8 Decisiones sanadoras: La decisión del crecimiento


Introducción

Seguimos con la  serie acerca de las decisiones sanadoras. Hoy nos toca la decisión de crecer. Y se basa en la sexta bienaventuranza. Así es hemos llegado a la sexta bienaventuranza, y dice: «Bienaventurados los de limpio corazón, porque  ellos verán a Dios» (Mateo 5.8). A esta bienaventuranza se le ha llamado «uno de los mayores pronunciamientos que se puedan encontrar en todo el mundo de las  Sagradas Escrituras. Es sin duda una de las declaraciones más desafiantes de  las Escrituras. Creo que todo aquel que estudia  cada bienaventuranza debe estar consciente de  lo mucho que le falta para ser lo que debe ser. Sin  embargo, ninguna nos inculpa como esta que dice: «Bienaventurados los de limpio corazón…». Creo que mis  batallas más amargas se libran en mi corazón. Al  estudiar esta bienaventuranza, usted también tal   vez caiga de rodillas arrepentido. «Bienaventurados los de limpio Corazón…». ¿Qué tan importante es «el corazón»? Se ha dicho que en Mateo 5.8 encontramos la  esencia del cristianismo, pues el cristianismo es ante  todo una religión del corazón. Jesús dijo que debemos amar a Dios con todo nuestro corazón (Mateo  22.37), que debemos perdonar de corazón (18.35) y  que debemos recibir la Palabra «con corazón bueno  y recto» (Lucas 8.15). Pablo escribió: «Pero gracias a  Dios, que aunque erais esclavos del pecado, habéis  obedecido de corazón a aquella forma de doctrina a  la cual fuisteis entregados» (Romanos 6.17). No se peca al enfatizar la importancia de  la religión «del corazón». Dios le dijo a Samuel: «… porque Jehová no mira lo que mira el hombre;  pues el hombre mira lo que está delante de sus ojos,  pero Jehová mira el corazón» (1º Samuel 16.7; vea Proverbios 21.2). Salomón escribió: «Sobre toda cosa  guardada, guarda tu corazón; porque de él mana  la vida» (Proverbios 4.23). Muchos escritores creen que cuando Jesús habló  de ser puros de corazón, estaba contrastando la  verdadera religión con lo que se practicaba como  religión en el judaísmo. Los fariseos enfatizaban los  rituales externos y la pureza ceremonial, dejando  de lado el corazón. A ellos, Jesús dijo: «Hipócritas,  bien profetizó de vosotros Isaías, cuando dijo: Este  pueblo de labios me honra; mas su corazón está  lejos de mí» (Mateo 15.7, 8; vea Isaías 29.13). Una  vez más, el Señor dijo: ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas! porque limpiáis lo de fuera del vaso y del  plato, pero por dentro estáis llenos de robo y de  injusticia.[…] ¡Ay de vosotros, escribas y fariseos, hipócritas!  Porque sois semejantes a sepulcros blanqueados,  que por fuera, a la verdad, se muestran hermosos, más por dentro están llenos de huesos  de muertos y de toda inmundicia. Así también  vosotros por fuera, a la verdad, os mostráis justos  a los hombres, pero por dentro estáis llenos de  hipocresía e iniquidad (Mateo 23.25–28). No debemos pensar, sin embargo, que los  fariseos son los únicos culpables en prestarles  atención a las apariencias externas mientras dejan   de lado el corazón. Como miembros del cuerpo de  Cristo, nosotros también podemos ser culpables de  enfatizar las manifestaciones externas de la religión  a la vez que dejamos de lado el corazón. Si bien las  manifestaciones externas son importantes, no son  nada si no proceden «del corazón». En esta ocasión veremos tres conceptos básicos. En primer lugar veremos la condición  de la bienaventuranza. En segundo lugar veremos el marco espiritual de la bienaventuranza, para terminar con el marco pastoral de la bienaventuranza.

 

I.      En primer lugar quiero referirme a la CONDICION  de la bienaventuranza.

 

Este marco condicional tiene tres dimensiones, la primera  la etimológica, es decir desde la perspectiva de la exégesis de la palabra. Luego una perspectiva desde el  Antiguo Testamento  y tercero desde la perspectiva del Nuevo Testamento.

