La verdad en épocas de moralidad relativa,orgullo gay y posmodernidad II parte


Tomare sólo tres a modo de ejemplo. Primero está la confusión moral. La ausencia de un criterio absoluto para la evaluación de los dilemas morales ha dado lugar a la absoluta confusión sobre lo que es correcto o no. La relatividad moral nos ha dejado sin un norte adecuado con el cual orientar nuestra conducta. Es quizás en las nuevas generaciones donde más claramente se observa esto. Los llamados males de la juventud no son otra cosa que el resultado inevitable de una moral que es incapaz de marcar la diferencia entre lo correcto y lo incorrecto. Segundo, confusión religiosa. Los distintivos de las religiones se difuminan en un continuo igualmente aceptable, aún cuando se contradigan entre sí. “Todos los caminos conducen a Roma” ha pasado a ser “todos los caminos conducen a Dios.” El pluralismo religioso, instrumento de convivencia, se ha transformado en un raro ecumenismo interconfesional donde todo cabe y todo es bueno.  Tercero,  un vacío existencial.  Despojados de norte para nuestras brújulas morales y de fundamento para nuestros pies espirituales, la angustia existencial se apoderó de la mujer y hombre modernos. Los resultados pueden ser tan graves, que un filósofo  propuso la creación de una “mentira noble” que sirviera de fundamento para una ética artificial, una ilusión artificial que, creída a pesar de su falsedad, provea lo que la “realidad” no nos da. La ilusión debe ser tan imaginativa y tan convincente que no pueda ser resistida. Lo que quiero decir por noble mentira es una que nos engañe, que nos engañe impulsándonos más allá de nuestros interés, de nuestro ego… que nos engañe hasta convencernos de que el discurso moral debe servir no sólo nuestros intereses y de los demás, sino lo de la Tierra también. Pero ¿Es relativa la Verdad? Nosotros, los participantes de la sociedad occidental, hemos dado por sentado la validez del planteamiento relativista en sus diferentes acepciones modernas y postmodernas. Pero rara vez nos hemos detenido a pensar y a evaluar. El concepto suena tan sofisticado y correcto, tan moderno, egalitario y culto, que lo incorporamos a nuestra cosmovisión sin una consideración crítica

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