8 Decisiones Sanadoras: La decisión del crecimiento IV parte


III. En tercer lugar LOS PRIVILEGIOS DE LOS PACIFICADORES

A.     Agentes de paz

¿Qué implica ser un pacificador? La palabra «pacificador» se traduce de (eirenopoios), que combina la palabra «paz» (eirene) con una palabra que quiere decir «hacer»  (poieo). Esta combinación rara vez se encuentra en el Nuevo Testamento, sin embargo, la palabra «paz» (eirene) se encuentra más de ochenta veces. Eirene se refiere a «relaciones armoniosas» y a «la sensación de reposo y contentamiento» que se da como resultado. La palabra hebrea correspondiente es shalom. En cuanto a shalom.  En hebreo, la paz nunca es solamente un estado negativo, jamás quiere decir solamente la ausencia de problemas; en hebreo, paz siempre quiere decir todo lo que conduce al bien supremo del hombre. En el Oriente, cuando un hombre le dice a otro, Salaam —que es la misma palabra— no quiere decir que le desea al otro hombre no solamente la ausencia de lo malo, le desea también la presencia de todo lo bueno. La palabra «paz» es indispensable dentro del término «pacificador», sin embargo, no hay que ignorar el resto de la palabra. La séptima bienaventuranza es única.

B.      Actores de paz

El énfasis en la mayoría de las Bienaventuranzas está en la actitud, mientras que en unas pocas el énfasis es en la actitud como en la acción; sin embargo, esta bienaventuranza se centra en la acción. Se sobreentiende que tiene que haber una actitud correcta, sin embargo, en el texto que nos ocupa, la promesa de Dios es para aquellos que activamente procuran la paz. El Señor no prometió bendecir a los amantes de la paz (pese a que es encomiable) ni a los que hablan de la paz (lo cual a veces es necesario), sino a los pacificadores. Dios no ha prometido bendecir a los que creen en la «paz a cualquier precio». Algunos se consideran pacíficos y amantes de la paz porque evitan los problemas a toda costa. En lugar de hacerles frente a posibles problemas y abordarlos, los pasan por alto y esperan que desaparezcan por sí solos. Por lo general, no sucede así y en lugar de ello terminan con un problema más grande del que tenían al inicio. En este sentido, Dios definitivamente no ha prometido bendecir a aquellos para quienes la paz es una prioridad mayor que serle fiel a Él y a Su Palabra. Santiago escribió que «la sabiduría que es de lo alto es primeramente pura, después pacífica» (Santiago 3.17; énfasis nuestro).Al trabajar por la paz, tenemos que tener claro que es necesario pensar a largo plazo. Piense por ejemplo cuando un padre tiene que aplicar la medicina a una hija que no quiere tomarla. Piense en una niña, que tiene varios problemas de salud y debe tomar muchos medicamentos. ¡Oh, cuánto detesta esa medicina! Sería muy doloroso recordar la forma en que se le tiene que sostener firmemente su pequeño cuerpo y forzar el medicamento en su boca (generalmente derramando la mitad del mismo). La «paz a cualquier precio» habría dictado que no podíamos darle el medicamento, porque no había paz en nuestra casa a la hora de suministrar el medicamento. Sin embargo, se tenía  una visión a largo plazo porque se quería que fuera saludable. Del mismo modo, para una paz que honra al Señor, tenemos que concentrarnos en el futuro. Tenemos que afrontar los problemas y lidiar con ellos, incluso cuando es desagradable hacerlo.

C.      Facilitadores de la paz

Un pacificador «podría verse involucrado en conflictos si es necesario, pero no se deleita en ello. Incluso al reprender el error, el amor del pacificador será evidente a todos (Efesios 4.15).Porque el siervo del Señor no debe ser contencioso, sino amable para con todos, apto para  enseñar, sufrido; que con mansedumbre corrija a los que se oponen, por si quizá Dios les conceda que se arrepientan para conocer la verdad, y escapen del lazo del diablo, en que están cautivos a voluntad de él (2ª Timoteo 2.24–26).Lo anterior debería darnos una idea de lo que la palabra «pacificador» no quiere decir, sin embargo, ¿qué quiere decir? Cuando oímos el término, puede que vengan a la mente una variedad de escenas: una madre resolviendo alguna diferencia entre sus hijos, una maestra disolviendo una riña en el patio de una escuela, hombres y mujeres sentados alrededor de una mesa en una conferencia internacional para la paz. Todo es importante, sin embargo, quiero comenzar nuestro análisis sobre el aspecto positivo de la obtención de paz con algo más básico.