A.     La condición desde etimología

Ahora bien hay que preguntarnos ¿Qué es «el corazón»? Tal vez necesitamos un momento para establecer  qué es exactamente lo que necesita estar limpio.  ¿Qué es el «corazón»? En Mateo 5.8, la palabra  «corazón» proviene de kardía (kardia), el término  del cual obtenemos «cardiaco», que quiere decir  «relativo a o cerca del corazón». El corazón físico  es el órgano principal de la vida física (vea Levítico  17.11). «A lo largo de una lenta transición, la palabra  llegó a representar toda la actividad mental y moral  del hombre, tanto los elementos racionales como  los emocionales».  Por lo general, pensamos en el corazón como  el centro de las emociones, lo cual es así. Amamos  a Dios con nuestro corazón (Lucas 10.27) y hemos  de « amarnos unos a otros entrañablemente, de  corazón puro» (1ª Pedro 1.22). Sin embargo, el uso  que hace la Biblia de la palabra «corazón» incluye  más que las emociones. El término se usa a veces  para referirse al intelecto. Jesús habló de los que  pensaban mal en sus corazones (Mateo 9.4). Una vez  más, la palabra «corazón» se usa en asociación con la  voluntad, la parte de la mente que toma decisiones.  Hebreos 4.12 se refiere a «los pensamientos y las  intenciones del corazón». Según  la Biblia, el «corazón» es la sede de los afectos del  hombre, de sus pensamientos y sus motivaciones.  En el texto que nos ocupa, la palabra «corazón» se  refiere a todo lo que está dentro de la persona. Es  el centro de una persona —el centro de su ser y  personalidad. Por otro lado ¿Qué quiere decir ser «limpio»? Jesús estaba diciendo que tenemos que ser  limpios en el centro de nuestro ser. La palabra  «limpio» se traduce de katharos. Katharos se encuentra veintisiete veces en el Nuevo Testamento y se traduce generalmente como «limpio» o  «puro».  Katharos incluye por lo menos tres conceptos  que se superponen, dos de los cuales ya han sido  mencionados.

1.      «Limpieza».

Katharos era usado para referirse  a prendas sucias que han sido limpiadas mediante  el lavado. Un corazón puro es un corazón limpio.  El autor de Hebreos dijo: «Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor»  (Hebreos 12.14).

2.       «Pureza».

Katharos era usado para referirse al  grano que era lanzado al aire hasta que toda la paja  fuera llevada por el viento. Los corazones puros han  sido purgados de impurezas. David oró: «Purifícame  con hisopo, y seré limpio» (Salmos 51.7a). Katharos incluye tanto el concepto de limpieza como el de pureza, sin embargo, hay un factor más.

3.       «Sin mezcla».

La leche pura es toda leche,  no se le ha añadido agua. El oro puro es todo  oro; todos los metales de menor valor han sido  eliminados. Un corazón puro no está lleno de  motivos ambivalentes. Los términos que la Biblia  usa para describir a aquellos con motivos mixtos  son «doble corazón» y «doble ánimo». Salmos  habla de los que tienen «doblez de corazón»  (Salmos 12:2). Santiago escribió acerca de los de  «doble ánimo» (Santiago 4.8). David oró: «Afirma mi corazón para que tema tu nombre» (Salmos  86:11c). Debo reconocer que no obtengo buenas calificaciones en las pruebas  de los corazones «limpios» y «puros». Creo que es difícil  mantener pensamientos impuros fuera del corazón.  Sin embargo, donde realmente fallo es en la prueba  del corazón «sin mezcla», porque tiene que ver con  nuestras prioridades y motivos. Una persona dijo: “Examinar nuestros propios motivos es algo  enorme y vergonzoso, porque hay pocas cosas en  este mundo que incluso los mejores entre nosotros  logran hacer por motivos completamente puros». (William Barclay, The Gospel of Matthew (El Evangelio de Mateo), vol. 1, The Daily Study Bible Series (Philadelphia)

B.      La condición desde la perspectiva del Antiguo Testamento

 

