Dios te hablará en tu propio idioma: A propósito del rótulo puesto en la cruz III parte


IV. La cuarta  palpitación del corazón  de Dios nos dice: Y,  No hay ninguna esfera donde Jesús no confronte. Esto habla DEL MOVER  DE DIOS. (Juan 19:21; Lucas 23:42, Lucas 23:47, Marcos 15:39)

Y ese letrero cambió el destino de  varios que  lo leyeron.  No hay nadie a quien Dios no quiera usar. Nota que el letrero da frutos de inmediato. Dios se mueve en todas partes, tanto para condenación como para salvación.

A.     Se movió en condenación para los judíos

Los judíos dijeron cuando vieron el rótulo: “Dijeron  a Pilato los principales sacerdotes de los judíos: No escribas: Rey de los judíos; sino que él dijo: Soy Rey de los judíos. ¿Y cuál sería la diferencia. Ninguna, pero ellos estaban condenados por su rechazo a los que Jesús era.

 

  1. B.      Se movió en salvación para los marginados

 

Dio fruto ¿Recuerdas la reacción del criminal? Poco antes de su propia muerte, en un torbellino de dolor, dijo: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino» (Lucas 23:42).  Qué interesante la selección de palabras. Él no dice: «Sálvame». No ruega: «Ten misericordia de mi alma». Su apelación es la de un siervo a un rey. ¿Por qué? ¿Por qué se refiere al reino de Jesús? Quizás había oído hablar a Jesús. Quizás estaba al tanto de las afirmaciones que hacía Jesús de sí mismo. O, más probablemente, quizás había leído el letrero: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos».  Lucas parece hacer la conexión entre el lector del letrero y el que hace la petición. En un versículo, escribe: «En la parte alta de la cruz se escribieron estas palabras: Este es el rey de los judíos» (Lucas 23:38). Cuatro breves versículos más adelante leemos la petición del ladrón: «Jesús, acuérdate de mí cuando vengas en tu reino».   El ladrón sabe que está metido en un ambiente real. Vuelve la cabeza y lee una proclamación real y pide ayuda real. Así de sencillo. De haber sido así, el letrero fue el primer recurso usado para proclamar el mensaje de la cruz. Incontables otros han seguido, desde la página impresa a la radio, a las cruzadas multitudinarias, al libro que tienes en tus manos. Todo esto fue precedido por un rústico anuncio en un pedazo de madera. Y gracias a ese letrero, un alma se salvó. Todo porque alguien colocó un letrero sobre una cruz.  Yo no sé si los ángeles entrevistan a los que van a entrar en el cielo, pero si lo hacen, la entrevista a este debió de haber sido muy divertida. Imagínate al ladrón arribando al Centro de Procesamiento de las Puertas de Perlas.

Ángel: Tome asiento. Ahora, dígame… señor… hum… ladrón, ¿cómo llegó a ser salvo?
Ladrón: Solo le pedí a Jesús que se acordara de mí en su reino. La verdad es que no esperaba que todo ocurriera tan rápido.
Ángel: Ya veo. ¿Y cómo supo que era un rey?
Ladrón: Había un letrero sobre su cabeza: «Jesús de Nazaret, rey de los judíos». Yo creí en lo que decía el letrero y… aquí estoy.
Ángel: (Tomando nota en una libreta) Creyó… un… letrero.
Ladrón: Exactamente. El letrero lo puso allí alguien de nombre Juan.
Ángel: No lo creo.
Ladrón: Hmmm. Quizás fue el otro seguidor, Pedro.
Ángel: No. Tampoco fue Pedro.
Ladrón: ¿Entonces cuál de los apóstoles lo puso?
Ángel: Bueno, si en verdad quiere saberlo, el letrero fue idea de Pilato.
Ladrón: ¡No me diga! ¿Pilato, eh?
Ángel: No se sorprenda. Dios usó un arbusto para llamar a Moisés y a un burro para condenar a un profeta. Para lograr la atención de Jonás, Dios usó un gran pez. No hay nadie a quien Él no quiera usar. Bueno, lleve esto a la próxima ventanilla. (El ladrón empieza a salir) Solo siga las señales.

