La voz de Dios en tiempos estériles VI


El Espíritu Santo ha de ser el primer y mayor presupuesto hermenéutico y, principal luz metodológica de la exégesis. Ya que el papel del Espíritu está muy por encima del papel de un libro –aún de los textos bíblicos-. Es más, es en virtud del Espíritu que este libro se convierte en Palabra de Dios. No sólo de manera objetiva decretando como Palabra de Dios unos textos nacidos en condiciones plurales y relativas de la experiencia, sino también en su expresión subjetiva cuando actualiza tal Escritura como Palabra de Dios en la predicación, la enseñanza y la evangelización. La única posibilidad que tenemos de actualizar el mensaje de la Escritura es vía el Espíritu. Esto significa que la pregunta no es ¿Qué dice la Escritura para el  tiempo presente? Sino más bien ¿Qué quiere decir el Espíritu a la iglesia hoy a la luz de las Escrituras? Solo así entendemos que no estamos ante la voz arcaica de difuntos escritores y redactores sino ante la fresca corriente de la voz divina que continúa convocando, empoderando y misionando a su pueblo hacia el  cumplimiento del propósito de Dios. Sin el Espíritu nuestra metodología exegética se vuelve “metal que resuena y címbalo que retiñe”. Esto implica una determinada espiritualidad –relación con el Espíritu- por parte  del intérprete del texto. Sin esta relación cualquier erudito no cristiano accede al texto pero sin la vitalidad que provoca la presencia y la conducción del Espíritu en la interpretación para la edificación de la comunidad y su misión en el mundo. La exposición misma de la Escritura urge de ser animada con el vigor que brota de la vida de la Palabra. La predicación no es, esencialmente, una pieza de oratoria o de la homilética de los tres puntos sino un fuego que queme, una agua que refresque al cansado, una luz que guié al perdido, una martillo que quiebre el corazón duro, y levante al  caído. . El reto que plantea el mover del Espíritu en la vida de la iglesia es demostrar el poder de Dios como fuerza de salvación, es decir, como experiencia liberadora y transformadora de la vida y de las circunstancias de quienes terminen siendo alcanzados por la Buena Noticia. No es sólo cambios en la estructura interna o infraestructurales de la iglesia, sino más bien de la vida humana. La obra del Espíritu narrada es la Escritura es de provocar nuevas condiciones de vida humana que reflejen la gloria de Dios. Allí donde al principio de todas las  cosas solo había   desorden, vaciedad y oscuridad, el movimiento del Espíritu  trajo un tiempo nuevo de vida y paz. Eso es lo que Jesús de Nazaret llevó a plenitud: El reino de Dios como experiencia de vida de Dios entre los seres humanos. . El avivamiento que demuestra su sello como una experiencia auténtica del Espíritu de Jesús de Nazaret es aquel que se oriente hacia una Eclesiogénesis como lo decía Leonardo Boff. Es decir, la construcción de un nuevo modo de ser iglesia Una manera nueva no por ser original sino por ser fiel a Jesús. Y en la medida que sea una continuidad de su Señor podrá expresar novedad. Es lamentable que muchas renovaciones hoy día caigan, más bien, en una eclesiolatría. Buscan patentar sus nombres como marcas de mercado y se olvida el llamado de ir pos de Él y se camina hacia la popularidad. Anhelamos una renovación eclesial que vuelva a decir como el bautista: “es necesario que él crezca y yo mengue”. La  primavera espiritual anhelada es la muerte del “yo” para que sólo viva Cristo. El “yo” individual o colectivo debe ceder el paso a Jesús y su Evangelio que están abriendo, por el Espíritu, nuevos caminos del reino en la historia humana.  Muchas veces le ocurre a la iglesia lo que le ocurrió a Israel. Dios la adorna con su visitación, la colma de dones y la llena de su presencia. Pero toda esa belleza divina en nosotros la terminamos ofreciendo a otros dioses. Los profetas con frecuencia se lamentaban de la respuesta de Israel al trato amoroso de Dios para con ellos. Isaías 5, tomando la metáfora de la vid, es uno de los ejemplos elocuente: la cavó, la limpió, la plantó con las mejores cepas, edificó una torre, preparó un lagar… en fin ¿Qué más se podría hacer por esa viña que Dios no hay hecho? Sin embargo, terminó dando uvas agrias de injusticia y muerte. A veces da la impresión  que muchos avivamientos nacieron como expresiones auténticas del amor de Dios por la vida humana, pero en el camino se fueron tras Baales. Y muchas veces al cuestionar la forma en que terminaron, nos llevamos de encuentro la  genuinidad con que empezaron. Cualquier biblista serio o teólogo riguroso, no podrá negar que tanto Jesús como las primeras comunidades cristianas tenían como matriz de su acción, compromiso y ministerio una experiencia del Espíritu acompañada de ciertos fenómenos carismáticos, extáticos o místicas. Sin  embargo, su experiencia de Dios no se orientó a construir una religión sino un nuevo modo de experimentar a Dios y de relacionarse con el prójimo. Si un avivamiento termina en un narcisismo eclesiástico, simplemente es una traición a Jesús de Nazaret. Sus días pues están contados. Para evitar que el avivamiento termine en apostasía se requiere de dos pilares que sostengan y guíen a la iglesia: El Espíritu y la Palabra (El Evangelio). El Espíritu es la fuerza salvadora de Dios. Es la persona de la comunidad divina que vivifica y conduce a la iglesia por los caminos revelados en Jesús de Nazaret. El Espíritu rompe esquemas, derribas estructuras, despedaza cadenas, restaura imposibilitados y libera de toda cautividad a fi n de llevarnos a nuevas condiciones de vida. Convirtiendo en primicias cósmicas la restauración personal, familiar o eclesial. La Palabra es la fuerza reveladora de Dios. Dios ha traducido su pensamiento y sentimiento en la persona de Jesús de Nazaret. En esa vida, nacida en tiempos del emperador Augusto, en la ciudad de Belén, hijo de María y José, Dios estaba diciéndole, de forma definitiva, a la humanidad, qué es lo que Él quiere de este mundo: “Humillarte ante tu Dios, hacer justicia y amar misericordia”. Todo avivamiento coherente con la Palabra, deberá, inexorablemente, apuntar a esto. Lo contrario sería de nuevo caer de la gracia y caminar hacia “otro evangelio”. La renovación espiritual que buscamos en nuestra iglesia es tiempo de sensibilización espiritual, de enternecer el corazón a la voz de Dios. Es un tiempo para ser interpelados por la Palabra del Altísimo quien, al igual que con los profetas, reyes, jueces, hombres y mujeres de las Escrituras, vuelve a hablar con misericordia, con propósito y con claridad. Su voz vuelve a resonar.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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