Los errores en el cristiano


Los cristianos sufrimos de una enfermedad muy común: la de cometer errores sinceros. No me refiero a pecados voluntarios. Los errores pueden conducir al pecado, pero los errores sinceros son simplemente. . . bien, razonemos sobre la palabra. Cometer un error significa elegir equivocadamente o hacer un juicio incorrecto. Un error es, pues, una actitud incorrecta, una acción o una declaración que procede de un juicio defectuoso, del inadecuado conocimiento o de la intención. Recordemos que no estamos hablando acerca de la abierta y determinada rebelión. Ni tampoco estamos hablando del engaño demoníaco. Estamos hablando acerca de los errores sinceros, simples, comunes y corrientes, a los cuales todos estamos propensos. Pero estos simples errores, como lo veremos, con frecuencia abren la puerta a la actividad pecaminosa. He encontrado cinco clases de errores que se ejemplifican en la Biblia.

Primero veamos los  ERRORES INCITADOS POR EL PANICO

Estos son errores que invariablemente cometemos por temor, o por estar apurados, o como resultado de la preocupación. Nos asustamos y tomamos la decisión equivocada. Veamos Génesis 12:10. Este error lo cometió Abraham. Recordemos que Dios le había dicho a Abraham: “Tú eres mi escogido. De ti haré una nación, y tu heredad será única, Abraham. Mantente firme. Confía en mí en todos los afanes de esta vida, y de ti haré nacer una nación”. Aún le sonaba esta promesa en los oídos, cuando Abraham fue víctima del pánico. Leemos: “Hubo entonces hambre en la tierra”. No había pan ni carne. Aparentemente, tampoco había mucha agua. Las cosas se habían puesto difíciles. Así que Abraham cometió un error: descendió a Egipto. ¿Por qué? Porque se asustó. Aunque Dios le había dicho que se quedara en Bet-el, cerca de él, que él lo haría un hombre de Dios, y que por medio de él levantaría una nación, Abraham se dejó dominar por el pánico y siguió hacia el sur, pues el hambre era severa. Y cuando uno comete un error por causa del pánico, simplemente comete el primero, y ése conduce rápidamente al siguiente, y así sucesivamente, como si fuera una fila de personas que juegan al dominó. ¡El que sigue! Y aconteció que cuando estaba para entrar en Egipto, dijo a Sarai su mujer: He aquí, ahora conozco que eres mujer de hermoso aspecto; y cuando te vean los egipcios, dirán: Su mujer es; y me matarán a mí, y a ti te reservarán la vida. Ahora, pues, di que eres mi hermana, para que me vaya bien por causa tuya, y viva mi alma por causa de ti (Génesis 12:11-13). ¡Ah! Nosotros sabemos que si él iba a vivir o no, eso no dependía de Sarai; él viviría por causa de Dios. Pero como usted ve, cuando uno se muda al palacio del pánico, se deforma el enfoque total, y a uno se le olvida lo que Dios ha dicho. Y en vez de prestar atención a eso, presta atención a lo que ha dicho el hombre, y a lo que la gente piensa, y no a lo que dice la Biblia.

 En Números 13 y 14 hallamos un segundo ejemplo de los errores que se cometen por causa del pánico. Los espías hebreos entraron en la Tierra Prometida para ver si los hijos de Israel podrían tomar el país que estaba precisamente adelante de Cades-barnea, una ciudad limítrofe. Los espías regresaron con un informe y con la  opinión dividida. Diez dijeron: “¡No hay modo! Hay gigantes en la tierra. Comparados con ellos, parecíamos como langostas”. Dos de ellos dijeron: “Podemos tomar la tierra. Dios nos la dio. ¡Es una tierra prometida!” Por causa del pánico, la gente creyó el informe de la mayoría.  Determinaron no entrar en la tierra. ¿Y qué ocurrió? Tuvieron que vagar por el desierto durante 40 años. Ellos cometieron un grave error; en este caso, la actitud de ellos fue por completo pecado. Pero lo que lo impulsó fue el error de prestar oídos al mal consejo… y creerlo. Descubro que en el caso de nosotros, los modernos, los errores promovidos por el pánico, a menudo tienen relación con dos asuntos principales: el romance y lo económico. ¿No ha oído usted decir a alguna joven: “Ya llegué a la edad madura de 24 años, y aún no he hallado el compañero de mi vida”? Yo conozco a ciertas jóvenes que tienen 34 años de edad, y les encantaría intercambiar su lugar con ella, porque por causa del pánico se adelantaron a Dios y se buscaron un cónyuge. Desean ahora poder volver a los 24 años, sin heridas profundas, y aún disponibles. Los asuntos económicos son igualmente un problema familiar. A causa del pánico, agarramos el primer préstamo salvavidas al que le podamos poner la mano. Antes de sumirnos por tercera vez en el mar de las deudas, simplemente tratamos de decir una oración: “¿Dónde estás tú, Señooor?” Si usted está en uno de esos precipicios, no se arriesgue. Permanezca firme. Dios sabe lo que está haciendo.