C.S. Lewis puede decírtelo. No podemos imaginarnos al siglo veinte sin C.S. Lewis. El profesor de Oxford conoció a Cristo en sus años de adulto y su pluma ha ayudado a millones a hacer lo mismo. Resultaría difícil encontrar a un escritor con un llamamiento tan amplio y una perspicacia espiritual tan profunda.  Y sería difícil encontrar a un evangelista más peculiar que aquel que guió a Lewis a Cristo.  No era esa su intención porque él mismo no era un creyente. Su nombre fue T.D. Weldon. Como Lewis, era agnóstico. Según uno de sus biógrafos, «se mofaba de todos los credos y de casi todas las afirmaciones positivas». Era un intelectual, un incrédulo cínico. Pero un día, hizo un comentario que cambió la vida de Lewis. Había venido estudiando una defensa teológica de los Evangelios. «¡Qué cosa más extraña», comentó, como solo un inglés podría hacerlo, «esa barbaridad de que Dios ha muerto. Tal parece como si realmente hubiera muerto!». Lewis casi no podía creer lo que había oído. Al principio, pensó que Weldon estaría bajo los efectos del alcohol. La afirmación, aunque inopinada e inpensada, fue suficiente para que Lewis considerara que quizás Jesús realmente era el que decía ser. (George Sayer, Jack: Una vida de C.S. Lewis (Wheaton, Ill.: Crossway Books, 1994), 222) Un ladrón es guiado a Cristo por alguien que rechazó a Cristo. Un erudito es guiado a Cristo por alguien que no creía en Cristo.  No hay persona a quien Él no use. Y,  No hay idioma en el que Dios no hable. No hay campo donde Jesús  no transforme y No hay esfera en donde Dios no se mueva.

C. Se movió en soberanamente en la incredulidad de un soldado

Pero uno de los soldados le traspasó el costado con una lanza, y seguidamente salió sangre y agua. Y el que lo vio, da testimonio, y su testimonio es veraz, él sabe que dice la verdad, para que vosotros creáis. Pues todo esto sucedió para que se cumpliera la  Escritura: «No se le romperá hueso alguno». Y también otra Escritura dice: «Verán al que traspasaron». (Juan, 19,34-37)

En el último capítulo del Evangelio según San Juan se narra la historia del soldado que atravesó el costado de Jesucristo con una Lanza. El nombre de este soldado era Gayo Casio, y asistió a la crucifixión como representante oficial del procónsul, Poncio Pilatos. Las cataratas que tenía en los ojos impedían a este veterano soldado tomar parte en las batallas con su legión, y en lugar de ello, se ocupaba de informar acerca del panorama político y religioso de Jerusalén. Durante dos años, Gayo Casio había observado e investigado las actividades de un tal Jesús de Nazaret, el cual decía ser el Mesías y daba la impresión de negar la autoridad de la ocupación romana de Israel.     El centurión romano observó como los legionarios llevaban a cabo la ejecución de Jesucristo y al igual que ellos, se sintió impresionado por la valentía, la dignidad y la compostura del nazareno en la cruz.