Mateo es muy interesante ya que nos orienta hacia la unidad que tenemos que realizar en nuestra vida entre el trabajo y la oración.  Antes de emprender el estudio de cada una de las expresiones pureza de corazón y ver a DIOS puede ser útil mencionar un texto que ilustra la relación que hay entre ellas. La bienaventuranza de los corazones limpios como la de los mansos pero de forma menos literal está sacada  del salterio en Salmo 24: 3 6 -¿Quién puede subir al monte del Señor? ¿Quién puede estar en el recinto sacro? -El de manos inocentes y puro corazón el que no se dirige a los ídolos ni  jura en falso. Ese recibirá la bendición del Señor, le hará justicia DIOS su salvador .Así  son los que te buscan los que vienen a vIsItarte DIOS de Jacob.  En este texto no está la promesa de ver a DIOS pero veremos cómo es ese deseo de ver a DIOS lo que se expresa en venir a visitar (literalmente buscar el rostro) de DIOS Para ver a DIOS hay que ser de manos Inocentes y puro corazón Es verdad que la bienaventuranza promete una visión de Dios de un orden muy distinto, pero no carece de interés observar la asociación tan estrecha, desde el punto de partida, entre la idea de una purificación del corazón y la de ver a Dios. Qué significa la “pureza de corazón”? La palabra “puro” quiere decir normalmente “limpio”, en oposición a “sucio”, “manchado”. “Uno que se ha bañado –dice Jesús a Pedro- no necesita lavarse más que los pies; está limpio todo” (Juan 13, 10). Pero es evidente que, en este contexto, la palabra puro tiene una resonancia muy distinta. Antes de situarla en el contexto del evangelio de Mateo, escuchemos algunas de sus resonancias a través de la biblia.

La pureza de corazón en el contexto judío es muy ritual en su origen, la pureza se fue haciendo cada vez más interior. He aquí algunas de estas etapas.

1.      El concepto de pureza ritual

En los libros más antiguos de la biblia, la pureza es una categoría ritual.  Así es como se distingue entre animales puros e impuros; no se trata evidentemente del problema de la limpieza de unos o de otros, sino de que en el trasfondo hay antiguos tabúes de orden ritual. Lo mismo pasa cuando esta noción se aplica a las personas. El Levítico enumera toda una serie de maneras de contraer una impureza ritual. Con frecuencia se trata de un simple contacto: el hecho de tocar un animal impuro (gato, perro…), de tocar un cadáver o de infringir las prohibiciones alimenticias o sexuales. Esta impureza ritual impide participar en el culto, pero no tiene en si misma ningún carácter moral. Por ejemplo, era una obra especialmente meritoria delante de Dios sepultar a los muertos, aunque uno tuviera que quedar impuro hasta la noche por haber tocado a un cadáver. La madre era impura durante 40 días después del nacimiento de un niño y de 80 días después del de una niña, aun cuando la transmisión de la vida era buena y expresamente querida por Dios (cf. Génesis 1:28). En Israel saben muy bien que las prescripciones sobre la pureza ritual no tienen nada que ver con la moral; pero no por eso pueden desdeñarse. Estas reglas se convierten en expresión religiosa del respeto que se debe a Dios. Son observadas en un espíritu de religión y no en sí mismas. Esta idea de pureza ritual estaba evidentemente, en su origen, relacionada con una concepción sumamente grosera de la santidad de Dios.

2. El concepto de pureza moral

La predicación de los profetas fue llevando progresivamente a Israel a descubrir que la santidad de Dios es de orden moral y, por tanto, paralelamente, que las condiciones para acercarse a Dios no son de orden ritual, más o menos mágico, sino de orden moral. Pasando así del plano ritual o sagrado al plano moral, se llega pronto a la noción de pureza de corazón, de una pureza situada al nivel de la conducta, de las disposiciones interiores. El libro del Génesis, en el capítulo  20, nos cuenta que Abraham llegó a Gerar;   allí hace pasar a su esposa Sara por hermana suya. Abimelec se lleva a Sara y quiere tomarla por mujer. Dios le avisa: “Vas a morir por haber tomado esa mujer, que es casada” (20:3). Se han infringido las reglas de la santidad; por tanto, hay que pagar con la muerte. Abimelec protesta y protesta en nombre de la moral. Abraham y Sara lo han engañado: “Lo he hecho de buena fe y con manos limpias” (v. 5). El argumento concluye; Dios reflexiona y lo reconoce: “Ya sé yo que lo has hecho de buena fe y con manos limpias”. Y como no ha habido adulterio, podrá Abimelec salir adelante, con la condición de que Abraham  interceda por él. Así, pues, en dos ocasiones habla el texto bíblico de la integridad del corazón, que la biblia griega ha traducido por “limpieza de corazón”. Nosotros diríamos que Abimelec ha actuado de buena fe y que por esa buena fe Dios le ha impedido llevar a cabo el delito hasta hacerlo irreparable. En este texto nos movemos entre la concepción ritualista, más o menos mágica, y la concepción moral. El paso definitivo lo dará el autor del salmo 24.

