Serie Dios sufre de insomnio: Los cambios de sus hijos II parte


En segundo lugar utiliza la desesperación.

El segundo paso para ser cambiado por Dios es la etapa del empeño. Nótese lo que el ángel y Jacob dijeron: «El hombre le dijo: — ¡Suéltame, que ya está por amanecer!—¡No te soltaré hasta que me bendigas! —respondió Jacob» (v. 26). Jacob tenía desesperación de la bendición de Dios; era persistente; lidiaba con la situación hasta llegar a una solución. Se encontraba en una circunstancia que no le agradaba; era frustrante y lo estaba agobiando; pese a eso, dijo: «Estoy cien por ciento empeñado en lidiar con esta situación hasta que Dios la cambie para bien». Esta es la lección que podemos aprender: Después de que Dios capta nuestra atención con el problema, no lo resuelve de inmediato. Él espera a ver si realmente hablamos en serio. La mayoría de las personas pierden los planes de Dios para sus vidas porque se rinden demasiado temprano. Se desaniman. Se desalientan. Cuando Dios permite un problema en sus vidas, en vez de perseverar y decir: «Dios, no soltaré esto hasta que me bendigas; hasta que lo cambies para bien»; simplemente se desaniman y no disfrutan los planes de Dios para sus vidas. Con frecuencia, cuando se me acercan para recibir consejería, pregunto:—¿Ha intentado orando por esta situación? Me contestan: —Oh sí, sí he orado.—¿Cuántas veces?—Una. Estamos tan acostumbrados a alcanzar todo de inmediato, incluido el éxito, que si no recibimos una respuesta instantánea a nuestra oración o un resultado inmediatamente decimos: «Olvídalo, Señor». En ocasiones alguna pareja se encuentra a punto de claudicar en su matrimonio cuando el éxito ya está en camino. Están por rendirse cuando la solución está allí mismo. Aun cuando sinceramente deseamos cambiar, necesitamos recordar que no nos metimos en el presente lío de la noche a la mañana. Esas actitudes, acciones, hábitos, temores, flaquezas y formas de responder a nuestros cónyuges, tomaron años en desarrollarse y a veces Dios tiene que quitarlas una por una. Usualmente requiere buen tiempo para que Dios las cambie. Pero no se rinda. Hay esperanza. Persevere. Busque con empeño el plan de Dios para su vida. Los psicólogos nos dicen que seis semanas haciendo algo, a veces todos los días, es lo que se necesita para que se convierta en hábito. Por eso muchos no se meten en la Biblia con seriedad. La leemos dos o tres días, después se nos pasa semanas y volvemos a leerla unos días. Nunca superamos la barrera de seis semanas y como resultado nunca llegamos a sentirnos cómodos con ella. Necesitamos hacer esto todos los días por lo menos seis semanas hasta que empecemos a sentirnos cómodos con este nuevo y saludable hábito.

En tercer lugar utiliza el quebrantamiento

El tercer paso para ser cambiado por Dios es la etapa de la es el quebrantamiento por medio de la confesión.. El ángel le dijo a Jacob: «¿Cuál es tu nombre?» Él le respondió: «Jacob». ¿Qué objetivo tuvo la pregunta del ángel? Que Jacob reconociera su carácter al decir su nombre, el cual significa tramposo o maquinador. Jacob se acordó del dolor que había ocasionado al maquinar en contra de su hermano Esaú, de manera que cuando el ángel le preguntó: « ¿Cómo es tu carácter?» admitió: «Soy tramposo. Maquinador». Admitió sus debilidades porque era sincero. Al identificarse como «Jacob», estaba reconociendo sus fallas. Esto es un proceso importante de Dios para cambiarnos porque nunca cambiamos hasta que encaramos y reconocemos con sinceridad nuestros defectos, nuestros pecados, nuestras flaquezas y nuestros errores. Dios no empieza a reparar nuestro problema hasta que reconocemos que lo tenemos. Necesitamos decir: «Dios, estoy en un lío. Y reconozco que yo mismo me lo busque». Entonces Dios puede empezar a obrar. ¿Se ha dado cuenta de lo fácil que es encontrar una excusa para nuestros problemas? Nos hacemos expertos en culpar a otros: «Realmente no es mi culpa, ¡¿sabe?! Es el ambiente en el que me crié; mis padres lo ocasionaron». O «La situación en que me hallo es culpa de mi jefe en el trabajo». ¿Por qué debemos confesar nuestras faltas a Dios? ¿Para ponerlo al día? No. Cuando le contamos que pecamos, él no se sorprende, porque sabe el problema de antemano. Nos confesamos ante él porque Dios quiere que digamos: «Tienes toda la razón, Dios, tengo un problema. Ese es mi error o mi debilidad». Reconocer nuestros errores produce humildad y una vez que hacemos esto Dios nos provee todos sus recursos y su poder para ayudarnos a cambiar para bien. A esas alturas, podemos empezar a ser las personas que realmente siempre deseamos. Este incidente en la vida de Jacob fue mucho más que un mero encuentro de lucha libre. Fue una ilustración de cómo Dios opera en nuestras vidas. Primero, él trae una crisis frustrante, como la pelea con el ángel, en la cual enfrentamos la situación con dificultad. Finalmente, reconocemos: «Es obvio que no voy a ganar. No puedo tomar las riendas de esta situación con mis propias fuerzas; voy a seguir fracasando». Después necesitamos persistir: «Pero voy a tratar la situación con empeño y dejar que Dios la resuelva. Dios contesta: «No te voy a sacar de apuros de inmediato porque quiero ver si en realidad hablas en serio. Dijiste que querías cambiar, así que voy a dejar que el problema dure un poco más para ver si realmente hablabas en serio». Si a estas alturas tiramos la toalla, en el futuro nos vamos a topar con un problema de la misma índole. Si no aprendemos la lección ahora, la tendremos que aprender más adelante, porque Dios nos la va a enseñar de una manera u otra. Nos podemos evitar muchos problemas si reaccionamos apropiadamente cuando nos llega la crisis.

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