Así dice El Señor: El desafío de filtrar la palabra profética hoy


Recientemente tuve la bendición de una iglesia que va en el camino de escuchar la voz de Dios y del Espíritu Santo. Sobre todo están aprendiendo a activar sus dones, pero en sobremanera su don profético o habilidad profética. También he tenido la oportunidad de leer un libro de uno de mis maestros del Seminario en donde  habla de la función profética en la educación teológica. Y me pareció fascinante su propuesta. Es algo tan necesario para la iglesia hoy y para los centros que  capacitan a los futuros siervos de Dios.  Creo que hoy son tiempos  donde Dios se está moviendo de forma  maravillosa, sin embargo siempre está la pregunta  fundamental para estos tiempos. ¿Cómo podemos discernir cuando una palabra profética es de Él o no? El mayor privilegio y el deseo más profundo de todo creyente es escuchar la voz de Dios. No cabe duda que estamos viviendo momentos de la historia de la Iglesia donde la voz de Dios se está escuchando claramente. Él les habla a Sus hijos de muchas formas, y una de ellas es a través de la profecía. Primeramente quiero decirles que creo firmemente en la palabra profética. Por esa razón es que tengo el deseo de motivar a otros a que sepan discernir cuando una palabra profética es de Dios y cuando no. De la misma manera en que una palabra de Dios puede traer bendición a nuestras vidas, una palabra falsa puede causar daños terribles. Segundo, quiero aclarar que estas reflexiones  sólo intentan motivarlos a estudiar la Palabra. De ningún modo pienso que estas líneas  van a ser un substituto para el discernimiento que se consigue a través de una relación íntima con Dios.

¿Empecemos por aclarar que es la profecía personal? La profecía personal ha aumentado su popularidad en los últimos años. El patrón típico comienza con la revelación profética del ministro, de una situación o evento que ha ocurrido o está el presente, ahora en la vida de alguna persona en particular, y con frecuencia apunta a heridas o rechazos del pasado. Usualmente, suele venir seguida de una declaración de bendiciones o promesas de lo que Dios hará en el futuro. No todas son iguales, pero ese es el formato común. Con frecuencia, el término utilizado suele ser “Una palabra”. Por eso es común escuchar a una persona decir: “Él tuvo una palabra para mí”. Es triste, pero estamos tan desesperadamente hambrientos por lo Sobrenatural y por la profecía verdadera, que muchos no han ejercitado el juicio espiritual, mientras han abrazado, sin cuidado, todas las formas de este ministerio. Jesús lo dijo en forma clara: “Mirad que nadie os engañe” (Mateo 24.4). En segundo lugar necesitamos preguntar: “¿Por qué tantos son llevados por profecías que no son genuinas?” Primero, con frecuencia somos ignorantes de lo auténtico. Para llegar a ser familiares con la profecía personal auténtica debemos retornar a las Escrituras para una mejor comprensión. Específicamente, quiero repasar las profecías personales del Nuevo Testamento.  Ya que ellas nos dan como una evidencia o patrón interesante.

Consideremos primero a Simón y Andrés: Jesús caminó hacia el bote y les dijo: “Venid en pos de mí, y os haré pescadores de hombres.” Él no dijo: “Venid en pos de mí y les daré gozo y felicidad.” Ni tampoco dijo: “Los haré ricos y prósperos.” ¿Por qué? Porque Jesús nunca uso las bendiciones o los beneficios del Reino para inducir a sus seguidores a la obediencia. No hubo promesas de logros personales o de éxito; solo la promesa de que los haría siervos (Mateo 4.18, 19).

Veamos en segundo lugar  a Santiago y Juan: Santiago y Juan fueron a Jesús pidiéndole que les garantizara el privilegio de sentarse a su mano derecha y a su mano izquierda, en la gloria. Jesús, entonces, les preguntó si eran capaces de beber de la copa que Él bebería, y bautizarse con el bautismo con que Él era bautizado. Con confianza, ellos dijeron: “Podemos.” Entonces Jesús les profetizó estas palabras: “A la verdad, de mi vaso beberéis, y con el bautismo con que yo soy bautizado, seréis bautizados; pero el sentaros a mi derecha y a mi izquierda, no es mío darlo, sino a aquellos para quienes está preparado por mi Padre” (Mateo 20.23). El vaso y el bautismo del que hablaba representaban los sufrimientos que enfrentarían en Jerusalén (Mateo 26.42; Lucas 12.50; Juan 12.23-27). Él profetizó que ellos sufrirían tal como Él sufriría. Esta no era una promesa o palabra agradable para estos dos preguntones. No escucharon lo que habían deseado escuchar.