    Isaías había profetizado en relación al Mesías: «No se le romperá hueso alguno». Anás, el anciano consejero del Sanedrín, y Caifás, el Sumo Sacerdote, pretendían mutilar el cuerpo de Cristo a fin de probar ante el pueblo que Jesús no era el Mesías, sino un simple hereje y un potencial usurpador de su propio poder.     Las horas pasaban y este hecho les proporcionó la excusa que necesitaban, ya que Anás era una autoridad en lo que a la ley se refiere, y la ley judía decretaba que ningún hombre debía ser ejecutado el día del Sabbath. Sin pensárselo dos veces, solicitaron a Poncio Pilatos que les concediera la autoridad para quebrar los huesos del hombre crucificado, a fin de que muriera el viernes por la noche (5 de abril, año 33).     Al objeto de cumplir este propósito, un grupo de la guardia del templo fue enviado al monte de Gólgota, nombre que significa Monte de la Calavera. A la cabeza del grupo, el capitán llevaba la Lanza de Herodes Antipas, rey de los judíos, la cual constituía el símbolo que confería autoridad para llevar a cabo la misión encomendada; sin ella, los soldados romanos no le hubieran dado permiso para mover un dedo por los hombres cuando llegó al lugar de la ejecución.     Fineas, el anciano profeta, había mandado forjar dicha Lanza para que se convirtiera en el símbolo de los poderes mágicos inherentes a la sangre de los Elegidos de Dios. Cuando ya se había convertido en un antiguo símbolo de poder, fue alzada en la mano de Josué cuando éste ordenó a sus soldados lanzar el gran grito que derribó las murallas de Jericó. El rey Saúl arrojó la misma Lanza a David en un arranque de celos.     Herodes el Grande había sostenido esta insignia de poder sobre la vida y la muerte cuando ordenó ejecutar la masacre de bebés en Judea en un intento de eliminar a Jesús, que crecería y sería nombrado «rey de los judíos». En el momento en que los enviados del templo se dirigían al Gólgota, llevaban la Lanza en nombre del hijo de Herodes el Grande, en calidad de símbolo de la autoridad para quebrar los huesos de Jesucristo.     Cuando el grupo del templo llegó al escenario de la crucifixión, los romanos se volvieron de espaldas manifestando su repugnancia. Tan sólo Gayo Casio fue testigo de la escena en que los soldados aporrearon y aplastaron los cráneos y los miembros de Gestas y Dimas, los ladrones que estaban clavados en sendas cruces levantadas a ambos lados de la de Jesucristo. El centurión romano se sintió tan espantado ante la brutal mutilación de los cadáveres de los dos ladrones y tan conmovido ante la resignación humilde y valerosa de Cristo a la crucifixión que decidió proteger el cuerpo del nazareno.     El centurión guió a su caballo hasta la gran cruz del centro y clavó la Lanza entre la cuarta y la quinta costilla del nazareno. Esta forma de clavar la Lanza era la que se empleaba en el campo de batalla cuando querían asegurarse de que un enemigo herido había muerto; porque la sangre no fluye de un cuerpo sin vida. Aun así «seguidamente salió sangre y agua», y en aquel instante milagroso en el que fluía la sangre redentora del Salvador, los ojos enfermos de Gayo Casio quedaron curados por completo.     No se sabe si el veterano oficial arrebató el talismán del poder de las manos del capitán israelí para hacer lo que hizo, o si llevó a cabo esta acción de misericordia con su propia Lanza. No hay prueba histórica alguna que deje constancia del arma que utilizó para cumplir sin darse cuenta la profecía de Ezequiel: «Verán al que traspasaron».   En el templo, donde Caifás y Anás esperaban noticias acerca de la mutilación del cuerpo del Mesías, el Velo del Santo de los Santos fue rasgado de arriba abajo para poner al descubierto el Cubo Negro del Antiguo Testamento, cuyos bordes se estaban agrietando para tomar la forma de la cruz. El culto sin imágenes a Jehová había terminado; comenzaba la religión de los «cielos abiertos».     La Lanza, como un catalizador de la revelación, constituía la prueba viva de la resurrección, ya que la herida física producida por su filo había cicatrizado misteriosamente cuando Jesucristo resucitado se apareció a la visión de sus apóstoles reunidos. Tan sólo el escéptico Tomás, el cual confiaba únicamente en las apariencias exteriores de la visión física, fue incapaz de percibir al Dios-Hombre que había traspasado puertas cerradas para aparecérsele.     «Entonces Él dijo a Tomás: “Trae tu mano aquí, mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo, sino creyente”».     Dado que las heridas terrenales y las señales de los clavos aparecían en el Cuerpo Fantasma de Cristo resucitado, los primeros cristianos creían que si sus huesos hubieran sido clavados a la cruz la resurrección tal como la conocemos no podría haberse llevado a cabo; ya que éste es el significado que atribuían a las enigmáticas palabras de Isaías: «No se le romperá hueso alguno».     A Gayo Casio, el cual había llevado a cabo un acto marcial con la compasiva intención de proteger el cuerpo de Cristo, se le empezó a conocer con el nombre de, Longino, el hombre de la Lanza. Se convirtió al cristianismo, y los primeros miembros de esta religión en Jerusalén empezaron a venerarle como héroe, como santo, y como testigo principal del derramamiento de la sangre del Nuevo Testamento, del cual se convirtió en símbolo.     Se dijo que durante un instante tuvo en sus manos el destino de toda la humanidad. La Lanza que había clavado en el costado de Cristo se convirtió en uno de los tesoros más preciados del cristianismo, y el halo de la leyenda rodeó a esta arma, en la que más tarde se colocó uno de los clavos de la cruz.     La leyenda creció más y más y cobró fuerza con el paso de los siglos. Se decía que cualquiera que poseyera la Lanza y comprendiera los poderes a los que servía, tendría el destino del mundo en sus manos para lo bueno y para lo malo.

