Serie Dios sufre de insomnio: La preocupación en sus hijos III parte


II.                    Ubíquese: sepa a quién trata de agradar

El segundo principio del manejo del estrés en la vida de Cristo se halla en Juan 5:30:«Yo no puedo hacer nada por mi propia cuenta; juzgo sólo según lo que oigo, y mi juicio es justo, pues no busco hacer mi propia voluntad sino cumplir la voluntad del que me envió». Este es el principio: Sepa a quién trata de agradar. Usted entiende que no puede agradar a todo el mundo, porque en tanto lo logre con un grupo, otro se disgustará con usted. ¡Ni aun Dios se dedica a agradar a todo el mundo, de modo que es vano procurar hacer algo que ni siquiera él hace! Jesús sabía a quién intentaba agradar; para él eso era un asunto contundente: «Yo voy a agradar a Dios Padre». Y el Padre respondió: «Éste es mi hijo amado; estoy muy complacido con él» (Mateo 3:17).Cuando uno no conoce a quién está tratando de agradar, se rinde ante tres cosas.

A.     Se rinde ante la crítica

 Porque le afecta lo que otros piensen de su persona. Siempre estará pendiente de la opinión de la gente para tomar decisiones o seguir con sus proyectos.

B.      Se rinde ante la competencia

Es decir tiene que lidiar con la rivalidad (porque le preocupa que otro le lleve la delantera). Siempre quiere tener la última palabra, le gusta sobresalir y que todo el mundo lo vea como la mejor opción.

C.      Se rinde ante el conflicto

Es decir se siente amenazado cuando alguien discrepa  con usted. Si busco primeramente el reino de Dios y su justicia, entonces todas las demás cosas necesarias de la vida me serán añadidas (Mateo 6:33). Esto significa que si me dedico a agradar a Dios, eso simplificará mi vida. Siempre haré lo correcto, aquello que agrade a Dios, a pesar de lo que piensen los demás. Nos encanta atribuirles a otros, la causa de nuestro estrés: «Tú me obligaste…»,«Debo…», «Tengo que…» En realidad, hay pocas cosas en la vida (sin mencionar el empleo) que tenemos que hacer. Cuando decimos: «Tengo que hacerlo, «Debo hacerlo»,«Necesito hacerlo», realmente estamos diciendo «Escojo hacerlo, porque no deseo pagar las consecuencias», difícilmente podrá alguien obligarnos a hacer algo, de manera que no podemos culpar a otro de nuestro estrés. Cuando nos encontramos bajo presión, decidimos permitir que otros nos presionen. No somos víctimas a menos que permitamos que las exigencias de los demás nos presionen.

III.   Organícese: sepa lo que trata de lograr

Aquí tenemos el tercer principio de Jesucristo para lidiar con el estrés: «Aunque yo sea mi propio testigo… mi testimonio es válido, porque sé de donde he venido y a dónde voy» (Juan 8:14). El principio es este: Sepa lo que trata de lograr. Cristo declaró: «Sé de dónde he venido y a dónde voy». A menos que planifique su vida, y fije prioridades, experimentará la presión de lo que otros consideren importante. Todos los días usted vive de acuerdo a las prioridades o a las presiones. No hay otra opción. O decide lo que es importante para su vida o permitirá que otros se lo dicten. Usted establece las prioridades o vive con las presiones. Es muy fácil actuar bajo la tiranía de la urgencia, llegar al final del día y reflexionar: «¿Habré logrado algo realmente? Gasté mucha energía e hice muchas cosas pero, ¿logré hacer algo importante?» Estar ocupado no necesariamente resulta productivo. Es posible encontrarse dando vueltas en el mismo lugar sin lograr nada. La preparación le permite sentirse calmado. Dicho de otra manera, «prepararse le evita la presión mientras que la procrastinación le da lugar a la presión». Organizarse y prepararse adecuadamente le reduce el estrés porque usted está consciente de lo que es, a quién trata de agradar y qué es lo que desea lograr como meta. Fijarse objetivos claros simplifica la vida en gran manera. Dedique unos minutos para hablar con Dios diariamente. Consulte su agenda del día y decida: « ¿Realmente querré ocupar un día de mi vida de esta manera? ¿Estaré dispuesto a cambiar estas veinticuatro horas de mi vida en pro de estas actividades?»

IV. Concéntrese: enfóquese en una cosa a la vez

Al menos unas cuantas personas procuraron desviar a Jesús de su plan. Trataron de distraerlo de su meta en la vida. Al amanecer el día, Jesús se dirigía a un lugar para estar solo. Aun allá, la gente lo buscaba y al encontrarlo «procuraban detenerlo para que no se fuera» (Lucas 4:42). Él intentaba irse, pero ellos trataban de hacerlo quedarse.  Así respondió Jesús: «Es preciso que anuncie también a los demás pueblos las buenas nuevas del reino de Dios, porque para esto fui enviado» (v. 43). Él no permitió que asuntos menos importantes lo distrajeran. Este es el principio de la concentración. Jesús era prominente en esta área. Por lo visto, todos procuraban interrumpirlo; todos tenían un plan alterno para él. Pero les respondía: «Lo siento, necesito seguir avanzando hacia mi meta». Él persistió en hacerlo que sabía que su Padre le había encomendado: predicar acerca del reino de Dios. Y estaba decidido a lograrlo. Fue persistente. Concentró todos sus esfuerzos en ello. Cuando diluimos nuestros esfuerzos, resultamos ineficaces. Cuando nos concentramos, resultamos eficientes. La luz difusa produce una especie de fluorescencia borrosa, pero concentrada produce llama. Si uno concentra la luz sobre una hoja seca a través de una lupa, la hoja se encenderá en llamas. La luz sin una lupa no tiene efecto, es el vidrio que concentra el haz de luz lo que produce energía. Jesucristo no permitió que las interrupciones le impidieran concentrarse en su meta; no permitió que otros le causaran tensión, estrés o disgusto.

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