En tercer lugar está Simón Pedro: Cuando Jesús profetizó su negación, Pedro rechazó eso, afirmando su compromiso. No obstante, Jesús respondió a su apasionada promesa de lealtad: “Antes de que el gallo cante, me negarás tres veces.” ¡Qué palabras proféticas tan fuertes! ¿Por qué Jesús no dijo: “Pedro, mi Padre dice: Tú eres el más fiel de todos mis discípulos. Sé que nunca te apartarás de mí”? Una segunda profecía para Simón Pedro: Luego de su resurrección, Jesús tuvo una palabra para Simón Pedro, nuevamente. Fue la siguiente: “Cuando eras joven podías hacer lo que te parecía e ir a donde querías; mas cuando seas viejo, estirarás los brazos y otros te conducirán y te llevarán a donde no quieras ir.” Jesús le dijo esto para dejarle conocer qué clase de muerte tendría para glorificar a Dios. Entonces Jesús le dijo: “Sígueme” (Juan 21.18, 19; BD). Note que Jesús no llamó la atención sobre el pasado de Pedro. No dijo: “Pedro, cuando eras joven fuiste abusado y maltratado por tus padres. Los pastores y amigos te rechazaron. Pero ahora te digo: “Sanaré todas esas heridas y te traeré a un lugar de autoridad, para que aquellos que te maltrataron te pidan disculpas y sirvan en tu ministerio internacional. Y sí, vivirás libre de las pruebas por todo lo que has soportado en tu infancia. ¡Aleluya!””

En cuarto lugar una miembro de una iglesia, llamada Safira: Una profecía personal le fue dada a una mujer llamada Safira, luego de que ella y su esposo habían conspirado y mentido al Espíritu Santo. Pedro le dijo: “¿Por qué convinisteis en tentar al Espíritu de Señor? He aquí a la puerta los pies de los que han sepultado a tu marido, y te sacarán a ti” (Hechos 5.1-11). Note que Pedro no le dijo: “Y el Señor dice: “Tú eres mi hija y yo soy el Dios de las segundas oportunidades. ¿Quieres volver a pensar lo que dijiste? Yo sé que no fue en serio.” Pablo, el apóstol:

En quinto lugar una profecía personal le fue dada a Pablo en Tiro. El profeta Agabo vino y tomó el cinto de Pablo y le ató con él sus manos y sus pies, y le dijo: “Esto dice el Espíritu Santo: Así atarán los judíos en Jerusalén al varón de quien es este cinto, y le entregarán en mano de los gentiles” (Hechos 21.10, 11). Note que Agabo no dice: “Así dice el Espíritu Santo: “Hay algunos que tratarán de impedir tu ministerio en Jerusalén, pero yo me levantaré contra ellos y evitaré que te encadenen y te lleven preso.” Así que esta es la evidencia tanto de la forma como del contenido de muchas profecías en el tiempo de Jesús y del NT. Así que los patrones del Nuevo Testamento nos sugieren que cuando alguien hablaba proféticamente en el Nuevo Testamento, con frecuencia era para traer corrección a la gente que había cambiado de curso. O si sus vidas estaban en el blanco, las palabras proféticas los fortalecían para las batallas y pruebas que tenían por delante. Es por esto que Pablo anima a Timoteo a pelear la buena batalla con las profecías que le habían sido dadas (1 Timoteo 1.18). Esto también fue verdad con Pablo cuando recibió palabra profética de Agabo. Las palabras proféticas fortalecieron la posición de Pablo al punto de poder decir: “Porque yo estoy dispuesto no solo a ser atado, mas aun a morir en Jerusalén por el nombre del Señor Jesús” (Hechos 21.13). Otras veces, las palabras proféticas fueron dadas para impartir dones o apartar a creyentes para el ministerio. En la actualidad, muchas de las profecías personales parecen edificar el yo y enfatizar el dinero, las relaciones, el matrimonio, los negocios, los bebés o el ministerio. Cuando digo ministerio, no es nada parecido a lo que leímos en los pasajes anteriores. Las “palabras” actuales casi siempre parecen decir cuán estimulante será el llamado, o cuán grandemente los usará Dios, o cuán importantes son o serán.

Una tercera pregunta que se plantea es  ¿Por qué lo falso es aceptado como real? Cientos de miles de esta clase de palabras han sido dadas a la iglesia en los últimos pocos años, y a todos los niveles — personal, local, en iglesias, conferencias y a nivel nacional. El examinar las referencias escriturales nos ayuda a restaurar la pauta correcta para discernir y juzgar la profecía. Por tanto tiempo nos hemos acostumbrados a la mentira que ya no tenemos estómago para la verdad. Pronto pensamos que lo anormal es normal. Si los líderes de la iglesia emergente del NT en el libro de Hechos asistieran a algunas de nuestras conferencias proféticas, sus bocas se quedarían abiertas en completo asombro. Entonces llorarían como Jeremías, con sus corazones rotos por la contaminación del ministerio profético. ¿Qué ha sucedido? ¿Por qué la iglesia no solo ha tolerado sino también abrazado la perversión de este ministerio? Necesitamos la profecía en la iglesia y somos fuertemente advertidos a no menospreciarla. Menospreciar algo es condenarlo u odiarlo. Hemos estado tan temerosos de menospreciar la profecía que hemos sido negligentes en juzgarla. Es importante que aprendamos a reconocer o discernir lo verdadero de lo falso. No podemos aceptar lo falso como verdadero, solo porque tenemos miedo de rechazar la verdad como falsa; debemos aprender a separar lo bueno de lo malo. Tampoco es correcto ser tan cautelosos y críticos que rechazamos la verdad. Pablo dice que debemos analizar y probar todas las cosas hasta que aprendamos a reconocer lo que viene de Dios. Debemos hacer brillar la luz de la palabra de Dios mientras examinamos la profecía en su contexto.

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