Dios te hablará en tu propio idioma: A propósito del rótulo puesto en la cruz


Mucho antes de contraer matrimonio, ya yo sabía de la importancia de leer las señales de la esposa. Sabio es el hombre que aprende el lenguaje no verbal de su esposa, que discierne las señales y sabe interpretar los gestos. No es simplemente lo que se dice, sino cómo se dice. No es solo cómo, sino cuándo. No es solo cuándo, sino dónde. El buen marido es aquel que sabe descifrar. Hay que leer las señales .Escuche el testimonio de un marido que no supo leer las señales de la esposa: “Creía que aquel fin de semana en  Guatemala yo estaba haciendo un buen trabajo. Llevábamos solo unos meses de casados y tendríamos visitas en nuestro departamento. Yo había invitado a un predicador para el domingo, esperando que viniera y estuviera con nosotros desde el sábado por la noche. Riesgosa decisión la mía ya que el hombre no era un aprendiz recién salido del aula sino que era un antiguo y distinguido profesor. Y no cualquier profesor, sino un especialista en relaciones familiares. ¡Qué tal! Nuestra nueva familia iba a tener de invitado a un especialista en familia! Cuando Margarita lo supo, me mandó una señal. Una señal verbal: «Será mejor que limpiemos la casa». El viernes por la noche, me mandó otra señal, esta vez no verbal. Se puso sobre sus rodillas y empezó a restregar el piso de la cocina. Yo, por dicha, uní las dos señales, agarré el mensaje y me dispuse a cooperar.  Pensé: « ¿Qué puedo hacer?» Uno nunca debe inclinarse por los trabajos demasiado sencillos, así es que pasé por sobre el polvo y la aspiradora buscando algo más importante que hacer. Después de una detenida inspección, se me ocurrió lo que parecía perfecto. Pondría fotografías en un álbum de pared. Uno de nuestros regalos de boda había sido un álbum de este tipo. Todavía no lo habíamos desempacado, ni aun lo habíamos llenado. Pero todo eso cambiaría aquella noche.  De modo que me puse a trabajar. Con Margarita restregando el piso detrás de mí y a mi lado una cama sin arreglar, volqué en frente mío una caja de zapatos llena de fotos y empecé a ponerlas en el álbum. (No sé en qué estaba pensando, supongo que decirle a la visita: «Oiga, vaya al comedor y fíjese en la colección de fotos que tenemos en la pared».)  Había perdido el mensaje. Cuando Margarita, con un frío en su voz capaz de congelar a cualquiera me preguntó qué estaba haciendo, seguí sin captar el mensaje. «Poniendo fotos en un álbum de pared», le contesté, plenamente satisfecho. Por la siguiente media hora, Margarita  se mantuvo en silencio. ¿Y yo? De lo más tranquilo. Supuse que estaría orando, dando gracias a Dios por el marido tan maravilloso que le había dado. O que quizás estaría pensando: «Ojalá que después que termine con las fotos, empiece con el álbum de recortes».  Pero ella no estaba pensando eso. El primer indicio de que algo no estaba saliendo bien lo tuve cuando finalmente, después de haber limpiado ella sola todo el departamento, me dijo, a modo de despedida: «Me voy a la cama. Estoy furiosa. Mañana por la mañana te voy a decir por qué».  ¡Uyuyuy!  A veces dejamos de ver las señales”. (Aun ahora, es posible que un varón de corazón bondadoso y despistado se esté preguntando: « ¿Por qué se habrá puesto furiosa la señora?» Vas a aprender, mi amigo, vas a aprender.)

El que enmarca nuestro destino está acostumbrado a nuestra insensatez. Dios sabe que a veces no vemos las señales. Quizás por eso nos ha dado tantas. El arco iris después del diluvio se refiere al pacto de Dios. La circuncisión identifica a los elegidos de Dios y las estrellas hacen referencia al tamaño de su familia. Aun hoy día, vemos señales en la iglesia del Nuevo Testamento. La Santa Cena es una señal de su muerte, y el bautismo es una señal de nuestro nacimiento espiritual. Cada una de estas señales simboliza una tremenda verdad espiritual.

Sin embargo, la señal más patética la encontramos sobre la cruz. Un anuncio en tres idiomas, escrito a mano, ejecutado por orden del Imperio Romano. Pilato escribió un letrero y lo puso sobre la cruz. En él se leía: Jesús de Nazaret, rey de los judíos. El letrero fue escrito en hebreo, en latín y en griego. Mucha de la gente lo leyó, porque el lugar donde Jesús fue crucificado estaba cerca de la ciudad. Los principales sacerdotes dijeron a Pilato: «No escribas, “El rey de los judíos”, sino escribe: “Este hombre dijo: ‘Yo soy el rey de los judíos’ ”».  Pilato les respondió: «Lo que he escrito, he escrito» (Juan 19.19–22 ).

¿Por qué un letrero sobre la cabeza de Jesús? ¿Por qué esas palabras perturbaban a los judíos y por qué Pilato rehusó cambiarlas? ¿Por qué el letrero escrito en tres idiomas y por qué el letrero aparece mencionado en los cuatro Evangelios?  De todas las posibles respuestas a estas preguntas, vamos a concentrarnos en una.

¿Será que este pedazo de madera es un cuadro de la devoción de Dios? ¿Un símbolo de su pasión para decirle al mundo acerca de su Hijo? ¿Un recordatorio que Dios hará lo que sea para compartir contigo el mensaje de este anuncio? Para mí que el letrero revela dos verdades sobre el deseo de Dios de alcanzar al mundo. Su corazón misionero y transcultural. Quiero que veamos cuáles son las cuatro palpitaciones del corazón de Dios a través de este letrero.

