cada presentación del evangelio involucra un encuentro de poder entre Cristo y Satanás, y en cada conversión se demuestra el poder superior de Jesucristo. Esto es probable porque el Espíritu Santo toma nuestras palabras, pronunciadas con debilidad, y con su poder las lleva a la mente, al corazón y a la conciencia de los que escuchan, para que puedan reconocer la verdad y creer». Y luego añade: «no es una personalidad arrolladora, ni la persuasión inteligente la que produce la convicción. Solo el Espíritu Santo puede convertir». La manifestación de su propia gloria es el fin por el cual Dios creó al mundo y el principio rector de todas las obras de Dios, incluida su obra más sublime, que es nuestra salvación. Para la misma, Dios se ha valido de una serie de instrumentos imperfectos, lo que asegura que su gloria, como autor y consumador de la fe, no sea usurpada por los mensajeros. Para los fines, no escogió a los sabios, ni a los poderosos, ni a los nobles, sino a lo necio, a lo débil, a lo vil y a lo menospreciado, «a fin de que nadie se jacte en su presencia» y «el que se gloría, gloríese en el Señor». Hasta la iglesia más humilde sirviendo en el paraje más remoto, es depositaria del mensaje más poderoso. Lo que el mundo necesita no lo obtendrá en bandeja de plata o en copas de cristal, sino en unas humildes vasijas de barro que si por el mundo fuera, allí no esperaría encontrar agua. Este es un asunto que me estremece, y es que hasta la iglesia más humilde sirviendo en el paraje más remoto, es depositaria del mensaje más poderoso que se ha enviado al mundo y en su congregación, cobijada a veces de zinc o palma, pueden recibir los hombres el regalo más grande. En humildes templos del Perú  (construíos de estiércol y lodo) algunos han obtenido acceso a la nueva Jerusalén, con sus calles de oro y su mar de cristal. ¡Solo es de Dios la gloria! Pero tenemos este tesoro en vasos de barro, para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de nosotros.2 Corintios 4:7. Si se le pregunta a un ciego de nacimiento que cuál es su expectativa más grande, a menos que reconozca que está ante el Hijo de David, como reconoció Bartimeo, será realista y pedirá aquello que sabe podrían darle: un perro guía para dejar su bastón. Si se le pregunta a un esclavo lo que quiere pedirá un amo menos duro, un día de descanso a la semana o una cadena más larga. Quien fue engañado insistirá en ser llevado a aquel lugar que no existe pero que él quiere que exista. El ciego no sabe que podría ver, el esclavo nació y creció restringido, ha estado tantos años en su condición que la libertad no está dentro de sus posibilidades y quien fue engañado regularmente le atribuye a su fábula tanto los atributos que le dio originalmente su engañador como aquellos que él mismo quisiera que tuviera, revistiendo el engaño de un atractivo irresistible. El pecador no aspira al bien de su alma, pues nació y creció en su condición: quiere un perro mejor que le diga por donde caminar, una cadena más liviana que le permita seguir atado con menos fatiga o una fábula más increíble; así mismo, cuando el ministro deja la verdad —algo que no es suyo y solamente puede dar con la ayuda del Espíritu Santo— para adaptarse a lo que el mundo quiere, comienza a dar lo que sí está a su alcance y se convierte en el perro que guía al mundo, con cierta habilidad, pero perro al fin, en el amo que torciendo la ley y al servicio del príncipe de este mundo vende una falsa libertad para mantener preso al esclavo y que su plantación de algodón se mantenga floreciente o en el encantador del mundo que por su creatividad atrae a las multitudes, les divierte y les entretiene mientras esperan juntos la misma perdición. El regalo más grande. Cristo no le preguntó al paralítico que cuál era su expectativa, pues si le preguntaba, difícilmente el paralítico aspiraría a resolver su problema moral con Dios (pecado) o a llegar al cielo, sino simplemente a algo mucho más temporal y si se quiere humano: poder usar sus piernas para moverse de un lado al otro y llegar hasta su casa. Al verlo postrado, no preguntó, lo dejó al ras del suelo y le entregó lo que necesitaba y probablemente nunca pediría: la salvación de su alma (perdonó sus pecados). Yo veo la misericordia del Señor al salvar a este hombre antes de devolverle la movilidad, pues probablemente, si le sanara primero saldría corriendo y dejaría el beneficio eterno para otro momento, como hicieron los nueve leprosos malagradecidos. No hay peor desgracia que estar al lado de Cristo, recibir de Él algún regalo temporal y seguir por nuestro camino, rumbo a la perdición eterna. Hasta el hombre menos devoto se encomienda a Dios ante un accidente, un problema de salud o carencia material, y es posible que Dios en su misericordia le responda, pero ese no es el regalo más grande que Dios quiere darnos y cualquier cosa que se nos concediera primero debería ser considerada como una luz verde para pedir lo otro, que es lo que en verdad importa. Y si no lo pidiéramos, tarde o temprano sabríamos que lo que recibimos antes era nada en comparación con el milagro más grande que dejamos de pedir. Y a Aquel que es poderoso para hacer todas las cosas mucho más abundantemente de lo que pedimos o entendemos, según el poder que actúa en nosotros, a él sea gloria en la iglesia en Cristo Jesús por todas las edades, por los siglos de los siglos. Amén. Efesios 3:20-21 Esta historia nos llevaría a orar  de esta forma: “Pecador: ¡ruega primero por tu alma y luego por tus piernas!” El pecador que está ante Cristo y en vez de clamar por su alma pide trivialidades se parece a Ana Bolena, reina de Inglaterra, que mientras esperaba su ejecución se sintió complacida al ser su pena cambiada de incineración a decapitación y regocijada al saber que le fue concedida la decapitación al estilo francés (con una espada de doble filo y un verdugo muy experto, ambos traídos para la ocasión desde Francia) y no al estilo corriente (con hacha). Hacía planes optimistas para conservar la postura y se arreglaba el cabello. Satisfecha, afirmó: «oí que dicen que el verdugo es muy bueno, y tengo un cuello pequeño». ¡Rey Enrique, no le preguntes a Ana lo que Ana quiere, pues no pedirá misericordia, sino un verdugo más experto! ¡Ministro, no le preguntes a tu congregación sobre lo que quiere oír, pues con seguridad pedirá cualquier cosa más o menos profunda, pero no por su alma! Predica el evangelio y luego, si se puede, trata de que el cojo camine. Caminar es lo que él quiere, pero salvación es lo que más necesita. Pecador: ¡ruega primero por tu alma y luego por tus piernas! Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma?

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