D.  Se movió en la credulidad de otro soldado

Hace años trabaja en TACA Airlines de El Salvador. Solía salir de mi trabajo a las 5:30 p.m. y esperaba que mi hermano o hermana pasaran a recogerme. Mientras esperaba en el lugar, en las afueras había siempre un guardaespaldas de uno de los ejecutivos de la empresa. Eran tiempos violentos y de guerra, y de secuestros. Para en ese entonces yo tenía un año de haberme convertido. Así que mientras esperaba, platicaba con este guardaespaldas. A medida que los días pasaban me fui haciendo amigo de él. Un día comencé a compartirle el evangelio. Cuando le dije que Dios lo amaba y que podía entregarle la vida, me dijo que él no tenía perdón de Dios, pues había matado mucha gente y de forma muy violenta. Y durante varios días me contó muchas de sus faltas. Y les digo, si había sido un asesino. Un viernes, hablando con él, le pregunté en oración a Dios, que podía compartirle de la Escritura que lo convenciera del amor de Dios. Y Dios trajo a mi mente estos pasajes que les voy a leer. Tanto Marcos en 15:39 y Lucas en 23:47 añaden un detalle. De pie ante la cruz, un centurión romano se encontró con Jesús. ¿Quién era este soldado romano? Puedo imaginarme la orden oficial que llegó a su despacho esa mañana: “Ejecute a este hombre de la manera usual. Pero asegúrese de que no haya ningún disturbio hoy en las calles de Jerusalén. Por lo tanto, ya sea que requiera 200 ó 500 soldados, sepa que están a su disposición. ¡Deshágase de él!” Era parte de su tarea del día. Y mientras el Hijo de Dios moría por el mundo, un encallecido centurión permanecía enhiesto al pie de la cruz. La insensibilidad hacia las cosas divinas es uno de los más grandes pecados.

Todos nosotros corremos el riesgo de que al tratar con las cosas divinas, el hábito se vuelva una rutina tal que perdamos la emoción y la energía espirituales. Es posible comportarse en forma rutinaria, insensible y ordinaria al pie mismo de la cruz; ser indiferentes como el centurión romano que observaba fríamente al Hombre crucificado. Es posible cantar con los labios himnos cristianos durante el servicio de adoración y dejar vagar la imaginación pensando en los negocios, los estudios, o el almuerzo que se aproxima. Es posible leer la Biblia medio adormecido justamente antes de quedarnos dormidos. Es posible ser insensibles e indiferentes y permitir que la rutina eclipse lo sublime. Pero al escuchar el centurión el diálogo entre Cristo y el ladrón por encima de los gritos y denuestos de los enemigos del Salvador, al escuchar su oración agonizante y al observar la densa oscuridad que cubrió repentinamente el Calvario, experimenta algo misterioso, algo maravilloso. Nos dice Marcos: “Y el centurión que estaba frente a él, viendo que después de clamar había expirado así, dijo: Verdaderamente este hombre era Hijo de Dios” (Marcos 15:39). Al colocarme al pie de la cruz junto a Simón, recibo de Jesús fortaleza para llevar mi carga. Al contemplar al ladrón muriendo perdonado, desaparecen mi culpa y mi vergüenza. Al estar de pie junto al centurión, tengo una nueva visión de Jesús. Al romper Jesús la rutina percibo en mi vida su toque divino y recobro la energía espiritual. El cristianismo es algo más que una rutina. Es algo más que simplemente la circunstancia diaria. Es conocer a Jesús. Es el quebrantamiento de mi propio corazón junto al suyo. Es amarlo con vehemencia. Cuando compartí esta historia con el guardaespaldas se quebrantó y entendió que su pecado tenía perdón. Años después lo encontré en un supermercado, y con alegría me contó que era pastor y que dirigía una pequeña congregación en apopa. Sólo Dios puede moverse en el corazón de un soldado.