3.      El concepto de pureza de rectitud.

En el salterio encontramos una concepción de la pureza del corazón que es la de rectitud, de ausencia de toda falsedad. Con el salmo 24, que ya hemos leído y en el que se inspira nuestra bienaventuranza, estamos en el plano exclusivamente moral. Las condiciones para presentarse delante de Dios se reducen a cuatro. Las dos  primeras son generales: tener manos inocentes y un corazón limpio; las otras dos son aplicaciones concretas; no adorar a los ídolos (otros traducen: no seguir la vanidad, lo falso, lo vacío) y no jurar en falso. El salmo 15 desarrolla este mismo tema: Señor, ¿quién puede hospedarse en tu tienda y habitar en tu monte santo? El que procede honradamente y practica la justicia, el que habla sinceramente y no calumnia con su lengua, el que no hace mal a su prójimo ni difama a su vecino. Es la misma insistencia en la rectitud, en la ausencia de toda falsa; la descripción del salmo 15 ayuda a comprender mejor el sentido en que el salmo 24 habla del “puro de corazón”. El salmo 73 establece esta misma asociación entre la inocencia de las manos y la pureza del corazón: “¿Para qué he conservado la conciencia limpia y he lavado mis manos en señal de inocencia?” (73: 13). Es el lamento del salmista al ver la prosperidad de los impíos. Y vemos de nuevo esta misma asociación en la carta de Santiago: “Acercaos a Dios y él se os acercará: lavaos las manos, pecadores; purificaos el corazón, indecisos” (Santiago 4:8). Estas asociaciones habituales son importantes. El corazón y las manos son la sede de los pensamientos y el instrumento de las acciones; esto representa al hombre entero. (También se encuentran otras parejas: el corazón y la boca, el corazón y los labios). Nosotros tendemos más bien a disociar las intenciones de los actos y a poner toda la importancia en las intenciones. Esta disociación es poco bíblica y muy poco conforme a la actitud de Mateo. Para Mateo, la disociación entre lo interior y lo exterior, entre lo que se piensa y lo que se dice o se hace, es precisamente una hipocresía. Atender sólo a la pureza de intención cuando se habla de la pureza del corazón resulta algo falso y peligroso. Más valdría, para conservar la nota bíblica y evangélica, comprender la pureza de corazón como una perfecta correspondencia entre lo de dentro y lo de fuera, entre las intenciones y las acciones. La pureza de corazón no prescinde de los actos; al contrario, lo que pasa es que hace recaer la atención en la fuente de donde provienen esos actos.

