Es sábado pero viene el domingo III parte


B.     Es un silencio que dignifica AL HOMBRE.

En este tiempo de silencio en el día sábado. La muerte y la resurrección es una afirmación del valor del cuerpo.  El cuerpo no es ni algo malo ni algo secundario o accidental.  La corporalidad pertenece a lo más profundo de nuestro ser.  Dios creó la carne y exclamó, “qué buena esta humanidad física, con cuerpo, que yo he creado, buena en gran manera”. Cristo se encarnó en carne como la nuestra, y sin pecado. Cristo murió en la carne, y resucitó en la carne y volverá en la carne.  La resurrección nos enseña que sin el cuerpo estamos incompletos, no podemos ser plenamente nosotros.  La carne no es de avergonzarse, sino de darle gracias a Dios. Este tiempo  de sábado  y por sobre todo la resurrección nos llama a ser humanos.  Cristo resucitado era ricamente humano, y ahora a la diestra de Dios, sigue siendo humano (aunque por ahora no en forma visible, hasta su venida). La resurrección es una afirmación de lo humano, incluida nuestra realidad física.  Es lindo como 1 Timoteo  2  dice “hay un sólo mediador entre Dios y los hombres y las mujeres, Jesucristo hombre.”  A la diestra de Dios hay un ser humano, en cuerpo glorificado, que intercede por nosotros.  Y volverá en cuerpo visible.  Hay toda una teología del cuerpo, como hay toda una teología anticuerpo, gnóstica, maniquea, antihumana, que es de lo más antibíblico que puede haber, aunque a veces lo confundimos con espiritualidad. Por otro lado esa dignidad de un hombre se manifiesta en que todos merecen un entierro digno. Un entierro reconocido que recuerde a las personas en su totalidad. Cuantas personas en nuestro país son asesinadas y tiradas en una fosa común como animales o aparecen descabezadas en ríos y otras ni siquiera aparecen. Esto es una brutalidad que Dios condena. Hasta el hijo de Dios mereció un entierro digno.

 

C.      Es un silencio CELEBRA  la vida

Este sábado transformó para siempre el sentido de la muerte.  Karl Rahner, en medio de un artículo denso y técnico sobre la muerte, nos sorprende con las siguientes palabras bellas: “La muerte oculta en sí misma todos los misterios del ser humano… [Es] el punto en que la persona se torna de la manera más radical problema para sí misma, y por cierto un problema que sólo Dios puede resolver.  El cristiano conoce la muerte de un hombre como el suceso más fundamental de la historia.  (http://www.elcultural.es/version_papel/LETRAS/9013/Karl_Rahner_La_actualidad_de_su_pensamiento)  El acontecimiento más grande e importante de todos los siglos no fue una batalla victoriosa, ni una filosofía brillante, ni algún descubrimiento científico, sino una muerte…y muerte de cruz. En otro diccionario teológico Alan Richardson, en su artículo sobre el mismo tema, señala que ” ha ocurrido una muerte que transformó todo nuestro entender de ella”(Theological Wordbook p.60.) Cristo ha redefinido para siempre el significado de la palabra “muerte”.  Cristo vino “a destruir por medio de la muerte al que tenía el imperio de la muerte, esto es, el diablo” (Hebreos 2.14).  La muerte es ya un enemigo derrotado, un enemigo muerto (1 Corintios  15:55).  Como dice un bello himno alemán., “Jesús, muerte de mi muerte; Jesús, vida de mi vida”. ¡Los cristianos sabemos de una muerte que cambió para siempre el sentido de la muerte!  Y eso sucedió completamente en el día sábado.  Veamos ahora cómo este sábado de muerte celebra la vida.

1.      Cristo  este sábado transformó la muerte de fatalidad en libertad. 

 Sin Cristo, la muerte es simplemente un destino que nadie puede escapar; sólo podemos resignarnos a ella.  Pero en Cristo, somos libres para vivir y para morir. Jesús dijo, con soberana dignidad, “Yo pongo mi vida; nadie me la quita. Yo me la pongo, porque estoy al servicio de mi Padre” (Juan 10:17-21).  En Cristo el morir es también un acto libre.  Podemos pensar en mártires de nuestros tiempos como Martin Luther King y los mártires que han muerto en estos años por causa del evangelio.  Para nosotros la muerte ya no es fatalidad; aun cuando sea dolorosa.  La muerte se ha convertido en libertad.

2.      Cristo este sábado transformó la muerte de futilidad en plenitud.

 En muchas tumbas antiguas en Italia van estas siglas: NFFNSNC.  Significaban en latín: “no fui, fui, no soy, qué me importa” (non fui, fui, non sum, non curo).  La vida era un sin sentido, y la muerte el sin sentido final.  Para nosotros, en Cristo, la muerte ya no es “vanidad de vanidades”, un “hoyo negro” en que caemos y desaparecemos.  La muerte ahora es la coronación de la vida.  Significa entrar en la plenitud de la vida eterna: “en tu presencia hay plenitud de gozo, delicias a tu diestra para siempre”.(Sal 16:11).  En Cristo la futilidad se tornó plenitud.  Ese sentido de la muerte como plena realización de la vida se expresa hermosamente en un poema del patriarca evangélico mexicano Gonzalo Baez Camargo:

Cuando me llames

   Concédeme, Señor, cuando me llames

              que la obra esté hecha:

  la obra que es tu obra

              y que me diste que yo hiciera.

