Del sentimiento trágico de la vida


En estos días he desistido de escribir, más por escasez de ánimo que escasez de ideas. De plano que he pasado varios días con multitud de adversidades y no ha alcanzado para escribir. A veces es tan difícil hacerlo, cuando hay muchas aristas y cuestas en tu peregrinar. Incluso cuando Dios parece extraño y ausente. A veces la monotonía de la vida, el ritualismo del trabajo ministerial, crean en uno una sequía, que paraliza el deambular  en este mundo, sobre todo en los propósitos de Dios.  La vida parece en múltiples ocasiones tan estéril, tan sin sentido. Bien lo escribía Unamuno en su libro “Del Sentimiento Trágico de la Vida” que la vida  “nomás” es  sino una tortura angustiosa que puede denominarse romanticismo agónico. Creo que me apropio de sus palabras cuando dice : “El dolor nos dice que existimos, el dolor nos dice que existen los que amamos, el dolor nos dice que existe el mundo en que vivimos, el dolor me dice que existes y que sufres Tú, Dios mío. El dolor nos descubre a Dios y nos hace amarle (T, p. 64). El dolor nos dice que existimos, el dolor nos dice que existen aquellos que amamos; el dolor nos dice que existe y que sufre Dios; pero es el dolor de la congoja, de la congoja de sobrevivir y ser eternos. La congoja nos descubre a Dios y nos hace quererle”(STV,  p.  368). Finalmente  me identifico cuando el dice: “El hombre es tanto más hombre cuanta más capacidad de sufrimiento tiene. El hombre es tanto más hombre, esto es, tanto más divino, cuanta más capacidad para el sufrimiento, o mejor dicho, para la congoja, tiene (STV, p. 366). Bueno suficiente dramatismo. Creo que para Jesús la vida y la muerte fueron asimilables porque su Padre siempre estuvo pendiente de él. ¿Cómo quisiera experimentar esa voz de Dios cuando al igual que Jesús mi alma “está turbada”  Sin embargo  siempre me ha  intrigado lo fácil que podemos confundir su voz en situaciones de  crisis. Este evento se narra en Juan 12:27-36. Note lo que dice: 27 Ahora está turbada mi alma; ¿y qué diré? ¿Padre, sálvame de esta hora? Mas para esto he llegado a esta hora. 28 Padre, glorifica tu nombre. Entonces vino una voz del cielo: Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez.  29 Y la multitud que estaba allí, y había oído la voz, decía que había sido un trueno. Otros decían: Un ángel le ha hablado. 30 Respondió Jesús y dijo: No ha venido esta voz por causa mía, sino por causa de vosotros. 31Ahora es el juicio de este mundo; ahora el príncipe de este mundo será echado fuera. 32 Y yo, si fuere levantado de la tierra, a todos atraeré a mí mismo. 33 Y decía esto dando a entender de qué muerte iba a morir.   ¿Cómo podemos tener la capacidad de entender la voz de Dios?

Tres cosas me pregunté en este pasaje: Primero, ¿Cómo me habla Dios cuando mi alma está tubada?  Esto tiene que ver con las circunstancias de su revelación. Bueno la preocupación  de Jesús. Segundo la petición de Jesús  y tercero la posición de Jesús y cuarto la pasión de  Jesús. En esas primeras palabras Jesús habla consigo mismo “mi alma está turbada (Su preocupación) y no le pediré al Padre que pase de mi esta hora (Su petición) porque para eso he llegado hasta este momento (Su posición)” (v. 27). Después Jesús invoca al Padre y le pide que glorifique su nombre (Su pasión) e inmediatamente llegó la respuesta celestial, porque no hay motivación más grande en cualquier oración que pedir y buscar la gloria de Dios. Si lo que uno quiere como Jesús es glorificado en nombre de Dios, la garantía de respuesta es pronta y segura (v. 28).

