Los errores en el cristiano III parte


Sin  embargo podemos encontrar el bálsamo para sanar estos errores. Hay un salmo que nos sirve de bálsamo para el que se ha equivocado. Creo que el Salmo 31 fue escrito en un día melancólico de la vida de David. Al examinar este salmo, vamos a notar que él estaba afligido y desilusionado. Muy probablemente lo escribió después de haber cometido un error, tal vez causado por el pánico. Pudo haber estado relacionado con su hogar. Tal vez, después que se le manifestó un punto débil, él dijo: En ti, oh Jehová, he confiado; No sea yo confundido jamás; Líbrame en tu justicia. Inclina a mí tu oído, líbrame pronto; Sé tú mi roca fuerte, y fortaleza para salvarme. Porque tú eres mi roca y mi castillo; Por tu nombre me guiarás y me encaminarás. En tu mano encomiendo mi espíritu (Salmo 31:1-3, 5). ¿Le parecen familiares estas palabras? Ciertamente, las últimas seis fueron las mismas palabras que Jesús pronunció cuando moría en la cruz del Calvario. Antes de exhalar el espíritu le dijo a Dios: “En tus manos encomiendo mi espíritu”. Fue el momento más bajo desde el punto de vista físico y emocional, en toda la vida del Mesías. Pero apliquemos todo esto a los períodos de depresión que nos vienen en la vida después de haber cometido algún error. Usted descubrirá que, después de las ramificaciones graves y dolorosas que vienen como consecuencia de haber cometido un error, en ese momento, sólo a Dios puede encomendar su espíritu. Ninguna otra persona puede darle el consuelo que necesita. Inmediatamente, después de haber cometido un error, póngase de rodillas, caiga delante de Dios, y expóngale su vergüenza y desilusión. El antiguo himnólogo tenía razón: “Nadie entiende como Jesús”. Nadie. Ahora, desde esa perspectiva, observemos cómo nos ve Dios cuando hemos cometido tales errores. Aborrezco a los que esperan en vanidades ilusorias; Mas yo en Jehová he esperado. Me gozaré y alegraré en tu misericordia, Porque has visto mi aflicción; Has conocido mi alma en las angustias (Salmo 31:6, 7).

En primer lugar, Dios nos ve de una manera realista.Es muy útil e importante recordar que Dios nos ve tal como realmente somos. Algunas veces nos esforzamos mucho para ocultar la verdad de otras personas, por temor a que no la entenderán. Quemamos toda clase de energía emocional para mantenernos ocultos los unos de los otros. Mark Twain escribió una vez: “Cada uno es una luna, y tiene un lado oscuro que nunca le muestra a nadie”. Pero Dios conoce ese lado oscuro. Él lo ve claramente. Lo que David dijo lo podemos expresar del siguiente modo: “Me gozaré porque tú eres realista, Señor, cuando me ves. Tú conoces mis inclinaciones. Conoces mis tendencias. Conoces mi sentido del pánico, mis temores. Sabes cómo fui criado. Sabes cuáles fueron los malos hábitos que aprendí. Conoces la historia de mi vida. También conoces mis intenciones, y no sólo mis acciones. Tú has visto mi aflicción”.

