Enviando un representante a la luna de miel


Para muchas diligencias en la vida acostumbramos a enviar representantes, sobre todo cuando son incómodas, bien sea porque hay que hacer largas esperas o porque estimamos que sería una pérdida de tiempo estar en ese lugar. Pero hay ciertos trámites que exigen que se hagan en persona, como por ejemplo: un examen médico, un examen de conducción, cortejar a una chica, cortarse el cabello y viajar de luna de miel. Y sobre todo la luna de miel, esa sí que hay que vivirla en persona. A nadie se le ocurriría decirle a otro: “¿Oye, será que podrías hacerme el favor de ir de luna de miel con mi cónyuge? Ya todo está pagado, no tienes que dar ni un centavo, sólo disfrutar a nombre mío. Lo que pasa es que me acabo de casar pero en la empresa no me dieron la licencia para esta semana, sino para la otra, y las reservaciones ya estaban hechas y no las puedo ni cambiar ni cancelar. ¿Me darías una manita, por favor? Pues aunque una posibilidad así te desternille de la risa déjame decirte que en la vida espiritual hay mucha gente, no poca, sino mucha gente, que en lugar de disfrutar de la luna de miel con Jesucristo, le pide a otras personas, dizque de mayor rango eclesiástico, o más fe, o más famosos, que por favor se la gocen a su nombre y luego vengan y le cuenten y le traigan un poquito de lo que les haya quedado. Sí, es verdad, cristianos así los hay por todas partes. Jesucristo, cuando viene a morar en el corazón de un cristiano, viene con la intención de tener intimidad espiritual con ese discípulo, de compartir con él, de suplirle en sus necesidades, de perdonarle sus faltas, de sanarle en sus enfermedades, de consolarle en sus tristezas, de sacarle victorioso en sus dificultades, etc. ¿Pero con qué se encuentra? Con que los cristianos lo hacen a un lado, viven con Él pero no tienen intimidad con Él, lo ignoran, le dejan la cena preparada y se van a comer chatarra. Y en su lugar, le piden al pastor, al profeta, al evangelista, al locutor, al cantante y a cuanto líder más o menos reconocido se les atraviesa, que vayan ellos en su nombre y se gocen de lo lindo en su presencia. Y que después, cuando la hayan pasado espectacular en esa luna de miel con Cristo, vengan a un estadio, o a un coliseo, o una iglesia local, y les cuenten un poquito de la experiencia y les hagan formar una larga fila para recibir las migajas que les han podido traer. ¿Qué tal? ¿No sería una ironía seguir en las mismas? ¡Disfruta en persona!

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