En segundo lugar están los ERRORES “BIEN INTENCIONADOS”.

 Ahora bien, en un sentido, todos los errores son como esta clase, si se cometen con genuina intención. Pero clasificaremos éste por sí mismo: errores “bien intencionados”. Este es un error que se comete por ignorancia, con un motivo absolutamente puro. Usted tiene buenas intenciones, pero usa planificación incorrecta o un método incorrecto. Pensemos en lo que le ocurrió a Moisés en Exodo 2. Tenía 40 años de edad. (¡Ni siquiera en la Biblia, uno llega a ser demasiado  viejo para cometer errores!) En esta edad mediana, Moisés comprende que él es potencialmente capaz de librar a su pueblo de la esclavitud de Egipto. Así que se arrolla las mangas y, adelantándose a Frank Sinatra en unos 3.500 años, dice: “Yo lo haré a mi manera”. En aquellos días sucedió que crecido ya Moisés, salió a sus hermanos, y los vio en sus duras tareas, y observó a un egipcio que golpeaba a uno de los hebreos, sus hermanos. Entonces miró a todas partes, y viendo que no parecía nadie, mató al egipcio y lo escondió en la arena (Éxodo 2:11,12). Con un motivo correcto, el de librar a los hebreos para vindicar a los oprimidos, él mató al hombre. Al fin y al cabo, ¿no debía él defender a su hermano hebreo? Su sangre era hebrea, aunque toda su cultura era egipcia. Su deseo era el de defender lo recto, pero sus buenas intenciones lo condujeron a una tragedia: el pecado del asesinato. ¿Y sabe usted? El pensó que todos comprenderían eso. Esa es otra característica, de paso, de los errores bien intencionados. Uno piensa que todo el mundo lo entenderá. Pero veamos lo que dice Hechos 7. Es la misma historia de lo que hizo Moisés, pero contada 1.500 años más tarde, desde un punto de vista diferente y ventajoso: Cuando hubo cumplido la edad de cuarenta años, le vino al corazón el visitar a sus hermanos, los hijos de Israel. Y al ver a uno que era maltratado, lo defendió, e hiriendo al egipcio, vengó al oprimido. Pero él pensaba que sus hermanos comprendían que Dios les daría libertad por mano suya; mas ellos no lo habían entendido así (Hechos 7:23-25). No soy profeta, pero he cometido suficientes errores en mi vida como para ser algo experto sobre la materia. Con buenas intenciones, usted puede precipitarse adelante, enrollarse las mangas y hacer cosas carnales; y tales cosas más tarde lo obsesionarán. Es como si decidiéramos hacer la voluntad de Dios a nuestra manera. ¿Sabe? ¡Esa no es la voluntad de Dios! En Guatemala estaba dirigiendo estudio bíblico de grupo. Al estar reunidos en forma de círculo había un par de sillas que estaban desocupadas. Un hermano  se acercó a la puerta con una mujer que parecía ser 20 años mayor que él. Y de pronto de mi boca salió “Usted y su mamá, se pueden sentar ahí”, ¿Y sabe usted? ¡Era su esposa! Cuando hubo el primer descanso  para tomar café, ellos se marcharon. Son esos días en que uno quiere no haber nacido. Eso nos enseña que podemos tener buenas intenciones pero no pensar sabiamente.

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