Serie Oración Intercesora: Los resultados de la oración intercesora


Hemos estado mirando a lo que hombres y mujeres del Antiguo Testamento nos han enseñado acerca de la oración de intercesión. Comenzamos con la historia de Adán y Eva en el Jardín del Edén. Allí aprendimos que en el principio la oración era una simple conversación con Dios, una íntima, honesta, forma informal de serle sinceros a él. Pero el secreto de la oración es que comienza con Dios; él la comienza. Adán y Eva simplemente la llevaron en una manera abierta e informal. Después aprendimos de la vida de Abraham que la oración proviene legítimamente del carácter y promesas de Dios. La oración no es magia; no es una simple forma de usar a Dios para obtener lo que uno quiere. Oración si es basada en lo que Dios ha dicho y lo que él ha prometido; y oración es clamando a esa promesa. Eso es lo que Abraham nos enseñó en su gran oración por Sodoma y Gomorra. En la vida de Jacob aprendimos que la oración requiere que tengamos conciencia de nuestras limitaciones humanas. Dios llevó a Jacob a lo más profundo hasta que no pudo hacer nada sino agarrarse de él: entonces él contestó su oración. Por lo tanto la oración depende de el suplemento de Dios en la actividad, o en muchos casos, ponerlo todo aparte y hacerlo todo él mismo. Después aprendimos de Moisés que la oración es la confianza en los recursos de Dios y no en nosotros. Aprendimos que aún en tiempos cuando estamos bajo presión y acosados por las demandas que nos imponen, y se las traemos a Dios, él convierte a debiluchos en guerrilleros, los miedosos en hombres y mujeres de fe.  Nuestro último estudio de Jabes nos enseñó que la oración es para los problemas ordinarios diarios de nuestra vida. Ofrece esperanza al desesperado y una vía de escape para aquellos que han sido engañados, privados de sus necesidades básicas y cargados por sus circunstancias. Ahora, en esta ocasión  en primera de Samuel venimos a una mujer la cuál su oración fué usada por Dios para traer al primer–y en cierta forma a el profeta más grande de Israel, un hombre que se convertiría en el guía espiritual y mentor de los primeros dos gran reyes de Israel. Desde luego me refiero a la oración de Anna, la madre de Samuel, encontrado en primera de Samuel 1 y 2. Se nos dice que la historia es presentada a nosotros en cuatro movimientos simples por la cual está centralizada: primero, el dolor de Anna, después su oración, después su paz, y finalmente su exaltación.

  • I.                    El desafío de la oración intercesora: ruptura con la esterilidad


Veamos primero al problema de Anna y el dolor que le causó. Leyendo en el primer capítulo de Samuel: Hubo un varón de Ramathaim de Sophim, del monte de Ephraim, que se llamaba Elcana, hijo de Jeroham, hijo de Eliú, hijo de Thohu, hijo de Suph, Ephrateo. Y tenía él dos mujeres; el nombre de la una era Anna, y el nombre de la otra Peninna. Y Peninna tenía hijos, mas Anna no los tenía. Y subía aquel varón todos los años de su ciudad, a adorar y sacrificar á Jehová de los ejércitos en Silo, donde estaban dos hijos de Eli, Ophni y Phinees, sacerdotes de Jehová. Y cuando venía el día, Elcana sacrificaba, y daba a Peninna su mujer, y a todos sus hijos y a todas sus hijas, a cada uno su parte. Más a Anna daba una parte escogida; porque amaba a Anna, aunque Jehová había cerrado su matriz. (1 Sam 1:1-5)

