La voz de Dios en tiempos estériles V parte


En tercer lugar existe la tensión Espíritu Santo-Iglesia. Aunque se requiere de organización  para poder expresar la iglesia, ésta no es esencialmente una organización sino un organismo, es el cuerpo de Cristo bautizado por el Espíritu Santo (1ª. Corintios  12: 13). Por lo cual la organización –cualquiera que sea no será nunca más importante que la vida que fluye en la comunidad por medio del Espíritu. Esto significa que aún los mejores métodos de organización y de trabajo no garantizan de manera alguna la edificación de la iglesia. Esto es obra sólo del Espíritu. Los método, pues, no deben  idolatrarse ni ser sustitutos de la obra soberana del Espíritu. Estos pueden y deben cambiar pronto, pero no la obra del Espíritu. En la iglesia la obra del Espíritu es fundamentalmente comunitaria y no jerárquica. De ahí que la preocupación pastoral consiste en el discernimiento, potenciación y práctica de la obra del Espíritu en cada discípulo. Una vivencia de la unidad y la misión. Pero tampoco estamos para guardar tradiciones rancias de nuestras congregaciones que frenan el poder de la Palabra. Que desprecian la fuerza liberadora del Espíritu sólo porque no camina con sus esquemas. El Espíritu sopla y derriba las fortalezas religiosas que con el paso del tiempo hemos construido. Nuestras iglesia no pueden contentarse con haber sido las primeras en llegar al continente, ni acomodarse a su llamada “sana doctrina”, que muchas veces no tiene nada ni de sana ni de doctrina, sino que son puras “tradiciones de ancianos” y demás reglamentaciones humanas, que nos hacen olvidar al hombre tirado junto al camino. Las denominaciones se ha olvidado de la misión y se han concentrado en su identidad particular como si Dios nos ha llamado a ser buenos bautistas, buenos nazarenos, buenos pentecostales. No, la única identidad posible para nosotros es ser semejantes a Cristo. Parecernos a Él en palabra y en obra. Quizá,       al final la obra del Espíritu sea tomar un poco de todos para formarnos en uno solo. Descubrir que nuestra identidad es aprender a hacer mío lo que Dios ha puesto en otras congregaciones como parte de su riqueza inagotable. Sólo quiero ser parte de la construcción de una iglesia que se parezca a Jesús, en su Palabra, en su obra, en su espiritualidad, en su compasión, en sencillez, en su amor. No más. Cualquier otra cosa será sólo una acusación sin fundamento. Es más, algo fuera o contra esto, sería estar al      filo de haber caído en “otro evangelio”.Cuando vinieron los misioneros se necesitaban referentes  identificables en la sociedad como aportes o señales de impacto de quienes eran los evangélicos.  Tal impacto se  concentró en lo educativo-salud, pues eran las herramientas que exhibirían a los evangélicos como la opción para llevar a América Latina hacia la tan anhelada modernidad y el progreso. Por ello, invirtieron en colegios, hospitales, industria, negocios. El Dr. Ramos dice citando a un pensador: “Ahora bien, debemos recordar que este tipo de evangelización fue sentenciado por Carlos Mariátegui cuando escribió en 1930: “El Protestantismo no consigue penetrar    en América Latina por obra de su poder espiritual sino por el de sus servicios sociales. Este y otros signos indican que sus posibilidades de expansión normal se encuentran agotadas”. (¿El Espíritu Santo o G12?, Dr. David Ramos, pág. 10).  Si los evangélicos podemos decir ahora que somos un importante segmento de la sociedad latinoamericana no es en virtud de las denominaciones históricas sino por la fuerza del pentecostalismo. Ante semejante presencia y desarrollo, algunos se atrincheraban en su identidad denominacional y los rechazaban, otros se entusiasmaban y emulaban. Las grandes denominaciones históricas expulsaban a personas y congregaciones que eran alcanzadas por el fuego pentecostal, asegurando de esa manera la ley y el orden pero perdieron el corazón de la gente. ¿Qué mensaje hay? ¿Qué esperanza se propone? ¿Vamos a caer en la miopía de los movimientos que simplemente proponen “la resistencia”? La interioridad y la exterioridad deben caminar juntos, pero tenemos claro el camino: todo comienza en el corazón, en la transformación de la naturaleza humana, en los fundamentos, en las profundidades del ser. Si no empezamos por ahí, todo lo que se construya terminará arruinado por la maldad del hombre. A la vez, se debe trabajar en la transformación de las condiciones que deshumanizan a sociedades enteras.  De la Escritura se aprende  que la única posibilidad que tenemos de acceder a las profundidades de Dios, quien es manantial de vida y esperanza perpetua, no es por el camino de nuestras estructuras arquitectónicas, ni de sacramentos, ni de ortodoxias rancias y huecas, ni de liturgias, sino sólo por El Espíritu. No confundamos “renovación espiritual” o “avivamiento” con técnicas o estrategias de iglecrecimiento o con modos de alabar a Dios. El camino no es la imitación sino la recreación de todas nuestras expresiones eclesiales como fruto de beber no de manuales, ni de visiones prestadas o plagiadas, sino de la misma naturaleza divina, de las profundidades inagotables de Dios (1 Corintios 2). La renovación de la iglesia no pasa por juntarse con iglesias renovadas, sino por beber del Espíritu como el río de Dios que mana sin cesar y hace nuevas todas las cosas. Nuestro llamado  es a buscar incesantemente el rostro de Dios y caminar en su Espíritu: Este es el camino de nuestra renovación. Es lastimoso cuando caemos en el mimetismo y repetición mecánica de lo que se hace en otras latitudes como si la clonación lleva a la renovación. Quieren ser mini Cash Luna o mini Benny Hin reproduciendo su vestimenta, sus tics, su forma de hablar, su vocabulario, sus sermones, la ornamentación del altar, sus payasadas y hasta sus pecados.  Es una lástima, en verdad, ver expresiones eclesiales que hacen de la renovación de la iglesia una cuestión de mercadeo, cuando es un asunto de fidelidad a Jesucristo. Es que cuando la renovación se busca como vehículo de posicionamiento en el concierto eclesial o como medición de fuerzas religiosas, no puede esperarse más que desórdenes y descarríos. La renovación que anhelamos y buscamos pasa por la construcción de la coherencia entre el Evangelio y la vida de cada líder y cristiano. No se puede consentir el libertinaje en nombre de la libertad. El ministerio es servicio y entrega. Pero hoy día lo que muchos hacen con la iglesia no es desposarla sino despojarla. Eso no es renovación.