 En segundo lugar ¿Cómo  me conecto con Dios cuando mi  alma está turbada? 

Esto tiene que ver con el contenido de su revelación. Hay que tomar en cuenta varias premisas. Primero Dios está interesado en responder una oración que glorifique su nombre. Esto está basado en su honor. Dice la respuesta de Dios “Lo he glorificado, y lo glorificaré otra vez”. En segundo lugar Dios está interesado en responder de una manera sorprendente. Esto está basado en su habilidad. “Entonces, vino una voz del cielo”. Noten la tremenda habilidad del padre de romper silencio desde los cielos. La habilidad de Dios se manifiesta en relación que controla los elementos naturales y sobre naturales. Por ejemplo usa una voz y palabras comprensibles para darse a conocer, pero es una voz que viene del cielo (elemento sobrenatural). Estas dos dimensiones son las esferas de su respuesta. No hay ningún campo que Dios no maneje. Cuando él responde se podrá mover indistintamente o conjuntamente  en lo invisible y lo visible.  Es decir Dios tiene una habilidad conceptual, usa ideas pensamientos, lenguaje. Pero también tiene una habilidad carismática o milagrosa de comunicarse y darse a entender. Sin embargo tiene también una habilidad contextual, debido a que usa el idioma de los judíos, de Jesús y responde de acuerdo a las luchas y temas que el ser humano y por sobre todo su hijo está viviendo. Dios no es un Dios que vive en un palacio  lejos de la realidad humana, absorto en su decrépita vejez y con olor a formalina. No es un viejito que no entiende ni interviene en los asuntos del hombre. Creo que en nuestras iglesias todavía tenemos grandes brotes de la teología de la muerte de Dios. Este movimiento dio expresión a una idea que durante cierto tiempo había sido incipiente en la filosofía y la teología occidentales, relativa a que la realidad de un Dios transcendente no se podía, en el mejor de los casos, conocer, y en el peor, que ni siquiera existía. El filósofo Kant y el teólogo Ritschl negaron que se pudiera tener un conocimiento teórico del ser de Dios. Para todos los propósitos prácticos, Hume y los empiricistas restringieron el conocimiento y la realidad al mundo material tal como lo perciben los cinco sentidos. Puesto que Dios no era empíricamente comprobable, se dijo que la visión bíblica del mundo era mitológica e inaceptable a la mente moderna. Filósofos existencialistas ateos como Nietzche desesperaron incluso de la búsqueda de Dios; fue él quien acuñó la frase “Dios ha muerto” casi un siglo antes que los teólogos de la muerte de Dios. Los teólogos de mediados del siglo XX no asociados al movimiento también contribuyeron al clima de opinión del que emergió la teología de la muerte de Dios. (http://mb-soft.com/believe/tsn/deathgod.htm) Rudolf Bultmann consideró todos los elementos de la visión supre naturalista, teísta, del mundo, como mitológicos, y propuso desmitologizar la Escritura, de modo que pudiera dar su mensaje a la persona moderna. Paul Tillich, un antisupernaturalista confeso, sostuvo que la única declaración no simbólica que se podría hacer sobre Dios era que El es el ser mismo. Está más allá de de la esencia y de la existencia, por lo que discutir que Dios exista es negarlo; más adecuado es afirmar que Dios no existe. En el mejor de los casos Tillich era panteísta, pero su pensamiento bordea el ateísmo. Dietrich Bonhoeffer (ya sea que se le entienda bien o no) también contribuyó al clima de opinión con algunas declaraciones fragmentarias pero tentadoras en Cartas y Ensayos desde la Prisión. Escribió del mundo y del hombre llegado a la “adultez”, del “cristianismo sin religión”, del “mundo sin Dios” y de librarse del “Dios de las brechas (discontinuidades)” y seguir adelante tan bien como antes. No siempre es claro qué quiso decir Bonhoeffer, pero al menos proporcionó un vocabulario que teólogos radicales posteriores