Serie Oración Intercesora: Los resultados de la oración intercesora II


  • II.                    El  detalle de la oración intercesora: Enfocarse en Dios


Vemos que este recuento nos lleva a la oración de Anna. Se nos dice en el verso 7:

Y así hacía cada año: cuando subía á la casa de Jehová, enojaba así á la otra; por lo cual ella lloraba, y no comía. Y Elcana su marido le dijo: Anna, ¿por qué lloras? ¿y por qué no comes? ¿y por qué está afligido tu corazón? ¿No te soy yo mejor que diez hijos? (1 Sam 1:7-8)

Esto sucedió en el tiempo de la ofrenda de los diezmos anuales en Israel. Era la costumbre de los hombres de vender sus ganados y ovejas y traer el dinero al tabernáculo. Allí ellos comprarían un animal para ofrecer como sacrificio, pagar el diezmo al sacerdote, y después cuando el animal era sacrificado, se reunían alrededor como familia y comían el animal en presencia del Señor como sus invitados en su propia mesa–muy parecido a la cena del Señor que hacemos hoy día. Era la costumbre de darles a cada mujer y sus niños una cierta porción de carne, pero de hecho, Penina y sus hijos recibían la porción mayor del sacrificio. Anna recibe una porción solamente porque ella no tenía hijos. Así que ya llegaba el tiempo cuando su infertilidad le afectaba más profundo que en el pasado. Su rival acostumbraba a provocarla más severamente en esas ocasiones que en cualquier otra ocasión, mofándose y burlándose de ella por su condición. El recuento continua en el verso 9: Y levantóse Anna después que hubo comido y bebido en Silo; y mientras el sacerdote Eli estaba sentado en una silla junto á un pilar del templo de Jehová, Ella con amargura de alma oró á Jehová, y lloró abundantemente. E hizo voto, diciendo: Jehová de los ejércitos, si te dignares mirar la aflicción de tu sierva, y te acordares de mí, y no te olvidares de tu sierva, mas dieres á tu sierva un hijo varón, yo lo dedicaré á Jehová todos los días de su vida, y no subirá navaja sobre su cabeza. Y fué que como ella orase largamente delante de Jehová, Eli estaba observando la boca de ella. Mas Anna hablaba en su corazón, y solamente se movían sus labios, y su voz no se oía; y túvola Eli por borracha. Entonces le dijo Eli: ¿Hasta cuándo estarás borracha?; digiere tu vino. Y Anna le respondió, diciendo: No, señor mío: mas yo soy una mujer trabajada de espíritu: no he bebido vino ni sidra, sino que he derramado mi alma delante de Jehová. No tengas á tu sierva por una mujer impía: porque por la magnitud de mis congojas y de mi aflicción he hablado hasta ahora. (1 Sam 1:9-16)

De primera instancia aparenta ser que esta oración es un tipo de negocio que ella está ofreciendo dar la vida de su hijo para atrás al Señor solamente si el Señor se lo da a ella primero para que ella pueda disfrutarlo. Es posible leer este recuento de esta forma, pero si miramos de cerca, podemos ver que es lo que realmente está pasando aquí, porque estoy seguro de que esta no es la primera vez que Anna ha orado en Silo por un hijo. Todo el tiempo ella ha soñado con tener un hijo propio, un niñito para amarle y acariciarle, para ensenarle a caminar, para leerle historias, para verle crecer a ser hombre y llegar a ser fuerte, limpio, joven de calibre, el orgullo de su vida. Ella le quería para ella, y oró a menudo por eso, pero su contestación no fue contestada.