El desafío del avivamiento del siglo XXI no es el aglomeramiento de personas en un determinado lugar. De eso abundan ejemplos en la historia eclesiástica, por tanto no es nada nuevo. No se puede decir que es malo o indeseable, solo se establece  que no es nuevo. Por lo cual no debería de pensarse que esa es la realización de una iglesia que celebra una renovación espiritual. Es más, la masificación de la iglesia siempre ha terminado en un “abaratamiento de la Gracia” de Dios como lo decía Bonhoeffer. Ha repercutido en un empobrecimiento de la excelencia del Evangelio. Un avivamiento, pues, que se contente con el mero crecimiento numérico sin que trascienda al desarrollo de calidad testimonial, no aporta nada nuevo y es simplemente una repetición más del ciclo de decadencia religiosa. Tampoco el desafío o la grandeza de un avivamiento es la construcción de catedrales o estructuras arquitectónicas esplendorosas. De eso también da cuenta la historia eclesiástica y, señala que en lugar de ser un signo de vitalidad ha sido más bien una señal de decadencia que raya en convertir nuestros edificios en “ídolos” que se “comen” todo lo que el pueblo presenta. Es más, la historia de la iglesia revela que la empresa de levantar majestuosas edificaciones va ligada a la proyección de poder, a los sentimientos megalómanos de la iglesia o sus líderes que a una búsqueda sincera de la gloria de Dios y eficacia del testimonio evangélico. Amén de que tales monumentos convierten al templo en una nueva cobradora de impuestos, pues hay que mantener tal imperio.  Tampoco el reto de un mover del Espíritu es crear sistemas doctrinales. De eso también testimonia la historia de la iglesia cristiana. Y más bien nos revela que los momentos de mayor “sana doctrina” han sido los momentos de mayor anti testimonio de la compasión evangélica y de la fraternidad cristiana. Siempre que se ha querido verter la riqueza y fuerza del Evangelio en moldes dogmáticos, se ha perdido la vida y el amor, que al final son los signos de la presencia de Dios. El mover del Espíritu no debe producir un  escolasticismo racionalista, sino una reflexión teológica que lleve a la iglesia aun compromiso con el reino de Dios, a vivir la unidad como Cuerpo de Cristo, a proclamar incansablemente, en palabra y en obra, la Buena Noticia de vida, paz, amor y justicia en Cristo Jesús. Para un verdadero evangélico –valga también para un bautista- el Evangelio es anterior al dogma; el seguimiento de Jesús de Nazaret, anterior a la obediencia a cualquier autoridad humana –sea clerical, jurídica, administrativa o ministerial-; el Sermón de la Montaña más que los estatutos o la identidad denominacional; la construcción del Reino de Dios, más importante que la edificación de la Iglesia -cuánto más que las transnacionales religiosas- y, el Poder del Espíritu Santo por encima del dios mamón o de cualquier alianza política con los poderes terrenales.

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