8 Decisiones Sanadoras: La decisión el crecimiento III parte


II. En segundo lugar LAS PROPUESTAS DE LOS PACIFICADORES

¿Qué implica  ser un pacificador y qué sugiere el término «hijos  de Dios»? A medida que estudiamos la séptima  bienaventuranza, abordaremos el texto un poco  diferente de como lo hicimos con las primeras bienaventuranzas. Primero hablaremos del  final del  versículo (la promesa), el cual dice: «… ellos serán  llamados hijos de Dios». Luego, analizaremos el  comienzo del versículo (el requisito): «Bienaventurados los pacificadores…». Esto nos permitirá  concluir con una aplicación de Mateo 5.9 para  nuestros días. «… porque ellos serán llamados  hijos de dios».

 

A.     El principio de la bienaventuranza: ser hijo de Dios

 Como ha sido el caso en todas las Bienaventuranzas, la motivación principal de la bienaventuranza  o felicidad de los pacificadores se encuentra en la  promesa: «… porque ellos serán llamados hijos de  Dios». La palabra que se traduce como «hijos» es el  plural de la palabra griega para «hijo» (huios).  El término es usado en este pasaje en un sentido  genérico para referirse a hombres y a mujeres,  tanto a hijos como a hijas de Dios.  Qué promesa  tan maravillosa: ¡ser llamados hijos e hijas de Dios,  ser hijos e hijas del Rey, ser hijos e hijas del Creador  del universo! La promesa es fascinante, sin embargo, es  necesario que entendamos las implicaciones de la  frase «hijos de Dios». La frase «hijo de» era una  expresión hebrea que quiere decir «participar de la naturaleza de». Bernabé fue llamado «Hijo de  consolación» (Hechos 4.36), ya que su naturaleza  era consolar a otros. La frase «Hijos de Dios» infiere los que participan de la naturaleza de Dios.  Tenemos una expresión que dice: «De tal palo, tal  astilla». Este es nuestro reto como hijos de Dios  (vea Mateo 5.48). En el texto de nuestro estudio,  la frase «hijos de Dios» se refiere específicamente  a los que participan de la naturaleza de Dios para  ser pacificadores. El Pacificador Divino De acuerdo a Proverbios 6.16–19, «Seis cosas  aborrece Jehová, y aun siete abomina su alma».  La séptima es «el que siembra discordia entre hermanos». Dios aborrece la discordia y ama la paz.  Es llamado «el Dios de paz» (Romanos 15.33). Él  creó un mundo que estaba lleno de paz hasta que  el pecado trajo discordia y muerte. Para restablecer  la paz, envió a Su Hijo, «a su Hijo unigénito», a  este mundo enfermo de pecado y turbulento (vea  Juan 3.16). Para poder apreciar lo mucho que Dios ama la  paz, solamente necesitamos mirar a Su Hijo, Jesús  (vea Juan 14.9). Se profetizó que Cristo sería el  «Príncipe de Paz» (Isaías 9.6). Su nacimiento fue  anunciado con la frase «en la tierra paz, […] para  con los hombres» (Lucas 2.14). Poco antes de morir,  les dijo a Sus discípulos: «La paz os dejo, mi paz os  doy» (Juan 14.27a). Por medio de Su muerte trajo  la paz tanto a judíos (los que están cerca) como a  gentiles (los que están lejos) (Efesios 2.16, 17; vea  Colosenses 1.20).  A usted y a mí se nos reta a ser como Dios y  Jesús. «Seguid la paz con todos» (Hebreos 12.14; vea  2ª Timoteo 2.22); «… sigamos lo que contribuye a la  paz y a la mutua edificación» (Romanos 14.19).

 

B.      La promesa de la bienaventuranza: Ser llamado hijo de Dios

Si buscamos la paz, seremos llamados «hijos de  Dios».  ¿Quién nos llamará hijos de Dios? A veces lo harán otras personas. Cuando ayudamos a dos  hermanos a reconciliarse o ayudamos a restaurar  la paz en un hogar, los involucrados suelen estar  agradecidos. Tenemos que entender, sin embargo,  que no siempre será así. Los esfuerzos por restablecer la paz a veces no son apreciados. Los policías  a menudo dicen que las situaciones más peligrosas que atienden a diario son los conflictos domésticos.  Por ejemplo, si la policía intenta impedir que un  hombre golpee a su esposa, tanto el marido como  la mujer podrían volverse contra los policías. De la  misma manera, un esfuerzo bien intencionado de  nuestra parte por restaurar la paz puede ser visto  como una interferencia. Además, si nos negamos  a tomar partido en una controversia, ambos lados  podrían comenzar a atacarnos. Por eso digo que,  si somos pacificadores, ocasionalmente, las personas nos llamarán «hijos de Dios», sin embargo, no  siempre será así. ¿Quién, entonces, llamará «hijos  de Dios» a los pacificadores?  Dios lo hará. Este reconocerá como hijos Suyos a los que promueven  la paz. Por supuesto, ser pacificadores no es todo lo  que Dios requiere para que seamos designados  como Sus hijos. Jesús no estaba diciendo que si nos  esforzamos por restaurar la armonía en el mundo,  seremos automáticamente hijos de Dios. No podemos ser hijos de Dios sin estar en la familia de  Dios y, para estar en la familia, tenemos que «nacer»  en ella, a saber: «el que […] naciere de agua y del  Espíritu» (Juan 3.3, 5), «por la obediencia a la verdad» (vea 1ª Pedro 1.22). Esta obediencia incluye fe  y confianza en Jesús, así como el bautismo. Pablo  escribió: «… pues todos sois hijos de Dios por la fe  en Cristo Jesús; porque todos los que habéis sido  bautizados en Cristo, de Cristo estáis revestidos»  (Gálatas 3.26, 27). Cuando venimos  al Señor en obediencia humilde, Dios nos añade a  Su iglesia (Hechos 2.47), la cual es su «casa» (vea 1ª Timoteo 3.15; «familia”). No podemos  ser hijos ni hijas de Dios sin que hagamos lo que  nos ha pedido hacer para hacernos cristianos. Incluso si hemos nacido de nuevo y somos hijos de  Dios, no nos comportaremos como «hijos de Dios»  hasta que no participemos de Su naturaleza y nos  convirtamos en pacificadores. ¿Cuándo «serán llamados hijos de Dios» los  pacificadores? Permítame sugerir una vez más  que hay un cumplimiento parcial en esta vida y  un cumplimiento último en la vida venidera. En  cuanto a esta vida, Pablo les dijo a los cristianos: «… por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros corazones el Espíritu de su Hijo» (Gálatas 4.6). En un sentido ya somos hijos de Dios,  sin embargo, el proceso de ser «llamados hijos» no  estará completo hasta que estemos en el cielo con  nuestro Padre. Pablo escribió de «la gloria venidera  que en nosotros ha de manifestarse» y de que estamos «esperando la adopción» (Romanos 8.18, 23;  vea también verso 19). Cuando Jesús habló de la  condición del pueblo de Dios en el cielo, dijo que no morirían más, «pues son iguales a los ángeles, y son hijos de Dios» (Lucas 20.36). Independientemente de que estemos hablando de aquí o del más allá, es difícil imaginar una promesa más emocionante, pues dice: ¡Dios nos reconocerá como hijos Suyos, como a Sus hijos e hijas!«Bienaventurados los pacificadores…».Después de haber visto la promesa, deberíamos estar aún más deseosos de cumplir con el requisito de ser pacificadores.

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