Lo segundo que noto acerca de Dios es que él nos ve por completo. “Porque has visto mi aflicción; has conocido mi alma en las angustias” (Salmo 31:7). Como usted ve, las aflicciones se relacionan con lo externo. Las perturbaciones se relacionan con lo interno. “Señor, tú ves todo el mundo de aflicción, y tú sientes conmigo la profunda perturbación”. Recordemos aquella gran declaración con relación al hecho de que nuestro Salvador entiende con corazón compasivo: Porque no tenemos un sumo sacerdote que no pueda compadecerse de nuestras debilidades (Hebreos 4:15). Hay un gran consuelo en esas palabras. ¿Pero ha leído usted alguna vez los dos versículos que preceden al 15? El versículo 13 dice que nada está escondido de la mirada de Dios. “Todas las cosas están desnudas y abiertas ante sus ojos”, ¡y aun así él simpatiza con nosotros! Le diré que esto me llena de ánimo. Aunque nos aflija lo externo y nos perturbe lo interno, aunque seamos propensos a las equivocaciones, ¡él entiende! Al vernos de manera realista y de manera completa, ¿cómo nos trata? No me entregaste en mano del enemigo (Salmo 31:8). ¡El no nos rechaza! Eso es lo que más tememos, así lo creo, cuando hemos cometido un error. Si ha sido un terrible error, especialmente le tememos al rechazo divino. Tememos que Dios nos va a decir: “¡Hasta ahí llegaste! ¡Vete a tu cuarto! ¡Todo ha terminado!” Pero David dijo: No me entregaste en mano del enemigo [me encanta esto]; Pusiste mis pies en lugar espacioso (Salmo 31:8). Eso no significa que él tenía pies grandes. Significa que Dios le dio espacio. El no nos apiña. Nos da espacio. ¿Ha notado alguna vez que cuando trata de hallar alivio, la gente lo abruma? Ellos aprietan la cuerda. Le ponen a limitaciones muy estrictas. Le ponen un límite de tiempo o alguna otra cosa  que le recuerde su obligación. Lo que David dijo en este versículo fue lo siguiente: “Señor, tú tienes un amplio lugar; tú me das espacio; tú me concedes amplitud”. Quiero que sepa que nuestro Padre celestial no se afana. El está en apacible tranquilidad y en calma, mientras usted vuelve en sí. El sabe lo que está haciendo. ¿No le sirve eso de alivio? Eso hace que confiar en él sea mucho más fácil. No es raro que David dijera: Mas yo en ti confío, oh Jehová (versículo 14). ¿Cómo nos instruye el Señor en estos casos? (1) El nos instruye en un contexto de confianza, y no de sospecha. . . en ti confío, oh Jehová”. Cuando usted entrega su situación a un hombre, a menudo habrá la sospecha de que usted volverá a cometer el error. El hombre estará allí con 17 advertencias, seis sermones, dos cantos y un poema para respaldar tales advertencias; y un larguísimo dedo índice apuntando hacia su pecho mientras dice: “Es mejor que usted tenga cuidado con eso”. Dios nos instruye en un contexto de confianza, no de sospecha. (2) Dios nos instruye durante toda la vida, y no sólo en los momentos placenteros. ¿Está usted avergonzado, desconcertado, humillado? ¿Siente que ha fracasado, que ha perdido algo? Sus tiempos están en las manos del Señor. El lo instruye tanto en los tiempos tristes como en los placenteros. Esa es la razón por la cual Santiago dice: “No las resientan [las correcciones] como si fueran intrusas; sino denles la bienvenida como si fueran amigas” (Santiago 1:2; Versión de Phillips; traducción directa). (3) Dios nos instruye en lugares secretos, y no en público. ¡Cuán grande es tu bondad, que has guardado para los que te temen, Que has mostrado a los que esperan en ti, delante de los hijos de los hombres! En lo secreto de tu presencia los esconderás de la conspiración del hombre; Los pondrás en un tabernáculo a cubierto de contención de lenguas (Salmo 31:19, 20). Las mejores cosas que aprendemos de los errores, las aprendemos en secreto, porque es allí donde él nos dice sus secretos, y al hacerlo así, nos cubre con su amor y con su comprensión. “Los cristianos no son perfectos, sólo son perdonados”. Este es uno de los muchos letreros pegados en el paragolpes de los coches. Francamente, no me llaman mucho la atención la mayoría de las cosas que las personas pegan en sus automóviles, pero éste sí me encanta. Sí, ni siquiera el hecho de llegar a ser cristianos borra nuestras imperfecciones. Todavía cometemos errores; aun errores estúpidos. Pero, gracias a Dios, el perdón nos da esperanza. Aún necesitamos mucho de esto.

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