Enfermedades del ojos espiritual: Ver sin entender VI parte


a)      La palabra “tenéis endurecido”. Una visión acogedora

Siempre que el hombre pone sus ideas en el lugar que corresponde a Dios, sigue tercamente sus propios métodos, está en camino de caer en la condición que se caracteriza por un corazón petrificado, una conciencia insensible y unos ojos ciegos. Poroun, el verbo, y porosis, el sustantivo, son dos palabras usadas en el NT para expresar la idea de lo que la Versión Reina Valera  llama “endurecimiento del corazón de los hombres”. (Palabras Griegas de Nuevo Testamento, Su uso y Significado
William Barclay, Editorial Mundo Hispano CBP)  Los dos vocablos son interesantes, y no sólo por su historia, sino también por la mutación que experimentaron en sus significados. A espaldas de ambas palabras está el término poros. Poros se usa en una variedad de sentidos. Básicamente, significa una clase de piedra que  describe como el mármol se usa respecto de la clase de piedra que se utiliza para poner los cimientos de un edificio. Médicamente, estos vocablos tienen ciertos usos técnicos. Poros significa esa piedra yesosa que se forma en las articulaciones y paraliza la acción. También significa el cálculo que se forma en la vejiga. Porosis alude al proceso de formación de un callo en la juntura de los huesos que han unido tras haberse fracturado. Porosis no se refiere a las durezas de la piel, como, por ejemplo, las que se forman en las manos a causa de cavar. Porosis es el durísimo, y sumamente difícil de extirpar, callo de fractura. En todos los casos, es fácil apreciar que, básicamente, la palabra expresa la idea de dureza impenetrable, como la dureza de los huesos e incluso la del mármol. (Ibíd.)Las palabras, pues, siguen dos líneas de significado: por un lado  son usadas respecto de la “pérdida de la facultad de sentir”. Está relacionada con la “pérdida de la sensibilidad”. Pero también está asociado a la idea de “ceguera” y a la de impotencia para ver”. Así, pues, podemos decir que estas palabras están respaldadas por tres ideas: “dureza”, “pérdida de la facultad de sentir” y “ceguera”. Tenemos que entender que un corazón endurecido nos hace fríos e insensibles ante los cambios del mundo. Una de las manifestaciones acerca de esto es que para muchos evangélicos es de suma importancia conservar la tradición ministerial recibida del pasado.  De acuerdo con esta mentalidad, lo que se ha hecho en el pasado se vuelve la norma para definir lo que se puede o debe hacer en el ministerio presente.  El tiempo y la repetición van dejando la idea de que las prácticas ministeriales tradicionales son necesariamente la única manera aprobada por Dios para realizar el trabajo de la Iglesia. Toda propuesta que atente contra la tradición ministerial del pasado es considerada liberal, peligrosa y fuera del orden evangélico. No cabe duda que la tradición es importante porque nos conecta con los santos del pasado, provee el sentido histórico de nuestra identidad y es un freno amigable para nuestras tendencias extremosas.  Sin embargo, la tradición simplemente es una manera en la que la Iglesia ministró en un contexto cultural particular, en cierta época de la historia, atendiendo necesidades y personas específicas.  No necesariamente es la única manera endosada por Dios para el ministerio. Por lo tanto, es necesario considerar el contexto cultural, social, político y religioso en el que ministramos para determinar cómo la herencia del pasado nos ayuda o nos distrae para servir en las circunstancias actuales.  No se trata de rechazar del todo la tradición, sino evaluarla y ajustarla al entorno presente para poder ser relevantes en nuestra cultura. Cómo seremos relevantes con nuestro ministerio femenil, por ejemplo, en una cultura urbana donde las mujeres forman parte activa de la fuerza laboral y tienen horarios tan variados. Cómo alcanzaremos con el evangelio a una juventud que está creciendo en la era del ciberespacio y multimedia. Cómo ministraremos en una época en la que la familia compuesta por papá, mamá e hijos es una especie en extinción. Cómo seremos relevantes a estas nuevas condiciones de ministerio. La tradición es muy buena, pero nunca olvidemos que somos llamados a ministrar relevantemente en un contexto diferente.  Los propósitos bíblicos para el ministerio nunca cambian, no obstante, las estrategias específicas para lograrlos pueden variar de cultura en cultura, de lugar en lugar y de época en época. Esto con respecto a la contextualización del mensaje. Pero que de la predicación del mensaje. Nuestras iglesias proclaman que hay que creer  pero no decimos que hay que  cambiar. ¿No hemos diluido el evangelio cuando todo mensaje es evangelístico? ¿No hemos trivializado el evangelio cuando el único llamado de la iglesia es a creer sin dar frutos? Evangelizar es darle a cada persona una oportunidad directa de decirle si o no a Jesucristo. Empapelar ciudades y gritar por megáfonos no es sinónimo de evangelizar. La persona, se halle en grupo o sola, debe tener la oportunidad de entender qué es el evangelio. El resumen más breve del evangelio es el que presentamos al moribundo, “Dios te ama profundamente, pero tus pecados te separan de Dios, Jesús murió por ti, cree en él y tendrás vida eterna, reconócele como salvador”. Pero no siempre presentamos el evangelio al moribundo. Generalmente, lo presentamos a gente que tiene hábitos que romper, costos que pagar, y una cruz que llevar. Por eso el llamado supremo no es evangelizar, es hacer discípulos y al discípulo bástale ser como su maestro (Mt.10:25).  