Ahí estaba el problema de Anna: ella era una mujer estéril que deseaba tener un bebé. Todas las mujeres de esta congregación entienden lo que ella sintió. Aún las jóvenes solteras sienten en ellas el atractivo del misterio de la capacidad de ser madre. He visto este deseo aumentar muy fuerte en mujeres que han alcanzado al punto de que han deseado un bebé más que cualquier otra cosa en la tierra. Ahora Anna era casada, y naturalmente esperaba que pronto sintiera las señales de embarazo, pero pasaron los meses y los años y su vientre permaneció estéril. Ella sintió el dolor en sus brazos y en su corazón al desear tener un hijo. Para ser peor, naturalmente era que la otra esposa, Penina parecía tener un bebé cada vez que se daba vuelta. Al tanto llegaban la época así venía un hijo nuevo a la familia, para que el hogar fuese lleno de niños, pero ninguno era de Anna. El dolor de su corazón se hacía más profundo según pasaba el tiempo. La llave final de su agonía era de hecho que Penina no se podía quedar callada en relación a su fertilidad. Ella encontraba mil y una maneras de recordarle a Anna de su infertilidad. Ella se mofaba de ella y se burlaba de ella por eso, y cada palabra hería profundamente al espíritu de Anna. Ella se dolía de su vida de infertilidad y de la mofa que le decía su rival. Como punto aparte, quisiera señalar que esta agonía, la mofa y la burla es parte del precio pagado porque es un desvío de la intención original de Dios del matrimonio de un hombre y una mujer. ¡Alguien ha dicho bien que la consecuencia de la bigamia es la de dos suegras! La presencia de dos mujeres en la casa, con certeza va a traer conflicto; esto es siempre un hecho probado cuando la intención original de Dios es ignorada. Aunque la Biblia registra el polígamo de algunos patriarcas, no obstante, es nunca endosado. Aquí hay una ocasión, por lo tanto que se ve el precio que algunas veces tiene que ser pagado porque el hombre inconscientemente se deja llevar por las costumbres de la gente a su alrededor. Este hombre Elcana, tomó dos esposas en vez de una, por la cual Dios había ordenado. Pero lo más dificultoso que Anna enfrentó es esta palabra registrada dos veces en este recuento para nosotros, y es, porque Dios cerró su vientre. Dos veces se nos dice que su problema viene de Dios. Ahora esto es un reconocimiento claro de una de las lecciones más fuertes que tenemos que aprender en la vida–la lección de que incapacidades al nacer, cualquiera que fuere, y aún las limitaciones corrientes de nuestra vida, dificultosa como fueren y no importa lo mucho que luchemos en su contra, son dadas a nosotros por el Señor mismo. Es Dios quién está detrás de las circunstancias de nuestras vidas. No nos gusta creer eso. Preferimos creer que todo viene de él enemigo, pero el libro de Job nos recuerda que el enemigo no nos puede hacer nada a menos que el Señor se lo permita hacerlo. Fue Dios quién escogió a esta mujer para ser estéril. Ahora fue Dios quién la creó mujer. Él le dio la capacidad para hacer las funciones de madre. El puso dentro de ella el deseo de tener un bebé, el deseos de año tras año de poder tener la capacidad como mujer de ser madre, pero como este recuento nos dice claramente, fué Dios también quién previno que ella tuviera un bebé.

Ahora eso puede ser extraño para nosotros y difícil de reconciliar, pero hay otros recuentos en las Escrituras que lo confirman. Pienso en la historia de el capítulo nueve de Juan, donde Jesús y los discípulos vinieron a un hombre que nació ciego–viniendo de su madre como un bebé pequeñito, sus ojos estaban ya cerrados. Cuando Jesús y los discípulos lo encontraron el era un hombre desarrollado ya, sentado al lado del camino, mendingando. Los discípulos le preguntaron a Jesús, “¿Quién pecó, este hombre o sus padres, porque nació ciego?” (Juan 9:2). La pregunta, de hecho, refleja un malentendido común en la vida que mucha gente comparte aun hoy día, de que todos los problemas en la vida son causados por nuestros pecados, y que si algo no marcha bien es porque estamos siendo castigados. Pero este recuento de Anna, y muchos otros en las Escrituras indican que ese no es el caso. Ciertamente no era el caso de el hombre ciego, ya que Jesús le contestó a los discípulos, “Ni este hombre pecó, ni sus padres,” sino, como es expuesto en la Nueva Versión Internacional, “esto sucedió para que la obra de Dios se manifestará en su vida,” (Juan 9:3). Habiendo dicho esas palabras, nuestro Señor lo tocó y abrió sus ojos. Lo que Jesús quiso decir fue que Dios había creado una condición para que cuando él la librara, nuevos entendimientos surgirían por causa de su nombre; la gente entendería más de la misericordia, la gracia y el poder de Dios de lo que ellos pudieran haber captado de otra manera. En este recuento se nos da una clave del porque este tipo de incidentes ocurren en nuestras vidas. Dios no nos da estas circunstancias para atormentarnos, o para llevarnos a la amargura o resentimiento. A menudo lo convertimos en eso, pero esa no es la razón por el cual son dadas. Nuestro Dios no es esa clase de Dios. Él nos los da para que se lo traigamos a él y nos guíe a la solución que nunca hubiésemos encontrado, una contestación mayor de la que podríamos haber soñado.

He pensado mucho recientemente acerca de esa gran película e historia de la vida de Joni, la niña que fue paralizada en un accidente. Como de una manera hermosa confirma lo que estamos diciendo aquí. Cuando ella fue de pronto paralizada en sus años de juventud, ella primero lo tomó con gran resentimiento y espíritu de amargura, pero al ir tratando de enfrentar su problema y aceptándolo como una condición que Dios le había dado, Dios le abrió una puerta en el ministerio y un testimonio por el cuál ha sido difícil de comparar como un vehículo de comunicación con otros que tienen una condición similar a la de ella, paralizada y viviendo en una silla de ruedas. A ella se le ha sido dada una puerta ancha de ministerio que le llena como nada haya podido hacerlo. Eso es lo que la historia de Anna nos está diciendo. Dios le dio un problema para que ella pudiera traérselo a él para encontrar la solución que él tenía ya en mente.

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