 

D.     Experimentadores de la paz

Para experimentar la paz necesitamos vivirlo en tres dimensiones.

1.      Paz personal

La paz en el mundo tiene que comenzar con paz en el corazón, y la paz en el corazón comienza teniendo paz con Dios. Isaías escribió: «No hay paz, dijo mi Dios, para los impíos» (Isaías 57.21). Para tener paz con Dios, tenemos que entregar nuestra voluntad a la de Él (vea 2º Crónicas 30.8). En lugar de confiar en nosotros mismos, tenemos que confiar en Jesús y hacer Su voluntad. Pablo dijo: «Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo» (Romanos 5.1). Es en ese momento, y solamente en ese momento, que la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará nuestros corazones y pensamientos (vea Filipenses 4.7).

2.      Paz relacional

Luego, para poder ser pacificadores, tenemos que preocuparnos por tener más que paz personal con Dios, también tenemos que esforzarnos por ayudar a otros a reconciliarse con Dios (vea 2ª Corintios 5.18, 20). No me opongo a la mayoría de los esfuerzos por lograr la paz, sin embargo, cualquier esfuerzo que no cambie los corazones no tendrá resultados duraderos. Es como poner una pequeña venda en una enorme herida abierta. Es posible que se dé un cese de las hostilidades sin que haya paz. El marido y la mujer pueden ponerle fin a sus ataques verbales, sin embargo, no hay una verdadera paz en su hogar si aún continúa una atmósfera antagónica. Para que haya paz externa, primero tiene que haber paz interna. Para tener una paz que dure interna como externamente, las personas tienen que entregar sus corazones y vidas a Dios. A medida que las personas se acerquen al Señor, también se acercarán unos a otros. En el mundo antiguo, había un enorme abismo entre judíos y gentiles que solamente podía enmendarse por medio de Jesús. Considere el pasaje de Efesios 2, que dice: Pero ahora en Cristo Jesús, vosotros [gentiles] que en otro tiempo estabais lejos, habéis sido hechos cercanos por la sangre de Cristo. Porque él es nuestra paz, que de ambos pueblos [judíos y gentiles] hizo uno, derribando la pared intermedia de separación [la ley de Moisés], aboliendo en su carne las enemistades, la ley de los mandamientos expresados en ordenanzas [la ley de Moisés], para crear en sí mismo de los dos [judíos y gentiles] un solo y nuevo hombre, haciendo la paz, y mediante la cruz reconciliar con Dios a ambos [judíos y gentiles] en un solo cuerpo [la iglesia], matando en ella las enemistades. Y vino y anunció las buenas nuevas de paz a vosotros [gentiles] que estabais lejos, y a los que estaban cerca [judíos] (versos 13–17).De la manera como Jesús llenó el abismo entre judíos y gentiles, también puede llenar el abismo entre las facciones beligerantes de hoy, esto es, si vienen a Él y se entregan a Su voluntad. Para el pacificador es importante ayudarles a los demás venir al Señor.