  Pero también, Señor, cuando me llames,

              concédeme que todavía tenga

  firme el paso, la vista despejada,

              y puesta aun la mano en la mancera.

              Yo sé muy bien que cuando al cabo falte

              mi mano aquí, tú sabia providencia

              otras manos dará, para que siga

              sin detenerse nunca nuestra siembra.

3.      Cristo este sábado torno de derrota en victoria

 “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón?  ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria?”, pregunta Pablo (1 Co 15:57).  Según los padres antiguos, la cruz fue una especie de trampa en que cayó Satanás.  Creía que si matara a Cristo, la victoria sería suya.  Mató a Jesús en la cruz, pero el vencido fue él y no Jesús.  Esos antiguos padres solían exclamar “Christus Victor!  ¡Jesús es Vencedor!”(   Gustaf Aulen, Christus Victor (1931)) Ya la muerte no es derrota para nosotros porque no fue derrota para Cristo.

 A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!

A ti la victoria, Gran libertador!

Te alzaste pujante, Lleno de poder,

Más que el sol radiante Al amanecer.

 Gozo, alegría, Reinen por doquier,

Porque Cristo hoy día Muestra su poder…

Ángeles cantando Himnos al Señor

Vanle aclamando Como vencedor.

A ti la gloria, ¡Oh nuestro Señor!

A ti la victoria, Gran libertador!

4.      Cristo este sábado cambio la pérdida en ganancia. 

 “Porque para mí el vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21). Si de veras nuestro vivir es Cristo, el morir es más de lo mismo, estar más cerca de Cristo y conocerle mejor.  Quien vive por el dinero lo pierde todo al morir.  Quienes viven por la fama, o por el placer, nada llevarán consigo a la eternidad.  Aun el intelectual que vive por el conocimiento, si no es conocer a Cristo, está dedicando su existencia a algo que al final de la jornada tendrá que perder.  Pero si nuestra vida entera está concentrada en el conocimiento de Cristo, morir será algo así como pasar de la educación primaria a los estudios avanzados.  En Cristo, morir es ganancia.  Naturalmente, la muerte de un ser querido es perdida para los que quedamos, y nos duele.  No debemos engañarnos con un falso optimismo  Hay que llorar en los funerales y exteriorizar el dolor humano que sentimos.  Pero la muerte no es pérdida para el ser querido, sino estar con Cristo lo cual es mucho mejor:

Tesoro incomparable, Jesús amigo fiel,

Refugio del que huye del adversario cruel…

Sin tu influencia santa, la vida es un morir;

Gozar de tu presencia, esto sólo es vivir.