pudieron explotar. (http://mb-soft.com/believe/tsn/deathgod.htm). Pero ¿qué era la Teología de la Muerte de Dios? Las respuestas son tan numerosas como aquellos que proclamaron el deceso de Dios. Desde Nietzsche, los teólogos habían utilizado de vez en cuando la expresión “Dios ha muerto” para expresar el hecho de que para un creciente número de personas en la era moderna Dios parecía irreal. Pero la idea de la defunción de Dios comenzó a tener especial notoriedad en 1957 cuando Gabriel Vahanian publicó un libro titulado “Dios ha muerto”. Vahanian no propuso una expresión sistemática de la teología de la muerte de Dios, sino que analizó aquellos elementos históricos que contribuyeron a que la gente aceptara el ateísmo no tanto como una teoría sino como una forma de vida. Vahanian mismo no creía que Dios hubiera muerto, pero urgió a que hubiera una forma de cristianismo que reconociera la pérdida contemporánea de Dios y ejerciera su influencia en lo que quedaba. Otros proponentes del óbito de Dios tenían la misma evaluación del estatus de Dios en la cultura contemporánea, pero extrajeron conclusiones diferentes. (http://mb-soft.com/believe/tsn/deathgod.htm). A veces tengo la impresión que sutilmente esta idea sigue incipiente en nuestras teologías,  incluso entre las más formales e históricas denominaciones. Por lo menos en muchas de nuestras universidades de este país.  Está claro pues que, por muy sorprendente que fuera la idea de la muerte de Dios cuando la proclamaron a mediados de los 60, no representó una desviación tan radical respecto de ideas y vocabulario filosófico y teológico recientes, como a primera vista parecería. Sin embargo su influencia 45 años después es visible y palpable. Pero nosotros una nueva generación (aunque ya no tan nueva) de creyentes se impone la necesidad que este pasaje expresa. ¿Cuál es esa necesidad? Es decir  la habilidad conceptual de Dios nos lleva al campo de la reflexión. Como cristianos debemos pensar la fe, nutrirnos del conocimiento y conocer los medios y las herramientas para estructurar y articular un pensamiento fresco y retante de la fe que creemos. Debemos permanecer con el mensaje, pero utilizar nuevos códigos de comunicación de dicho mensaje.  Por otro lado la habilidad carismática de Dios no lleva experimentar la fe, a asombrarnos con lo que creemos, a dejarnos boquiabiertos porque Dios es sobrenaturalmente poderoso.  Es ver un Dios que reacciona ante las luchas de sus hijos y que está dispuesto a irrumpir milagrosamente en el ámbito humano. Que grita desde los cielos y rompe el silencio. Es un Dios que muestra su amor, su pasión por los destinos de los hombres. Y que por sobre todo es especialista en romper esquemas y fórmulas religiosas. Nadie esperaba que Dios hablara desde los cielos. Y aunque en el registro de la historia de la ley y de los judíos Dios lo había hecho con Moisés, era obvio que en el tiempo de Jesús pensaban que solo con el gran profeta de Moisés se podía dar. Nadie en sus “cabales teológicos” podría pensar que Dios hablaría en ese momento como lo hizo con Moisés. Ese es el problema de la creencia sin carisma. La creencia puede citar con exactitud los portentos de Dios en la historia y en el pasado, pero el carisma cree que no fueron los únicos a los que Dios podría usar de esa forma, sino que también lo puede hacer en nuestros días. La creencia sin carisma es letra muerta y el carisma sin creencia es llamarada efímera. Pero juntando las dos, podemos comenzar a parecernos a Dios. Como pueblos carismáticos (y uso el término más amplio que el contemporáneos que se limita solo a experiencias “de sentir a Dios) estamos dotados con habilidades naturales pero también sobrenaturales. Pero el ejercicio de ese carisma debes ser bíblico y no de moda.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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