En esta ocasión, sin embargo su oración fue diferente. Habiendo pasado por años de infertilidad y habiendo pensado profundamente acerca de los problemas, ella realizó algo por primera vez que nunca supo antes. Ella realizó que los niños no son solamente para padres y madres–ellos son para el Señor. Son dados a sus padres prestados por un tiempo, pero la razón de que son dados es para ser usados por el Señor. Hay un verso en la carta de Pablo a los Corintios, Capítulo 6, en el cuál, hablando en un contexto diferente, él dice, “Mas el cuerpo no es para fornicación sino para el Señor,” (1 Cor 6:13). Eso es para lo que nuestros cuerpos son, para que podamos ser usados por Dios. Ciertamente este recuento indica el hecho que este niño quién finalmente nació, Samuel, fué el hombre de Dios que proveería la necesidad de una nación. Sin dudas Dios le enseño a Anna de una manera profunda a través de estas horas de lucha sobre su infertilidad, así que en gran angustia y con seriedad intensa ella ora para que Dios tuviera lo que él quería, un hombre para su gloria y sus propósitos, y que él le dejara ser a ella el instrumento de esa bendición. Ahora inmediatamente leemos un cambio muy notable en el corazón de Anna, el recuento dice, verso 17: Y Eli respondió, y dijo: Ve en paz, y el Dios de Israel te otorgue la petición que le has hecho. Y ella dijo: Halle tu  sierva gracia delante de tus ojos. Y fuese la mujer su camino, y comió, y no estuvo más triste. (1 Sam 1:17-18) De inmediato, “La paz que sobrepasa todo entendimiento” (Fil 4:7), ha comenzado a cuidar de su corazón y espíritu. Ahora, el nacimiento del bebé no ocurrió hasta unos meses después, pero cuando el bebé nació ella lo llamó Samuel, que quiere decir, “Pedido de Dios.” Dios le concedió su petición, pero allí hubo paz en el corazón de Anna desde el mismo momento de su oración. Esto es un comentario hermoso en ese hermoso pasaje en Filipenses 4 donde el apóstol Pablo nos dice: Por nada estéis afanosos; sino sean notorias vuestras peticiones delante de Dios en toda oración y ruego, con hacimiento de gracias. (Fil 4:6) Uno esperaría que leyera, “y tus oraciones serán contestadas, “pero lo que dice es lo siguiente, Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, guardará vuestros corazones y vuestros entendimientos en Cristo Jesús. (Fil 4:7) Eso es lo que Anna ha experimentado aquí.

  • III.                  El desenlace de la oración intercesora: La gloria de Dios


Bueno, hay otro golpe al final de este recuento, se encuentra en el capítulo 2, donde leemos de la alabanza de que Anna expresó. No voy a leer el resto del capítulo 1, pero el recuento nos dice que cuando el tiempo llegó, Anna dio a luz un niño que ella llamó por nombre Samuel. Por varios años ella no fué al templo a adorar al tiempo de la ofrenda. Ella esperó hasta que el niño dejara de requerir de ella el alimento, que en la economía judía era cuando tenían alrededor de cinco o seis años. Entonces ella regresó al templo con su esposo, y el último verso de el capitulo 1 dice: Y adoró allí a Jehová. (1 Sam 1:28b) Y el capitulo 2 comienza con estas palabras: Y Ann oró y dijo: Mi corazón se regocija en Jehová, Mi cuerno es ensalzado en Jehová; Mi boca se ensanchó sobre mis enemigos, Por cuanto me alegré en tu salud. No hay santo como Jehová: Porque no hay ninguno fuera de ti; Y no hay refugio como el Dios nuestro. No multipliquéis hablando grandezas, altanerías; Cesen las palabras arrogantes de vuestra boca; Porque el Dios de todo saber es Jehová, Y á él toca el pesar las acciones. Los arcos de los fuertes fueron quebrados, Y los flacos se ciñeron de fortaleza. Los hartos se alquilaron por pan: Y cesaron los hambrientos: Hasta parir siete la estéril, Y la que tenía muchos hijos enfermó. Jehová mata, y él da vida: El hace descender al sepulcro, y hace subir. Jehová empobrece, y él enriquece: Abate, y ensalza. (1 Sam 2:1-7)

