Conexión Timoteo: Entendiendo a las nuevas generaciones IV parte


Ahora, al aceptarlos no estamos aprobando el pecado. Pero debemos ser lo suficientemente  francos  con ellos como Pablo y expresarles  nosotros sus líderes, que luchamos con el pecado en nuestra vida. Más adelante Pablo le declarará a Timoteo lo siguiente: La siguiente declaración es digna de confianza, y todos deberían aceptarla: «Cristo Jesús vino al mundo para salvar a los pecadores», de los cuales yo soy el peor de todos.  Llamo su atención a dos cosas. Primero Pablo dice “soy” es decir es presente. Digo esto porque mucha gente se refiere al pecado de Pablo por lo que hizo. Pero no es cierto. Cuando le escribió a Timoteo le dijo “soy”. Segundo el griego es enfático. Dice “ego eimi” es decir “yo mismo soy”. Eso significa que el pecado es personal, y Pablo se refería a sus pecados personales. Debemos hacer entender que los mayores luchamos también con el pecado en nuestra vida. Luchamos contra los apetitos de la carne. Y que por eso los entendemos  cuando caen en pecado, porque nosotros constantemente estamos cayendo en pecado. l pecado es una realidad en mi vida. No me gusta, no deseo pecar contra Dios, pero no puedo ser tan necio como para ignorar o no querer admitir que es una realidad. Es una realidad en la experiencia de todos los cristianos. En más de 30 años de liderazgo cristiano no he conocido ni uno sólo que no sea sensible y vulnerable al pecado. Estoy incluye a los líderes, o tal vez, sería más justo decir que los líderes somos mucho más vulnerables que el común de los mortales. Tal vez una de las razones es porque somos más estratégicos, nuestra caída puede traer más beneficios a Satanás que la de cualquier otro creyente. También es cierto que sufrimos  más presiones. Me preocupa enormemente que hayamos desarrollado un tipo de cristianismo que nos niega a las personas el derecho a ser seres humanos. El pecado es una realidad, desgraciadamente es una realidad que se vive en solitario, igual que los paseos con el dragón del protagonista de nuestra historia. Hemos creado un tipo de cristianismo en que no se nos permite ser honestos, genuinos, transparentes, auténticos. Un líder debe ser perfecto, santo, sin tentaciones, sin inclinaciones hacia el pecado y, naturalmente, sin pecado en su vida. Esta es la imagen distorsionada que se espera de nosotros y, tristemente esta es la mentira que nos hemos creído, hemos asumido y pretendemos, en vano, mantener y hacer creer a los demás ¡MENTIRA! Mentira porque seguimos siendo atraídos por el pecado, vulnerables a él, sometidos a tentaciones y deseos pero no podemos reconocerlos y debemos vivirlos en soledad. Se lucha en solitario porque no se puede reconocer en público que somos seres humanos como los demás con nuestras inconsistencias, pruebas y tentaciones. Por todo ello hemos de luchar en solitario y la soledad es el mejor aliado de Satanás en su lucha y combate contra nosotros. Es verdad que hay ciertos aspectos de nuestras vidas que no podemos compartir con aquellos que nos siguen, a los que estamos liderando y guiando. Para ellos sería una carga demasiado grande para soportar, podríamos ser piedra de tropiezo, puede ser que carezcan de la madurez necesaria para poder entender que también somos humanos como ellos.  Sin embargo, como líderes, dada nuestra condición humana y dada nuestra situación de vulnerabilidad, necesitamos personas con quienes podamos vivir la verdad. Personas que nos permitan ser nosotros mismos. Personas que no se van a escandalizar si abrimos nuestro corazón y les contamos nuestras tentaciones, nuestras luchas con el pecado, nuestro miedo a caer. En definitiva, personas que nos oirán sin juzgarnos, que nos aceptarán incondicionalmente y en las que podremos encontrar el apoyo, la oración, la exhortación, el ánimo y la compañía espiritual para luchar contra el pecado. Santiago afirma que, nos confesemos nuestros pecados unos a otros para que seamos sanados. Hay