Así que para terminar debo recalcar que  cada transeúnte podía leer el letrero, porque cada transeúnte podía leer hebreo, latín o griego, los tres grandes idiomas del mundo antiguo. «Hebreo era la lengua de Israel, la lengua de la religión; latín era la lengua de los romanos, la lengua de la ley y del gobierno; y el griego era la lengua de Grecia, la lengua de la cultura. En todas ellas, Cristo fue declarado rey». Dios tenía un mensaje para cada uno: «Cristo es rey». El mensaje era el mismo, pero el idioma era diferente. Ya que Jesús era el rey de todas las naciones, el mensaje sería en los idiomas de todos los pueblos.  No hay lenguaje en el que Él no hable. Lo cual nos lleva a una pregunta encantadora. ¿En qué lenguaje te está hablando a ti? No me estoy refiriendo a un idioma o dialecto, sino al drama diario de tu vida. Dios habla, tú lo sabes bien. Él nos habla en cualquier lenguaje que nosotros entendamos.  Hay ocasiones en que habla en el «lenguaje de la abundancia». ¿Está tu estómago lleno? ¿Has pagado todas tus cuentas? ¿Te queda algo en la billetera? No seas tan orgulloso de lo que tienes que dejes de oír lo que debes de oír. ¿Será que tienes mucho como para dar también mucho? «Dios puede darte más bendiciones de las que necesitas. En tal caso, tendrás abundancia de todo, suficiente como para dar a cada obra buena» (2 Corintios 9.8).  ¿Está Dios hablándote con el «lenguaje de la abundancia»? O estás escuchando el «vernáculo de la necesidad»? Nos gustaría que nos hablara en el idioma de la abundancia, pero no siempre es así.  Dios me hablado muchas veces  a través del lenguaje de la necesidad. Y Dios me ha ministrado en cada necesidad. Es como si me dijera: «Romeo : Yo estoy involucrado en tu vida. Yo te cuidaré».  ¿Estás tú oyendo el «lenguaje de la necesidad»? ¿Y qué me dices del «lenguaje de la aflicción»? Este es un lenguaje que evitamos. Pero tanto tú como yo sabemos cuán claramente habla Dios en los pasillos de los hospitales y en las camas de los enfermos. Sabemos lo que David quiere decir cuando afirma: «Me hace descansar» (Salmo 23.2). Nada mejor que un cuerpo débil para prestar oídos al cielo.  Dios habla todas las lenguas, incluyendo la tuya. ¿No ha dicho él: «Te enseñaré el camino en que debes de andar»? (Salmos 32.8) ¿No nos apresuramos a «recibir instrucción de su boca» (Job 22.22)? ¿En qué idioma te está hablando Dios?  ¿No te alegras cuando Él habla? ¿No te llena de emoción que le intereses tanto que te hable? ¿No es bueno saber que «el Señor dice sus secretos a todos los que lo respetan» (Salmos 25.14)? Un hermano  llamado Carlos se sentía agradecido cuando alguien le hablaba. Un caso de sarampión lo dejó imposibilitado de oír o hablar. Cerca de todos sus más de sesenta años los vivió en un silencio sepulcral. Pocas personas hablaban su lenguaje.  Su hermano mayor  era uno de esos pocos. Siendo su hermano mayor, quiso protegerlo. Después que su padre murió, se esperaba que su hermano  se hiciera cargo de la situación. Cualquiera que haya sido la razón, el caso es que este hermano aprendió el lenguaje por señas. En realidad no era un estudiante muy aventajado. Nunca terminó la secundaria. Nunca fue a la universidad. Nunca vio la necesidad de aprender español ni francés. Pero sí se dio el tiempo para aprender el lenguaje de su hermano.  Bastaba con que entrara al cuarto para que el rostro de Carlos se iluminara. Buscaban un rincón, y echaban a volar las manos. Así podían pasar largos ratos. Y aunque nunca se oyó  a Carlos decir gracias (no podía hacerlo), su amplia sonrisa no dejaba dudas de lo agradecido que estaba. Su hermano había aprendido su lenguaje. Pero en el caso suyo y mío es nuestro mismísimo Padre quien ha aprendido tu idioma. Es decir ha aprendido a hablar tu lenguaje. «Te ha sido dado el conocer los misterios del reino de los cielos» (Mateo 13.11). ¿No sería adecuado pensar una palabra de gratitud a Él? Y mientras estás en eso, pregúntale si acaso habrás perdido alguna señal que te haya mandado.  Una cosa es perder una señal de tu esposa sobre limpiar el cuarto, pero otra muy distinta es perder una señal de Dios que tiene que ver con el destino de tu vida. Bendiciones.

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