I. La primera palpitación del corazón de Dios nos dice: No hay persona que Él no use. Esto nos lleva a los MÉTODOS de Dios.

Poncio Pilato desempeñó el cargo de prefecto de  la provincia romana de Judea desde el año 26 d.C.  Hasta el 36 o comienzos del 37 d.C. Su jurisdicción  se extendía también a Samaria e Idumea. No  sabemos nada seguro de su vida con anterioridad a  estas fechas. El título del oficio que desempeñó fue  el de  praefectus, como corresponde a los que  ostentaron ese cargo antes del emperador Claudio y  lo confirma una inscripción que apareció en  Cesarea. El título de  procurator, que emplean  algunos autores antiguos para referirse a su oficio,  es un anacronismo. Los evangelios se refieren a él  por el título genérico de “gobernador”. Como  prefecto le correspondía mantener el orden en la  provincia y administrarla judicial y  económicamente. Por tanto, debía estar al frente del  sistema judicial (y así consta que lo hizo en el  proceso de Jesús) y recabar tributos e impuestos  para suplir las necesidades de la provincia y de  Roma. De esta última actividad no hay pruebas  directas, aunque el incidente del acueducto que  narra Flavio Josefo  es seguramente  una consecuencia de ella. Además, se han  encontrado monedas acuñadas en Jerusalén en los  años 29, 30 y 31, que sin duda fueron mandadas  hacer por Pilato. Pero por encima de todo ha pasado  a la historia por haber sido quien ordenó la  ejecución de Jesús de Nazaret; irónicamente, con  ello su nombre entró en el símbolo de fe cristiana: “Padeció bajo Poncio Pilato, fue crucificado, muerto  y sepultado…”.   Su presencia en el Credo es  de gran importancia, porque  nos recuerda que la fe  cristiana es una religión  histórica y no un programa  ético o una filosofía. La  redención se obró en un lugar concreto del mundo,  Palestina, en un tiempo  concreto de la historia, es  decir, cuando Pilato era  prefecto de Judea.  Sus relaciones con los judíos, según nos informan  Filón y Flavio Josefo, no fueron en absoluto buenas.  En opinión de Josefo, los años de Pilato fueron muy  turbulentos en Palestina y Filón dice que el  gobernador se caracterizaba por “su venalidad, su  violencia, sus robos, sus asaltos, su conducta  abusiva, sus frecuentes ejecuciones de prisioneros  que no habían sido juzgados, y su ferocidad sin  límite” (Gayo 302). Aunque en estas apreciaciones  seguramente influye la intencionalidad y  comprensión propia de estos dos autores, la crueldad  de Pilato, como sugiere Lucas 13:1, donde se menciona  el incidente de unos galileos cuya sangre mezcló el  gobernador con sus sacrificios, parece fuera de  duda. Josefo y Filón narran también que Pilato  introdujo en Jerusalén unas insignias en honor de  Tiberio, que originaron un gran revuelo hasta que se  las llevó a Cesarea. Josefo relata en otro momento  que Pilato utilizó fondos sagrados para construir un  acueducto. La decisión originó una revuelta que fue  reducida de manera sangrienta. Algunos piensan que  este suceso es al que se refiere Lucas 13:1. Un último  episodio relatado por Josefo es la violenta represión  de samaritanos en el monte Garizim hacia el año 35.  A resultas de ello, los samaritanos enviaron una  legación al gobernador de Siria, L. Vitelio, quien  suspendió a Pilato del cargo. Éste fue llamado a  Roma para dar explicaciones, pero llegó después de  la muerte de Tiberio. Según una tradición recogida  por Eusebio, cayó en desgracia bajo el imperio de  Calígula y acabó suicidándose.  En siglos posteriores surgieron todo tipo de  leyendas sobre su persona. Unas le atribuían un final  espantoso en el Tiber o en Vienne (Francia),  mientras que otras (sobre todo las Actas de Pilato,  que en la Edad Media formaban parte del Evangelio de Nicodemo) le presentan como converso al  cristianismo junto con su mujer Prócula, a quien se  venera como santa en la Iglesia Ortodoxa por su  defensa de Jesús (Mt 27,19). Incluso el propio Pilato  se cuenta entre los santos de la iglesia etíope y  copta. Pero por encima de estas tradiciones, que en  su origen reflejan un intento de mitigar la culpa del  gobernador romano en tiempos en que el  cristianismo encontraba dificultades para abrirse  paso en el imperio, la figura de Pilato que  conocemos por los evangelios es la de un personaje indolente, que no quiere enfrentarse a la verdad y  prefiere contentar a la muchedumbre.

Ahora ¿cuál es mi punto al relatar esta breve biografía de Pilato? Que es precisamente este hombre el que está escribiendo las letras en el rótulo de la cruz de Jesús.  Ahora ustedes deben saber que Pilato no tenía ningún interés en difundir el evangelio. De hecho, el letrero decía en otras palabras: «Esto es lo que llega a ser un rey judío; esto es lo que los romanos hacen con él. El rey de esta nación es un esclavo; un criminal crucificado; y si esto es el rey, ¡cómo será la nación de la cual es rey!»  Pilato había puesto el letrero para amenazar y mofarse de los judíos. Pero Dios tenía otro propósito… Pilato fue el instrumento de Dios para esparcir el evangelio. Sin saberlo, fue el amanuense del cielo. Tomó el dictado de Dios y lo escribió en el letrero. Y esto nos lleva a la segunda palpitación del corazón de Dios.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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