debilidad en la lucha en solitario contra el pecado. Hay fuerza en la lucha con otros contra el pecado. Es la situación real de muchos líderes que han caído, y con ellos sus ministerios, debido a que tuvieron que vivir sus luchas en solitario. No querían o no podían compartir con nadie su situación y fueron vencidos por fuerzas superiores a ellos. Creyeron la necia idea de que un líder no puede dar ninguna señal de debilidad o vulnerabilidad y no se abrieron al apoyo, ayuda y supervisión de otros líderes. El problema estalló porque nadie les supervisó en los primeros estadios del mismo. Como líder necesito personas con quien pueda ser yo mismo. Pablo lo está haciendo con Timoteo. Necesito compañeros con los que pueda admitir mi realidad como ser humano. Necesito esa gente con quien pueda ser genuino, transparente, honesto, abierto, humano y todo ello sin miedo a ser rechazado, juzgado, etiquetado, criticado o destruido. Rendir cuentas es una necesidad vital de todo creyente y más de todo líder. Muchas veces la única diferencia entre los jóvenes  y los adultos en la iglesia  es que los adultos hemos aprendido a esconder mejor nuestro pecado. Pero si hubiera alguna forma de exponer nuestro corazón  públicamente, nos avergonzaría  el ver que no es muy diferente al de los jóvenes que luchan con el pecado  a diario. Debemos quitarnos ya el antifaz  de santos perfectos y dejar que se vea lo que realmente  somos, pecadores urgidos de la gracia. Debemos explicarles que un santo no es el que hace una función hablando en lenguas el domingo en la mañana y llora piadosamente durante los cantos modernos de adoración. Que un santo no es el estirado con corbata que predica con moderación. Ni el que leela Biblia con voz de cura católico y canta los himnos de ayer con tono melancólico. Todas estas son maneras genuinas de expresión pero no nos hacen santos. Porque santo no es otra cosa que una persona tratando de salir  de su condición de pecador. Simplemente un cualquiera tratándose  de levantar para llegar a la medida del Salvador. Sine embargo los requisitos que nosotros demandamos para ser “santos” o ser “cristianos” son prácticamente imposible de llenar. Muchas veces no demostramos la gracia que debemos. Pensamos que el cristianismo se trata de cumplir ciertos requisitos y se nos olvida que por eso existe la gracia, para aquellos de nosotros  que no llenamos los requisitos. Para aquellos que estamos luchando con el pecado y simplemente no podemos ser la clase de cristianos que la iglesia quiere que seamos. No podemos porque somos hombres y mujeres pecadores. Una vez alguien dijo: “La iglesia no es un museo de santos es un taller de pecadores”. ¡Que gran verdad”! A través de los años que he estado en el ministerio he visto todo tipo de iglesias con todo tipo de nombres, pero nunca he encontrado  una con el nombre que describe lo que creo que la iglesia  debe ser “Casa del pecador”. Si aquellos que somos pecadores no podemos encontrar refugio  y casa en la iglesia, ¿para que existe ésta? Si Jesús se sentó a tener comunión con los pecadores, ¿Por qué no puede la iglesia hacer lo mismo? ¿Qué nos hace a los que estamos adentro de la iglesia  mejores que los pecadores? Romanos 3:23 nos da la respuesta: ¡Nada! Y si salimos como el Buen Pastor a buscar la oveja perdida, tengamos cuidado, no vaya a ser que la  encontremos. No vaya a ser que Dios nos guíe a encontrar  algo que a nosotros no nos guste pero que esté en necesidad de ser encontrado. Porque precisamente  por el hecho de que está perdida, al encontrarla, veremos cosas que “asombrarán nuestros ojos de inocencia” y “ensuciarán nuestros oídos vírgenes”. La verdad es que la escena debe conmover el corazón empedernido, no sorprender con falsedad nuestra santidad de juguete. Pablo había aceptado a la generación de Timoteo y estaba dispuesto a darle autoridad para ejercer su rol en la historia del evangelio de su época.

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