8 Decisiones Sanadoras: La decisión del compromiso


En la primera semana hablamos de la decisión de la realidad. Me doy cuenta de que no soy Dios. Admito que no tengo control sobre mi tendencia a hacer lo malo y que mi vida es inmanejable. Esto es muy importante. En varios aspectos, nos comportamos como si fuéramos Dios. Tal vez no lo digas literalmente: “Soy Dios”. Pero vives como si lo fueras. Quieres controlar a otras personas, quieres controlar tu propio destino, tu propio futuro. Aunque tu vida es incontrolable, tú no quieres admitirlo. Me identifico mucho con el apóstol Pablo, en Romanos 7. Esto es lo que él escribe: No entiendo lo que me pasa, pues no hago lo que quiero, sino lo que aborrezco. La segunda semana vimos la decisión de la esperanza. Creer que Dios existe, que le importo, y que tiene el poder para ayudarme a cambiar. Que en medio de las dificultades de la vida, en medio de este peregrinaje en el que recibimos heridas y sentimos dolor; puedo recibir el consuelo de Dios. Un Dios que me ama a pesar de todo y que tiene el poder que yo no tengo para transformarme en alguien maravilloso. Eso me da esperanza. Pero son las primeras dos. Si nos detenemos aquí, realmente no llegaremos a ninguna parte. Es bueno conocer estas dos verdades, pero realmente no producirán una transformación total en mi vida.  Saber ambas cosas no le dará a nuestra vida la sanidad que necesita. Conocer no es suficiente. Hay un montón de cosas que conozco que no me cambiarán. Lo que quiero decir es que debe haber algo más grande que el solo hecho de saber que Dios es Dios, que me ama y tiene el poder de cambiar mi vida.  La tercera decisión es crítica porque las cinco semanas restantes se edifican sobre el compromiso adquirido a través de la decisión del compromiso. Por eso, la llamamos la Decisión del Compromiso. “Decido conscientemente someter toda mi vida y mi voluntad al cuidado y al control de Cristo”.  En la enseñanza  del Monte de Mateo 5, al comienzo  encontramos las llamadas Bienaventuranzas. Son ocho declaraciones de buenaventura. Bienaventurado es otra palabra para “feliz”. Felices son, dichosos son, contiene incluso un sentido más profundo de plenitud, efectividad. Eso es lo que significa la palabra “bienaventurado”. Jesús dice: Dichosos los humildes, porque recibirán la tierra como herencia. Cuando escuchamos eso, decimos: ¿Y qué? Pero Jesús le estaba hablando a gente muy orgullosa, con mucho orgullo espiritual. Eran judíos cuyos ojos estaban puestos en un Mesías prometido que vendría a liberarlos. Anhelaban que el Mesías viniera a restaurar la posición que Israel había perdido. Los judíos, pueblo escogido por Dios, añoraban aquel poder que habían perdido. De modo que las palabras de Jesús no los cautivaba en absoluto: “Felices los humildes”, “Bienaventurados los mansos”, “Si eres manso y humilde tendrás una vida plena”. Ellos no querían ser humildes: querían poder, querían machismo. No querían al Jesús, el Mesías manso. Querían a “Corazón Valiente”. Querían que Jesús se pintara la cara de azul y gritara: “¡Libertad!”. Querían un mesías que hiciera una revolución política, pero Jesús vino a hacer una revolución espiritual. No puedes conquistar Roma, el imperio más poderoso de la Tierra, con mansedumbre y humildad. Así pensaba aquella audiencia. Y Jesús dijo: “Bienaventurados los mansos”. En el primer siglo no entendieron este concepto. Muchos de los que estamos aquí no lo hemos entendido. Tal vez, sí entendimos lo que significa la mansedumbre y la humildad, pero no queremos aplicarlo en nuestra vida porque nos hace sentir débiles y expuestos. En esta oportunidad estaremos enfrentando nuestra vida con respecto a la mansedumbre. Lo haremos desde tres perspectivas. Primero trataremos LA DEFINICION DE LA MANSEDUMBRE. En segundo lugar   VEREMOS  LA DESCRIPCION DE LA MANSEDUMBRE y finalmente EL  DESENLACE DE LA MANSEDUMBRE.

  1. I.                    Veamos en primer lugar LA DEFINICIÓN  DE LA MANSEDUMBRE

En el mundo nos enseñan a ser rudos y fuertes y a competir. Pero si somos  un discípulo de Jesucristo, la mansedumbre no es opcional. En el lenguaje original de la Biblia, la palabra para “manso” es praeis, que tiene diferentes niveles de significado. En su sentido genuino y original, la amabilidad o mansedumbre, se usaba con varias connotaciones, todas ellas admirables: Era un potro salvaje que ha sido domado, doblegado y puesto bajo control era considerado manso. Las palabras que calmaban las emociones fuertes eran “mansas” o amables. El ungimiento con aceite que hacía bajar la fiebre y el dolor de una herida era una medicación mansa. En una de las obras de Platón, un niño pidió a un médico que fuera suave con él. Uso la misma palabra griega que traducimos por manso. Los que eran corteses, que trataban a los demás con dignidad, amabilidad y tacto eran considerados” mansos”. Aún Jesús cuando describía su personalidad decía de sí mismo que era manso y humilde de corazón (Mateo 11:29). Obviamente la palabra era usada entonces con un sentido diferente al de ahora. El significado actual da la idea de inseguro, inestable, débil o afeminado, en contra posición de los términos que denotan  una verdadera fuerza interior, puesta bajo control. El hombre que realmente es manso es aquel que se sorprende de que Dios y el hombre puedan pensar en él como lo hacen y tratarlo bien. Hay muy poca diferencia entre ser “pobre en espíritu” y ser “manso”. Sin embargo, hay una leve distinción, a saber, que la primera designación describe al hombre más como es en sí mismo, esto es, quebrantado de corazón; la segunda describe al hombre más definidamente en su relación con Dios y con los hombres. En principio, quiere decir manso o humilde. Si nos quedamos en la superficie, esta acepción encaja en el estereotipo que mucha gente tiene de los cristianos. En otras palabras: débiles, cobardes, sin carácter, que todo el tiempo dicen: “¡Gloria a Dios!”.  La definición para sus notas es: La humildad es poder bajo control.

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Publicado por

enrique60

Actualmente trabajo en la Escuela Panamericana, soy salvadoreño 55 años y soy pastor de la iglesia Comunidad Bíblica

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