 

3.      Paz social

Tener paz personal con Dios y animar a otros a reconciliarse con Dios es de suma importancia. Sin embargo, no es todo lo que implica ser un pacificador. Estar en paz con Dios debe animarnos a hacer todo lo posible para vivir en paz con los demás. Jesús les dijo a Sus seguidores que tuvieran «… paz los unos con los otros» (Marcos 9.50). Pablo escribió: «Por lo demás, hermanos, […] vivid en paz; y el Dios de paz y de amor estará con vosotros» (2ª Corintios 13.11). Como ejemplo, piense en el apóstol Pablo, en el dueño de esclavos Filemón y en el esclavo Onésimo: todos eran hermanos amados (vea Filemón 1, 16; Colosenses 4.9;  2ª Pedro 3.15).5 En Romanos 14.19, Pablo usó una frase que me  fascina, dice: «Así que, sigamos lo que contribuye a la paz…» . Pablo no aclaró qué  quiso decir con la frase «lo que contribuye a la  paz»; él esperaba que sus lectores supieran lo que  tenía en mente. Si usted hiciera una lista de lo «que  contribuye a la paz» y de lo que rompe la paz, ¿qué  incluiría en su lista? Su lista podría incluir factores  como los siguientes: • Amar a los demás contribuye a la paz,  mientras que una actitud indiferente rompe  la paz. • Ser amable con los demás contribuye a la paz,  mientras que ser severos rompe la paz. • Ayudar a los demás contribuye a la paz,  mientras que ignorar las necesidades de los  demás rompe la paz. • Seguir la regla de oro (Mateo 7.12) contribuye  a la paz, mientras que darle poca importancia a la forma como tratamos a los demás  rompe la paz. • Desear fuertemente la armonía contribuye a  la paz, mientras que el tener una disposición  pendenciera siempre rompe la paz. • Ser amable y accesible contribuye a la paz,  mientras que el ser poco receptivo hacia los  demás desalienta la paz. • Tener el coraje de ir a los demás cuando  ofendemos o se nos ofende (vea Mateo 5.23,  24; 18.15) promueve la paz, mientras que no  hacerlo fomenta el distanciamiento. • Devolver bien por mal (vea Romanos 12.20,  21) contribuye a la paz, mientras que buscar  venganza destruye toda esperanza de paz.  Hemos de esforzarnos por ser amigos, incluso con nuestros adversarios (vea Mateo 5.25; Proverbios 16.7). Esta es la actitud que verdaderamente nos hace «hijos  de Dios». A Mateo 5.43–45 se le ha llamado «el mejor comentario» acerca de Mateo 5.9. La palabra «hijos» de Mateo  5.45 proviene de la misma palabra griega que se usa para  «hijos» en Mateo 5.9. Jesús son las que dicen: «Si alguno quiere venir en  pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y  sígame» (Mateo 16.24, énfasis nuestro). D. Martyn  Lloyd–Jones escribió el siguiente comentario: Todos nuestros problemas humanos encuentran  explicación en la lujuria, la avaricia, el egoísmo,  el egocentrismo […]. Vemos todo según nos  afecte […]. « ¿Cómo me está afectando esto?  ¿Qué me está haciendo esto?». Ahora bien, tal  es el espíritu que siempre conduce a pleitos, a  malos entendidos y conflictos, y es lo opuesto  a ser un pacificador.  Cuando se rompe la paz y se produce la discordia, si usted logra llegar al fondo del problema,  siempre encontrará a una o más personas preocupadas más por sí mismas que por los demás. Tal  vez piensan que no recibieron lo que merecían, o  sencillamente tal vez están resueltos a hacer las  cosas según les parezca a ellos. Hay muchos ejemplos bíblicos acerca de la  importancia del desinterés que involucra el ser  pacificadores. Por ejemplo, Abraham le dijo a su  sobrino Lot: «No haya ahora altercado entre nosotros dos, entre mis pastores y los tuyos, porque  somos hermanos» (Génesis 13.8). Luego, dejó que  Lot escogiera la tierra (verso 9–12), pese a que era  su derecho escoger de primero. Se podrían citar otros ejemplos: Isaac, quien «amaba la paz más que  a la propiedad» 20  (vea Génesis 26.17–22), y Jonatán,  que desinteresadamente trató de hacer la paz entre  su amigo David y su padre Saúl (vea 1º Samuel  18.1; 19.2–6; 20.30–33). Sin embargo, el ejemplo  definitivo de un pacificador desinteresado es Jesús.  