El evangelismo con fruto es más que números, es que los creyentes sean como Jesús. El fruto que importa es el de los convertidos y no el del evangelista. Es el fruto del Espíritu en aquellos que han creído (Gá.5:22-23). Es que el recién convertido “crea y obedezca su palabra para llevar mucho fruto” (Jn.15:1-11). Cuando el único llamado de la iglesia es a creer, al punto que se pierde de vista la obediencia de los que han creído, tanto los de adentro como los de afuera terminan por no creer. Porque si tras creer, no tengo un creer para algo, solo queda preguntarse entonces ¿para qué tengo que creer?  Hemos predicado a moribundos, que apenas han creído, y así les hemos dejado, han quedado en estado de coma espiritual, sin suficientes recursos para entender la hermosa vida que Dios tiene preparada para ellos, la cual se resume en “vida en abundancia”, porque es nada menos que la misma vida del hijo, en el poder de la resurrección, con el fruto del Espíritu (Gá2:20; Jn.14:23). No separaremos más evangelismo y discipulado. Renovar el evangelismo requiere primero renovar la teología del evangelismo y la conservación de resultados. Los resultados mejor conservados son los que en lugar de vegetar crecen en buenas obras: “y perseveraban en la doctrina de los apóstoles, en el partimiento del pan y en las oraciones” (Hch.2:42). Evangelismo con fruto es integrar creyentes a la oración, comunión y enseñanza, a fin de que “el señor añada cada día a los que habrán de ser salvos”, a fin de que estos a su vez se multipliquen (Hch.2:42-47). Una cosa más de ese corazón endurecido y de visión poco acogedora es cómo define usted espiritualidad para su iglesia? ¿Incluye la espiritualidad toda la vida del creyente o solo la religiosa? ¿Están adentro o afuera de la espiritualidad las emociones, la voluntad y el pensamiento? ¿Está la casa, el trabajo y la recreación dentro de la espiritualidad? ¿Tiene la espiritualidad algo que ver con el mundo o sólo con la Iglesia? No hay pasión espiritual en donde no hay amor. Amar en la Biblia no es cosa de sentimientos, es una decisión del corazón. Es la voluntad la que escoge qué amamos y con qué intensidad. ¿Por qué el juicio que consiste en visitar la maldad de los padres hasta la tercera y cuarta generación se da en el contexto de no honrar e inclinarse ante otros dioses? Porque la indiferencia a Dios se aprende de padres a hijos, es asunto generacional. Ese es el pecado en Éxodo 20:5, se refiere a “los que me aborrecen” (indiferentes) dice Dios. Pero en el v. 6 dice, “hago misericordia a los que me aman y guardan mis mandamientos”. La pasión espiritual no consiste en practicar los dones espirituales. Se trata no de dones ni “unciones”, si no del amor. Pablo lo dijo, “El amor nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, y cesarán las lenguas, y la ciencia se acabará”.  El amor que está en juego aquí es el amor al prójimo, que se basa en el amor a Dios.  No hay pasión espiritual en donde no se “ama a Dios con toda la mente, y con todas las fuerzas, y a tu prójimo como a ti mismo”. Esa es la pasión espiritual, la de vidas obedientes y transformadas, que el Espíritu Santo controla para amar a Dios y al prójimo. El amor se traduce a pasión espiritual cuando Dios es la primera y máxima realidad en nuestra vida. Pero eso tiene una expresión muy concreta: Si me amáis guardad mis mandamientos (Jn.14:15); “El que me ama, mi palabra guardará” (Jn.14:21). Este pasaje relaciona el amor a Dios y el guardar su palabra, con algo más, un nuevo auxilio que Jesús ofrece: el paracleto que confirma el ejercicio del amor. Eso es pasión espiritual. No podemos hablar de pasión espiritual en donde la iglesia no ama a Dios ni manifiesta sus mandamientos al mundo; la iglesia pertenece a Dios: Santifícalos en tu verdad, tu palabra es verdad (Jn.17:17). El contenido de la espiritualidad en donde Dios es la primera y máxima realidad incluyó para los Reformadores: santificar la creación, al ser humano y la mente del creyente como los ámbitos por excelencia sobre los cuales Dios se propone construir la fe personal y manifestarse al mundo. En ese marco, es en donde cada creyente tiene la responsabilidad de evaluar su propia integridad. Tres temas trajinan toda la vida espiritual en perspectiva bíblica: la práctica de la libertad, de la responsabilidad y de la piedad. Tres ejes cortan a lo largo de todas estas prácticas: la oración, la Palabra y el Espíritu Santo. ¿Cuál es la meta de todo esto? Ser como Cristo. Por eso, nuestra predicación, nuestros programas, nuestra adoración y nuestras actividades deben traducir esta pasión por el Señor a formas concretas de comunicar el discipulado. ¿Tiene mi iglesia suficiente información para actuar en las áreas que he mencionado? ¿Define la iglesia la espiritualidad en términos de amor? ¿Tiene claro la iglesia las necesidades personales que existen afuera de la Iglesia? ¿Qué formas concretas de acción toma el amor a Dios? ¿Qué puede la iglesia hacer por el prójimo en la comunidad. Así que una visión acogedora habla ahora de flexibilidad, en cuanto a la tradición que corre el peligro más amar nuestra herencia histórica que la pasión, es decir amar a Dios  más que cualquier cosa incluso nuestras tradiciones.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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