Una cosa peculiar es que Efesios 4:10 habla que Jesús descendió a las partes más bajas de la tierra y se llevó cautiva a la cautividad. 1 de Pedro 3:19- 20agrega:  “ “Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecados, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios, siendo a la verdad muerto en la carne, pero vivificado en espíritu; en el cual también fue y predicó a los espíritus encarcelados.” La frase, “en Espíritu”, en el versículo 18 tiene exactamente la misma estructura de la frase, “en la carne”. De manera que, parece mejor relacionar la palabra “espíritu” a la misma esfera de la palabra “carne”. La carne y el espíritu son la carne y el espíritu de Cristo. Las palabras “pero vivificado en espíritu”, apuntan al hecho de que al llevar Cristo el pecado y la muerte, produjo la separación de Su espíritu humano del Padre (Mateo 27:46). El contraste es entre la carne y el espíritu, como Mateo 27:41 y Romanos 1:3-4, y no entre la carne de Cristo y el Espíritu Santo. Cuando se completó la expiación de Cristo por el pecado, Su espíritu reanudó el compañerismo que había sido quebrantado. Primera de Pedro 3:18-22 describe un vínculo necesario entre el sufrimiento de Cristo (versículo 18) y Su glorificación (versículo 22). Solamente Pedro da información específica acerca de lo que sucedió entre estos dos eventos. La palabra “predicó” en el versículo 19 no es la palabra usual para describir la predicación del evangelio en el Nuevo Testamento. Ésta literalmente significa anunciar un mensaje. Jesús sufrió y murió en la cruz, Su cuerpo fue llevado a la muerte, y Su espíritu murió cuando fue hecho pecado. Pero Su espíritu fue vivificado y lo rindió al Padre. De acuerdo con Pedro, en algún momento entre Su muerte y Su resurrección, Jesús hizo una proclamación especial a “los espíritus encarcelados”. Para comenzar, Pedro se refería a la gente como “personas” y no “espíritus” (3:20). En el Nuevo Testamento, la palabra “espíritus” es utilizada para describir ángeles o demonios, no seres humanos; y el versículo 22 parece corroborar este significado. Además, en ningún lugar de la Biblia se nos dice que Jesús visitó el infierno. Hechos 2:31 dice que El fue al “Hades” (Versión Reina Valera), pero el “Hades” no es el infierno. En el original del griego, la palabra “Hades” se refiere a la esfera de la muerte, un lugar temporal en donde ellos esperan la resurrección. Apocalipsis 20:11-15 en las versiones de habla inglesa NASB y la Nueva Versión Internacional, dan una clara distinción entre las dos. El infierno es el lugar permanente y final de juicio para los perdidos. El Hades es un lugar temporal. Nuestro Señor rindió Su espíritu al Padre, murió, y en algún momento entre la muerte y la resurrección, visitó la esfera de la muerte en donde pronunció un mensaje a los seres espirituales (probablemente ángeles caídos; vea Judas 6) quienes fueron de alguna manera relacionados al período anterior al diluvio en el tiempo de Noé. El versículo 20 pone esto en claro. Pedro no nos dijo lo que proclamó a estos espíritus encarcelados, pero este no podía ser un mensaje de redención, debido a que los ángeles no pueden ser salvos (Hebreos 2:16). Fue probablemente una declaración de victoria sobre Satanás y sus huestes (1ª Pedro 3:22; Colosenses 2:15). Efesios 4:8-10 también parece indicar que Cristo fue al “paraíso” (Lucas 16:20; 23:43) y llevó al cielo a todos aquellos que habían creído en El previo a Su muerte. Este pasaje no da una gran cantidad de detalle acerca de lo que ocurrió, pero la mayoría de los estudiosos de la Biblia concuerdan en que eso es lo que quieren decir con “llevó cautiva la cautividad.” Todo eso para decir que la Biblia no es enteramente clara acerca de lo que Jesús hizo exactamente, los tres días entre Su muerte y resurrección. Parece, no obstante, que El estaba predicando victoria sobre los ángeles caídos y/o los no creyentes. Lo que podemos saber con seguridad es que Jesús no estaba dando a la gente una segunda oportunidad para la salvación. La Biblia nos dice que nosotros nos vamos a enfrentar al juicio después de la muerte (Hebreos 9:27), no a una segunda oportunidad. En realidad, no hay una respuesta clara definitiva para lo que Jesús estaba haciendo en el tiempo entre Su muerte y resurrección. Tal vez este es uno de los misterios que vamos a entender cuando alcancemos la gloria. Sin embargo es obvio que hubo un gran mover de parte de Dios ese día silencioso de sábado.

5.       Finalmente, este sábado  transforma la muerte de fin en principio.

  La muerte no es el acabose sino el comenzóse, como diría Mafalda.  Llama la atención que el fin de la misma Biblia resulta ser más bien un principio cualitativamente nuevo (Apocalipsis 21:1s).  Con Dios, las conclusiones son nuevos comienzos: “He aquí”, dice Dios nada menos que al final de toda la Biblia, “yo hago nuevas todas las cosas” (Apocalipsis 21:5), como que el divino Creador nunca se cansará de renovar todo.  Por eso también la muerte misma es un nuevo principio.  Antiguamente los cristianos llamaban al día de muerte de un hermano o hermana sus “natalicios”; la muerte no es el fin sino el nacer a una nueva vida.  Así Cristo ha transformado  el sentido de la muerte.

Martín Lutero, en uno de sus últimos sermones, dijo: “El mundo me dice que en medio de la vida, estoy muriendo; Dios me contesta, No, en medio de la muerte, vives”.  Cuando el gran teólogo puritano John Owen se moría, dictaba una carta a su secretario: “Estoy en la tierra de los vivientes saliendo para la tierra de los muertos.  No, más bien, de la tierra de los moribundos voy saliendo para la tierra de los vivientes”.  En 1997 moría en Chicago el cardenal José Bernardin, un hombre muy querido,  muy admirado y muy admirable.  Hizo de su cáncer terminal un testimonio de fe, compartiendo todo por televisión y orando que su muerte, igual que su vida, glorificara a Dios. La noche que agonizaba, una multitud estaba fuera de su residencia.  Los periodistas y el mundo entero esperaba la noticia, el cardenal ha muerto.  Pero al fin salió el secretario del cardenal, hubo silencio, y sus palabras fueron éstas: “Hace diez minutos el hermano José comenzó una nueva vida.”

Dietrich Bonhoeffer, el último día de su vida terrestre, celebró la Santa Cena en el campo de concentración, predicando sobre Isaías 53.  Al final de la celebración, un policía Gestapo de Adolfo Hitler llamó su nombre.  Bonhoeffer sabía que lo llevaban para ahorcarlo.  “Este es el fin”, fueron sus últimas palabras, “para mí el principio”. En Cristo, la muerte no es un fin sino un nuevo principio.

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