En Colosenses 1.20, Pablo señaló que Jesús « [hizo]  la paz mediante la sangre de su cruz». La frase  «haciendo la paz» proviene de la forma verbal de  la palabra para «pacificador». En esta declaración,  Pablo afirmó que Jesús era un pacificador. Como  pacificador que era, en lugar de insistir en Sus  derechos, cedió Sus derechos para venir a la tierra  (vea Filipenses 2.5–8) y lograr la paz entre Dios y  el hombre, y entre el hombre y el hombre.  Para  lograr la paz, Jesús estuvo dispuesto incluso a ser  clavado en una cruz. Él es el pacificador supremo,  el pacificador desinteresado. Aun si tenemos todas las cualidades analizadas  y hacemos lo que podemos para vivir en paz con los  demás, algunos todavía rehusarán estar en paz con  nosotros. En Romanos 12.18, leemos: «Si es posible,  en cuanto dependa de vosotros, estad en paz con todos  los hombres». Es imposible estar  en paz con todos. Controlamos solamente una mitad  de la relación, esto es, la que nos corresponde. Sin  embargo, hagamos todo lo posible para «estar en  paz con todos los hombres». En cuanto a tener paz con los demás, debemos  mencionar otro aspecto. Un pacificador no solamente hace lo que puede para vivir en paz con los  demás, también promueve la paz entre facciones  enfrentadas. Podemos pensar de cuando Moisés  intentaba separar a sus conciudadanos hebreos que  reñían (Éxodo 2.13, 14) o de cuando Pabló instó a dos  hermanas en la iglesia a vivir en armonía (Filipenses  4.2). Si el tiempo lo permitiera, se podría analizar  la necesidad de paz en el hogar (vea Proverbios  15.17), en la iglesia (vea 1ª Tesalonicenses 5.13), en  la sociedad y en el mundo. Podríamos hacer una lista adicional de las características necesarias para promover la paz entre  los demás, incluyendo la necesidad de tener tacto  y sabiduría (vea Proverbios 25.11; Santiago 1.5).  En algunas situaciones, la mayor contribución que  podemos hacer para la paz es mantener la boca cerrada.  Salomón escribió: «Sin leña se apaga el fuego,  y donde no hay chismoso, cesa la contienda» (Proverbios 26.20). También es necesario ser pacientes  (vea 1ª Tesalonicenses 5.14) e incluso ser fuertes y  tener coraje (vea 2ª Corintios 5.6; Efesios 6.10). Un líder político dijo una  vez: «El negociar entre partes en un conflicto  es como cruzar un río caminando sobre rocas resbaladizas […]. Es arriesgado, sin embargo, es la  única manera de cruzarlo». Sea que hablemos de tener paz con Dios o con  los demás, necesitamos entender que ninguna es  posible sin la ayuda del Señor. Los que por naturaleza son pacificadores necesitan la ayuda de Dios  para aprender a lidiar con los problemas en lugar  de tratar de evitarlos. Los que por naturaleza son  pendencieros necesitan una visión divina para  ver cuán importante es tener paz. Como se señaló  anteriormente, la «paz» es parte del «fruto del  Espíritu» (Gálatas 5.22). Tendremos paz para con  Dios y podremos encontrar paz con los demás  solamente cuando permitamos que el Espíritu de  Dios y Su Palabra (Efesios 6.17) tengan el control de nuestras vidas. Dios, perdona nuestra incapacidad para amar  y contribuir a la paz.

Perdónanos el egocentrismo  que ha obstruido la paz. Concédanos Tu misericordia para que podamos tener paz en nuestros  espíritus y corazones. Ayúdanos también a tomar  la determinación de ser pacificadores. Danos la  fuerza, la paciencia y el amor y así poder procurar  la paz con todos los hombres. En el nombre de  Tu Hijo Jesús. Amén.

«Bienaventurados los pacificadores, porque  ellos serán llamados hijos de Dios». Lo contrario  sería: «Malditos los alborotadores, porque ellos  serán llamados hijos de Satanás». ¿Es usted un  pacificador? ¿Es usted un hijo o hija de Dios? ¿Está  disfrutando de paz con Dios y con los demás? Si no  es así, vuélvase a Jesucristo en fe y obediencia.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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