Así, pues, hay que hacerse dignos de acercarse a Dios por medio de toda la santidad moral de la vida. Es la purificación del corazón la que nos hace capaces de ofrecerle el culto que le agrada. Y entonces se presenta una grave objeción para Israel: eso que Dios nos pide está por encima de nuestras posibilidades humanas. El hombre es demasiado profundamente pecador para cumplir esa exigencia de pureza de vida y de corazón. El profeta Jeremías es el primero en exponer la respuesta a la objeción: lo que el hombre no puede hacer, lo hará Dios. Para que el  corazón del hombre sea puro, es preciso que, mediante un acto creador, Dios le dé un corazón nuevo: “Les daré un corazón para que reconozcan que yo soy el Señor; ellos serán mi pueblo y yo seré su Dios” (Jeremías 24: 7; cf. Jeremías 31:31-34). Esta intuición de Jeremías pasó a ser uno de los temas principales de Ezequiel: “Os rociaré con un agua pura que os purificará, de todas vuestras inmundicias e idolatrías os he de purificar. Os daré un corazón nuevo y os infundiré un espíritu nuevo; arrancaré de vuestra carne el corazón de piedra y os daré un corazón de carne. Os infundiré mi espíritu y haré que caminéis según mis preceptos y que pongáis por obra mis mandamientos” (Ez 36,25-27; cf. también 11, 19; 37, 14; 39, 29). Tenemos aquí muy concretamente el tema del corazón nuevo; ese corazón nuevo que Dios promete darle al hombre es también un espíritu nuevo y ese espíritu nuevo no es otro más que el espíritu de Dios mismo. Esta promesa de Ezequiel se convierte en el tema de oración del salmo 51,  pero con una diferencia: se pasa aquí del plano colectivo al plano individual. Purifícame con el hisopo: quedaré limpio; lávame: quedaré más blanco que la nieve (v 9) Oh Dios, crea en mí un corazón puro, renuévame por dentro con espíritu firme; no me arrojes lejos de tu rostro (esto es: no me impidas verte), no me quites tu santo espíritu; devuélveme la alegría de tu salvación,  afiánzame con tu espíritu generoso. (Vs  12-14) El hombre es incapaz de purificar él mismo su corazón, en el que está demasiado profundamente arraigada la inclinación al mal. Es Dios el que va a tomar la iniciativa, creando en el hombre un corazón nuevo, un corazón puro, debido a la presencia de su Espíritu Santo. Es el espíritu de Dios el que va a combatir en el hombre la mala inclinación, el que va a procurar al hombre esa pureza sin la cual no puede presentarse ante Dios para verlo. Es verdad que no hay que introducir demasiado rápidamente en la sexta bienaventuranza, adonde no lo llama nadie, este tema del corazón nuevo de Ezequiel o del salmo 51. La bienaventuranza se inspira en el salmo 24 y no en el 51. Está claro. La pureza del corazón en el salmo 24 no se considera como un don de Dios, sino como una exigencia de Dios. Y éste es el punto de vista que recoge Mateo. Pero era conveniente ver también el otro aspecto que nos ofrece una perspectiva complementaria a la que recoge Mateo.

C.      La condición  desde la óptica del Nuevo Testamento

Por otro lado la pureza de corazón en el evangelio de Mateo fuera de las bienaventuranzas, hay otros dos lugares en los que Mateo nos habla de la pureza del corazón. Un día, los fariseos reprochan a los discípulos de Jesús que se ponen a comer sin haber hecho antes las abluciones rituales (Mateo 15, 1-20). Suprimir esas ceremonias es exponerse casi fatalmente a contraer una impureza ritual. La respuesta de Jesús en Marcos es ambigua, casi equívoca: “Nada que entra de fuera puede manchar al hombre; lo que sale de dentro es lo que mancha al hombre” (Marcos 7, 15). Mateo encuentra esta respuesta algo exagerada y la retoca: “No mancha al hombre lo que entra por la boca; lo que sale de la boca, eso es lo que mancha al hombre” (Mt 15, 11). Luego Jesús explica, según Marcos: “Lo que sale de dentro, eso sí mancha al hombre; porque de dentro, del corazón del hombre, salen las malas ideas: inmoralidades, robos, homicidios .. (Marcos 7:20-21). Mateo sigue siendo más preciso: “Lo que sale de la boca viene del corazón, y eso sí mancha al hombre. Porque del corazón salen las malas ideas: los homicidios… “(Mateo 15:18-19). Así, pues, el corazón es el principio de la impureza por todos los malos pensamientos que origina. Pero también lo contrario puede ser verdad. El corazón de donde proceden las buenas intenciones y las buenas acciones será fuente de pureza para el hombre; él mismo será puro. El corazón no es una cosa inerte, sino lo que da origen a una conducta conforme con la voluntad de Dios. No hay justicia posible para el hombre, esto es, conformidad con la voluntad divina, más que a partir de la sumisión interior de un corazón puro a dicha voluntad. El segundo texto de Mateo es un poco curioso’ “¡Fariseo ciego l ¡Limpia primero la copa por dentro, que así quedará limpia también por fuera l ” (Mateo 23:26) Pero si se aplica esta recomendación a los hombres, como nos invita a hacer el contexto, se encuentra una idea muy   parecida a la del c. 15: la pureza del hombre depende   exclusivamente del interior, es decir, del corazón. Si el corazón es puro, todas las acciones que inspire serán conformes con la justicia, con la voluntad de Dios. Así, pues, el corazón puro no es simplemente el que tiene buenas intenciones; es el corazón de donde proceden los actos buenos, de donde viene esa conducta de vida que permitirá presentarse delante de Dios, entrar en relación con él, sin que sea necesario además recurrir a prescripciones rituales.  Una vez que hemos establecido la condición para la pureza de corazón ahora veamos la consecuencia de la bienaventuranza.

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