8 Decisiones Sanadoras: La decisión de la Restauración III parte


III. En tercer lugar ¿qué gano yo con la misericordia? Esta es una lucha con lo que produce la misericordia.

 

¿Necesitamos misericordia? Mi abuela hubiera  volteado los ojos, levantado las manos, y exclamado: « ¡Claro que, sí!». Mire el pasado. ¿Cómo habríamos  sobrevivido hasta aquí sin misericordia? Mire el  presente. ¡Cuánto necesitamos de la misericordia de  Dios hoy! Mire el futuro. ¿Cómo podemos seguir sin  ella? Recuerde, sin embargo, que la misericordia es  solamente prometida a los misericordiosos. El «ellos» en nuestro texto es enfático. El pronombre «ellos» es resaltado al combinar la  palabra griega para «ellos» antes de una forma verbal que  incluye la palabra «ellos».  «Bienaventurados  los misericordiosos, porque ellos alcanzarán misericordia». Hemos visto el bumerán salir girando,  ahora veámoslo apresurarse de vuelta. Los misericordiosos son bienaventurados  porque, como dijo Jesús: «Más bienaventurado es dar que recibir» (Hechos 20.35). El sabio escribió: «… el que tiene misericordia de los pobres es bienaventurado» (Proverbios 14.21). William Shakespeare le dio las siguientes líneas de diálogo a uno  de sus personajes: El rasgo de la misericordia […] cae como la dulce  lluvia del cielo al llano que está por debajo de  ella. Es dos veces bendita: Bendice al que la  concede y al que la recibe. (William Shakespeare, El mercader de Venecia 4.1.184 Una de mis comedias favoritas, por cierto). Lo más importante a recordar es que los misericordiosos son bienaventurados porque Dios tendrá  misericordia de ellos. Dios ha dicho que si somos  misericordiosos con los pobres, Él nos librará: «Bienaventurado el que piensa en el pobre; en el día  malo lo librará Jehová» (Salmos 41.1). Ha prometido  que si somos misericordiosos al perdonar a otros,  Él nos perdonará. «Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a nosotros  vuestro Padre celestial» (Mateo 6.14). Lo anterior no quiere decir que todo lo que Dios desea o requiere es que seamos misericordiosos y  perdonemos. Hemos de vivir de «toda palabra que  sale de la boca de Dios» (Mateo 4:4). Sí quiere decir, sin embargo y en igualdad de  circunstancias, que el hombre misericordioso es el  que será bienaventurado. De cualquier forma que  se mire, «A su alma hace bien el hombre misericordioso» (Proverbios 11.17) ¿Qué pasa si no somos misericordiosos en esta  vida? No recibiremos entonces misericordia. En  Mateo 18.23–35, Jesús contó la parábola del siervo  despiadado. Su señor le había perdonado una deuda  de millones de dólares, sin embargo, él no quiso  perdonar a un siervo una deuda de unos pocos  dólares. Su señor le dijo: « ¿No debías tú también  tener misericordia de tu consiervo, como yo tuve  misericordia de ti?» (Verso 33). Entonces su señor,  «enojado, le entregó a los verdugos» (verso 34). Jesús  cerró con palabras que nos ponen a pensar: «Así  también mi Padre celestial hará con vosotros si no  perdonáis de todo corazón cada uno a su hermano  sus ofensas» (verso  35).

Así que respondiendo la pregunta ¿Qué gano yo con la misericordia? Se me ocurren tres  cosas fundamentales.