Noten como ella reconoce la mano de Dios en todo–no tan solo en las liberaciones, pero en los problemas también. Ella reconoce que Dios cerró su vientre para que él la trajera a una contestación completa que de otra manera no lo hubiese sabido. Ella continúa: El levanta del polvo al pobre, Y al menesteroso ensalza del estiércol, Para asentarlo con los príncipes; Y hace que tengan por heredad asiento de honra: Porque de Jehová son las columnas de la tierra, Y él asentó sobre ellas el mundo. El guarda los pies de sus santos, Mas los impíos perecen en tinieblas; Porque nadie será fuerte por su fuerza. Delante de Jehová serán quebrantados sus adversarios, Y sobre ellos tronará desde los cielos: Jehová juzgará los términos de la tierra, Y dará fortaleza á su Rey, Y ensalzará el cuerno de su Mesías. Y Elcana se volvió á su casa en Ramatha; y el niño ministraba á Jehová delante del sacerdote Eli. (1 Sam 2:8-11)

Muchos siglos después, el ángel Gabriel fue enviado a María de Nazaret para decirle que ella iba a tener un bebé, aunque nunca se había casado con un hombre. Cuando ella sintió los movimientos dentro de ella, María fue a visitar a su hermana Elizabeth (quién también fue grande con su niño, el cuál iba a ser Juan el Bautista), y ella comenzó a cantar en aquella ocasión. Todos los estudiosos de la Biblia están de acuerdo que si uno compara esa canción cuidadosamente con esta canción de Anna, encontrarán que María cogió prestado el tema, y aún ciertas frases, directamente de Anna. Ahora es adecuado de que esto sucedería, porque Samuel era la contestación de parte de Dios para las necesidades de la nación en un momento de decadencia de fe, cuando al final del tiempo de los Jueces, la nación estaba al borde de división y disolución. De la misma manera cuando Jesús vino, la nación había caído en lugar de infertilidad y desespero. De hecho todo el mundo había caído en una condición de tinieblas. Por cuatrocientos años de silencio, Israel, la cuna del mundo, no había tenido un hombre de Dios para hablarles a las naciones en sanidad, y en fortaleza y vida. Las mofas jactanciosas de filosofías paganas se burlaban de las reclamaciones de Israel de ser una nación que traería la redención a un mundo que estaba muriendo. Pero a la hora más negra, el ángel Gabriel fue enviado a María para decirle que cuando se cumpliera el tiempo de llegada, Dios enviaría a su Hijo, nacido de mujer, bajo la ley, para liberarnos aquellos que estábamos bajo la ley. Cuando esa ocasión llegó, como recordamos muy bien en estos días de navidad, los ángeles comenzaron a cantar en los llanos de Belén, a gran voz, “En tí es nacido hoy en la ciudad de David, un Salvador que es Cristo Jesús,” (Lucas 2:11). No creo que haya nada más hermoso en toda la Biblia que este recordatorio que, nuestros problemas son dados por el Señor; nuestras circunstancias vienes de su mano; nuestras dificultades son de su hechura. Él nos lo da, no para que nos dé coraje, resentimientos, estemos amargados o desesperados, pero para que podamos traerlos otra vez a él como Anna hizo, ponerlo en sus manos y dejar que él nos guíe a una solución mayor que él ha tenido en mente todo el camino, para que también nos unamos en una gran canción de adoración, magnífica, ” Mi alma magnifica a él Señor” (Lucas 1:46b), porque él ha tenido misericordia con nosotros en tiempo de nuestra desesperación. Algunos de ustedes podrían estar luchando con problemas grandes hoy. Estamos luchando con muchos de ellos en nuestras propias familias, pero quiero decirles que esta historia de Anna ha sido de gran bendición a mi propio corazón. Yo espero sea también para ustedes, al aprender de ella de traer nuestros problemas a él Señor en oración. Que la paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento nos sostenga hasta la hora de la solución, y creará en nuestras vidas el programa y el plan de Dios y, la contestación de Dios.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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