  1. Me hago bien  a mí mismo. Este es el resultado a corto plazo de la misericordia. Proverbios 11:17 dice: “Compadécete de los demás  y te harás bien a ti mismo;  pero si les haces daño,  el daño te lo harás tú. Es interesante que la palabra hebrea para “bien” habla de satisfacción, pero también de crecimiento. El hebreo lo traduce como “dar hacia fuera a, hacer a ; para dar generosamente con ; para recompensar, reembolsar, corresponder , también significa  destetar un infantil  o ser destetado  y una última definición es  madurar, llevar maduro “. Era el momento en que el niño era destetado y dejaba de chupar del pezón de la mamá para empezar a comer sólido o independiente. Esta palabra implica entonces que una persona misericordiosa es alguien que ha madurado y ha crecido.
  2. Pongo en función una ley. La de la retribución o la del bumerán. Este es el resultado a mediano plazo de la misericordia.  Significa que Los misericordiosos son bienaventurados  porque son más propensos a recibir la misericordia de quienes les rodean. Constituye una verdad  general, no una absoluta; sin embargo, como regla general, los demás nos tratarán como les tratemos  a ellos.   Si les sonríe a los demás, por lo general  estos le sonreirán. Si les dice «hola» a los demás,  es probable que le digan «hola». Si usted le ayuda  a otros cuando están enfermos, probablemente le  ayudarán cuando usted esté enfermo. Cuando le sonreímos a alguien y este nos sonríe  de vuelta, no pensamos mucho en ello. Lo que sí recordamos es cuando le sonreímos a alguien y este no nos sonríe  de vuelta, o cuando hacemos bien a alguien y este no nos regresa el favor. En otras palabras, recordamos la excepción,  no la regla general.  Pedro dio el  lado negativo de esta verdad, diciendo: « ¿Y quién  es aquel que os podrá hacer daño, si vosotros  seguís el bien?» (1ª Pedro 3.13; vea Proverbios 16.7).   Podríamos considerarlo como la regla de oro (Mateo  7.12) a la inversa. Lo que usted haga con otros, así  también (por lo general) harán con usted
  3. Invierto para el bien en el futuro. Este es el resultado a largo plazo de la misericordia. Vuelvo a citar Santiago 2.13, porque  pienso yo,  que encontramos algunas de las palabras más escalofriantes de la Biblia: «Porque  juicio sin misericordia se hará con aquel que no  hiciere misericordia; y la misericordia triunfa sobre  el juicio». Ser enjuiciados sin misericordia es no  tener esperanza, puesto que todos somos pecadores y la paga del pecado es muerte (Romanos 3.23;  6.23) —muerte espiritual y eterna (vea Apocalipsis  21.8). Quiero misericordia en el Día del Juicio, ¿y  usted? Usted y yo entonces tenemos que ser misericordiosos ahora. Necesitamos misericordia ahora, sin embargo,  la necesitaremos aún de manera más urgente  cuando estemos ante el trono de Dios en el juicio.  Su misericordia para con nosotros en tal ocasión  dependerá, hasta cierto punto, de que hayamos  sido misericordiosos. Pablo escribió: Tenga el Señor misericordia de la casa de Onesíforo, porque muchas veces me confortó, y no  se avergonzó de mis cadenas, sino que cuando  estuvo en Roma, me buscó solícitamente y me  halló. Concédale el Señor que halle misericordia  cerca del Señor en aquel día [el día del juicio]  (2ª Timoteo 1.16–18a).

 

Cuando Jesús pronunció Sus «ayes» a los escribas y a los fariseos, les dijo que habían dejado  «lo más importante de la ley: la justicia, la misericordia y la fe» (Mateo 23.23). Que  Dios nos ayude a no descuidar la misericordia.  Dondequiera que Jesús iba, las personas clamaban: «Ten misericordia» (vea Mateo 9.27; 15.22; 17.15;  20.30, 31). De la misma manera, el mundo hoy  clama: « ¡Ten misericordia!». Como discípulos del  Señor, nosotros somos los que debemos responder  a ese clamor. Tengamos, como Jesús, misericordia  de todos los que sufren física y espiritualmente. Recuerde: «Bienaventurados los misericordiosos,  porque ellos alcanzarán misericordia». Lo insto a examinar su corazón para ver si hay  en él compasión por los demás. También lo insto a  considerar si les preocupan o no sus propias necesidades espirituales. No puede ayudar a otros hasta  que usted mismo esté bien con Dios. ¿Se ha rendido  usted ante la misericordia de Dios? ¿Cree usted en  Jesús como Hijo de Dios y ha expresado su fe en  obediencia (Juan 8.24; 14.15)? ¿Necesita confesar  su fe y ser bautizado (Hechos 8.36–38)? ¿Necesita  volver a comprometer su vida a seguir al Señor (vea Santiago 5.19, 20)? Hace mucho tiempo, fue escrito: «Jehová vuestro Dios es clemente y misericordioso,  y no apartará de vosotros su rostro, si vosotros os  volviereis a él» (2º Crónicas 30.9). Si necesita hacerlo,  oro para que vuelva a Él hoy. Esta decisión sanadora de la restauración es una de las más importantes, por sus implicaciones, pero una de las más difíciles de hacer por su práctica. Sin embargo estamos llamados a obedecer, sin importar lo que sintamos en la carne. ¡Adelante! ¡Hágalo¡

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